El interés de Babaji en Occidente — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
36.El interés de Babaji en Occidente
Paramahansa Yogananda·~11 min
EEl interés de Babaji en Occidente
—Maestro, ¿conoció usted a Babaji?
Era una tranquila noche de verano en Serampore, y yo me hallaba sentado al lado de Sri Yukteswar, en el balcón de la planta alta de la ermita, mientras las grandes estrellas de los trópicos brillaban sobre nuestras cabezas.
—Sí. —Mi maestro sonrió ante mi directa pregunta; sus ojos brillaron animados por la reverencia—. Tres veces he recibido la bendición de contemplar al inmortal gurú. Nuestra primera entrevista tuvo lugar en Allahabad, en una Kumbha Mela.
Las ferias religiosas que se llevan a cabo en la India desde tiempo inmemorial son conocidas con el nombre de Kumbha Melas; estas festividades aún conservan metas espirituales ante la vista constante de las multitudes. Los devotos hindúes
»Mis mordaces reflexiones sobre las reformas sociales fueron interrumpidas por la voz de un sanyasīn de elevada estatura, que se detuvo ante mí.
»—Señor —me dijo—, un santo le llama.
»—¿Quién es él?
»—Venga y véalo usted mismo.
»Algo vacilante, seguí al lacónico mensajero y pronto me encontré cerca de un árbol cuyas ramas daban sombra a un gurú y a su atractivo grupo de discípulos. El gurú, de una brillante presencia excepcional, tenía ojos oscuros y resplandecientes; se levantó a mi llegada y me abrazó.
»—Bienvenido, Swamiji —me dijo afectuosamente.
»—Señor —le contesté con énfasis—, yo no soy swami.
»—Aquellos a quienes la Divinidad me señala para otorgarles el título de swami nunca lo desechan. —El santo se dirigía a mí con sencillez, pero sus palabras resonaban con profunda convicción; en un instante me vi envuelto en una ola de bendición. Sonriendo ante mi súbito ascenso a la antigua orden monástica¹, me incliné reverentemente a los pies de aquel angélico gran ser en forma humana que me había honrado de esa manera.
»Babaji, pues era él, me instó a sentarme a su lado bajo el árbol. Era fuerte y joven y se parecía mucho a Lahiri
»En vista de mi propio encuentro con este excelso maestro, asentí rápidamente a su observación.
»—Señor —le dije—, he estado pensando en los grandes científicos de Occidente, cuya inteligencia sobrepasa considerablemente a la de la mayoría de la gente congregada aquí; hombres que moran en la distante Europa y en América, que profesan diferentes creencias y que desconocen el verdadero valor de las melas como la presente. Ésos son los hombres que podrían obtener mayores beneficios si se reuniesen con los grandes maestros de la India. Mas, aun cuando han alcanzado un alto nivel en sus logros intelectuales, muchos occidentales están sumergidos en un materialismo total. Otros, famosos en el campo de la ciencia y de la filosofía, no reconocen la unidad esencial de las religiones. Sus credos actúan como infranqueables barreras que amenazan con separarlos de nosotros para siempre.
»—Ya veo que estás tan interesado en Occidente como en Oriente. —El rostro de Babaji se iluminó con la luz de la aprobación—. Siento la angustia de tu corazón, cuya amplitud acoge igualmente a todos los hombres. Ésta es la razón por la que te he hecho venir aquí.
»Oriente y Occidente deben establecer un verdadero sendero dorado de actividad y espiritualidad combinadas — continuó diciendo—. La India tiene mucho que aprender de Occidente en cuanto al desarrollo material; a su vez, la India puede enseñar métodos universales por medio de los cuales Occidente podría cimentar sus creencias religiosas sobre las inconmovibles bases de la ciencia del yoga.
»Tú, Swamiji, tienes una misión que cumplir en el próximo advenimiento de un armónico intercambio entre Oriente y Occidente. Dentro de algunos años te enviaré a un discípulo a quien podrás adiestrar para la difusión del yoga en Occidente. Desde allá, las vibraciones de muchas almas espiritualmente sedientas fluyen hacia mí. Percibo la existencia de santos potenciales, tanto en América como en Europa, que únicamente esperan ser despertados.
