Recibo mi grado universitario — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
23.Recibo mi grado universitario
Paramahansa Yogananda·~8 min
RRecibo mi grado universitario
—Usted ignora las tareas que se le asignan para el estudio de los libros de filosofía. Sin duda, confía en que alguna «intuición» espontánea le haga aprobar los exámenes. Pero a menos que se aplique usted y estudie formalmente, yo me encargaré de que no pase este curso.
El profesor D. C. Ghoshal de la Universidad de Serampore se dirigía a mí en forma severa. Si yo no superaba la prueba final por escrito de su asignatura, quedaba descalificado para participar en los exámenes finales de licenciatura. Éstos son formulados por la facultad de la Universidad de Calcuta, la cual cuenta entre sus filiales a la Universidad de Serampore. Un estudiante de las universidades hindúes que no apruebe alguna asignatura en los exámenes finales de la licenciatura escritorio—. Tu trabajo ni siquiera está aquí; has suspendido, de todos modos, por no haberte presentado al examen.
Sonreí.
—Señor, yo estuve en el examen; ¿me permite que busque entre el montón de papeles?
El profesor, desconcertado me dio permiso. En seguida encontré mi trabajo, en el cual, con toda intención, no había firma o marca de identificación alguna, salvo mi número de registro. Desprevenido ante la ausencia de la «bandera roja» de mi nombre, el profesor había puesto una alta calificación a mis respuestas, aun cuando éstas no estaban embellecidas por citas de los libros de texto¹.
Notando el ardid de que me había valido, vociferó:
—¡Vaya una suerte! —y luego añadió—: Pero seguro que fracasarás en los exámenes finales.
Para las pruebas de otras asignaturas, recibí la ayuda y particular preparación de mi querido amigo y primo Prabhas Chandra Ghosh, hijo de mi tío Sarada. Trastabillando penosamente, pero con éxito, pasé todas mis pruebas finales, con calificaciones mínimas.
Finalmente, después de cuatro años de estudios universitarios, tenía derecho a presentarme a los exámenes para obtener la licenciatura. Sin embargo, casi no esperaba hacer uso de tal privilegio. Las pruebas finales de la Universidad de Serampore eran juegos de niños comparadas con los duros y difíciles exámenes preparados por la Universidad de Calcuta para obtener la licenciatura. Mi casi diaria visita a Sri Yukteswar me había dejado muy poco tiempo para frecuentar las aulas. Allí, mi presencia, más que mi ausencia, era la que provocaba exclamaciones de asombro entre mis compañeros.
Mi rutina diaria comenzaba, por lo regular, al partir en bicicleta alrededor de las nueve y treinta de la mañana. En una mano solía llevar una ofrenda para mi maestro: algunas flores del jardín de la casa de huéspedes Panthi. Tras saludarme afablemente, mi gurú acostumbraba invitarme a almorzar. Yo aceptaba siempre su invitación, gustoso de desvanecer de mi mente la sola idea de la universidad por ese día. Después de pasar horas con Sri Yukteswar, escuchando el incomparable fluir de su sabiduría o ayudando en los quehaceres de la ermita, partía desganadamente, alrededor de la medianoche, para el Panthi. En ocasiones permanecía toda la noche con mi gurú, tan gratamente absorto en su conversación, que apenas me daba cuenta de cuándo la oscuridad nocturna se convertía en amanecer. los cuestionarios con sus enseñanzas, en respuesta a las preguntas que allí se me hagan.
Cuando a la mañana siguiente entré en la ermita, a la hora acostumbrada, le ofrecí a Sri Yukteswar mi ramo de flores con cierta triste solemnidad. Él se rió de mi aire afligido.
—Mukunda, ¿acaso el Señor te ha defraudado alguna vez, en un examen o en cualquier otra cosa?
—No, señor —le contesté animado. Gratos y vivificantes recuerdos afluyeron a mi memoria.
—No es la pereza, sino el ardiente celo de Dios lo que te ha impedido que busques honores en la universidad —dijo mi gurú amablemente. Después de un silencio, añadió—: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura»².
