Regreso a Occidente —He impartido muchas lecciones de yoga en la India y en América; pero debo confesar que, como hindú, me siento sumamente feliz de dar clases a los estudiantes de Inglaterra. Los miembros de la clase de Londres rieron comprensivamente; ninguna agitación política perturbaba nuestra paz en el yoga. La India era ya para entonces sólo un sagrado recuerdo. Transcurría el mes de septiembre de 1936 y me encontraba ahora en Inglaterra para cumplir el compromiso, contraído dieciséis meses antes, de volver a dar conferencias en Londres.
Inglaterra también era receptiva al imperecedero mensaje del yoga. Los redactores de los periódicos y los fotógrafos inundaron mi alojamiento en Grosvenor House. El Consejo Nuestra pequeña comitiva se embarcó en Southampton, con rumbo a América, a fines de octubre, en el Bremen. La vista de la majestuosa Estatua de la Libertad, en el puerto de Nueva York, nos produjo un nudo de emoción en la garganta. El Ford, un poco averiado por las luchas que sostuviera con los suelos antiguos, seguía siendo poderoso y nos permitió realizar tranquilamente el viaje transcontinental hasta California. A finales de 1936 llegábamos, por fin, a Mount Washington.
Las festividades de fin de año se celebran anualmente en la sede de Los Ángeles con una meditación colectiva de ocho horas, el 24 de diciembre (Navidad Espiritual)¹, y, al día siguiente, con un banquete (Navidad Social). Las festividades de este año se vieron incrementadas por la presencia de muy queridos amigos y estudiantes que vinieron de ciudades distantes para dar la bienvenida a los tres viajeros. El banquete de Navidad incluía en esta ocasión manjares traídos desde 24.000 km de distancia para este feliz evento especial; hongos gucchi de Cachemira; latas de rasagulla y pulpa de mango; bizcochos de papar, y un aceite de la flor india keora, utilizado para dar sabor a los helados.
La noche nos encontró agrupados alrededor de un enorme y resplandeciente árbol de Navidad, cerca del fuego de la chimenea, donde chisporroteaban las llamas que brotaban de los aromáticos leños de ciprés. ¡La hora de los regalos! Presentes traídos desde los más distantes rincones de la tierra: Palestina, Egipto, India, Inglaterra, Francia, Italia. ¡Con cuánta minuciosidad había contado el señor Wright nuestro equipaje en cada aduana y punto de embarque, para que ninguna «mano intrusa» fuera a disponer de aquellos presentes, que ya venían destinados a amados seres de América! Plaquitas del sagrado olivo de Tierra Santa; hermosos y delicados encajes y bordados de Bélgica y Holanda; alfombras de Persia; chalinas hermosamente tejidas de Cachemira; bandejas de sándalo de Mysore perennemente fragantes; piedras «ojos de toro» de Shiva procedentes de las provincias centrales; antiguas monedas indias de dinastías ya desaparecidas; vasos y copas con incrustaciones; miniaturas, tapices, incienso y perfumes, swadeshi de algodón estampado; trabajos de laca, marfiles grabados de Mysore; pantuflas de Persia con su curiosa prolongación en la punta; antiguos e iluminados manuscritos raros; brocados, terciopelos, «gorras Gandhi», alfarería, azulejos decorativos, trabajos en bronce; alfombras para la oración; ¡un verdadero botín de los tres continentes!
La noche se cerró con una oración al Dador de todos los regalos; luego, un grupo cantó villancicos. Algún tiempo después, el señor Dickinson y yo nos hallábamos charlando. —Señor —me dijo—, permítame que le dé las gracias por su regalo, la copa de plata. En la noche de Navidad no pude encontrar palabras para expresárselo. —Traje ese regalo especialmente para usted. —¡Durante cuarenta y tres años he estado esperando la copa de plata! Es una historia larga de contar, y me la he reservado durante mucho tiempo. —El señor Dickinson me miró tímidamente—. El principio de la historia es dramático. Yo me estaba ahogando. Mi hermano mayor me lanzó, en son de juego, a un estanque de cinco metros de profundidad, en un pequeño pueblo de Nebraska; por entonces yo tenía solamente cinco años. Cuando estaba a punto de hundirme por segunda vez, apareció una deslumbrante luz multicolor llenando todo el espacio. En medio se encontraba la figura de un hombre de ojos tranquilos y sonrisa consoladora. Mi cuerpo se hundía por tercera vez, cuando uno de los compañeros de mi hermano dobló un arbolillo en tal forma que pude agarrarlo con un desesperado esfuerzo de mis dedos. Los muchachos pudieron sacarme a la orilla y darme los primeros auxilios.
»Doce años después, siendo un joven de diecisiete años, visité Chicago con mi madre. Era el mes de septiembre de 1893; el Gran Parlamento Mundial de las Religiones se hallaba reunido. Mi madre y yo caminábamos por la calle cuando, una vez más, vi la gran luz resplandeciente. A pocos pasos de nosotros, caminaba pausadamente el mismo hombre que años antes había visto yo en visión. Se acercó a un gran auditorio y entró en él, desapareciendo.
»—¡Madre —exclamé—, ése es el hombre que apareció ante mi cuando me estaba ahogando! »Mi madre y yo nos dimos prisa para entrar en el edificio. El hombre se encontraba allí; había tomado asiento en el estrado de la sala de conferencias. Pronto supimos que aquel hombre era el Swami Vivekananda², de la India. Después de que él hubo pronunciado una inspiradora conferencia, me adelanté para conocerlo. Él me sonrió cariñosamente, como si fuéramos viejos amigos. Yo era tan joven que no sabía cómo dar expresión a mis sentimientos, pero en mi corazón esperaba que él se ofreciera a ser mi maestro. Él leyó mi pensamiento: de plata, y ya estaba casi convencido de que las palabras de Vivekananda habían sido sólo expresiones metafóricas. Pero la noche de Navidad, cuando usted me entregó el pequeño paquete junto al árbol, vi por tercera vez en mi vida la misma refulgente y cegadora luz. Un instante después, contemplé extasiado el presente de mi gurú, el mismo que Vivekananda había anticipado para mí cuarenta y tres años atrás³: ¡una copa de plata!
Paramahansaji fundó también un Consejo de Oración en la Sede Central de Mount Washington (el núcleo del Círculo Mundial de Oraciones de Self-Realization Fellowship), que ofrece diariamente oraciones por todo aquel que solicite ayuda para resolver o desvanecer algún problema particular. (Nota del editor). 3 El señor Dickinson conoció a Swami Vivekananda en septiembre de 1893, el mismo año en que nació Paramahansa Yogananda (el 5 de enero). Aparentemente, Vivekananda era consciente de que Yogananda había encarnado de nuevo y que iría a América para enseñar la filosofía de la India.
En 1965, el señor Dickinson, todavía con buena salud y activo a sus 89 años, recibió el título de Yogacharya (instructor de yoga) en una ceremonia que tuvo lugar en la sede central de Self-Realization Fellowship, en Los Angeles. Él solía meditar a menudo durante prolongados períodos con Paramahansaji y nunca omitió su práctica de Kriya Yoga, tres veces al día. Dos años antes de su fallecimiento, el 30 de junio de 1967, Yogacharya Dickinson dio una charla a los monjes de SRF. En esa ocasión, él comentó un detalle interesante que había olvidado mencionar a Paramahansaji. Yogacharya Dickinson declaró: «Cuando subí al estrado de los conferenciantes para hablar con Swami Vivekananda, y antes de que yo pudiera saludarle, él me dijo: "Joven, ¡quiero que se mantenga fuera del agua!"». (Nota del editor).