En esta parte de su relato, Sri Yukteswar se volvió hacia mí, con una mirada directa.
—Hijo mío —continuó sonriente bajo los rayos de la luna—, tú eres el discípulo que hace años prometió Babaji enviarme.
Mucho me alegró el saber que Babaji había dirigido mis pasos hacia Sri Yukteswar; sin embargo, era muy difícil para mi imaginarme en el lejano Occidente, lejos de mi amado maestro y de la sencilla paz de la ermita. —Babaji me habló luego del Bhagavad Guita —prosiguió Sri Yukteswar—. Con sorpresa de mi parte, él me indicó, por medio de algunos cumplidos, que sabía que yo había escrito algunas interpretaciones de varios capítulos del Guita.
»—A mi súplica, Swamiji, te ruego asumir otra tarea —me dijo el gran maestro—. ¿No querrías escribir un breve libro que señale la armonía esencial existente entre las escrituras cristanas e hindúes? Su unidad básica se halla actualmente oscurecida por las diferencias sectarias que existen entre los seres humanos. Demuestra, a través de citas paralelas, que los inspirados hijos de Dios han hablado de la misma verdad.
»—Maharaj² —le contesté tímidamente—, ¡qué mandato! ¿Podré cumplirlo?
»Babaji rió calladamente.
»—¿Por qué dudas, hijo mío? —me dijo para infundirme ánimo—. En verdad, dime, ¿de quién es toda esta obra, y quién es el Hacedor de todas las acciones? Todo aquello que el Señor me ha hecho decir ha de materializarse en verdad.
»Yo me consideré entonces capacitado para la obra, gracias a las bendiciones del santo, y consentí en escribir el libro. Sintiendo con tristeza que la hora de la partida estaba próxima, me levanté de mi asiento sobre las hojas. »—Gurudeva, el divino maestro me dio un mensaje para usted. «Dile a Lahiri —me dijo— que el poder almacenado para esta vida se está agotando, casi está terminado».
»Al pronunciar estas palabras, para mí enigmáticas, el cuerpo de Lahiri Mahasaya tembló como si hubiera sido tocado por una corriente eléctrica. En un instante, todo en él entró en un silencio absoluto; su expresión sonriente se tornó increíblemente austera. Como una estatua de madera, sombrío e inconmovible en su asiento, su cuerpo perdió todo color. Yo estaba alarmado y sobrecogido. Nunca en mi vida había visto a esta alma siempre gozosa manifestar tan severa gravedad. Los otros discípulos presentes le miraban fijamente y con aprensión.
»Pasaron tres horas en completo silencio. Luego, Lahiri Mahasaya reasumió su modo natural y alegre, y nos habló cariñosamente a cada uno de los chelas. Todos suspiramos con gran alivio.
»Por la reacción de mi maestro al escuchar el mensaje de Babaji, comprendí que ésta había sido una señal inequívoca por medio de la cual Lahiri Mahasaya supo que su cuerpo sería pronto desocupado. Su impresionante silencio demostró que mi maestro había controlado instantáneamente su ser, cortando el último hilo de apego al mundo material, y volando hacia su siempre existente identidad con el Espíritu.
La observación de Babaji había sido su modo de decirle: «Siempre estaré a tu lado».
»Aun cuando Babaji y Lahiri Mahasaya eran omniscientes y no tenían necesidad de comunicarse por mi conducto o algún otro intermediario, los grandes maestros con frecuencia condescieden a tomar parte en el drama humano. De vez en cuando transmiten sus profecías a través de mensajeros comunes, con el objeto de que sus palabras infundan mayor fe entre el vasto círculo humano que más tarde se entera de la historia.
