Visitamos Cachemira
—Ahora ya estás lo suficientemente fuerte para viajar; te acompañaré a Cachemira —me dijo Sri Yukteswar dos días después de mi milagrosa salvación del cólera asiático. Esa misma noche, nuestra comitiva, compuesta por seis personas, tomó el tren rumbo al norte. Nuestra primera parada de descanso fue en Simla, una majestuosa ciudad que reposa en el trono de las colinas del Himalaya. Paseamos por sus accidentadas calles admirando los magníficos paisajes. —¡Vendo fresas inglesas! —gritaba una anciana sentada en un pintoresco mercado al aire libre.
Mi maestro tenía curiosidad por las pequeñas frutitas rojas. Compró una canasta y nos la ofreció a Kanai y a mí, que estábamos cerca de él. Yo probé una, pero inmediatamente la escupí al suelo. Nuestra comitiva partió enseguida de Simla y tomamos el tren para Rawalpindi. Allí alquilamos un gran carruaje cubierto, tirado por dos caballos, en el cual iniciamos un viaje de siete días hacia Srinagar, capital de Cachemira. El segundo día de nuestro recorrido hacia el norte puso ante nuestra vista la inmensidad del Himalaya. Conforme las llantas de hierro de las ruedas de nuestro carruaje crujían a lo largo de los cálidos y pedregosos caminos, nos embelesábamos con los variados paisajes de las imponentes montañas.
—¡Señor —le dijo Auddy al Maestro—, estoy disfrutando enormemente de este paisaje esplendoroso en su santa compañía! Sentí un hálito de satisfacción al escuchar las palabras de Auddy, porque yo estaba actuando como anfitrión en este viaje. Sri Yukteswar captó mi pensamiento y, luego, en voz baja, me dijo: —No te enorgullezcas: Auddy no está tan embelesado como parece ante el panorama, sino ante la expectativa de abandonarnos por unos minutos para fumar un cigarrillo¹.
Yo me quedé asombrado. —Señor —le dije a media voz—, por favor, no rompa nuestra armonía con esas palabras poco halagüeñas; difícilmente puedo creer que Auddy esté tan ansioso por fumar. —Miré con recelo a mi gurú, cuyo juicio solía ser irrebatible. —Muy bien, no diré nada a Auddy —agregó el Maestro conteniendo apenas su risa—. Pero ya verás: tan pronto como el coche haga alto, Auddy aprovechará rápidamente la oportunidad. Cuando nuestro carruaje llegó a una posada y los caballos fueron llevados al abrevadero, Auddy preguntó:
—Señor, ¿me permitirá usted que viaje un rato afuera, con el cochero? Me gustaría tomar un poco de aire fresco. Sri Yukteswar se lo permitió, pero luego me dijo: —Él quiere un cigarrillo fresco y no aire fresco. El carruaje prosiguió su ruidoso avance sobre los polvorientos caminos. Los ojos de mi maestro brillaban con gesto travieso y me indicó: —Asoma tu cabeza por la puerta del carruaje y mira lo que Auddy está haciendo con el aire.
Obedecí; y estupefacto observé que Auddy, feliz, arrojaba espirales de humo por la boca. Entonces miré a Sri Yukteswar con aire de disculpa. —Usted, como siempre, tiene razón, Maestro. Auddy está gozando de su cigarrillo junto con el panorama. sacarla de un pozo cercano. El clima del verano era ideal, con días cálidos y noches un poco frescas. Hicimos una peregrinación a un antiguo templo de Srinagar, dedicado al Swami Shankara. Y cuando vi la ermita que se erguía sobre la cumbre de la montaña, destacándose claramente contra el cielo, caí en un trance extático. Tuve una visión: la de una mansión en la cima de una colina, en un país lejano. La encumbrada ermita de Shankara se había transformado en el edificio en donde, años más tarde, establecería yo la Sede Central de Self-Realization Fellowship, en Estados Unidos. (Cuando por primera vez visité Los Ángeles y vi un gran edificio en la cima de Mount Washington, inmediatamente lo reconocí como el de las visiones que mucho tiempo atrás había tenido en Cachemira y en otros lugares).
Unos cuantos días en Srinagar, luego en Gulmarg («senderos de flores en las montañas»), que tiene una elevación de unos dos mil seiscientos metros. Allí, por primera vez, monté en un caballo grande; Rajendra llevaba un trotón pequeño, cuyo corazón se inclinaba con vehemencia hacia la velocidad.
(Desde arriba) Sri Rajarsi Janakananda, líder espiritual y presidente de Self-Realization Fellowship/Yogoda Satsanga Society of India desde 1952 hasta 1955. Sri Daya Mata sucedió a Rajarsi Janakananda en febrero de 1955 y prestó sus servicios en estas funciones durante más de 55 años hasta su fallecimiento, en 2010. Sri Mrinalini Mata, otra de las discípulas cercanas al gran maestro que fue elegida y entrenada por él para dirigir su obra después de su tránsito, desempeñó estas responsabilidades desde principios de 2011 hasta su deceso en 2017. El Hermano Chidananda, monje de SRF/YSS desde hace más de 40 años, es el actual presidente y líder espiritual de SRF/YSS. Para obtener más información sobre la sucesión espiritual y el liderazgo de SRF/YSS, visite nuestro sitio web: www.yogananda-srf.org.
Nos aventuramos por las empinadas laderas de Khilanmarg; el camino nos condujo a través de un espeso bosque cuyos árboles estaban poblados de hongos, y cuyas sendas, oscurecidas por la neblina, eran a menudo precarias. Pero el pequeño animal de Rajendra nunca permitió que mi caballo tuviera un solo momento de reposo, ni aun en los más La corriente también penetra en varias de las habitaciones del palacio y cae finalmente, como una lluvia etérea, al lago que se encuentra más abajo.
Los inmensos jardines son una verdadera policromía: rosas, jazmines, lirios, antirrinios, espliegos, pensamientos, amapolas, etcétera. Todo está encerrado en un círculo de esmeralda formado por hileras simétricas de chinars², cipreses, cerezos y, por encima y más allá del verde muro, la blanca austeridad del Himalaya. Las llamadas uvas de Cachemira son consideradas como un raro manjar en Calcuta. Rajendra, que había estado hablando del suculento banquete de esta fruta que nos esperaba en Cachemira, fue desagradablemente sorprendido al comprobar que en Cachemira no había grandes viñedos. De vez en cuando, yo ironizaba jocosamente por sus expectaciones injustificadas.
—¡Oh, me he hartado tanto de uvas que casi no puedo andar! —le decía—. ¡Las uvas invisibles están fermentando dentro de mí! Más tarde supimos que en Kabul, al oeste de Cachemira, crecen en abundancia uvas muy grandes y dulces. Al fin nos conformamos con helados hechos de rabri (una espesa leche co
