La vida crística de Lahiri Mahasaya — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
35.La vida crística de Lahiri Mahasaya
Paramahansa Yogananda·~13 min
LLa vida crística de Lahiri Mahasaya
«Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia»¹. En estas palabras dirigidas a Juan el Bautista, y al pedirle a Juan que lo bautizara, Jesús reconocía los derechos divinos de su gurú.
Basándome en un estudio reverente de la Biblia desde el punto de vista oriental², así como desde mi percepción intuitiva, estoy convencido de que Juan el Bautista fue en vidas pasadas el gurú de Jesucristo. Existen numerosos pasajes en la Biblia que infieren que, en su última encarnación, Juan y Jesús eran, respectivamente, Elías y su discípulo Eliseo.
El final mismo del Antiguo Testamento es una predicción de la reencarnación de Elías y Eliseo: «Voy a enviaros al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahvé, grande y alcanzas a verme cuando sea arrebatado de tu lado, entonces pasará a ti". [...] y recogió el manto que había caído de las espaldas de Elías»⁸.
Los papeles se habían cambiado, porque Elías-Juan ya no necesitaba ostensiblemente ser el gurú de Eliseo-Jesús, quien había alcanzado la perfección divina.
Cuando Cristo se transfiguró en la montaña⁹, fue a su gurú Elías y a Moisés a quienes vio. Y una vez más, en su hora postrera, en la cruz, Jesús clamó con fuerte voz: «"¡Elí, Elí!, ¿lemá sabactaní?", esto es: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: "A Elías llama éste. [...] Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle"»¹⁰.
El eterno lazo entre gurú y discípulo que existía entre Juan y Jesús estaba igualmente presente entre Babaji y Lahiri Mahasaya. Con tierna solicitud, el inmortal gurú cruzó las turbulentas aguas abismales que separaban las encarnaciones de su chela y guio los pasos sucesivos que luego siguiera el niño y más tarde el adulto Lahiri Mahasaya. No fue sino hasta que el discípulo hubo alcanzado la edad de treinta y tres años cuando Babaji consideró que había llegado el tiempo para restablecer abiertamente el nunca roto lazo. Luego, después de su breve encuentro cerca de Ranikhet, el magnánimo Maestro no mantuvo a su amado discípulo a su lado, sino que le confirió una misión ostensible en el mundo. «Hijo mío, vendré cuando me necesites». ¿Qué amante mortal puede cumplir las infinitas implicaciones de semejante promesa?
Desconocido para la sociedad en general, un gran renacimiento espiritual comenzó a fluir en 1861, en una remota parte de Benarés. Tal como la fragancia de las flores no puede ser suprimida, así Lahiri Mahasaya, viviendo quietamente como un ideal hombre de hogar, no podía ocultar su gloria innata. Poco a poco, de todas las regiones de la India, como las abejas, los devotos buscaron el néctar divino del maestro liberado.
El jefe inglés de la oficina de Lahiri fue uno de los primeros en notar el trascendental cambio de su empleado, a quien llamaba afectuosamente «extático Babu».
—Señor, parece usted triste, ¿qué ocurre? —Lahiri Mahasaya le hizo esta compadecida pregunta a su jefe, una mañana.
—Mi esposa, que se encuentra en Inglaterra, está gravemente enferma y me siento destrozado por la ansiedad.
Día tras día, uno o dos devotos buscaban al sublime gurú para recibir la iniciación en Kriya. Además de estos deberes espirituales, de sus deberes familiares y de su trabajo, el gran maestro asumió siempre un entusiasta interés por el problema educativo. Organizó muchos grupos de estudio y jugó un papel muy importante en el desarrollo de una gran escuela de cursos secundarios en Bengalitola, un distrito de la ciudad de Benarés. Las pláticas semanales sobre temas de las escrituras, que el gurú exponía, fueron tan conocidas que se les llamó la «Asamblea del Guita»; ávidamente concurrían a ellas muchos entusiastas buscadores de la verdad.
