«Pastoral» en la India meridional — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
41.«Pastoral» en la India meridional
Paramahansa Yogananda·~16 min
«Pastoral» en la India meridional
—Usted, Dick, es el primer occidental que ha entrado en ese santuario; muchos otros lo han intentado en vano.
Al oír mis palabras, el señor Wright pareció sorprendido y luego complacido. Acabábamos de dejar el bello templo de Chamundi, situado en los montes que dominan Mysore, en la India meridional. Allí nos habíamos inclinado ante los altares de oro y plata de la diosa Chamundi, patrona de la familia reinante de Mysore.
—Como recuerdo de este singular honor —dijo el señor Wright, guardando cuidadosamente algunos pétalos de rosa—, conservaré siempre estos pétalos, bendecidos por el sacerdote con agua de rosas.
Mi compañero y yo¹ pasábamos el mes de noviembre de 1935 como huéspedes del Estado de Mysore. El heredero de imitarlos por medio de simples pigmentos, pues el Señor recurre a un medio más simple y efectivo: pinturas que no son ni aceite ni pigmentos, sino rayos de luz. Lanza una mancha de luz aquí, y de inmediato se refleja el rojo; Él agita de nuevo el pincel, y el color se transforma gradualmente en naranja y en oro; luego, con un golpe que atraviesa las nubes, las deja rezumando púrpura, con un anillo escarlata en los bordes; y así sucesivamente. Sin descanso, tanto por la mañana como a la caída de la tarde, Él pinta. Todo es siempre cambiante, siempre nuevo, siempre fresco; sin emplear modelos ni duplicados; sin repetir jamás el mismo color. La belleza de los cambios del día a la noche que se observa en la India no tiene paralelo en ninguna parte del mundo. A menudo, el cielo luce como si Dios hubiera tomado todos los colores de su paleta y hubiera transformado el firmamento en un gigantesco caleidoscopio.
Debo describir el esplendor de un crepúsculo durante una visita a la gran represa de Krishnaraja Sagar³, construida aproximadamente a 20 kilómetros de la ciudad de Mysore. Yoganandaji y yo abordamos un pequeño autobús y, acompañados por un muchacho ayudante de mecánico, avanzamos por un suave camino de tierra en los momentos en que el sol se hundía en el horizonte y se asemejaba a un inmenso tomate maduro y aplastado.
Nuestro camino atravesaba los siempre presentes campos rectangulares de arroz, por entre una agradable fila de árboles banyan y en medio de bosquecillos de palmas; en todos lados, la vegetación era tan apretada como la que se observa en plena selva. Finalmente, al aproximarnos a la cima de un monte, nos encontramos cara a cara con un inmenso lago artificial, que reflejaba las estrellas y estaba bordeado de palmeras y otros árboles; lo rodeaban asimismo bellísimos jardines en forma de terraza y una hilera de luces eléctricas.
Por debajo de la orilla de la represa nuestros ojos vieron, maravillados, un fantástico espectáculo de rayos de colores jugando en fuentes semejantes a géiseres; parecía que se estaba vertiendo tinta brillante y de diversos colores; maravillosas cascadas azules, rojas, verdes y amarillas; y majestuosos elefantes de piedra que arrojaban chorros de agua. La represa, cuyas iluminadas fuentes me recordaron las de la Feria Mundial de 1933 en Chicago, destaca por su moderna estructura en esta antigua tierra de campos de arroz y gente sencilla. Los hindúes nos han brindado tan cariñosa bienvenida que temo que se requiera más que mi persuasión para llevar a Yoganandaji de regreso a América.
Otro raro privilegio: mi primera cabalgata en elefante. Ayer, el Yuvarajá nos invitó a su palacio de verano para disfrutar de un paseo sobre uno de sus elefantes: un animal enorme. Subí una escalerilla dispuesta para alcanzar el howdah o montura, que se encuentra revestida de seda y tiene la forma de una caja; y después, a rodar, mecerse, tambalearse y a descender por barrancos, demasiado
La ciudad de Hyderabad cuenta con la Universidad Osmania y con la impresionante mezquita Mecca Masjid, donde diez mil musulmanes se reúnen para orar.
El Estado de Mysore se encuentra a 900 metros sobre el nivel del mar y abunda en densos bosques tropicales, hogar de elefantes salvajes, bisontes, osos, panteras y tigres. Sus dos ciudades principales, Mysore y Bangalore, son limpias y atractivas, con muchos jardines y parques públicos.
