Visitamos Cachemira — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
21.Visitamos Cachemira
Paramahansa Yogananda·~11 min
VVisitamos Cachemira
—Ahora ya estás lo suficientemente fuerte para viajar; te acompañaré a Cachemira —me dijo Sri Yukteswar dos días después de mi milagrosa salvación del cólera asiático.
Esa misma noche, nuestra comitiva, compuesta por seis personas, tomó el tren rumbo al norte. Nuestra primera parada de descanso fue en Simla, una majestuosa ciudad que reposa en el trono de las colinas del Himalaya. Paseamos por sus accidentadas calles admirando los magníficos paisajes.
—¡Vendo fresas inglesas! —gritaba una anciana sentada en un pintoresco mercado al aire libre.
Mi maestro tenía curiosidad por las pequeñas frutitas rojas. Compró una canasta y nos la ofreció a Kanai y a mí, que estábamos cerca de él. Yo probé una, pero inmediatamente la escupí al suelo.
Nuestra comitiva partió enseguida de Simla y tomamos el tren para Rawalpindi. Allí alquilamos un gran carruaje cubierto, tirado por dos caballos, en el cual iniciamos un viaje de siete días hacia Srinagar, capital de Cachemira. El segundo día de nuestro recorrido hacia el norte puso ante nuestra vista la inmensidad del Himalaya. Conforme las llantas de hierro de las ruedas de nuestro carruaje crujían a lo largo de los cálidos y pedregosos caminos, nos embelesábamos con los variados paisajes de las imponentes montañas.
—¡Señor —le dijo Auddy al Maestro—, estoy disfrutando enormemente de este paisaje esplendoroso en su santa compañía!
Sentí un hálito de satisfacción al escuchar las palabras de Auddy, porque yo estaba actuando como anfitrión en este viaje. Sri Yukteswar captó mi pensamiento y, luego, en voz baja, me dijo:
—No te enorgullezcas: Auddy no está tan embelesado como parece ante el panorama, sino ante la expectativa de abandonarnos por unos minutos para fumar un cigarrillo¹.
Yo me quedé asombrado.
—Señor —le dije a media voz—, por favor, no rompa nuestra armonía con esas palabras poco halagüeñas; difícilmente puedo creer que Auddy esté tan ansioso por fumar. —Miré con recelo a mi gurú, cuyo juicio solía ser irrebatible.
—Muy bien, no diré nada a Auddy —agregó el Maestro conteniendo apenas su risa—. Pero ya verás: tan pronto como el coche haga alto, Auddy aprovechará rápidamente la oportunidad.
Cuando nuestro carruaje llegó a una posada y los caballos fueron llevados al abrevadero, Auddy preguntó:
—Señor, ¿me permitirá usted que viaje un rato afuera, con el cochero? Me gustaría tomar un poco de aire fresco.
Sri Yukteswar se lo permitió, pero luego me dijo:
—Él quiere un cigarrillo fresco y no aire fresco.
El carruaje prosiguió su ruidoso avance sobre los polvorientos caminos. Los ojos de mi maestro brillaban con gesto travieso y me indicó:
—Asoma tu cabeza por la puerta del carruaje y mira lo que Auddy está haciendo con el aire.
Obedecí; y estupefacto observé que Auddy, feliz, arrojaba espirales de humo por la boca. Entonces miré a Sri Yukteswar con aire de disculpa.
—Usted, como siempre, tiene razón, Maestro. Auddy está gozando de su cigarrillo junto con el panorama. sacarla de un pozo cercano. El clima del verano era ideal, con días cálidos y noches un poco frescas.
Hicimos una peregrinación a un antiguo templo de Srinagar, dedicado al Swami Shankara. Y cuando vi la ermita que se erguía sobre la cumbre de la montaña, destacándose claramente contra el cielo, caí en un trance extático. Tuve una visión: la de una mansión en la cima de una colina, en un país lejano. La encumbrada ermita de Shankara se había transformado en el edificio en donde, años más tarde, establecería yo la Sede Central de Self-Realization Fellowship, en Estados Unidos. (Cuando por primera vez visité Los Ángeles y vi un gran edificio en la cima de Mount Washington, inmediatamente lo reconocí como el de las visiones que mucho tiempo atrás había tenido en Cachemira y en otros lugares).
