Últimos días con mi gurú — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
42.Últimos días con mi gurú
Paramahansa Yogananda·~16 min
ÚÚltimos días con mi gurú
—Guruji, me alegra encontrarle a solas esta mañana. —Yo acababa de llegar a la ermita de Serampore, llevando conmigo un fragante cargamento de rosas y frutas. Sri Yukteswar me miró humildemente.
—¿Qué deseas? —Mi maestro recorrió la habitación con la vista, como si buscara por dónde escapar.
—Guruji, cuando vine por primera vez a usted, era yo un muchacho que estudiaba en la escuela secundaria; ahora soy un hombre, y ya con una o dos canas. Aun cuando, desde el primer instante hasta ahora, usted me ha envuelto en su silencioso afecto, ha de recordar que solamente una vez, en el día de nuestro primer encuentro, me dijo: «Te amo» —y acompañé mi aseveración con una mirada suplicante.
Mi maestro bajó los ojos. en el estrado, junto al Maharajá de Santosh y el alcalde de Calcuta. Si bien el Maestro no hizo comentario alguno, le observé de vez en cuando, durante mi charla, y me pareció que se hallaba satisfecho.
Poco después tuve que dirigir la palabra a los exalumnos de la Universidad de Serampore. Al mirar a mis compañeros de clase de antaño, tanto como cuando ellos contemplaban a su antiguo «monje alucinado», lágrimas de gozo brillaban en nuestros ojos, sin ninguna vergüenza. Mi antiguo profesor de filosofía, de dorada palabra, el doctor Ghoshal, vino a felicitarme calurosamente; todos nuestros pasados malentendidos se habían desvanecido por medio del Tiempo, el gran alquimista.
La fiesta del Solsticio de Invierno se celebró a finales de diciembre en la ermita de Serampore. Como siempre, los discípulos de Sri Yukteswar se congregaron para esta festividad, viniendo algunos de ellos desde muy lejos. Se entonaron sankirtans y solos interpretados por la dulce y melodiosa voz de Kristo-da; hubo una cena servida por discípulos jóvenes y un profundo y conmovedor discurso de mi maestro, bajo el techo de las estrellas, en el repleto patio de la ermita. ¡Oh, felices recuerdos de los hermosos festivales de los días ya idos!
Pero en el festival de esta noche había algo nuevo.
—Yogananda, por favor, dirige la palabra a la asamblea, en inglés. —Los ojos de mi maestro centelleaban cuando me hizo esta doble y rara petición. ¿Recordaría acaso el grave aprieto en que me vi a bordo del barco en el que me dirigí a América, antes de pronunciar mi primera conferencia en inglés? Le conté a la audiencia, compuesta de hermanos discípulos, lo que me había sucedido en el barco, terminando con un fervoroso y sincero homenaje a nuestro gurú.
—Su omnipresente guía ha estado conmigo no únicamente en el barco —concluí—, sino también todos los días durante mis quince años en el vasto y hospitalario territorio de América.
Después de que los huéspedes hubieran partido, Sri Yukteswar me llamó a su antigua recámara, donde una sola vez, después de una festividad similar, años atrás, me había permitido dormir en su cama. Esta noche, mi maestro estaba tranquilamente sentado con un semicírculo de discípulos a sus pies.
—Yogananda, ¿vas a marcharte a Calcuta? Por favor, regresa mañana; tengo algo que decirte. de su muerte, provocadas por algunos parientes, con el objeto de adjudicarse las dos ermitas y otras propiedades, que él quería dedicar exclusivamente a fines caritativos y benéficos.
—Hace poco el Maestro hizo preparativos para visitar Kidderpore, pero no lo ha hecho. —Un hermano discípulo, llamado Amulaya Babu, me hizo esta observación una tarde. Tuve un presentimiento. A mis insistentes preguntas, Sri Yukteswar únicamente contestó:
—Ya no volveré más a Kidderpore. —Por un momento mi maestro se estremeció como un niño asustado.
