El corazón de una imagen de piedra — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
22.El corazón de una imagen de piedra
Paramahansa Yogananda·~6 min
EEl corazón de una imagen de piedra
—Como leal esposa hindú, no deseo quejarme de mi esposo. Pero sí quisiera que él cambiara y que fuera menos materialista. A él le encanta ridiculizar las estampas de santos que tengo en el cuarto de meditación. Querido hermano, tengo una profunda fe en que tú puedes cambiarle. ¿Lo harás?
Mi hermana mayor, Roma, me miraba de manera suplicante. Yo estaba de visita en su casa de Calcuta, en la calle Girish Vidyaratna. Su ruego me conmovió, porque ella había ejercido una gran influencia espiritual en mis primeros años, y porque había tratado dulcemente de llenar el vacío que mi madre dejó con su muerte en el seno de la familia.
—Querida hermana, por supuesto que haré todo lo que pueda —sonreí, deseoso de borrar la tristeza que manifestaba —Mukunda, ¿cómo puedes admirar a esos despreciables farsantes? —decía Satish—. La sola apariencia de un sadhu es repulsiva; son tan flacos como un esqueleto o tan tremendamente gordos como un elefante.
Solté una sonora carcajada. Mi reacción incomodó a Satish, quien guardó un hosco silencio. Cuando nuestro carruaje entró en los terrenos de Dakshineswar, comentó sonriendo sarcásticamente:
—Este viaje, supongo yo, es una treta para reformarme, ¿verdad?
Como yo me marchara sin contestar a sus palabras, me tomó del brazo, diciéndome:
—Estimado señor monje: no se olvide usted de hacer los arreglos necesarios con las autoridades del templo para que nos proporcionen el almuerzo. —Satish deseaba evitar el tener que entablar conversación alguna con los sacerdotes.
—Ahora voy a meditar. No te preocupes por tu comida —le contesté abruptamente—; la Madre Divina se encargará de ello.
—Yo no espero que la Madre Divina haga nada por mí. Pero a ti sí te hago responsable de mi comida. —El tono de la voz de Satish era amenazador.
Proseguí mi camino por el peristilo que está frente al gran templo de Kali (Dios en su aspecto de Madre Naturaleza). Escogí un lugar sombreado, cerca de uno de los pilares, y me senté en la postura meditativa del loto. Aun cuando eran sólo las siete de la mañana, el sol sería pronto abrasador.
El mundo desapareció de mi conciencia cuando entré en un arrobamiento devocional. Mi mente estaba concentrada en la Diosa Kali, cuya imagen en este mismo templo de Dakshineswar fue el objeto especial de adoración del gran maestro Sri Ramakrishna Paramahansa. En respuesta a sus angustiosas súplicas, la imagen de piedra tomó con frecuencia forma viviente y conversó con él.
«Silente Madre de piedra —oré—: Tú, que te has llenado de vida ante la súplica de tu amado devoto Ramakrishna, ¿por qué no escuchas también las plegarias de este implorante hijo Tuyo?».
El celo de mi aspiración aumentaba sin límites, acompañado por una paz divina. Sin embargo, transcurridas cinco horas sin que la Diosa —a quien internamente yo visualizaba— me hubiera respondido, me sentí algo descorazonado. Algunas veces es una prueba de Dios el demorar la realización de nuestras oraciones. Pero Él finalmente aparece al devoto persistente, en la forma que éste Una extática expansión de conciencia subsiguió luego. Podía ver claramente a varios kilómetros de distancia sobre el río Ganges, a mi izquierda, y, más allá del templo, todos los alrededores de Dakshineswar. Las paredes transparentes de todos los edificios brillaban, y a través de ellos podía ver a la gente caminar de un lado a otro en varias hectáreas a la redonda.
Aun cuando me hallaba sin aliento y con el cuerpo en un estado de extraña quietud, podía mover manos y pies libremente. Durante algunos minutos ensayé abrir y cerrar los ojos; y en ambos casos podía ver claramente todo el panorama de Dakshineswar.
La visión espiritual, como los rayos X, atraviesa toda materia; el ojo divino tiene su centro en todas partes y su circunferencia en ninguna. De pie en el soleado patio, comprendí, una vez más, que cuando el hombre deja de ser un hijo pródigo de Dios —absorto en un onírico mundo físico, tan inconsistente como una burbuja— reconquista sus reinos eternos. Sí, confinado en su estrecha personalidad, el escapismo constituye una necesidad del hombre, ¿qué vía de escape podría compararse a la de la omnipresencia?
En mi sagrada experiencia de Dakshineswar, los únicos elementos extraordinariamente agrandados eran el templo y la figura de la Diosa. Todas las demás cosas aparecían en su forma y dimensiones normales, aun cuando se hallaban envueltas por un halo de tenue luz blanca, azul y de suaves matices irisados. Mi cuerpo parecía ser de una sustancia etérea, pronto a levitar. Completamente consciente de mi entorno material, miraba a mi alrededor y daba algunos pasos sin interrumpir la continuidad de la bendita visión.