Por medio de estas múltiples actividades, Lahiri Mahasaya trató de responder a la protesta habitual: «Después del trabajo y de cumplir con los deberes sociales, ¿qué tiempo queda para la meditación devocional?». La armoniosa y bien equilibrada vida del gran hombre de hogar fue la inspiradora contestación para millares de hombres y mujeres. Ganando un modesto sueldo, llevando una vida de sobria economía y carente de toda ostentación, el Maestro se mantenía accesible a todos y vivía en forma disciplinada y feliz cumpliendo con todos sus deberes mundanos.
Aunque asentado en el trono del Ser Supremo, Lahiri Mahasaya mostraba su reverencia a todos los hombres, independientemente de sus diferentes méritos; y cuando sus devotos le saludaban, él a su vez se inclinaba ante ellos. Con la humildad de un niño, el Maestro tocaba con frecuencia los pies de otras personas, pero raramente consentía que se le rindiese a él tal honor, aun cuando esta demostración de reverencia al gurú constituye una costumbre arraigada en Oriente.
Un significativo rasgo de la vida de Lahiri Mahasaya fue el hecho de que impartió la iniciación en Kriya a personas de todas las religiones, sin limitarse únicamente a los hindúes, ya que hubo tanto musulmanes como cristianos entre sus discípulos destacados. Monistas y dualistas, y aun miembros de sectas no organizadas o reconocidas, todos por igual e imparcialmente eran instruidos por el gran gurú universal. Uno de sus más aventajados chelas era Abdul Gufur Khan, un musulmán. Aun cuando había nacido en la elevada casta de los brahmines, Lahiri Mahasaya hizo cuanto pudo en su época por abolir el absurdo y rígido fanatismo de las castas. Todos, sin excepción e independientemente de las diferencias sociales, encontraron cobijo y amparo bajo las alas omnipresentes del gurú, quien, como todos los profetas inspirados por Dios, dio nuevas esperanzas a los abandonados y desamparados de la sociedad. debe sentarse a meditar. Un cristiano debe arrodillarse varias veces al día, orando a Dios y luego leyendo la Biblia».
Con sabio discernimiento, el gurú conducía a sus seguidores ya sea a través del sendero de Bhakti (devoción), Karma (acción), Guiana (conocimiento) o Raja (completo, real) Yoga, según las tendencias naturales de cada uno de ellos. El Maestro era lento en otorgar su permiso para que los devotos entraran formalmente en el sendero monástico; siempre les hacía presente que deberían reflexionar sobre las austeridades de dicha vida.
El gran gurú enseñó a sus discípulos a evitar las discusiones teóricas acerca de las escrituras. «Solamente aquel que se dedica a percibir, y no meramente a leer, las antiguas revelaciones es en verdad sabio —decía—. Resuelvan todos sus problemas a través de la meditación¹³. En lugar de vanas especulaciones religiosas, busquen la verdadera comunión con Dios.
»Limpien su mente de los escombros de los dogmas teológicos; dejen que penetren en ella las frescas y bienhechoras aguas de la percepción directa de la verdad. Pónganse en armonía con la activa Guía Interior; la divina voz posee la respuesta para cada uno de los dilemas de la vida. Aun cuando el ingenio del hombre para buscarse dificultades le confirió diksha (iniciación espiritual). El muchacho fue posteriormente a Benarés y le rogó al gurú que le concediera diksha. «Ya te he iniciado, en un sueño», replicó Lahiri Mahasaya.
Si un discípulo descuidaba algunas de sus obligaciones mundanas, el Maestro, con dulzura y amabilidad, le corregía y disciplinaba.
«Las palabras de Lahiri Mahasaya siempre eran suaves y tiernas aun cuando se viera obligado a hablar abiertamente de las faltas de algún chela —me contó en una ocasión Sri Yukteswar, agregando con nostalgia—: Ningún discípulo escapó jamás de los certeros dardos del Maestro». No pude menos que reírme, pero sinceramente le aseguré a Sri Yukteswar que, punzantes o no, sus palabras eran música para mis oídos.