La arquitectura y la escultura hindúes alcanzaron su mayor perfección en Mysore bajo el auspicio de los reyes hindúes de los siglos XI al XV. El templo de Belur, una obra maestra del siglo XI, completada durante el reinado del Rey Vishnuvardhana, no tiene paralelo en el mundo por su delicadeza de detalle y su exuberante imaginería.
Los edictos cincelados en roca, en el norte de Mysore, datan del siglo III a. C. e iluminan el recuerdo del rey Asoka⁴, cuyo extenso imperio incluyó la India, Afganistán y Beluchistán. Estos sermones de Asoka, inscritos en piedra en diversos dialectos, dan testimonio del vasto grado de educación de la población de aquella época. El edicto XIII denuncia la guerra: «No consideréis conquista alguna como verdadera, salvo la de la religión». El edicto X declara que la auténtica gloria de un rey depende del progreso moral que con su ayuda alcanzan sus súbditos. El edicto XI define «el verdadero obsequio» no como bienes materiales, sino como el Bien en sí, consistente en la propagación de la verdad. En el edicto VI, el amado emperador invita a sus súbditos a tratar con él todo asunto de interés público «a cualquier hora del día o de la noche» y agrega que, mediante el fiel cumplimiento de sus obligaciones reales, está él «obteniendo su propia liberación de la deuda contraída con sus congéneres».
Asoka era nieto del formidable Chandragupta Maurya, quien destruyó las guarniciones que Alejandro Magno dejara en la India y derrotó, en el año 305 a. C., al ejército invasor macedónico de Seleuco. En su corte en Pataliputra⁵, Chandragupta recibió al embajador griego Megástenes, cuyos relatos acerca de la feliz y emprendedora India de aquel tiempo aún perduran.
En el año 298 a. C., el victorioso Chandragupta cedió el gobierno del país a su hijo y partió al sur de la India, en donde pasó los últimos doce años de su vida dedicado a la búsqueda de Dios como asceta, en una pobreza total. La gruta que le albergó, en las rocas de Sravanabelagola, es en la actualidad un santuario de Mysore. En esta misma región existe la estatua más grande del mundo, esculpida en el año El yogui recibió esta invitación, bastante compulsiva, en absoluta calma, «sin siquiera levantar la cabeza de su lecho de hierba».
—Yo soy también hijo de Zeus, si Alejandro es tal —comentó—. No deseo nada de lo que posee Alejandro, pues estoy contento con lo que tengo, en tanto que a él lo veo errante con sus hombres, a través de los mares y las tierras, y sin ningún beneficio; y jamás pone término a sus viajes.
»Id y decid a Alejandro que Dios, el Supremo Rey, jamás es el Autor de errores insolentes, sino el Creador de la luz, de la paz, de la vida, del agua, del cuerpo y el alma del hombre; Él recibe a todos los hombres cuando éstos se liberan a la llegada de la muerte, no estando ya sujetos a ningún mal. Él es el único Dios a quien reverencio, que aborrece el asesinato y que jamás instiga las guerras.
»Alejandro no es ningún dios, ya que debe morir —continuó el sabio con serena ironía—. ¿Cómo puede ser él el amo del mundo, si no ha conseguido instalarse en el trono universal del dominio interior? Ni ha entrado vivo todavía en el Hades, ni conoce el curso del sol a través de las regiones de la tierra, la mayoría de cuyas naciones ni siquiera han oído su nombre.
Después de esta reprimenda, sin duda la más cáustica que jamás fuera enviada a los oídos del «Señor Soberano de todos los hombres», el sabio añadió irónicamente:
—Si los actuales dominios de Alejandro no bastan para satisfacer sus deseos, déjadle cruzar el río Ganges; ahí encontrará una región capaz de proporcionar sustento a todos sus hombres⁷.
»Lo que Alejandro me ofrece y los regalos que me promete son para mí cosas por entero inútiles —continuó Dandamis—; las cosas que yo aprecio y encuentro de verdadera utilidad y valor son estos árboles, que me dan cobijo; estas plantas en floración, que me proporcionan el diario sustento, y el agua, que sacia mi sed. Las demás posesiones, que suelen amasarse con enorme cuidado y ansiedad, siempre demuestran ser ruinosas para quienes las reúnen y sólo causan pena y vejaciones, que aquejan a los seres no iluminados. Por lo que a mí respecta, me tiendo sobre las hojas del bosque y, no teniendo nada que guardar ni vigilar, cierro mis ojos en tranquilo sueño; si algo tuviera que custodiar, mi apacible sueño se desvanecería. La tierra me lo proporciona todo, lo mismo que la madre alimenta a su pequeño. Voy adonde quiero y no vivo agobiado por preocupaciones materiales. conquistador de tantos pueblos, había encontrado la horma de su zapato».