Unos cuantos días en Srinagar, luego en Gulmarg («senderos de flores en las montañas»), que tiene una elevación de unos dos mil seiscientos metros. Allí, por primera vez, monté en un caballo grande; Rajendra llevaba un trotón pequeño, cuyo corazón se inclinaba con vehemencia hacia la velocidad.
DISCÍPULOS DIRECTOS DE YOGANANDA QUE LE SUCEDIERON COMO LÍDER ESPIRITUAL DE SRF/YSS
(Desde arriba) Sri Rajarsi Janakananda, líder espiritual y presidente de Self-Realization Fellowship/Yogoda Satsanga Society of India desde 1952 hasta 1955. Sri Daya Mata sucedió a Rajarsi Janakananda en febrero de 1955 y prestó sus servicios en estas funciones durante más de 55 años hasta su fallecimiento, en 2010. Sri Mrinalini Mata, otra de las discípulas cercanas al gran maestro que fue elegida y entrenada por él para dirigir su obra después de su tránsito, desempeñó estas responsabilidades desde principios de 2011 hasta su deceso en 2017. El Hermano Chidananda, monje de SRF/YSS desde hace más de 40 años, es el actual presidente y líder espiritual de SRF/YSS. Para obtener más información sobre la sucesión espiritual y el liderazgo de SRF/YSS, visite nuestro sitio web: www.yogananda-srf.org.
Nos aventuramos por las empinadas laderas de Khilanmarg; el camino nos condujo a través de un espeso bosque cuyos árboles estaban poblados de hongos, y cuyas sendas, oscurecidas por la neblina, eran a menudo precarias. Pero el pequeño animal de Rajendra nunca permitió que mi caballo tuviera un solo momento de reposo, ni aun en los más
La corriente también penetra en varias de las habitaciones del palacio y cae finalmente, como una lluvia etérea, al lago que se encuentra más abajo.
Los inmensos jardines son una verdadera policromía: rosas, jazmines, lirios, antirrinios, espliegos, pensamientos, amapolas, etcétera. Todo está encerrado en un círculo de esmeralda formado por hileras simétricas de chinars², cipreses, cerezos y, por encima y más allá del verde muro, la blanca austeridad del Himalaya.
Las llamadas uvas de Cachemira son consideradas como un raro manjar en Calcuta. Rajendra, que había estado hablando del suculento banquete de esta fruta que nos esperaba en Cachemira, fue desagradablemente sorprendido al comprobar que en Cachemira no había grandes viñedos. De vez en cuando, yo ironizaba jocosamente por sus expectaciones injustificadas.
—¡Oh, me he hartado tanto de uvas que casi no puedo andar! —le decía—. ¡Las uvas invisibles están fermentando dentro de mí!
Más tarde supimos que en Kabul, al oeste de Cachemira, crecen en abundancia uvas muy grandes y dulces. Al fin nos conformamos con helados hechos de rabri (una espesa leche condensada) y pistachos.
Hicimos varios viajes en las shikaras, pequeñas embarcaciones cubiertas con doseles de encajes rojos. En ellas recorrimos los intrincados canales del Lago Dal, cuya distribución se asemeja a una telaraña. Aquí, una gran cantidad de huertos flotantes, construidos toscamente con troncos y tierra, le sorprenden a uno por la incongruencia de comprobar que hay verduras y melones que crecen en medio de las vastas aguas. Ocasionalmente suele verse a algún campesino que desdeña estar «enraizado a la tierra» y que, arrastrando a través del lago su lote cuadrado de «tierra flotante», busca un nuevo emplazamiento en alguno de los muchos brazos del lago.
Este legendario valle es un verdadero epítome de todas las bellezas de la tierra. La Dama de Cachemira está coronada por las montañas, engalanada de lagos y calzada de flores. En los últimos años, después de haber viajado por muchos países distintos, comprendí por qué Cachemira es calificada con frecuencia como el paisaje más hermoso del mundo. Este lugar reúne algo de la belleza de los Alpes suizos, de Loch Lomond en Escocia y de los exquisitos lagos ingleses. Un viajero norteamericano en Cachemira encuentra muchos elementos que le recuerdan la escarpada grandeza de Alaska y de Pikes Peak, cerca de Denver.