Lahiri Mahasaya había dividido cuidadosamente el Kriya en cuatro iniciaciones progresivas¹⁵. Concedía las tres técnicas más elevadas únicamente a los devotos que habían manifestado un definido progreso espiritual. Un día, cierto chela, considerando que no se le había apreciado en su verdadero valor, manifestó ostensiblemente su descontento.
—Maestro —dijo—, con certeza ya estoy preparado para la segunda iniciación.
En ese momento se abrió la puerta y entró un modesto discípulo, Brinda Bhagat, que era un cartero de la ciudad de Benarés.
—Brinda, siéntate cerca de mí. —El gran maestro le sonrió afectuosamente—. Dime, ¿estás ya listo para recibir la segunda técnica de Kriya?
El pequeño cartero unió las manos en ademán suplicante:
—Gurudeva —dijo alarmado—, por favor, ¡no más iniciaciones! ¿Cómo podría yo asimilar una técnica más elevada? He venido hoy para pedirle sus bendiciones, porque la primera parte del Kriya me ha embriagado tanto ¡que ya no puedo entregar mis cartas!
—Brinda nada ya en el océano del Espíritu. —A estas palabras de Lahiri Mahasaya, el otro discípulo bajó la cabeza.
—Maestro —le dijo—, ya veo que he sido un mal obrero, que ha culpado de su inhabilidad a las herramientas.
El humilde cartero, que era un hombre sin cultura, desarrolló más tarde su intuición mediante la práctica de Kriya a tal grado que hasta catedráticos le buscaban ocasionalmente para obtener de él la interpretación de complicados pasajes de las escrituras. Inocente por igual de pecado y sintaxis, el pequeño Brinda ganó renombre en los dominios de los ilustrados pándits.
Además de los numerosos discípulos que Lahiri Mahasaya tenía en Benarés, otros cientos venían de diferentes partes de la India. Él mismo viajó algunas veces a través de Bengala, visitando a los suegros de sus dos hijos. Así, bendecido por su presencia, el estado de Bengala se convirtió en un panal de pequeños grupos de estudiantes de Kriya. Especialmente en los distritos de Krishnanagar y Bishnupur, muchos devotos, de manera silenciosa, han mantenido fluyendo hasta nuestros días la invisible corriente de la meditación espiritual.
Entre los muchos santos que recibieron Kriya de manos de Lahiri Mahasaya, debe mencionarse al ilustre Swami Bhaskarananda Saraswati, de Benarés, y al gran asceta de Deoghar, Balananda Brahmachari. Por algún tiempo, Lahiri Mahasaya fue tutor privado del hijo del Maharajá Iswari Narayan Sinha Bahadur, de Benarés. Reconociendo tanto el Maharajá como su hijo la alta espiritualidad del Maestro, ambos buscaron la iniciación en Kriya, al igual que hizo el Maharajá Jotindra Mohan Thakur.
Algunos discípulos de posición influyente deseaban extender el círculo de los adeptos de Kriya por medio de la publicidad. El Maestro les negó su permiso. Un chela, el médico real del Lord de Benarés, inició un esfuerzo
Ante el asombro de todos los que le trataban, el estado fisiológico habitual de Lahiri Mahasaya exhibía las características sobrehumanas de la suspensión del aliento, la ausencia de sueño, la cesación del pulso y de los latidos del corazón, ojos inmóviles durante horas, y una profunda aura de paz. Ningún visitante se marchaba sin experimentar una elevación espiritual en su ser; todos sabían que habían recibido la silenciosa bendición de un verdadero hombre de Dios.
