La mujer yogui que nunca come —Señor, ¿hacia dónde nos dirigimos esta mañana? —El señor Wright, que conducía el automóvil, desvió los ojos del camino el tiempo suficiente para dirigirme una mirada alegre y escrutadora; día tras día, se encontraba ante la incógnita de saber qué parte de Bengala iba a descubrir a continuación. —Si Dios quiere —respondí devotamente—, este camino nos llevará a conocer una octava maravilla del mundo: ¡una santa mujer cuyo único alimento es el aire puro!
—Las maravillas se repiten... ¡después de Teresa Neumann! —De todos modos, el señor Wright rió con entusiasmo e incluso aceleró la marcha del automóvil. ¡Más datos asombrosos para su diario de viaje! ¡Evidentemente, no se trataba del diario de un turista ordinario! por la historia, invitó a la santa a su palacio. Allí, aceptó ella una prueba que se le propuso, permaneciendo dos meses encerrada en una pequeña sección de la residencia del Maharajá. Posteriormente, volvió al palacio, donde efectuó una visita de veinte días, después de los cuales se sometió a una tercera prueba de quince días. El propio Maharajá me dijo que estos tres rigurosos escrutinios lo habían convencido más allá de toda duda del asombroso poder de esa mujer y de su capacidad de no probar jamás alimento.
»Esta historia de Sthiti Babu ha permanecido grabada en mi memoria durante más de veinticinco años —concluyó—. A veces, en América, yo pensaba si el río del tiempo se llevaría en sus aguas eternas a la yoguini² antes de que tuviera oportunidad de conocerla. Ahora debe de ser ya muy anciana. Ni siquiera sé si aún vive, ni dónde. Pero dentro de algunas horas llegaremos a Purulia; el hermano de la santa tiene una casa allí.
Hacia las diez y media, en efecto, nuestro pequeño grupo conversaba con el hermano, Lambodar Dey, un abogado de Purulia. —Sí, mi hermana vive. Algunas veces permanece aquí conmigo, pero en estos momentos se encuentra en nuestra casa familiar en Biur. —Lambodar Babu contempló nuestro automóvil con aire dubitativo—. Mucho me temo, Swamiji, que jamás automóvil alguno haya penetrado en el interior hasta un lugar tan lejano como Biur. Creo que sería mucho mejor que se resignaran ustedes al antiguo bamboleo de la carreta de bueyes.
Uniendo sus voces, todo el grupo se lanzó en defensa del orgullo de Detroit, asegurando su lealtad hacia él. —El Ford viene de Estados Unidos —le aclaré al abogado—. ¡Sería realmente vergonzoso privarle de la oportunidad de conocer el corazón de Bengala! —¡Que Ganesha⁴ los acompañe! —dijo Lambodar Babu, riendo. Y luego añadió cortésmente—: Si llegan, estoy seguro de que Giri Bala se alegrará mucho de verlos a todos. Se aproxima ya a los setenta años de edad, pero continúa disfrutando de excelente salud.
—Dígame, señor, si es realmente cierto que jamás come. — Le miré directamente a los ojos, esas reveladoras ventanas del alma. —Es verdad. —Su mirada era abierta y honesta—. Por espacio de más de cinco décadas, no la he visto probar un solo bocado. Si repentinamente el mundo se derrumbara, ¡yo no me asombraría tanto como lo haría en el caso de ver a mi hermana comer! GIRI BALA, LA «SANTA QUE NO COME»
Empleando un determinado método yóguico, Giri Bala puede recargar su cuerpo de energía cósmica extraída del éter, del sol y del aire. «Jamás he estado enferma» declaró la santa. «Duermo muy poco, ya que dormir y velar son para mí la misma cosa». La sinceridad del hermano era manifiesta. Nuestro pequeño grupo le dio las más efusivas gracias y se dirigió de inmediato a Biur. Nos detuvimos en un puesto callejero para comprar curry y luchis, atrayendo a una multitud de pilluelos, que se reunieron en torno del señor Wright, para verlo comer con los dedos, según la sencilla usanza hindú⁵. Un gran apetito nos impulsó a fortalecernos para las vicisitudes de una tarde que, aunque desconocida de momento, prometía ser bastante laboriosa.