Alejandro invitó a Taxila a varios ascetas brahmines, famosos por su habilidad para contestar cuestiones filosóficas con sabiduría y concisión. Una relación de las discusiones es ofrecida por Plutarco; el mismo Alejandro formuló las preguntas.
—¿Quiénes son más numerosos, los vivos o los muertos?
—Los vivos, porque los muertos no existen.
—¿Qué produce los animales más grandes, la tierra o el mar?
—La tierra, pues el mar no es más que una parte de la tierra.
—¿Cuál es, de las bestias, la más astuta?
—Aquella que el hombre no conoce. (El hombre teme a lo desconocido).
—¿Qué existió primero, el día o la noche?
—El día, con la ventaja de un día. —Esta respuesta hizo que Alejandro no pudiera ocultar su sorpresa. El brahmin añadió —: Las preguntas imposibles exigen respuestas imposibles.
—¿De qué manera puede un hombre hacerse querer de todos? —Un hombre será querido de todos si, poseyendo un gran poder, no se hace temer de nadie.
—¿Cómo puede un hombre llegar a ser un dios?⁸
—Haciendo lo que es imposible que el hombre haga.
—¿Qué es más fuerte, la vida o la muerte?
—La vida, puesto que soporta en sí tantos males.
Alejandro consiguió llevarse de la India a un verdadero yogui, a quien nombró su maestro. Este hombre era Kalyana (Swami Sphines), llamado «Kalanos» por los griegos. El sabio acompañó a Alejandro a Persia. Cierto día, en Susa, Kalanos se despojó de su viejo cuerpo, subiendo a una pira funeraria en presencia de todo el ejército macedonio. Los historiadores han referido el asombro de los soldados cuando observaron que el yogui no mostraba miedo ni señales de dolor y que no se movió de su posición mientras las llamas consumieron su cuerpo. Antes de sufrir la cremación, Kalanos abrazó a muchos de sus compañeros íntimos, pero se abstuvo de despedirse de Alejandro, a quien el sabio hindú dijo solamente:
—Te veré después, en Babilonia.
Alejandro dejó Persia, y un año después moría en Babilonia. La profecía del gurú hindú fue su modo de decir que estaría junto a Alejandro en la vida y en la muerte. sufrir devastación alguna y las cosechas se suceden con la abundancia suficiente para hacer la vida cómoda y fácil».
Los numerosos santuarios de Mysore constituyen un recordatorio constante de los muchos grandes santos de la India meridional. Uno de estos maestros, Thayumanavar, nos ha legado el siguiente poema, que constituye un desafío:
Puedes gobernar un elefante loco;
puedes cerrar la boca del oso y del tigre;
puedes cabalgar en un león;
puedes jugar con la cobra;
por medio de la alquimia, podrás ganarte la vida;
puedes vagar por el universo sin ser conocido;
puedes hacer de los dioses tus vasallos;
puedes conservarte siempre joven;
puedes caminar sobre el agua y vivir en el fuego;
pero gobernar la mente es mejor, y más difícil.
En el bello y fértil estado de Travancore, en el extremo sur de la India, donde el tráfico se realiza en ríos y canales, el Maharajá asume todos los años una obligación hereditaria para expiar los pecados originados por las guerras y la anexión, en el remoto pasado, de varios estados pequeños a Travancore. Durante cincuenta y seis días, anualmente, el Maharajá visita el templo tres veces al día para escuchar himnos védicos y recitaciones; la ceremonia de expiación termina con el lakshadipam o iluminación del templo por medio de cien mil luces.
La Presidencia de Madrás, en la costa sudeste de la India, contiene la extendida y espaciosa ciudad de Madrás, a la orilla del mar, y Conjeeveram, la Ciudad Dorada, lugar principal de la dinastía Pallava, cuyos reyes gobernaron durante los primeros siglos de la era cristiana. En la moderna Presidencia de Madrás los ideales pacifistas de Mahatma Gandhi han cobrado fuerte arraigo. Las blancas gorras distintivas, al estilo Gandhi, se ven por todas partes. En todo el sur en general, el Mahatma ha efectuado muchas reformas importantes en materia de templos para los «intocables», así como otras relativas a los sistemas de castas.