El Maestro le permitió a su discípulo Panchanon Bhattacharya abrir un centro de yoga en Calcuta, denominado Arya Mission Institution. Dicho centro distribuía hierbas medicinales¹⁸ de acuerdo con el yoga, y publicó la primera edición popular del Bhagavad Guita en Bengala. El Guita de la Arya Mission, en hindi y bengalí, llegó a miles de hogares.
Siguiendo una antigua tradición, el Maestro solía dar a la gente, por lo general, un aceite de neem¹⁹ indicado para la curación de diversas enfermedades.
Cuando el gurú le pedía a algún discípulo que destilara el aceite, éste cumplía con facilidad el encargo. Pero si cualquier otro trataba de hacerlo, se encontraba con innúmeras dificultades, pues el aceite se evaporaba casi del todo, después de pasar por el proceso de destilación requerido. Evidentemente, las bendiciones del Maestro eran un ingrediente indispensable.
A continuación puede verse un texto manuscrito y firmado por Lahiri Mahasaya, en bengalí. Estas líneas son parte de una carta enviada a un chela; el gran maestro interpreta un verso en sánscrito: «Aquel que ha obtenido un estado de calma en que sus ojos no parpadean ha dominado el Sambhabi Mudra»20. [Firmado en la parte inferior izquierda:] «Sri Shyama Charan Deva Sharman».
Al igual que muchos otros grandes profetas, Lahiri Mahasaya no escribió libro alguno, pero instruyó a varios discípulos en sus interpretaciones de las escrituras. Mi contar con este proceso, las normas morales que abarcan meras prohibiciones carecen de todo valor para nosotros.
»Detrás de todas las manifestaciones fenoménicas, yace el Infinito, el Océano de Poder. Nuestras ansias de actividades mundanas matan el sentido de reverencia espiritual que mora en nuestro interior. La ciencia nos enseña a utilizar los poderes de la naturaleza, mas no por ello comprendemos que, en el fondo de todo nombre y toda forma, yace una Vasta Vida. De nuestra familiaridad con la Naturaleza ha nacido nuestro desdén hacia sus enigmas esenciales; mantenemos con ella una relación de tipo meramente práctico. La perturbamos, por decirlo así, con el objeto de descubrir en qué formas podemos forzarla a servir para nuestros propósitos; hacemos uso de sus energías, cuya Fuente permanece aún desconocida. En la ciencia, nuestra relación con la Naturaleza se asemeja a la que existe entre un arrogante caballero y su sirviente; o, en un sentido filosófico, la Naturaleza se parece a un prisionero en el banco de los acusados. La interrogamos y contrainterrogamos, la desafiamos, y pesamos minuciosamente sus datos en balanzas humanas, incapaces de medir sus valores ocultos.
»Y por otra parte, cuando el ser se encuentra en comunión con un poder superior, la Naturaleza obedece automáticamente, sin violencia ni tensión alguna, a la voluntad del hombre. Este natural dominio sobre la Naturaleza es considerado como un poder "milagroso" por el materialista, incapaz de comprender tal fenómeno.
»La vida de Lahiri Mahasaya estableció un ejemplo que transformó el erróneo concepto de que el yoga es una práctica misteriosa. Por encima de las concretas realidades de la ciencia física, cada hombre puede encontrar en el Kriya Yoga la vía para comprender su verdadera relación con la Naturaleza y para sentir reverencia espiritual hacia todos los fenómenos, ya sean de tipo místico o cotidiano²². Deberíamos recordar siempre que hechos inexplicables hace mil años ya no lo son hoy, y temas que ahora parecen misteriosos posiblemente se tornarán perfectamente inteligibles dentro de algunos años.