(«El apego a la residencia corpórea, que surge de su propia naturaleza³, está presente en leve grado incluso en los grandes santos», escribió Patanjali. En algunas de las charlas de mi maestro acerca de la muerte, él solía agregar: «Tal como un pájaro largamente enjaulado vacila en abandonar su acostumbrada morada, cuando se le abre la puerta»).
—Guruji —le supliqué en medio de un sollozo—, no diga eso, nunca pronuncie esas palabras ante mí.
El rostro de Sri Yukteswar se tranquilizó, iluminándose con una sonrisa apacible. Aun cuando él estaba próximo a cumplir ochenta y un años, todavía se encontraba sano y fuerte.
Deleitándome día a día bajo el sol del amor de mi gurú, un amor mudo pero hondamente sentido, deseché de mi mente consciente los diversos indicios que él me había dado acerca de su cercano fin.
—Señor, la Kumbha Mela se reúne este mes en Allahabad. —Le mostré a mi maestro las fechas de la mela, tal como aparecían en un almanaque bengalí⁴.
—¿Realmente deseas ir?
Sin darme cuenta de que Sri Yukteswar no deseaba que yo lo dejara, seguí diciendo:
—En una ocasión, usted vio a Babaji y obtuvo su santa bendición en la kumbha de Allahabad. Quizás esta vez pueda yo tener la fortuna de verlo.
—No creo que lo encuentres allí. —Mi gurú guardó luego silencio, no queriendo contravenir mis planes.
Cuando, a la siguiente mañana, salí para Allahabad con un pequeño grupo, mi maestro me bendijo dulce y quietamente, en su forma acostumbrada. Aparentemente, yo no tenía conciencia de las indicaciones implícitas en la actitud de Sri Yukteswar, porque sin duda el Señor quería evitarme la triste experiencia de ser un impotente testigo de la partida de mi gurú. ofrendas devocionales colocadas a los pies de los silenciosos sanyasines; una hilera de elefantes enjaezados, caballos engualdrapados y camellos de paso lento de Rajputana, seguidos por un peculiar desfile de desnudos sadhus, ondeando cetros de oro y plata, o banderas y banderines de aterciopelada seda.
Anacoretas, vestidos únicamente con taparrabos, se sentaban silenciosamente en pequeños grupos, sus cuerpos cubiertos con las cenizas que los protegían del calor y del frío. El ojo espiritual estaba vívidamente representado sobre sus frentes con una mancha de pasta de sándalo. Swamis con la cabeza afeitada se veían por millares, con sus túnicas ocres, sus cayados de bambú y sus cuencos para limosnas. Mientras caminaban o sostenían pláticas filosóficas con sus discípulos, sus rostros resplandecían con la paz de aquellos que han renunciado a lo mundano.
Swami Krishnananda, en la Kumbha Mela de Allahabad que se efectuó en 1936; él está junto a su leona doméstica, que pronuncia Om con un profundo y atractivo rugido.
Aquí y allá, bajo los árboles, ardían grandes hogueras alrededor de las cuales se congregaban pintorescos sadhus⁶ de cabello trenzado y enrollado encima de la cabeza. Algunos tenían barbas de varios palmos de largo, rizadas o anudadas. Meditaban quietamente o extendían sus manos en señal de bendición a la multitud de transeúntes que por allí pasaban: limosneros y maharajás sobre sus elefantes; mujeres vestidas en multicolores saris con brazaletes y anillos tintineando en sus tobillos; faquires de flacos brazos grotescamente levantados; brahmacharis llevando los soportes para los codos que se emplean durante la meditación; humildes sabios cuya solemnidad ocultaba su interna santidad y bienaventuranza. Muy por encima de aquel bullicio, oíamos la incesante llamada de las campanas de los templos.