Tras las paredes del templo, divisé súbitamente a mi cuñado, sentado bajo las espinosas ramas de un sagrado árbol de bel. Con facilidad pude conocer el curso de sus pensamientos. Aunque ahora eran algo elevados por la santa influencia de Dakshineswar, su mente hacía aún reflexiones poco amables acerca de mí. Me dirigí directamente a la hermosa imagen de la Diosa.
«Madre Divina —le pedí—, ¿no cambiarás espiritualmente al esposo de mi hermana?».
La hermosa imagen, hasta entonces silenciosa, habló por fin: «Tu deseo será cumplido».
Gozosamente contemplé a Satish, quien instintivamente parecía darse cuenta de que algún poder espiritual estaba operando en él; se levantó lleno de resentimiento de su asiento en el suelo, y le vi correr alrededor del templo y aproximarse a mí, amenazándome con el puño. de ustedes. Aun cuando va contra las reglas proporcionar alimento a aquellos que no hacen su petición por anticipado, para ustedes he hecho una excepción.
Después de manifestarle al sacerdote nuestro agradecimiento, miré a Satish directamente a los ojos. Se ruborizó de emoción y bajó la mirada en señal de arrepentimiento. Pronto se nos sirvió una comida abundante y sustanciosa, la cual incluyó mangos fuera de estación. Noté que el apetito de mi cuñado era escaso. Él estaba anonado, hondamente sumergido en sus pensamientos.
En nuestro viaje de regreso a Calcuta, la expresión de Satish se había suavizado, y me dirigía ocasionalmente suplicantes miradas. Pero no volvió a pronunciar ni una sola palabra desde el momento en que el sacerdote apareció, como en respuesta al desafío de Satish, para invitarnos a comer.
Al día siguiente por la tarde, visité a mi hermana en su casa. Me recibió muy afectuosamente.
—Querido hermano —exclamó—, ¡qué milagro! Anoche mi esposo lloró abiertamente delante de mí. «Amada Devi¹ —me dijo—, me siento feliz, más allá de lo que es posible expresar, ante el positivo resultado de la estratagema de tu hermano para reformarme. Voy a reparar todo el mal que te he hecho. Desde esta noche usaremos nuestro gran dormitorio únicamente como lugar de adoración, y tu pequeño cuarto de meditación se convertirá en nuestra alcoba. Estoy sinceramente apenado por haber ofendido tanto a tu hermano. Por la forma vergonzosa en que he estado obrando, me castigaré no hablando a Mukunda en tanto no haya logrado algún progreso en el sendero espiritual. Con reverencia buscaré a la Madre Divina de hoy en adelante; y algún día, con toda certeza, la encontraré».
Años después (en 1936), visité a mi cuñado en Delhi. Gocé sobremanera al advertir que había progresado considerablemente en su senda hacia la unión divina y que había sido bendecido con una visión de la Madre Divina. Durante el tiempo que permanecí con él, me di cuenta de que secretamente Satish pasaba la mayor parte de cada noche en profunda meditación, aun cuando estaba padeciendo una enfermedad bastante grave, y durante el día trabajaba en su oficina.
Me vino a la mente la idea de que la vida de mi cuñado no sería muy larga. Roma probablemente leyó mi pensamiento.
—Hermano querido —me dijo—, yo estoy sana y mi esposo enfermo. Pero deseo que sepas que, como abnegada esposa hindú, yo seré la primera en morir². No pasará mucho tiempo antes de que me vaya. arreglar todo para irte antes que yo? Voy a demostrarte que no podrás permanecer durante mucho tiempo separada de mí; ¡pronto me reuniré contigo!
»Aun cuando por entonces Satish estaba ya completamente restablecido de su enfermedad y gozaba de inmejorable salud, murió sin causa aparente poco después de las extrañas observaciones que hizo ante la fotografía».
Así, proféticamente, abandonaron este mundo mi amada hermana Roma y su esposo Satish —aquel que fuera transformado en Dakshineswar, de un hombre mundano común en un silencioso santo. arreglar todo para irte antes que yo? Voy a demostrarte que no podrás permanecer durante mucho tiempo separada de mí; ¡pronto me reuniré contigo!
»Aun cuando por entonces Satish estaba ya completamente restablecido de su enfermedad y gozaba de inmejorable salud, murió sin causa aparente poco después de las extrañas observaciones que hizo ante la fotografía».
Así, proféticamente, abandonaron este mundo mi amada hermana Roma y su esposo Satish —aquel que fuera transformado en Dakshineswar, de un hombre mundano común en un silencioso santo.