»Tan pronto como dejé Benarés, me puse a trabajar en Serampore en el libro sobre las escrituras que Babaji me había solicitado —prosiguió Sri Yukteswar—. No bien había principiado mi obra, me sentí inspirado a escribir un poema dedicado al inmortal gurú. Las melodiosas líneas afluían a mi pluma sin ningún esfuerzo, aun cuando nunca antes había intentado escribir poesía sánscrita.
»En la quietud de la noche, me entregué a la tarea de comparar la Biblia y las escrituras del Sanatana Dharma². Citando las palabras de Jesús, procuré demostrar que sus enseñanzas coinciden, en esencia, con las revelaciones de los
»—No, hijo, somos gente que ama más el abrigo de los árboles; este sitio es bastante cómodo.
»—Le ruego que aguarde un instante, Maestro —le miré, suplicante—; regreso en un momento con unas confituras especiales⁶.
»Cuando regresé, a los pocos minutos, con un plato de golosinas, ¡ay!, el majestuoso árbol banyan ya no cobijaba al séquito celestial. Busqué infructuosamente por los alrededores del ghat, pero en mi corazón sentía que la pequeña comitiva había abandonado el lugar con etéreas alas.
»Me sentí profundamente lastimado. «Aun cuando me encuentre nuevamente con Babaji, no le hablaré —me dije—. Él fue poco considerado al abandonarme de una manera tan repentina». Esto era, por supuesto, un arrebato de amor y nada más.
»Unos meses después visitaba yo a Lahiri Mahasaya en Benarés. Al entrar en su sala, mi gurú me saludó sonriente.
»—Bienvenido, Yukteswar —me dijo—. ¿Al entrar, no te encontraste con Babaji en el umbral de la puerta?
»—No, no le vi —le contesté, sorprendido.
»—Ven aquí. —Lahiri Mahasaya me tocó ligeramente la frente; inmediatamente contemplé a Babaji cerca de la puerta, resplandeciente como un loto.
»Luego recordé mi antiguo resentimiento, y no le reverencié. Lahiri Mahasaya me miró sorprendido.
»El divino gurú me contempló con sus ojos insondables.
»—¿Estás disgustado conmigo?
»—Señor, ¿cómo no he de estarlo? —le contesté—. Del aire desciende usted con su mágico grupo, y en el sutil aire desaparece de nuevo.
»—Yo te había dicho que te volvería a ver, pero no te dije cuánto tiempo estaría contigo. —Babaji rió suavemente—. Tú estabas muy excitado, y puedo asegurarte que ya casi me había extinguido en el éter por las ráfagas de tu inquietud.
»Instantáneamente quedé satisfecho con esta nada lisonjera explicación. Me arrodillé a sus pies y el supremo gurú me dio unas palmadas en el hombro afectuosamente.
»—Hijo, debes meditar más —me dijo—. Tu mirada no es todavía perfecta; no pudiste verme cuando me encontraba oculto tras los rayos solares. —Con estas palabras, que resonaron como si procedieran de una flauta celestial, Babaji desapareció en medio de la oculta radiación.
»—Ésa fue una de las últimas visitas a mi gurú en Benarés —concluyó Sri Yukteswar—. Tal como Babaji había predicho en la Kumbha Mela, la encarnación de Lahiri Mahasaya como jefe de hogar estaba llegando a su fin. Durante el verano
Durante horas, en ese mismo día⁸, el Maestro explicó maravillosamente el Guita y luego nos dijo con sencillez:
»—Me voy a mi hogar.
»Sollozos de angustia prorrumpieron de todos los corazones como un torrente irresistible.
»—Calmaos, resucitaré. —Luego de estas palabras, Lahiri Mahasaya se puso de pie, hizo girar su cuerpo tres veces en un círculo, y dando la cara al norte, asumió la postura del loto y gloriosamente entró en mahasamādhi⁹.
»El hermoso cuerpo de Lahiri Mahasaya, tan estimado por sus devotos, fue incinerado con los solemnes ritos que se les hacen a los hombres de hogar, en Manikarnika Ghat, a orillas del sagrado río Ganges —continuó Keshabananda—. Al día siguiente, a las diez de la mañana, mientras yo estaba todavía en Benarés, mi habitación se inundó de una gran luz. Ante mí, en carne y hueso, estaba Lahiri Mahasaya. Se le veía exactamente igual que en su cuerpo anterior; únicamente parecía más joven y más radiante. Mi divino gurú me habló.
