Mi hermano Ananta y mi hermana Nalini — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
25.Mi hermano Ananta y mi hermana Nalini
Paramahansa Yogananda·~7 min
MMi hermano Ananta y mi hermana Nalini
«Ananta ya no puede seguir viviendo; las arenas de su karma en esta vida se han agotado».
Estas inexorables palabras llegaron a mi conciencia interna una mañana, mientras me hallaba en profunda meditación. Poco tiempo después de haber sido ordenado swami, fui a visitar el lugar de mi nacimiento, Gorakhpur, como huésped de mi hermano mayor, Ananta. Una repentina enfermedad le obligó a guardar cama; yo le atendí con cariño.
La solemne premonición interna que había recibido con anticipación me llenó de congoja, y sentí que no podía soportar el permanecer más tiempo en Gorakhpur, sólo para presenciar, impotente, el deceso de mi hermano. En medio de la incomprensiva crítica de mis familiares, salí de la India en el primer barco que pude tomar. La nave pasó Birmania y el —Ya sé que Ananta se ha marchado de esta vida —le dije a Bishnu antes de que él tuviera tiempo de hablar—. Por favor dime, y lo mismo al doctor aquí presente, cuándo falleció.
Bishnu mencionó la fecha, que correspondía exactamente al día en que compré los regalos en Shanghai.
El doctor Misra, sorprendido, exclamó:
—Oiga, que no se sepa una palabra de esto; de otra manera, los profesores añadirán un año más para el estudio de la telepatía mental en la carrera médica, que ya es bastante larga.
Cuando entré en nuestra casa, mi padre me abrazó con ternura. «Has venido», dijo cariñosamente, mientras caían de sus ojos dos gruesas lágrimas. Por lo general, no era expresivo, y nunca antes me había dado muestras tan significativas de su afecto. Exteriormente era un padre adusto y serio, pero interiormente poseía el corazón dulce y amoroso de una madre. En todos los asuntos familiares, él desempeñaba este doble papel de padre y madre.
Poco tiempo después de la muerte de mi hermano Ananta, mi hermana menor, Nalini, fue rescatada milagrosamente de la muerte por medio de una curación divina. Antes de contar los detalles de este suceso, referiré algunas fases de nuestra niñez.
Las relaciones de infancia entre Nalini y yo no habían sido de las más cordiales. Yo era muy delgado, pero ella lo era mucho más. Debido a un motivo subconsciente, que los psicólogos no tendrán ninguna dificultad en identificar, yo me burlaba frecuentemente de la apariencia de mi hermana. Sus contestaciones estaban igualmente saturadas de la aguda franqueza propia de esa edad. Algunas veces, mi madre me hacía terminar la disputa infantil con un pequeño tirón de orejas, por ser yo mayor.
Tras su formación escolar, Nalini fue prometida para casarse con el doctor Panchanon Bose, un joven y agradable médico de Calcuta.
A su debido tiempo se celebraron los elaborados ritos matrimoniales. La noche de boda me reuní con el grande y alegre grupo de los familiares en la amplia sala de nuestra casa de Calcuta. El novio estaba instalado en un inmenso cojín de brocado de oro; mi hermana Nalini se encontraba a su lado, vestida con un hermoso sari¹ púrpura de seda. No obstante la belleza de la prenda, ésta era incapaz de cubrir la delgadez de su figura. Yo me acomodé por detrás del cojín de mi nuevo cuñado, y le sonreí amigablemente; él nunca había visto a Nalini hasta el momento de la ceremonia nupcial,
—Hermano, ven acá; en esta ocasión no te me escapas, quiero hablarte. —Subí las escaleras para llegar a su cuarto. Con gran sorpresa, vi que estaba llorando.
—Querido hermano —me dijo—, vamos a olvidar nuestras antiguas y absurdas rencillas. Ya veo que tus pies están firmemente asentados en el sendero espiritual, y quiero ser como tú en todos los aspectos. —Luego añadió, con tono de esperanza—: En apariencia, tú eres ahora robusto, ¿puedes ayudarme? Mi esposo no se acerca a mí, ¡y yo le amo tanto! Pero más que eso quiero progresar en mi sendero hacia la unión con Dios, aun cuando tenga que permanecer delgada² y sin atractivos.
Su súplica me enterneció y llegó a lo más profundo de mi corazón. Nuestra nueva amistad progresaba rápidamente; un día ella me pidió que la aceptara como mi discípula.
—Entréname en la forma que tú desees. Yo pondré mi fe en Dios, en vez de tenerla en los tónicos. —Tomó un montón de medicinas y las tiró por el tubo de desagüe.
Como una prueba de su fe le pedí que eliminara por completo de su régimen alimenticio la carne, el pescado y los huevos.
Después de unos meses, durante los cuales Nalini había seguido estrictamente las indicaciones que yo le hice y se había adherido a su dieta vegetariana, no obstante las grandes dificultades que esto le ocasionaba, le hice una visita.