Nuestro camino se dirigía ahora hacia el este, a través de campos de arroz quemados por el sol, hacia la división Burdwan de Bengala. Marchábamos por caminos flanqueados por densa vegetación; los trinos de los mynas y de los bulbuls de adornado cuello brotaban de los árboles, que lucían grandes follajes y ramazones semejantes a una sombrilla. De vez en cuando, nos topábamos con una carreta de bueyes, y el rini, rini, manju, manju que salía chillonamente de sus ejes y
—Sí, señor, en el compartimiento del equipaje. —Si Giri Bala es una verdadera santa, deseo escribir algo acerca de ella a mi retorno a Occidente. Una yoguini de tales inspiradores poderes no debe vivir y morir desconocida... al igual que todos estos mangos. Media hora más tarde, aún me encontraba vagando en medio de aquella maravillosa paz silvestre. —Señor —hizo notar el señor Wright—, debemos encontrar a Giri Bala antes de la puesta del sol, a fin de tener suficiente luz para tomar las fotografías. —Y luego añadió, con una sonrisa—. Los occidentales son muy escépticos y no podemos esperar que crean en una dama tan importante de la que no existen fotografías.
Este trocito de sabiduría era indiscutible; volví la espalda a la tentación y entré de nuevo en el automóvil. —Tiene usted razón, Dick —suspiré, mientras partíamos con rapidez—; me veo obligado a sacrificar el paraíso de los mangos en pro del realismo occidental. ¡Debemos obtener fotografías! El camino empeoraba cada vez más. Las «arrugas» formadas por los surcos y los resecos y accidentados barrizales semejaban los tristes achaques de la vejez. Ocasionalmente, el grupo descendía del automóvil para facilitar al señor Wright el manejo del mismo, y los cuatro empujábamos el vehículo por la parte trasera.
—Lambodar Babu dijo la verdad —reconoció Sailesh—. El auto no nos lleva a nosotros; ¡nosotros llevamos el auto! El tedio de nuestros ascensos y descensos del automóvil era de vez en cuando interrumpido por la aparición de una aldea, cada una de las cuales constituía una escena de pintoresca simplicidad. Nuestro camino serpenteaba entre bosques de palmeras, entre antiguos y prístinos pueblecillos anidados en la sombra de la selva —anotó el señor Wright en su diario de viaje bajo la fecha del 5 de mayo de 1936—. Las chozas de barro y techo de paja son en extremo fascinantes, todas con alguno de los nombres de Dios en la puerta; numerosos niños de corta edad, desnudos, que jugaban inocentemente, acudían a vernos pasar, o bien huían alocadamente ante el ruidoso carruaje negro que atravesaba la paz de su poblado, y que se movía sin necesidad de bueyes. Las mujeres se conformaban con espiarnos desde la sombra, en tanto que los hombres, perezosamente tendidos bajo los árboles a la vera del camino, nos miraban vagamente curiosos dentro de su indiferencia. En cierto lugar, todos los pobladores se bañaban alegremente en un gran estanque (con sus vestiduras, cambiando luego las un montoncillo de tierra, lo que requirió que despejáramos ese obstáculo; continuamos cuidadosamente, pero de pronto la senda se interrumpió por un macizo de matorrales en medio del camino, que hizo que nos desviáramos por un escarpado terraplén hasta acabar en un estanque seco, para salir del cual hubo que abrir paso excavando y eliminando las obstrucciones. Una y otra vez, el camino parecía intransitable, pero debíamos seguir adelante; amablemente los muchachos consiguieron palas y derribaron los obstáculos (¡las bendiciones de Ganesha!), mientras cientos de niños, con sus padres, nos contemplaban con asombro.