Al segundo día de nuestra permanencia en la mela, mis acompañantes y yo entramos en varias ermitas y en chozas provisionales, ofrendando pranams a los santos personajes. Recibimos la bendición del jefe de la Orden de los Swamis, de la rama Giri, un monje delgado, ascético, de ojos sonrientes el gentío, a lo largo de callejuelas estrechas y serpenteantes, Yoganandaji me mostró, a orillas del río, el sitio en que había tenido lugar el encuentro entre Babaji y Sri Yukteswarji. Tras descender del auto, pocos momentos después, caminamos un corto trecho entre las densas humaradas producidas por las hogueras de los sadhus y, pisando las resbaladizas arenas, llegamos a un abigarrado y modesto conjunto de chozas de lodo y paja. Nos detuvimos ante la pequeña entrada, desprovista de puerta, de una de estas viviendas: la habitación de Kara Patri, un joven y errabundo sadhu, notable por su excepcional inteligencia. Lo hallamos sentado con las piernas cruzadas, sobre un montón de paja; su única ropa —e incidentalmente su única posesión— consistía en una tela ocre colocada sobre sus hombros.
Era verdaderamente un rostro divino el que nos sonrió, después de que nos agazapáramos para penetrar a la choza y saludásemos con el pranam, a los pies de esta alma iluminada, en tanto que la linterna de petróleo, colocada a la entrada, proyectaba danzarinas sombras en los muros. Su rostro y, en especial, sus ojos y dientes perfectos resplandecían. Aun cuando yo no comprendía el idioma hindi que él hablaba, sus expresiones eran muy reveladoras; estaba lleno de entusiasmo, de amor, de gloria espiritual. Nadie podría dudar de su grandeza.
Imagínense la dichosa vida de un ser que no tiene apego a la vida material; libre del problema del vestido; liberado del deseo de comer, nunca pide limosna, sólo en días alternos toma alimentos cocidos, nunca ha de elevar el cuenco de mendigo; libre de toda complicación económica, jamás toca el dinero, no se preocupa de guardar cosas y siempre confía en Dios; libre de los problemas de transporte, no usa jamás vehículos y siempre camina por las márgenes de los ríos sagrados; no permanece nunca en el mismo lugar más de una semana, con el objeto de evitar el desarrollo de apego.
¡Así era esta alma modesta, excepcionalmente instruido en los Vedas, quien había recibido el grado de M. A. (Maestro en Artes) y el título de Shastrí (Maestro de las Escrituras) de la Universidad de Benarés. Un sentimiento sublime me envolvió en cuanto me senté a sus pies; parecía una respuesta a mis deseos de ver la real, la verdadera y antigua India, porque él era un genuino representante de esta tierra de gigantes espirituales.
Interrogué a Kara Patri acerca de su vida errabunda:
—¿No tiene usted ropa para el invierno?
—No; ésta es suficiente.
—¿Lleva usted consigo algunos libros?
—No; enseño de memoria a aquellas personas que desean escucharme.
—¿Qué más hace usted?
—Camino errante por las riberas del Ganges.
Luego, hacia la ermita de Brindaban dirigida por Swami Keshabananda.
El objeto de buscar a Keshabananda estaba relacionado con este libro. Nunca había olvidado la petición que me hiciera Sri Yukteswar de escribir la vida de Lahiri Mahasaya. Durante mi permanencia en la India, aprovechaba todas las oportunidades que se me presentaban para establecer contacto con parientes y discípulos directos del Yogavatar. Asentando sus conversaciones en voluminosas notas, verificaba hechos y fechas, y reunía fotografías, cartas antiguas y documentos. El portafolio que tenía destinado a la información de Lahiri Mahasaya creció considerablemente. Me daba cuenta, consternado, de que ante mí tenía una tarea ardua, y oraba pidiendo que mi labor de biógrafo fuera digna de la figura del colosal gurú. Algunos de sus discípulos temían que en una narración escrita su maestro fuera mal interpretado o que ésta no pudiera revelar su estatura espiritual.
«Difícilmente puede uno hacer justicia, con frías palabras, a la vida de una encarnación divina», me dijo Panchanon Bhattacharya en cierta ocasión.
Otros discípulos cercanos estaban igualmente satisfechos de conservar al Yogavatar oculto en sus corazones como el inmortal instructor. No obstante, y contando con la predicción de Lahiri Mahasaya acerca de su biografía, no escatimé esfuerzo alguno por corroborar todos los hechos de su vida externa.
