El «swami de los tigres» — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
6.El «swami de los tigres»
Paramahansa Yogananda·~10 min
EEl «swami de los tigres»
—He descubierto la dirección del «swami de los tigres»; vamos a visitarlo mañana.
Esta magnífica sugerencia venía de Chandi, uno de mis amigos en la escuela secundaria. Yo estaba ansioso por encontrar al santo que, en su vida premonástica, había capturado tigres y luchado contra ellos con sus propias manos, pues en mí anidaba un ardiente y juvenil entusiasmo por tan notables hechos.
El día siguiente amaneció frío y ventoso; pero Chandi y yo partimos con alegría. Después de mucho buscar inútilmente en Bhowanipur, fuera de Calcuta, llegamos a la casa deseada. De la puerta colgaban dos argollas de hierro, que hice sonar con fuerza; a pesar del gran ruido que se produjo, un sirviente se aproximó con paso lento. Su irónica sonrisa mostraba a los
Cuando volvimos de nuestro asombro, mi amigo y yo saludamos al monje, expresándole nuestra admiración por sus extraordinarias proezas en la arena felina, y a continuación le preguntamos:
—¿Podría usted hacernos el favor de decirnos cómo es posible dominar a la bestia más feroz de la jungla, el tigre real de Bengala, simplemente con la fuerza de los puños?
—Hijos míos, para mí no es nada dominar tigres; podría hacerlo ahora si fuese necesario. —Y rió alegremente como un niño—. Ustedes ven a los tigres como tigres, pero yo los considero como gatitos.
—Swamiji, creo que sería capaz de imprimir en mi subconciencia el pensamiento de que los tigres son gatitos; pero ¿qué puedo hacer para que ellos lo crean?
—¡Por supuesto que también es necesaria la fuerza! —contestó—. ¡No podemos esperar la victoria de un niño que se imagina que un tigre es un gato! Unas manos fuertes son armas suficientes para mí.
Nos pidió que lo siguiéramos al patio, donde golpeó la esquina de la pared. Un ladrillo saltó al suelo, y el cielo apareció a través del hueco dejado por el caído «diente» del muro. Me quedé aturdido de sorpresa y maravillado. Pensé que quien tenía la capacidad de arrancar un ladrillo de un muro sólido mediante un solo golpe de su puño sería capaz seguramente de dislocar los dientes de un tigre.
—Numerosos hombres —nos dijo— cuentan con la fuerza física que yo poseo, pero carecen de la fría confianza necesaria. Para quienes, aun siendo físicamente fornidos, no disponen de fortaleza mental, el mero encuentro con una bestia salvaje que salta libremente en la selva puede bastar para hacerlos desmayar. El tigre, cuando se encuentra en su ambiente natural y manifiesta su ferocidad innata, ¡es muy diferente de los tigres drogados de los circos!
»Muchos hombres de fuerza hercúlea se han visto aterrorizados y en abyecta incapacidad ante el ataque de un tigre de Bengala. Así, el tigre ha convertido mentalmente al hombre en un pasivo gatito. Sin embargo, para un hombre poseedor de un cuerpo robusto y de una inmensa capacidad de determinación es posible invertir los términos con el tigre y forzarlo a que se convenza de que es un indefenso gatito. ¡Cuántas veces lo he hecho!
Yo estaba perfectamente convencido de que aquel titán que estaba delante de mí era capaz de efectuar la metamorfosis de un tigre en un gatito. Parecía estar en vena de enseñar, así que Chandi y yo le escuchábamos respetuosamente. —Fue mi indomable persistencia en enfocar mi mente en los conceptos de salud y fortaleza —continuó— lo que me hizo vencer mi incapacidad. Tengo muchas razones para ensalzar la fuerza persuasiva del vigor mental como la causa directa para dominar a los tigres de Bengala.
—¿Cree usted, reverendo Swami —pregunté—, que yo podría alguna vez luchar con tigres?
Ésta fue la primera y última vez que tan peregrina ambición visitó mi mente.
—Sí —contestó sonriendo—, pero hay muchas clases de tigres; algunos vagan por las selvas de los deseos humanos. No se obtiene ningún beneficio espiritual golpeando a las bestias hasta dejarlas inconscientes. Es mejor vencer a los merodeadores internos.
—¿Podría usted narrarnos, señor, cómo se transformó de domador de tigres salvajes en domador de salvajes pasiones?