Los antiguos y majestuosos bosques de secuoyas del Parque de Yosemite (California), que arrojan sus enormes columnas hacia el inmenso e insondable azul del cielo, son catedrales naturales de verdor, diseñadas con maestría divina. Aun cuando hay preciosas cascadas en Oriente, ninguna iguala a la torrencial belleza de las del Niágara, en Nueva York, en la frontera con Canadá. Las cuevas de Mammoth en Kentucky y las Cavernas de Carlsbad en Nuevo México son verdaderos sueños de hadas. Largas estalactitas espirales, colgando de las bóvedas y reflejadas en las aguas subterráneas, presentan un destello de otros mundos, como los que el hombre crea en su fantasía.
Un gran número de habitantes de Cachemira, famosos en el mundo entero por su belleza, son tan blancos como los europeos y poseen facciones similares, así como su estructura ósea; muchos tienen ojos azules y cabello rubio. Vestidos con trajes occidentales, pueden parecer norteamericanos. El frío del Himalaya protege a los habitantes de Cachemira del inclemente sol y conserva su piel blanca. Conforme uno se desplaza hacia las regiones sureñas y tropicales de la India, puede comprobar que la tez de la gente se va volviendo progresivamente de color cada vez más oscuro.
Después de pasar varias semanas felices en Cachemira, me vi obligado a regresar a Bengala, a fin de comenzar mis estudios del período académico otoñal en la Universidad de Serampore. Sri Yukteswar se quedó en Srinagar con Kanai y Auddy. Antes de partir, el Maestro insinuó que su cuerpo estaría sujeto a cierto sufrimiento en Cachemira.
Yo protesté, diciéndole que él era el retrato de la salud misma.
—Existe incluso la posibilidad de que yo abandone este mundo —respondió él.
—¡Guruji! —caí a sus pies con un gesto suplicante—. ¡Por favor, prométame que no abandonará su cuerpo, por ahora! ¡No estoy en absoluto preparado para continuar el camino sin su ayuda!
Sri Yukteswar guardó silencio, pero me sonrió con tanta dulzura y compasión, que me sentí más tranquilo. Aunque reacio a abandonarle, me vi obligado a partir.
«Maestro enfermo de gravedad». Este telegrama de Auddy me llegó poco después de haber regresado a Serampore.
«Señor —frenéticamente telegrafé a mi gurú—, yo le pedí que me prometiera no abandonarme. Por favor, conserve su cuerpo; de otra manera, yo también moriré». parte, por el cuerpo del yogui. Habiendo cosechado a Dios en el campo físico, a un maestro no le importa lo que le pase a su cuerpo. Aunque puede permitir que éste sufra determinada enfermedad para aliviar a otros, su mente, incontaminable, jamás se ve afectada, y él se considera afortunado de poder prestar tal servicio. El devoto que ha adquirido su salvación final en el Señor encuentra que su cuerpo ha cumplido plenamente con su objetivo y, entonces, puede usarlo en la forma que considere más conveniente.
La obra de un gurú en el mundo consiste en aliviar las tristezas de la humanidad, ya sea mediante recursos espirituales, a través de consejos intelectuales, por medio de la fuerza de voluntad o por la transferencia física de enfermedades. Elevándose a la supraconciencia cuando él lo desea, un maestro puede olvidar los sufrimientos de su cuerpo físico; algunas veces elige soportar estoicamente dolores físicos, como un ejemplo para sus discípulos. Asumiendo los males de otros, un yogui puede satisfacer, por ellos, la ley kármica de causa y efecto. Esta ley es mecánica y matemáticamente operativa; su funcionamiento puede ser dirigido científicamente por hombres de sabiduría divina.
La ley espiritual no requiere que un maestro enferme cuando sana a otra persona. Los santos generalmente llevan a cabo curaciones por medio de su conocimiento de diversos métodos de curación instantánea, en los cuales el terapeuta no recibe mal alguno. En raras ocasiones, sin embargo, el maestro que desea acelerar grandemente la evolución de su discípulo puede consumir de manera voluntaria en su propio cuerpo gran parte del indeseado karma del discípulo.