Por enésima vez, sentí aliviada mi carga en presencia de mi maestro. Cuando terminamos nuestro almuerzo, me sugirió que regresara al Panthi.
—¿Vive todavía en la casa de huéspedes tu amigo Romesh Chandra Dutt?
—Sí, señor.
—Acércate a él; el Señor le inspirará para que te ayude en tus exámenes.
—Muy bien, señor; aunque Romesh está generalmente demasiado ocupado. Es el estudiante de honor en nuestra clase y estudia un mayor número de asignaturas que los demás.
Mi maestro no hizo caso de mis objeciones.
—Romesh encontrará tiempo para ayudarte. Ahora, márchate.
Regresé en mi bicicleta al Panthi. La primera persona que encontré al llegar a la casa de huéspedes fue al estudioso Romesh. Como si tuviera todos sus días desocupados, accedió gentilmente a mi súplica.
—Por supuesto; estoy a tus órdenes. —Permaneció conmigo varias horas de esa tarde y de los días siguientes, aleccionándome en las diferentes asignaturas.
—Creo que muchas de las preguntas relativas a la literatura inglesa se referirán a la ruta de Childe Harold —me dijo—. Debemos conseguir un atlas inmediatamente.
Corrí a la casa de mi tío Sarada y le pedí prestado un atlas. Romesh marcó en el mapa de Europa los lugares visitados por el romántico viajero de Byron.
Algunos compañeros de clase se habían reunido en torno a nosotros para escuchar las lecciones. Al final de la sesión, uno de ellos me dijo: —Romesh no te está aleccionando bien. Por lo general, sólo un cincuenta por ciento de las preguntas se refiere a los libros; la otra mitad trata de la vida de los autores.
Al día siguiente, cuando me presenté al examen de literatura inglesa, una primera mirada al cuestionario me obligó a derramar lágrimas de gratitud, mojando con ellas el papel. El monitor de la clase se acercó a mi mesa y me interrogó con simpatía:
—Mi gran gurú me había anticipado que Romesh me ayudaría —expliqué—. Vea usted: ¡las mismas preguntas que me dictara Romesh están contenidas en el cuestionario! ¡Afortunadamente para mí, este año hay muy pocas preguntas sobre autores ingleses, cuyas vidas están envueltas en el más profundo misterio por lo que a mí respecta!
La casa de huéspedes hervía en un gran alboroto cuando llegué. Los muchachos que me habían estado criticando por abrigar fe en Romesh y su manera de aleccionarme me ensordecían con sus felicitaciones. Durante la semana que duraron los exámenes, pasaba todo el tiempo posible con Romesh, quien formulaba las preguntas que él creía que escogerían los profesores. Día a día, las preguntas de Romesh aparecían casi en la misma forma en los cuestionarios. intercambien sus posiciones en el espacio que el que tú no salgas aprobado!
Salí de la ermita más tranquilo, aun cuando parecía matemáticamente imposible que yo fuese aprobado en esa materia. Más de una vez miré aprensivamente al cielo: ¡el Rey del Día parecía estar firmemente anclado en su acostumbrada órbita!
Cuando llegué al Panthi, oí casualmente la observación de un compañero:
—Acabo de saber que este año, por primera vez, la calificación mínima requerida para pasar la asignatura de literatura inglesa ha sido bajada.
Me precipité con tal ímpetu en el cuarto del muchacho, que éste me miró asombrado. Ansiosamente, le interrogué.
—Monje de cabello largo —me dijo riendo—, ¿por qué este súbito interés en asuntos estudiantiles? ¿A qué vienen esos gritos de última hora? Pues bien, es cierto que el mínimo de calificación ha sido bajado a treinta y tres puntos.
Dando saltos de alegría llegué a mi cuarto, donde me arrodillé y alabé la perfección matemática de mi Padre Divino.
Cada día me estremecía con la conciencia de una Presencia Espiritual que claramente sentía que me guiaba por conducto de Romesh.
Un curioso incidente tuvo lugar en relación con el examen de lengua bengalí. Romesh, que no me había preparado en esta asignatura, me llamó una mañana cuando salía de la casa de huéspedes y me dirigía a la sala de exámenes.