Muy pronto conseguimos abrirnos camino sobre aquellos senderos de la antigüedad, mientras las mujeres nos contemplaban desde las puertas de sus chozas con los ojos muy abiertos, los hombres nos seguían a los lados del auto y detrás de nosotros, y los niños acudían de todas partes para aumentar la procesión. ¡Quizás nuestro Ford era el primer automóvil en recorrer esos parajes, donde el «sindicato de transporte de carretas de bueyes» debía de ser omnipotente! ¡Qué sensación la que creamos! ¡Un estadounidense conduciendo a un grupo de viajeros y todos a bordo de un ruidoso automóvil, invadiendo la inmemorial paz y santidad de las aldeas!
Deteniéndonos en un estrecho camino, nos encontramos a unos 30 metros de distancia de la casa ancestral de Giri Bala. Todos sentimos la emoción del éxito, después de la áspera lucha con el camino y de un viaje que coronábamos con tan ingrato final en el último tramo, repleto de dificultades. Nos aproximamos a un edificio grande, de dos pisos, construido de ladrillo y revocado con argamasa. La construcción se destacaba sobre las chozas de los alrededores y, según testimoniaban los característicos andamios y marcos de bambú, se encontraba en reparación.
Llenos de una impaciente y febril emoción y de oculto regocijo, nos detuvimos ante las puertas abiertas de la casa de aquella mujer que, por un don del Señor, no necesitaba alimentarse. Los pobladores permanecían con la boca abierta. Jóvenes y viejos, desnudos y vestidos, mujeres cautelosas, pero también inquisitivas, y hombres y niños sin rubor alguno permanecían firmes tras nosotros, empeñados en pisarnos los talones y no perder nada del espectáculo sin precedentes. Muy pronto una pequeña figura apareció en el umbral de la puerta: ¡Giri Bala! Estaba envuelta en una tela de seda de color de oro opaco. Según la usanza de la India, se acercó con modestia y con un ademán vacilante, mirándonos tímidamente por debajo del pliegue superior de la tela de su swadeshi. Sus ojos brillaban como rescoldos en la sombra que producía en su rostro la prenda de su cabeza. Todos nos vimos arrebatados por un rostro lleno de bondad y benevolencia extraordinarias, un rostro de positiva identidad con Dios, de absoluta comprensión, libre de las manchas del apego por las cosas terrestres.
La pequeña santa se sentó en el pórtico con las piernas cruzadas. Aunque mostraba las naturales señales de su avanzada edad, no se hallaba demacrada; su piel aceitunada había permanecido limpia y saludable, y su tono era nítido. —Madre —dije en bengalí—, durante más de veinticinco años he pensado con ansiedad en el momento de esta peregrinación. Oí hablar por primera vez de su sagrada vida a Sthiti Lal Nundy Babu. Ella asintió, en señal de reconocimiento.
—Sí. Mi buen vecino de Nawabganj. —Durante estos años he cruzado los mares, pero nunca he olvidado mi plan de poder verla algún día. El drama sublime que, de modo tan modesto, está viviendo usted aquí debe ser conocido y proclamado ante un mundo que ha olvidado el divino alimento interior. Durante un instante ella levantó los ojos, sonriendo con sereno interés. —Baba (reverenciado Padre) sabe lo que es mejor —contestó humildemente. Me sentía feliz de que ella no se hubiese considerado ofendida; uno nunca sabe cómo van a reaccionar los yoguis o las yoguinis ante la idea de la publicidad. Por lo general, la evitan, deseando continuar en silencio la profunda búsqueda del alma. Cuando llega el momento, una autorización interna les hace ofrecer sus vidas abiertamente, para beneficio de las almas que buscan la verdad.
—Madre —continuó—, perdóneme entonces por abrumarle con tantas preguntas. Le suplico que responda solamente aquellas que desee; sabré comprender su silencio. Ella extendió las manos en un gesto de cortesía. —Responderé gustosa, por más que me considero demasiado insignificante para ofrecer respuestas satisfactorias. —¡Oh, no; insignificante, no! —protesté sinceramente—. ¡Usted es una gran alma! —Soy una humilde servidora de todos. —Y agregó de un modo singular—: Me gusta en extremo cocinar y alimentar a los demás.