»—Keshabananda —me dijo—, soy yo. De los desintegrados átomos de mi cuerpo incinerado, he resucitado una nueva forma. Mi labor como hombre de hogar en el mundo ha concluido; pero no abandono la tierra completamente. De aquí en adelante, pasaré una temporada con Babaji en el Himalaya, y con Babaji en el cosmos.
»Con unas cuantas palabras me bendijo, y el maestro trascendental desapareció. Una maravillosa inspiración llenó mi corazón, y fui elevado en Espíritu, al igual que les sucedió a los discípulos de Cristo y de Kabir¹⁰ cuando vieron a sus gurús resucitados tras la muerte.
»—Cuando regresé a mi aislada ermita en Hardwar —continuó Keshabananda— me llevé conmigo una porción de las sagradas cenizas de mi maestro. Yo sabía que él había escapado de la cárcel del espacio y del tiempo; el pájaro de la omnipresencia estaba libre. Sin embargo, me confortaba el corazón el conservar en un nicho sus sagradas cenizas.
Otro discípulo que recibió la bendición de contemplar al gurú resucitado fue el santo Panchanon Bhattacharya¹¹. Visité a Panchanon en su casa de Calcuta, y escuché con deleite los relatos de sus muchos años con el Maestro. Ya para terminar, me narró el más maravilloso suceso de su vida:
—Aquí, en Calcuta —me dijo Panchanon—, a las diez de la mañana del día siguiente de su incineración, Lahiri Mahasaya se me apareció en toda su viviente gloria.
Swami Pranabananda, el «santo con dos cuerpos», también me contó los detalles de su propia suprema
«Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»¹².
El antiguo nombre de la India es Aryavarta, literalmente: «morada de los arios». La raíz arya es, en sánscrito, equivalente a «digno, santo, noble». Posteriormente, el uso etnológico erróneo de «ario» para significar no lo espiritual, sino características físicas, condujo al gran orientalista Max Müller a declarar, en forma por demás original: «Para mí, un etnólogo que habla de raza aria, sangre aria, cabellos arios y ojos arios es tan gran pecador como el filólogo que habla de un diccionario dolicocéfalo o de una gramática braquicéfala».
Mahavatar Babaji es el gurú supremo en la sucesión de maestros de la India que asumen la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual de todos los miembros de SRF/YSS que practican fielmente Kriya Yoga.
Kabir fue un gran santo del siglo XVI, entre cuyos numerosos seguidores se incluían tanto hindúes como musulmanes. Cuando sobrevino la muerte del santo, sus discípulos comenzaron a reñir y a discutir sobre la forma en que habría de conducirse la ceremonia de los funerales. El exasperado maestro se levantó de su sueño de muerte y dio las instrucciones pertinentes a sus discípulos. «La mitad de mis despojos serán enterrados de acuerdo con los rituales islámicos —les dijo—, y la otra mitad será incinerada de acuerdo con los ritos hindúes». A continuación, desapareció. Cuando los discípulos retiraron el sudario que había cubierto su cuerpo, no se encontró más que un hermoso ramo de flores. La mitad de estas flores fueron obedientemente enterradas en Maghar por los musulmanes, quienes hasta la fecha reverencian ese santuario. Y la otra mitad fue cremada en una ceremonia hindú en Benarés. En el sitio de la incineración, se construyó un templo denominado Kabir Cheura, al cual acuden numerosos peregrinos.
En cierta ocasión, cuando Kabir era joven, se le acercaron dos discípulos que deseaban del maestro una información detallada, de carácter intelectual, relativa al sendero místico. El maestro les respondió sencillamente:
El sendero presupone distancia;
si Él está cerca, no se requiere ningún sendero.
Y esto a mí me hace reír:
¡El oír que un pez en el agua tiene sed!