Swami Keshabananda recibió cariñosamente a nuestra comitiva en Brindaban, en su ermita de Katyayani Peeth, un edificio grande, de ladrillos, con macizos pilares negros y rodeado de un precioso jardín. Nos condujo luego a una sala donde había una fotografía ampliada de Lahiri Mahasaya. El swami alcanzaba ya la edad de noventa años, pero su musculoso cuerpo irradiaba salud y vigor. Tenía los cabellos largos, una barba blanca como la nieve y ojos que brillaban de alegría: era la personificación de un verdadero patriarca. Le dije que quería mencionar su nombre en mi libro sobre los maestros de la India.
Swami Keshabananda aparece de pie (a la izquierda) junto a Yoganandaji y C. Richard Wright, secretario de Sri Yogananda. El swami, discípulo de Lahiri Mahasaya, en piedra. —Una vez más, el swami rió al repasar sus recuerdos⁸.
»De vez en cuando abandonaba mi retiro para ir a visitar a mi maestro en Benarés. Él solía bromear sobre mis incesantes viajes a través del desolado Himalaya: «Tienes en los pies la marca del anhelo de vagar —me dijo en cierta ocasión—. Me alegro de que el sagrado Himalaya sea lo bastante extenso para que te entretengas».
»Muchas veces —continuó Keshabananda—, tanto antes como después de su partida, Lahiri Mahasaya se me apareció corporalmente. ¡Para él, ninguna altura del Himalaya era inaccesible!
Dos horas después, nuestro anfitrión nos condujo a un patio-comedor: yo suspiré con silenciosa congoja. Otra comida con quince platillos. En menos de un año de disfrutar de la hospitalidad de la India, mi peso había aumentado más de 22 kilos. Sin embargo, se hubiera considerado la cúspide de la descortesía el rehusar cualquiera de los platos cuidadosamente preparados para aquellos banquetes sin fin que se organizaban en mi honor. En la India (como en ninguna otra parte, desafortunadamente), un swami acojinado por su gordura es considerado un espectáculo delicioso.
Después de la comida, Keshabananda me condujo a un rinconcito apartado.
—Tu llegada no fue inesperada —me dijo—. Tengo un mensaje para ti.
Mucho me sorprendió esto, porque nadie sabía de mis planes de visitar a Keshabananda.
—Mientras yo caminaba el año pasado por el norte del Himalaya, cerca de Badrinarayan —continuó el swami—, perdí mi camino. Una espaciosa cueva, que estaba vacía, me ofrecía albergue, y los restos de un fuego ardían en un hoyo del suelo rocoso. Preguntándome quién sería el ocupante de aquel solitario retiro, me senté cerca del fuego, con la mirada fija en el sol que entraba por la abertura de la cueva.
»—Keshabananda, me alegro de que estés aquí. —Estas palabras brotaron detrás de mí. Me volví, y quedé sorprendido al contemplar a Babaji. El gran gurú se había materializado en un recoveco de la cueva. Lleno de gozo al volverlo a ver después de tantos años, me postré a sus santos pies.
»—Yo te llamé —me dijo Babaji—. Por esa razón has perdido tu camino: yo te conduje a mi morada temporal en esta cueva. Hace ya mucho tiempo de nuestro último encuentro; me complace volver a saludarte.
»El inmortal maestro me bendijo con unas palabras de ayuda espiritual, y luego me dijo:
»—Te doy un mensaje para Yogananda; él te hará una visita en su viaje de regreso a la India. Muchos asuntos relacionados con su gurú y con los discípulos sobrevivientes de Lahiri Mahasaya mantendrán a Yogananda sumamente ocupado. Dile que en esta ocasión no le veré, aun cuando él está ansioso de que así sea; pero le veré en otra oportunidad.
Me enterneció profundamente el recibir de los labios de Keshabananda esta consoladora promesa de Babaji. Una cierta pena desapareció de mi corazón. Ya no lamenté más el hecho de que, como Sri Yukteswar había predicho, Babaji no apareciera en la Kumbha Mela.