El origen del sistema de castas, formulado por el gran legislador Manu, era admirable. Éste apreció claramente que los hombres se pueden dividir, por evolución natural, en cuatro grandes clases: aquellos capaces de ofrecer servicio a la sociedad por medio del trabajo físico (sudras); aquellos que pueden servirla con su mentalidad, preparación y en los oficios de agricultura, comercio y negocios en general (vaisyas); aquellos cuyos talentos son de índole administrativa, ejecutiva y protectora: gobernantes y ser capaz de llevar a cabo la tarea de reformar el sistema de castas.
Tan fascinante es la India meridional, que el señor Wright y yo deseábamos prolongar nuestra idílica estadía en ella. Pero el tiempo, con su rudeza inmemorial, no nos obsequió con una extensión de cortesía. Yo tenía programado pronto dar un discurso en la sesión final del Congreso Filosófico Indio, en la Universidad de Calcuta. Al finalizar la visita a Mysore, disfruté de una conversación con Sir C. V. Raman, presidente de la Academia de Ciencias de la India. Este brillante físico hindú recibió el Premio Nobel, en 1930, por sus importantes descubrimientos en materia de la difusión de la luz: el «efecto Raman».
Despidiéndonos con pesar de una multitud de estudiantes y amigos de Madrás, el señor Wright y yo nos pusimos en marcha. En el camino nos detuvimos en una pequeña capilla consagrada a la memoria de Sadasiva Brahman¹¹, cuya vida, que transcurrió en el siglo XVIII, se hallaba rebosante de milagros. Un santuario Sadasiva mucho mayor, erigido en Nerur por el Rajá de Pudukkottai, constituye un concurrido lugar de peregrinación; este sitio ha presenciado muchas curaciones divinas. Los sucesivos gobernantes de Pudukkottai han atesorado, como documentos sagrados, las instrucciones religiosas que Sadasiva escribiera en 1750 para guiar al príncipe reinante.
Muchas historias curiosas acerca de Sadasiva, un querido e iluminado maestro, son hasta la fecha materia de conversación entre los pobladores de la India meridional. Sumergido un día, en estado de samadhi, en los bancos del Río Kaveri, se le vio cómo era arrastrado repentinamente por una fuerte corriente. Semanas más tarde fue desenterrado de debajo de una capa de fango cerca de Kodumudi, en el distrito de Coimbatore. Cuando las palas de los pobladores golpearon su cuerpo, el santo se puso de pie y se alejó rápidamente.
La reprimenda recibida de su gurú por haber derrotado, en una contienda dialéctica, a un anciano erudito en la filosofía vedanta indujo a Sadasiva a convertirse en muni (un asceta que ha hecho voto de silencio absoluto):
—¿Cuándo aprenderás tú, un mero jovenzuelo, a refrenar tu lengua? —observó su gurú.
—¡En este mismo momento, con las bendiciones suyas! —respondió él.
El gurú de Sadasiva, Swami Sri Paramasivendra Saraswati, fue el autor de Daharavidya Prakasika y de un profundo comentario sobre el Uttara Guita. En cierta ocasión, algunas personas mundanas se quejaron ante el ilustre gurú de la el lugar requerido, el silencioso santo depositó su carga en la cima de una enorme pila, todo el combustible estalló instantáneamente en llamas.
Sadasiva, al igual que Swami Trailanga, no usaba vestimenta alguna. Absorto en su interior, el desnudo yogui entró una mañana por error en la tienda de un jefe musulmán. Respondiendo a los gritos de alarma de dos damas, el guerrero atacó violentamente a Sadasiva, cortándole un brazo con su espada. Imperturbable, el maestro abandonó el lugar. Con hondo remordimiento y admiración, el musulmán recogió el brazo del suelo y siguió a Sadasiva, quien insertó serenamente el brazo en el muñón sangrante. Humildemente, el guerrero le solicitó su guía espiritual; en respuesta, el yogui escribió en la arena lo siguiente: «Abstente de hacer lo que deseas, y podrás entonces hacer lo que te plazca». Como resultado de este incidente, la mente del musulmán se purificó considerablemente. Tal fue el impacto espiritual que estas pocas palabras causaron en el guerrero que, comprendiendo que el paradójico consejo contenía la guía para alcanzar la liberación del alma mediante el dominio del ego, se convirtió en un digno discípulo del maestro y no volvió jamás a las andadas.
Los niños de la aldea expresaron cierta vez, en presencia de Sadasiva, el deseo de presenciar los festivales religiosos que se celebran en Madura, a 241 km de allí. El yogui indicó a los pequeños que tocaran su cuerpo. Instantáneamente, el grupo fue transportado a Madura. Los niños pasearon alegremente por entre los miles de peregrinos. Después de algunas horas, el yogui devolvió a sus hogares a los niños, empleando el mismo sencillo medio de transporte. Los atónitos padres escucharon de labios de sus niños el relato de las procesiones de imágenes y pudieron comprobar que varios de los pequeños llevaban bolsas con dulces de Madura.