«Extraño pasatiempo —pensé yo— ¡para una santa que jamás come!». —Dígame, madre, quiero oírlo de sus propios labios, ¿vive usted sin probar jamás alimento alguno? —Sí, es verdad —permaneció en silencio durante algunos momentos; su siguiente comentario reveló que había estado haciendo cálculos mentales durante ese lapso—. Desde la edad de doce años y cuatro meses, hasta mi presente edad de —Así sea. —Su voz era baja y firme—. Yo nací en estas selváticas regiones. Mi niñez nada tiene de excepcional, aparte de que durante mis primeros años me dominaba un insaciable apetito. Fui desposada cuando tenía unos nueve años.
»—Niña —solía decirme mi madre—, trata de gobernar tu gula. Cuando llegue el momento en que te veas obligada a vivir entre extraños, con la familia de tu marido, ¿qué van a pensar de ti si ven que tus días sólo están dedicados a tu preocupación por comer? »La calamidad que ella había previsto se realizó. Contaba solamente doce años cuando me reuní con la familia de mi marido en Nawabganj. Mi suegra solía avergonzarme mañana, tarde y noche por mis hábitos de glotonería. En realidad, sus reprimendas eran bendiciones disfrazadas, puesto que supieron despertar mis tendencias espirituales adormecidas. Cierta mañana, me ridiculizó sin misericordia.
»—Voy a demostrarle muy pronto —le dije yo entonces, sintiéndome profundamente herida— que no volveré a tomar alimento alguno mientras viva. »—¡Vaya! —mi suegra se rió con desdén—. ¿Y cómo podrás vivir sin comer, si ni siquiera puedes vivir sin comer demasiado? »¡Esta observación era incontestable! No obstante, una férrea resolución se había apoderado de mi espíritu. Buscando un lugar apartado, me dirigí a mi Padre Celestial. »"Señor —oré incesantemente—, envíame un gurú que me enseñe a vivir de tu luz y no de los alimentos de la tierra".
»Un divino éxtasis se apoderó de mí. Guiada por un beatífico embeleso, me dirigí al ghat de Nawabganj, en el Ganges. En el camino hallé al sacerdote de la familia de mi esposo. »—Venerable señor —le dije confiadamente—, ¿podría indicarme cómo puedo vivir sin comer? »Él se quedó mirándome sin pronunciar palabra. Finalmente, me habló de un modo consolador: »—Niña —dijo—, ven al templo esta tarde; dirigiré una ceremonia védica especial para ti. »Esta ambigua respuesta no era lo que yo buscaba; continué mi camino hacia el ghat. El sol de la mañana penetraba las aguas; me purifiqué en el Ganges, como si estuviera ante la perspectiva de alguna iniciación sagrada. Al salir del río, envuelta en mis empapadas ropas, mi maestro, en la plena luz del día, ¡se materializó ante mí!
»—Pequeña, querida mía —dijo con una voz de amante compasión—, soy el gurú enviado por Dios para satisfacer —Nunca he tenido hijos; hace ya muchos años que me convertí en viuda. Duermo muy poco, ya que dormir y velar son para mí la misma cosa. Medito por la noche y durante el día atiendo mis deberes domésticos. Apenas si siento el cambio de clima de estación a estación. Jamás he estado enferma ni he padecido ninguna dolencia. Cuando me hago daño accidentalmente, experimento muy poco dolor. No tengo excreciones corporales. Puedo controlar los latidos de mi corazón y mi respiración. A menudo, veo, en forma de visiones, a mi gurú y a otras almas elevadas.
—Madre —pregunté—, ¿por qué no enseña a otros el método de vivir sin necesidad de comer? Mis ambiciosas esperanzas para los millones de hambrientos en el mundo fueron prontamente destrozadas. —No. —Ella sacudió la cabeza—. Mi gurú me ordenó de modo muy estricto que no divulgara el secreto. No es su deseo interferir en el drama de la creación de Dios. ¡Los agricultores no me agradecerían que yo enseñara a las personas a vivir sin comer! Los ricos y delicados frutos yacerían en el suelo, sin utilidad alguna. Parece que la miseria, el hambre y la enfermedad es el flagelo de nuestro karma que finalmente nos conduce a buscar el verdadero sentido de la existencia.