Pasamos allí una noche como huéspedes de la ermita y a la tarde siguiente nuestra comitiva salió para Calcuta. Al cruzar un puente sobre el río Yamuna, gozamos del magnífico espectáculo de los edificios de Brindaban perfilados en el horizonte en el momento del crepúsculo; era como si el sol estuviera poniendo fuego a todo el cielo; una verdadera fragua de Vulcano que se reflejaba sobre las tranquilas aguas del río.
La ribera del Yamuna está santificada por los recuerdos de la niñez de Sri Krishna. Allí se entretenía él en sus inocentes zapatero remendón. Cuando se apartaron y se sentaron con toda la dignidad de su alcurnia para comer sus alimentos no contaminados, ¡oh, sorpresa!, cada brahmin encontró a su lado la forma de Ravidas. Esta visión colectiva produjo un gran despertar espiritual en Chitor.
A los pocos días nuestro pequeño grupo llegó a Calcuta. Ansioso por ver a Sri Yukteswar, me descorazoné al enterarme de que él había abandonado Serampore, y que actualmente se hallaba en Puri, a 483 km al sur.
«Ven inmediatamente a la ermita de Puri». Este telegrama fue enviado el día 8 de marzo, por un hermano discípulo, a Atul Chandra Roy Chowdhry, uno de los chelas de mi maestro en Calcuta. Noticias relativas al telegrama llegaron a mis oídos y, angustiado por su significado, caí de rodillas implorando a Dios que salvara la vida de mi gurú. Cuando estaba a punto de abandonar la casa de mi padre y tomar el tren, una divina voz habló dentro de mí:
—No vayas a Puri esta noche. Tu oración no puede ser concedida.
—¡Señor! —exclamé, desconsolado—. No querrás que tú y yo entremos en antagonismo en Puri, donde negarás mis súplicas por salvar la vida de mi maestro. ¿Acaso ha de partir a tu mandato, para cumplir deberes más elevados?
En obediencia al mandato interno, no salí esa noche para Puri. La siguiente noche me dirigí a tomar el tren; en el camino, a las siete, una negra nube astral cubrió repentinamente el cielo⁵. Más tarde, mientras el tren rugía rumbo a Puri, Sri Yukteswar apareció ante mí. Estaba sentado, con grave semblante, y una luz a cada lado de él.
—¿Todo ha terminado? —pregunté suplicante, elevando los brazos. Él asintió, moviendo la cabeza, y desapareció lentamente.
Cuando me hallaba en el andén de la estación a la mañana siguiente, en Puri, todavía esperando contra toda esperanza, un desconocido se me acercó.
—¿Ya sabe que su maestro se ha marchado? —Luego me dejó sin darme ninguna explicación; nunca llegué a saber quién fue aquel hombre ni cómo supo donde encontrarme.
Anonodado, me apoyé en la pared del andén, dándome cuenta de que mi maestro estaba tratando de comunicarme la devastadora noticia por diferentes medios. Hirviendo de rebeldía, mi alma era como un volcán en erupción. Cuando llegué a la ermita de Puri, me hallaba al borde del colapso. La voz interna me repetía tiernamente: «Tranquilízate, ten calma». lugar en Puri el 21 de marzo. Muchos discípulos vinieron a Puri para la celebración de los ritos.
Uno de los más grandes comentaristas del Bhagavad Guita, el Swami Maharaj era asimismo un gran discípulo de Yogiraj Sri Shyama Charan Lahiri Mahasaya de Benarés. El Swami Maharaj fundó varios centros de Yogoda Satsanga [Self-Realization Fellowship] en la India y fue la gran inspiración tras el movimiento del yoga que viajó a Occidente por conducto de Swami Yogananda, su principal discípulo. Fueron los poderes proféticos de Sri Yukteswarji y su elevada estatura espiritual lo que inspiró a Swami Yogananda a cruzar el océano y difundir en América el mensaje de los maestros de la India.