—Hermanita, has estado cumpliendo a conciencia con las indicaciones espirituales; pronto tendrás tu recompensa. —Y sonriéndole traviesamente, le pregunté—: ¿Cómo quieres estar? ¿Tan gorda como nuestra tía, que no se ha visto los pies durante años?
—¡Oh, no!, pero sí me gustaría estar tan gruesa como tú. Con tono solemne le respondí:
—Por la gracia de Dios, puesto que siempre he dicho la verdad, yo pronuncio ahora la siguiente verdad³: Por medio de las bendiciones divinas, tu cuerpo cambiará desde este momento; dentro de un mes tendrá el mismo peso que el mío.
Estas palabras, pronunciadas desde el fondo de mi corazón, se realizaron. A los treinta días, el peso de Nalini igualó al mío. La nueva redondez le dio belleza y su esposo se enamoró profundamente de ella. El matrimonio, que había comenzado de manera tan desfavorable, se tornó luego idealmente feliz.
A mi regreso de Japón, supe que durante mi ausencia Nalini había sido atacada por la fiebre tifoidea. Corrí a su casa y me quedé estupefacto al ver a mi hermana reducida a un mero esqueleto y en estado de coma.
La incesante lucha que tuve que sostener para salvar su vida, por medio de la oración, me había agotado. Fui a Serampore, a pedirle ayuda a Sri Yukteswar. Sus ojos expresaron una profunda simpatía por el caso de Nalini.
—Las piernas de tu hermana serán otra vez normales al cabo de un mes —dijo, y luego agregó—: Dile que use, pegada a la piel, una cinta con una perla no perforada, de dos quilates, sujeta por medio de un broche.
Yo me postré a sus pies, lleno de gozoso alivio.
—Señor, usted es un maestro; su palabra para la curación de mi hermana es suficiente; pero si usted insiste, inmediatamente adquiriré la perla para ella.
Mi gurú asintió con la cabeza.
—Sí, hazlo.
Luego describió exactamente las características físicas y mentales de Nalini, a quien él nunca había visto.
—Señor —le pregunté—, ¿se trata de un análisis astrológico? Usted no conoce ni la fecha ni la hora de su nacimiento.
Sri Yukteswar sonrió:
—Hay una astrología más profunda, que no depende del testimonio de los calendarios ni de los relojes. Cada ser humano es una parte del Creador, o del Hombre Cósmico: él tiene un cuerpo celestial, así como otro terrenal. Los ojos humanos ven la forma física, pero el ojo interno penetra más profundamente, hasta el patrón universal, del cual cada hombre es una íntegra e individual parte.
Regresé a Calcuta y compré la perla⁴ para Nalini. Un mes después, sus piernas paralizadas sanaron por completo.
Mi hermana me suplicó que diera a mi gurú las gracias más expresivas por lo que hiciera por ella. Él escuchó el mensaje de mi hermana en silencio; pero cuando ya me despedía, me hizo un importante comentario:
—A tu hermana le han dicho los médicos que nunca podrá tener hijos. Asegúrale que dentro de pocos años tendrá dos niñas.
Algunos años después, con todo el regocijo de Nalini, nació una niña, a quien años después siguió otra.
SRI DAYA MATA EN COMUNIÓN DIVINA construido sobre la verdad, todas las escrituras exaltan esta virtud como uno de los medios a través de los cuales cada ser humano puede armonizar su vida con el Infinito. Mahatma Gandhi solía decir: «La Verdad es Dios», y durante toda la vida sus esfuerzos se centraron en alcanzar la verdad perfecta en pensamiento, palabra y obra. A lo largo de los siglos, el ideal de satya (la verdad) ha impregnado la sociedad hindú. Marco Polo relata que los brahmines «no pronunciarían una mentira por nada en el mundo». William Sleeman, juez inglés que ejerció en la India, relata en su libro Journey Through Oudh in 1849-50: «[En la India] me he encontrado frente a cientos de casos en que la propiedad, la libertad o la vida de una persona dependían de dar un falso testimonio; sin embargo, los afectados se negaban a mentir».
No obstante, aun cuando las joyas y brazaletes astrológicos poseen valor medicinal para el cuerpo, Sri Yukteswar tenía otra razón para recomendar su uso. Los maestros nunca desean que se les considere dotados de grandes poderes curativos; sólo Dios posee el poder de curar. Por este motivo, a menudo los santos ocultan bajo otras apariencias los poderes que humildemente han recibido del Señor. El ser humano deposita generalmente su confianza en cosas tangibles; por este motivo, cuando las personas acudían a mi gurú con el fin de obtener curación, él les recomendaba, para despertar su fe, que utilizaran un brazalete o una joya. Al actuar de este modo, Sri Yukteswar deseaba, además, que las personas no depositaran su atención en él. Los brazaletes y joyas poseían, además de sus intrínsecos poderes curativos electromagnéticos, las ocultas bendiciones espirituales de mi maestro.