Mofándose del santo y del incidente, cierto joven incrédulo recurrió a Sadasiva con ocasión del siguiente festival religioso, que iba a celebrarse en Srirangam. «Maestro —le dijo con desdén—, ¿por qué no me transporta usted al festival de Srirangam, tal como transportó a los niños a Madura?». La respuesta de Sadasiva no se hizo esperar: al instante, el joven descubrió que se encontraba entre las multitudes de aquella lejana ciudad. Grande fue su desazón, no obstante, cuando llegó el momento de regresar... ¡¿dónde se encontraba ahora el santo?! Sin otra alternativa que recurrir a sus propios pies, el muchacho retornó al hogar fatigado por este prosaico medio de transporte.
Antes de abandonar el sur de la India, el señor Wright y yo realizamos un peregrinaje a la sagrada colina de Arunachala cerca de Tiruvannamalai, en donde visitamos a Sri Ramana Maharshi. El sabio nos acogió afectuosamente en su ashram y allí nos mostró varios ejemplares de la revista East-West. Con su amable faz radiante de un amor y sabiduría divinos, Ramana Maharshi guardó silencio la mayor parte del tiempo que compartimos con él y sus discípulos.
El método enseñado por Sri Ramana para ayudar a la humanidad sufriente a recobrar su olvidado estado de perfección consiste en plantearse constantemente la pregunta: «¿Quién soy?»; ¡tal es, en verdad, el Supremo Interrogante! A través de la práctica de rechazar inexorablemente todo pensamiento ajeno al tema, el devoto se sumerge cada vez más en su verdadero Ser y las desconcertantes distracciones causadas por otros pensamientos acaban por desaparecer. Al respecto, el iluminado rishi del sur de la India ha escrito lo siguiente:
A algo se aferran las dualidades y trinidades;
nunca se manifiestan éstas en ausencia de todo apoyo.
Si desentrañamos su soporte, se aflojan y caen.
Ésta es, pues, la Verdad; quien así lo comprende, no vacila jamás.
Swami Sri Yukteswar y Paramahansa Yogananda en una procesión religiosa en Calcuta, 1935
Los versos escritos en los estandartes dicen (arriba): «Sigue el sendero de los grandes maestros». (Abajo, palabras de Swami Shankara): «Estar en presencia de un personaje divino, aun por un instante, puede salvarnos y redimirnos»
Otro volumen recomendado es Indian Culture Through the Ages [La cultura india a través de las edades], por S. V. Venkateswara (Nueva York: Longmans, Green & Co.).
»Estas cuatro etapas tienen su correspondencia en las eternas gunas o cualidades de la naturaleza, tamas, rajas y sattva: inercia, actividad y expansión; o masa, energía e inteligencia. Las cuatro castas naturales están marcadas por las gunas como 1) tamas (ignorancia); 2) tamas-rajas (mezcla de ignorancia y actividad); 3) rajas-sattva (mezcla de recta actividad e iluminación); 4) sattva (iluminación). Así, la naturaleza ha marcado a cada hombre con su casta correspondiente, por el predominio en él de una, o la mezcla de dos, de las gunas. Desde luego, todos los seres humanos tienen las tres guṇas en proporción variable. El gurú será capaz de determinar, sin error, la casta o estado de evolución de un individuo.
»Hasta cierto punto, todas las razas y las naciones observan en la práctica, ya que no en la teoría, las características de la casta. Dondequiera que haya gran libertinaje, o mal llamada libertad, particularmente en los matrimonios efectuados entre individuos pertenecientes a extremos opuestos de las castas naturales, la raza se debilita y llega a extinguirse. El Purana Samhita compara a los descendientes de semejantes uniones con los híbridos, como la mula, que es incapaz de propagar su propia especie. Las especies artificiales resultan finalmente exterminadas. La historia ofrece el ejemplo de grandes razas que en la actualidad no tienen representantes vivos. El sistema de castas de la India se encuentra acreditado por sus más profundos pensadores como medida contra el libertinaje, que ha permitido a la raza mantenerse pura durante milenios de vicisitudes, en tanto que otras razas se han desvanecido por completo».
El Shankaracharya de Sringeri Math, Su Santidad Sri Sacchidananda Sivabhinava Narasimha Bharati, escribió una inspirada Oda en alabanza a Sadasiva.