Sus interpretaciones del Bhagavad Guita y otras escrituras dan testimonio del profundo conocimiento sobre la filosofía tanto oriental como occidental que tenía Sri Yukteswarji, y arrojan luz sobre la unidad existente entre Oriente y Occidente. Basándose en su fe en la unidad de todos los credos religiosos, Sri Yukteswar Maharaj fundó Sadhu Sabha (Sociedad de Santos), con el propósito de inculcar un espíritu científico en la religión; en dicha sociedad cooperaron líderes de diferentes confesiones y credos. En el momento de su partida, nombró a Swami Yogananda como su sucesor en la dirección de Sadhu Sabha.
La India en verdad se ha empobrecido con la partida de este gran hombre. Puedan todos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerle imbuirse del verdadero espíritu de la cultura de la India y del sadhana que él personificara.
Regresé a Calcuta, no considerándome aún con fuerzas para ir a la ermita de Serampore, donde tendría que estar en contacto con sus sagrados recuerdos. Llamé a Prafulla, el pequeño discípulo de Sri Yukteswar en Serampore, e hice los arreglos para que entrara en la escuela de Ranchi.
—La mañana en que usted partió para la mela de Allahabad —me dijo Prafulla—, Sri Yukteswar se dejó caer pesadamente en el sofá.
»—¡Ya se fue Yogananda —exclamó—, ya se fue Yogananda! —Y añadió, enigmáticamente—: Tendré que decírselo en otra forma. —Luego se sentó en silencio durante horas enteras.
Los días siguientes estuve ocupado en conferencias, clases, entrevistas y reuniones con antiguos amigos. Bajo una sonrisa forzada, y en medio de una vida de intensa actividad, una corriente de pensamientos sombríos contaminaba el río interior de mi bienaventuranza que durante tantos años había serpenteado bajo las arenas de todas mis percepciones. que mis lágrimas rieguen una vez más el sepulcro de mi maestro.
Último festival del solsticio celebrado por Swami Sri Yukteswar en diciembre de 1935
Paramahansa Yogananda está sentado junto a Sri Yukteswar (en el centro) frente a la mesa, en el patio del ashram de Serampore. Fue en esta ermita donde Paramahansaji recibió, bajo la guía de su gran gurú, gran parte de los diez años de su entrenamiento espiritual. que mis lágrimas rieguen una vez más el sepulcro de mi maestro.
Último festival del solsticio celebrado por Swami Sri Yukteswar en diciembre de 1935
Paramahansa Yogananda está sentado junto a Sri Yukteswar (en el centro) frente a la mesa, en el patio del ashram de Serampore. Fue en esta ermita donde Paramahansaji recibió, bajo la guía de su gran gurú, gran parte de los diez años de su entrenamiento espiritual.
TEMPLO DEDICADO A LA MEMORIA DE SRI YUKTESWAR
Ubicado en el jardín de su ashram en Puri llevó consigo 657 manuscritos religiosos que consideró de mucho mayor valor.
5 No estuve presente en la muerte de mi madre, la de mi hermano mayor Ananta, mi hermana mayor Roma, mi maestro, mi padre, ni en la de muchos otros seres muy queridos. (Mi padre abandonó este mundo en Calcuta, en 1942, a la edad de ochenta y nueve años).
6 Los cientos de miles de sadhus hindúes dependen de un comité formado por siete líderes, que representan las siete grandes secciones de la India. El actual mahamandaleswar, o presidente, es Joyendra Puri. Este santo es sumamente reservado; a menudo confina su expresión a las palabras: «Verdad, Amor y Trabajo». ¡Elocuente conversación!
7 Título que literalmente significa «el que ve con su inteligencia» (por carecer de la visión física).
8 Existen muchas maneras, según parece, de dominar al tigre. Un explorador australiano, Francis Birtles, ha relatado que halló la jungla india «variada, hermosa y segura». Su medio mágico de protección era el papel matamoscas. «Cada noche, ponía una cierta cantidad de hojas de papel matamoscas alrededor de mi campamento, y nunca fui molestado —explicaba—. La razón es psicológica: el tigre es un animal de gran dignidad. Merodea y reta al hombre mientras no llega al papel matamoscas, pues entonces se echa atrás. Ningún tigre digno se atrevería a enfrentar a un hombre después de haber puesto sus patas en una cosa pegajosa, ¡como el papel matamoscas!».