Jesús se ofreció a sí mismo como rescate por los pecados de muchos. Con sus poderes divinos⁴, Cristo jamás hubiera quedado sujeto a la muerte por la crucifixión si él no hubiera querido, voluntariamente, cooperar con la sutil ley cósmica de causa y efecto. Él asumió en sí mismo las consecuencias kármicas de otros, especialmente las de sus discípulos. De esa manera, éstos fueron notablemente purificados y capacitados para recibir la conciencia omnipresente o Espíritu Santo, que más tarde descendió sobre ellos⁵.
Únicamente un maestro que se ha unificado a Dios puede transferir su energía vital o transmitir a su propio cuerpo las enfermedades de otros. Un hombre común no puede emplear estos métodos yóguicos de curación, ni es deseable que intente hacerlo, porque un instrumento físico defectuoso es un obstáculo para la meditación profunda.
Las escrituras hindúes enseñan que el primer deber del hombre es conservar su cuerpo en buena condición; de otra
Un hecho histórico que refleja este tipo de curaciones es el relacionado con el Rey Baber (1483-1530), fundador del Imperio mogol de la India. Su hijo, el príncipe Humayun, se encontraba gravemente enfermo; el rey oró con angustiosa determinación, pidiendo que su hijo fuera salvado y que él enfermara en su lugar. Finalmente, Humayun⁶ sanó. Baber cayó inmediatamente enfermo y murió de la misma enfermedad que había aquejado a su hijo.
Mucha gente cree o se imagina que un gran maestro espiritual debe tener la salud y la fuerza de un Sandow⁷. Esta suposición es infundada. Un cuerpo enfermizo no indica que el gurú no esté en contacto con los poderes divinos, de la misma manera que una larga y saludable vida no indica necesariamente la iluminación interior. Las cualidades que distinguen a un maestro no son de naturaleza física, sino espiritual.
Muchos desorientados buscadores de Occidente piensan erróneamente que un orador elocuente o un escritor de asuntos metafísicos ha de ser un maestro. Sin embargo, la prueba decisiva de que alguien es un maestro es su facilidad para entrar a voluntad en el estado de suspensión del aliento (sabikalpa samadhi) y la conquista de una bienaventuranza inmutable (nirbikalpa samadhi). Los rishis han señalado que únicamente por estos logros puede un ser humano demostrar que ha dominado a maya, la dual ilusión cósmica. Sólo él puede decir desde las profundidades de su realización: Ekam sat («Sólo Uno existe»).
«Donde hay dualidad a causa de la ignorancia, uno ve todas las cosas como distintas del Ser Interior —escribió el gran monista Shankara—. Cuando todas las cosas son reconocidas como el Ser, entonces no existe ni un átomo que no sea visto como el Ser. [...] Tan pronto como el conocimiento de la realidad ha surgido, ya no puede haber frutos de acciones pasadas que experimentar, debido a la irrealidad del cuerpo, de la misma manera que ya no puede haber ensueño después de haber despertado».
Solamente los grandes gurús son capaces de asumir el karma de sus discípulos. Sri Yukteswar no hubiera enfermado en Srinagar⁸ de no haber recibido en su interior la autorización del Espíritu para ayudar a sus discípulos de esa extraña manera. Muy pocos santos estuvieron más sensitivamente dotados de sabiduría, para llevar adelante los mandatos divinos, que mi propio maestro armonizado con Dios.
Cuando yo me aventuré a pronunciar unas palabras de compasión por su extenuado cuerpo, mi gurú me dijo alegremente:
—Esto tiene sus ventajas: ahora puedo usar ganjis (camisetas) que hace años no usaba.
Escuchando la jovial risa de mi maestro, yo recordaba las palabras de San Francisco de Sales: «¡Un santo triste es un triste santo!». milagros». Akbar encomendó una traducción al persa del Bhagavad Guita, e invitó a su corte a varios padres jesuitas de Roma. Afectuosamente, pero de manera errónea, Akbar atribuyó a Cristo la siguiente máxima (inscrita en el Arco del Triunfo de su nueva ciudad llamada Fatehpur Sikri): «Jesús, hijo de María (que la paz sea con él), dijo: "El mundo es un puente; crúzalo, mas no construyas una morada sobre él"».