En la ciudad de Encinitas, en California —¡Señor, le tenemos una sorpresa! Durante su permanencia en el extranjero, hicimos construir para usted esta ermita en Encinitas; ¡Éste es nuestro regalo de bienvenida! —Desde la entrada a los jardines, el señor Lynn, la Hermana Gyanamata, Durga Ma y algunos otros devotos me guiaron, sonrientes, a lo largo de un umbroso camino que ascendía hasta la ermita, cuyo edificio se perfilaba cual un gran navío blanco contra el azul del océano. Mi gira de inspección del nuevo ashram —con dieciséis habitaciones, todas excepcionalmente amplias y agradablemente decoradas— se inició en abismado silencio, seguido luego de mis repetidos «¡Oh!» y «¡Ah!» y, finalmente, de mis palabras de agradecimiento, las cuales jamás bastarán para expresar mi regocijo y gratitud. en que se inició él en la técnica de Kriya. No obstante las múltiples responsabilidades del señor Lynn como hombre de negocios (dirige importantes consorcios petroleros y preside la compañía de seguros mutuos contra incendios más grande del mundo), él dedica cierto tiempo cada día a la práctica profunda y prolongada de Kriya Yoga. Mediante este equilibrado sistema de vida, ha obtenido la gracia de una paz inquebrantable, en el estado de samādhi.
En afectuosa complicidad con quienes mantenían correspondencia conmigo desde California, el señor Lynn¹ logró evitar que me llegara noticia alguna sobre la construcción del ashram en Encinitas, mientras permanecí en la India y Europa (desde junio de 1935 hasta octubre de 1936). ¡Grandes fueron mi asombro y alegría, a mi regreso! Durante los primeros años que pasé en América, yo había recorrido toda la costa de California, en busca de un solar no muy extenso donde pudiese erigir un ashram junto al mar. Cada vez que encontraba un sitio apropiado, sin embargo, invariablemente surgía algún obstáculo para impedirme proseguir con mis planes. «[Tendrás] un retiro junto al mar», había profetizado Sri Yukteswar, largo tiempo atrás. Al contemplar ahora los soleados terrenos de la ermita en Encinitas, pude ver humildemente el cumplimiento de su profecía.
Fue en los jardines de este nuevo ashram donde pocos meses después, al amanecer —era la Semana Santa de 1937—, celebré mi primer oficio de Pascua de Resurrección en Encinitas, oficio al que habrían de seguir muchos otros en el futuro. Con reverente devoción, cientos de estudiantes contemplaron en esa ocasión, al igual que los Magos de la antigüedad, aquel milagro cotidiano: el ritual del despertar del sol en el cielo de oriente. Desde el Océano Pacífico, al poniente, ascendían —resonantes y solemnes— los sones de alabanza de las olas; un diminuto velero blanco navegaba en la distancia y en el cielo, a lo lejos, revoloteaba una gaviota solitaria. «¡Cristo, has resucitado!». Y tu resurrección no coincide sólo con el retorno del sol primaveral, sino con el eterno amanecer del Espíritu.
Pasé muchos meses felices en aquel ambiente del ashram de Encinitas, tan pleno de belleza. Fue allí donde completé un proyecto largamente acariciado: mi libro Cosmic Chants², en el cual he expresado en inglés y transcrito a la notación musical occidental muchas de las canciones de la India. Entre éstas figuran el canto de Shankara, «Ni nacimiento, ni muerte»; el «Himno a Brahma», del sánscrito; «¿Quién ha venido a mi de regocijo! Entre los devotos que cantaron fervorosamente el bendito nombre del Señor, hubo quienes experimentaron curaciones divinas aquella noche.
En 1941, durante mi visita al Centro de Self-Realization Fellowship en Boston, el doctor M. W. Lewis, director de dicho Centro, me hospedó en las habitaciones artísticamente decoradas de un hotel de categoría. «Cuando vivió usted en esta ciudad durante sus primeros años en América, se alojó en una habitación que ni siquiera tenía baño —me dijo sonriendo—. ¡Es mi deseo demostrarle ahora que Boston hace alarde de poseer también algunos departamentos lujosos!». Veloces, felices y llenos de actividad, transcurrieron los años en California. En 1937, se estableció en Encinitas una colonia de Self-Realization Fellowship⁴, cuyas numerosas actividades brindan a los discípulos un entrenamiento multifacético, conforme a los ideales de SRF. En esta colonia se cultivan frutas y hortalizas destinadas al consumo de los residentes de los centros de SRF en Encinitas y Los Ángeles.
«Él creó, de un solo principio [de una misma sangre], todo el linaje humano»⁵. El concepto de la «fraternidad universal» es, en verdad, muy amplio; no obstante, mediante la expansión de su capacidad de amar, cada ser humano debe llegar a considerarse como un ciudadano del mundo. Quien verdaderamente puede decir: «esto es mi América, mi India, mis Islas Filipinas, mi Europa, mi África» y así sucesivamente, nunca carecerá de oportunidades para llevar una vida fructífera y feliz.
Panorama aéreo de la ermita de Self-Realization Fellowship en Encinitas (California), construida con vista al Océano Pacífico. En los espaciosos terrenos de la ermita están las residencias del ashram y el retiro de Self-Realization Fellowship, y no muy lejos de allí se encuentra también un templo de SRF. Aun cuando Sri Yukteswar jamás residió físicamente en otro suelo que el de la India, él conocía esta fraternal verdad: «Mi patria es el mundo entero». ¡Oh Dios hermoso! ¡Oh Dios hermoso! En el bosque eres verdor, en el monte eres altura, en el río eres inquieto, tu majestad clama en el mar. Para quien sirve, eres servicio; para el que ama, eres amor; para quien sufre, eres consuelo, para el yogui, Tú eres el gozo. ¡Oh Dios hermoso! ¡Oh Dios hermoso, ante Ti, yo me inclino!