»La ciencia del Kriya Yoga es eterna, y tan verdadera como las matemáticas. Tal como las simples leyes de la suma y la resta, la ley del Kriya jamás podrá ser destruida. Quemad hasta las cenizas todos los libros sobre matemáticas, y los hombres de mentalidad lógica podrán siempre redescubrir sus verdades. Haced desaparecer todos los textos de yoga, y sus fundamentos volverán a ser revelados cuandoquiera para la gente en general no debe ser públicamente discutido o publicado sin un discernimiento cuidadoso». Si en estas páginas aparentemente he ignorado su advertencia, se debe a que he recibido su sanción interior para hacerlo así. Pero al registrar las vidas de Babaji, Lahiri Mahasaya y Sri Yukteswar, he considerado preferible omitir ciertos relatos milagrosos, los cuales no podría incluir sin escribir simultáneamente un volumen explicativo de la más abstrusa filosofía.
El mensaje de Lahiri Mahasaya, como padre de familia y yogui, es de una naturaleza práctica que concuerda con las necesidades del mundo actual. Debido a que, en la era presente, no existen ya en la India las excelentes condiciones económicas y religiosas del pasado, Lahiri Mahasaya no alentó a los devotos a convertirse en ascetas errantes y mendigar su sustento, conforme al antiguo ideal de vida del yogui. El gran maestro enfatizó, en cambio, cuán ventajoso es para un yogui el mantenerse mediante su propio trabajo —en lugar de depender del apoyo de una sociedad apremiada por las dificultades— y practicar el yoga en la intimidad de su propio hogar. Lahiri Mahasaya reforzó este consejo con el estímulo de su ejemplo personal; él fue, en verdad, el modelo perfecto de un yogui moderno, «actualizado». Su estilo de vida, tal como lo planeara Babaji, estaba destinado a servir de guía, en todas partes del mundo, a quienes aspiran a convertirse en yoguis.
¡Nueva esperanza para hombres nuevos! «La unión con Dios —proclamó el Yogavatar— es posible por medio del propio esfuerzo personal y no depende de creencias teológicas ni de la voluntad arbitraria de un Dictador Cósmico».
Por medio de la llave de Kriya, quienes no pueden llegar a creer en la divinidad de ningún hombre conocerán, al fin, la plenitud de la divinidad de su propio ser.
LAHIRI MAHASAYA (1828-1895)
Yogavatar, o «Encarnación del Yoga»
Discípulo de Babaji y gurú de Sri Yukteswar
Restaurador de la antigua ciencia del Kriya
Yoga en la India moderna
LAHIRI MAHASAYA (1828-1895)
Yogavatar, o «Encarnación del Yoga»
Discípulo de Babaji y gurú de Sri Yukteswar
Restaurador de la antigua ciencia del Kriya Yoga en la India moderna
PANCHANON BATTACHARYA
Discípulo de Lahiri Mahasaya
Sambhabi Mudra significa concentrar la atención en el punto medio entre las cejas. Cuando el yogui ha alcanzado un cierto estado de paz mental, sus ojos no parpadean y él se encuentra absorto en el mundo interior.
Un mudra («símbolo») generalmente se refiere a un gesto ritual de los dedos y las manos. Muchos de los mudras afectan a ciertos nervios e inducen la calma. Ciertos antiguos tratados hindúes clasifican detalladamente los nadis (72.000 vías nerviosas del cuerpo) y su relación con la mente. Los mudras usados en adoración y en yoga tienen, por lo tanto, una base científica. También encontramos en la iconografía y las danzas rituales hindúes un elaborado lenguaje de mudras.
«Algunos sellos recientemente hallados en las excavaciones de diferentes enclaves arqueológicos del valle del Indo, que datan del tercer milenio antes de Cristo, muestran figuras sentadas en posturas meditativas utilizadas actualmente en el sistema del yoga; de ellos se deduce que incluso en aquella época algunos de los rudimentos del yoga eran ya conocidos. Podemos, no sin razón, concluir que una introspección sistemática, con la ayuda de métodos estudiados, se ha practicado en la India desde hace unos cinco mil años» (Profesor W. Norman Brown, en el Bulletin of the American Council of Learned Societies, Washington, D. C.). Las escrituras hindúes testifican, sin embargo, que la ciencia del yoga ha sido conocida en la India durante incontables milenios.