—Romesh te está llamando a gritos —me dijo un compañero impacientemente—. No regreses porque llegaremos tarde a la sala.
Haciendo caso omiso a su advertencia, regresé a la casa.
—El examen de lengua bengalí es, en general, fácil de aprobar para los muchachos bengalíes —me dijo Romesh—. Pero tengo la corazonada de que este año los profesores han planeado destrozar a los estudiantes, haciéndoles preguntas sobre los libros cuya lectura es obligatoria.
Luego, mi amigo me relató brevemente dos pasajes de la vida de Vidyasagar, un reconocido filántropo bengalí del siglo diecinueve.
Le di las gracias a Romesh y, montado en mi bicicleta, me dirigí rápidamente hacia la universidad. El cuestionario del examen en lengua bengalí estaba dividido en dos partes. La primera pregunta era: «Describa dos ejemplos de las obras de caridad de Vidyasagar»⁴. Según trasladaba al papel los conocimientos tan recientemente adquiridos, susurraba unas palabras de gratitud por haber respondido a los llamados de —No esperaba que triunfaras, Mukunda —confesó—. Pasabas tanto tiempo con tu gurú... —Mi maestro había intuido la silenciosa crítica de mi padre.
Durante años dudé que un día pudiese escribir después de mi nombre el título de Licenciado en Letras. Siempre que uso el título, pienso que fue un galardón divino que se me concedió por razones no muy claras. De vez en cuando, oigo decir a los universitarios que son muy pocos los conocimientos que retienen después de la graduación. Esa aserción me consuela un poco de mis indudables deficiencias académicas.
Aquel día de junio de 1915 en el que recibí mi grado de la Universidad de Calcuta, me arrodillé a los pies del Maestro y le di las gracias por todas las bendiciones que su vida⁵ había vertido en la mía.
—De pie, Mukunda —me dijo comprensivamente—. El Señor simplemente ha considerado de más conveniencia que tú te graduaras ¡a que el sol y la luna cambiaran su derrotero! un orador notable y cuenta con un vasto conocimiento filosófico. Años más tarde, llegamos a entendernos cordialmente.
Debido a su gran erudición, el pándit Ishwar Chandra era conocido extensamente en Bengala bajo el título de Vidyasagar («océano de conocimiento»).
Todos las escrituras proclaman que el Señor creó al hombre a su imagen omnipotente. Aun cuando el ejercer control sobre el universo parezca un fenómeno sobrenatural, en verdad, tal poder es natural e inherente a todos los seres humanos que han obtenido la «memoria verdadera» de su origen divino. Los hombres de realización divina como Sri Yukteswar se encuentran libres del principio del ego (ahamkara) y de los deseos personales que surgen de éste. Las acciones de los verdaderos maestros se encuentran sin esfuerzo en conformidad con rita, la justicia natural. En las palabras de Emerson, todas las grandes almas se convierten «no en virtuosos, sino en la Virtud misma. De esta manera, el propósito de la creación resulta satisfecho y Dios es complacido».
Todos los hombres que poseen realización divina pueden realizar milagros, pues, tal como Cristo, ellos comprenden las leyes sutiles que gobiernan la creación. Sin embargo, no todos los maestros eligen hacer uso de sus poderes fenoménicos. Cada santo refleja a Dios según su propio modo, pues en un mundo donde no existen dos granos de arena exactamente iguales, la expresión de la individualidad constituye un principio básico.
No pueden formularse reglas fijas acerca de los santos que han obtenido la realización divina. Algunos ejecutan milagros, otros no; algunos permanecen inactivos, y a otros (tales como el rey Janaka de la antigua India y Santa Teresa de Ávila) les atañen asuntos que requieren gran actividad. Algunos santos imparten enseñanzas, viajan y aceptan discípulos, mientras que otros, en cambio, pasan su vida en forma silenciosa y discreta como una sombra. Ningún crítico mundano puede leer el secreto papiro del karma (acciones pasadas), que para cada santo encierra un libreto distinto.