—Madre —dije lentamente—, ¿con qué fin ha sido usted elegida para vivir sin necesidad de alimentos? —Con el propósito de demostrar que el hombre es Espíritu. —Su faz resplandeció de sabiduría—. Para demostrar que, mediante el desarrollo espiritual, el hombre puede gradualmente aprender a sustentar su vida de la Luz Eterna y no de los alimentos⁹. La santa se sumió en un estado de profunda meditación. Su mirada se tornó introspectiva; las gentiles profundidades de sus ojos perdieron toda expresión. Entonces dio un suspiro característico, el preludio del trance extático del estado sin aliento. Por un momento, había volado al reino donde no existen las preguntas, el cielo de la felicidad interior.
La oscuridad tropical había caído ya. La luz de una pequeña lámpara de petróleo parpadeaba sobre las cabezas de algunos aldeanos que reposaban silenciosamente en las sombras. Las fugitivas luciérnagas y las distantes lámparas de aceite de las chozas tejían caprichosos dibujos en la aterciopelada noche. Era la dolorosa hora de la partida; un lento y tedioso viaje esperaba al pequeño grupo. —Giri Bala —dije, cuando la santa abrió los ojos—, por favor, obséquieme con un recuerdo suyo, un simple trozo de uno de sus saris. del cuerpo, el sistema nervioso, la toman los alimentos de los rayos solares. Los átomos —dice el doctor Crile— son sistemas solares. Los átomos son vehículos llenos de la radiación solar, lo mismo que muchos resortes enrollados. Esta infinita cantidad de átomos llenos de energía se ingieren en la forma de alimentos. Una vez en el cuerpo humano, estos tensos vehículos, los átomos, se descargan en el protoplasma del cuerpo y la radiación produce nueva energía química y nuevas corrientes eléctricas. Nuestro cuerpo está hecho de dichos átomos —afirma el doctor Crile—. Ellos son nuestros músculos, cerebro y órganos sensorios, tales como los ojos y los oídos».
Algún día, los científicos descubrirán la manera en que los seres humanos puedan vivir directamente de la energía solar. «La clorofila es la única sustancia conocida en la naturaleza que, de algún modo, posee el poder de actuar como una "trampa de sol" —escribe William L. Laurence, en The New York Times—. Atrapa, por así decirlo, la energía del sol, almacenándola en la planta. Sin este mecanismo, la vida no podría existir. La energía que necesitamos para vivir la obtenemos de la energía solar almacenada en los alimentos vegetales que comemos o en la carne de los animales que se alimentan de esas plantas. La energía que obtenemos del carbón o del petróleo es energía solar atrapada por la clorofila en plantas que vivieron hace millones de años. Vivimos del sol por medio de la clorofila». «los sonidos ideales, inaudibles, que representan un aspecto de la creación; cuando se vocalizan en forma de sílabas, los mantras constituyen una terminología universal» (Webster's New International Dictionary, 2ª ed.). Los poderes infinitos del sonido derivan de Om, la «Palabra» o el susurro creativo del Motor Cósmico.
Teresa Neumann no ingería alimento material para vivir ni practicaba una técnica científica de yoga para suprimir la necesidad de comer. La explicación de esto se halla oculta en las complejidades del karma individual. Hay muchas vidas de dedicación a Dios detrás de una Teresa Neumann o una Giri Bala, pero sus canales de expresión exterior han sido diferentes. Entre los santos cristianos que vivieron sin comer (y que también eran estigmatizados) cabe mencionar a Santa Liduvina de Schiedam, la Beata Isabel de Rent, Santa Catalina de Siena, Dominica Lazarri, la Beata Ángela de Foligno y, en el siglo XIX, Luisa Lateau. San Nicolás de Flüe (el Hermano Klaus, un ermitaño del siglo XV cuya apasionada petición en favor de la unidad salvó a la Confederación Suiza) prescindió de alimento durante veinte años.