El «swami de los tigres» calló. Su mirada adquirió una expresión de lejanía, evocando visiones de tiempos pasados. Percibí una ligera lucha mental para decidir si contestaba o no a mi pregunta. Finalmente, sonrió con aquiescencia y dijo:
—Cuando mi fama alcanzaba el cenit, me intoxiqué de orgullo y decidí no sólo luchar contra los tigres, sino practicar algunos trucos con ellos; mi ambición era forzar a las bestias salvajes a comportarse como animales domésticos. Así, empecé mis exhibiciones públicas con magnífico resultado.
»Una tarde, entró a mi cuarto mi padre con aire pensativo:
»—Hijo, te traigo palabras de advertencia: me gustaría impedir los males que te pueden sobrevenir, como producto de la rueda de causas y efectos.
»—¿Es usted fatalista, padre? ¿Acaso deberíamos permitir que la superstición mancille las poderosas aguas de mis actividades?
»—No soy fatalista, hijo; pero creo en la justa ley de la retribución, como se enseña en las sagradas escrituras. Hay resentimiento contra ti en la familia de la selva, y a su tiempo ésta se podría manifestar en contra tuya.
»—¡Padre, me sorprende! ¡Usted sabe que los tigres son hermosos, pero que no tienen misericordia! ¡Quién sabe si mis golpes podrían inyectar un poco de juicio y consideración en sus duras cabezas! Soy rector de una escuela selvática que enseña urbanidad. Por favor, padre, véame como un domador y nunca como un matador de tigres. ¿Cómo pueden mis buenas acciones acarrearme algún mal? Yo le ruego que no me imponga una orden que cambie mi modo de vida.
Chandi y yo escuchábamos atentamente, comprendiendo aquel dilema pretérito; en la India, un hijo no desobedece este cambio. Como era usual, dondequiera que yo iba, una multitud curiosa me seguía por las calles. Yo podía captar trozos de comentarios susurrados:
»—Éste es el hombre que lucha con tigres salvajes.
»—¿Tiene piernas, o son troncos de árboles?
»—¡Miren su cara! ¡Debe ser una encarnación del rey de los tigres!
»Ustedes saben cómo actúan los pilluelos, ¡en la misma forma que las ediciones finales de los periódicos! ¡Y con cuánta rapidez circulan, de casa en casa, los boletines orales de las señoras! A las pocas horas, debido a mi presencia, toda la población se hallaba en estado de conmoción.
»Yo estaba descansando tranquilamente esa tarde, cuando oí el galopar de unos caballos. Se detuvieron frente al lugar donde me hallaba y presentáronse unos hombres altos con turbantes de policía.
»Me tomó por sorpresa. "Todo es posible para las gentes de la ley —pensé—. Me pregunto si vendrán a reprenderme por algo que desconozco por completo".
»Pero el oficial se inclinó con gran cortesía y me dijo:
»—Honorable señor, nos envían para daros la bienvenida en nombre del príncipe de Cooch Behar. Él se complace en invitaros a que acudáis a su palacio mañana por la mañana.
»Yo reflexioné sobre la proposición. Por alguna oculta razón, lamentaba profundamente esa interrupción en mi tranquilo viaje. Mas la atenta súplica del policía me conmovió y acepté ir.
»Al día siguiente me sorprendí extraordinariamente ante la exquisita cortesía con que fui escoltado desde mi alojamiento hasta un magnífico coche tirado por cuatro corceles: un sirviente sostenía una sombrilla para protegerme de los abrasadores rayos del sol. Gocé de un paseo muy agradable por toda la ciudad y por los bosques vecinos. El descendiente real en persona me esperaba a la puerta de su palacio para darme la bienvenida. Me brindó su propio asiento bordado en oro y, sonriente, se sentó a mi lado en una silla común.
»"Todas estas galanterías me van a costar, seguramente, algo caras", pensé en medio de mi creciente asombro. Después de unas cuantas palabras, el príncipe me dijo:
»—Mi ciudad está llena de rumores acerca de tus luchas con los tigres salvajes sin más armas que tus manos, ¿es eso posible?
»—Es la verdad, señor —contesté. »Ignoro si el príncipe temía que yo pudiese hipnotizar a la bestia o darle opio secretamente.
»Abandoné el palacio y observé, divertido, que el parasol real y el coche con panoplia habían desaparecido.
»Durante la semana siguiente, preparé de manera metódica mi mente y mi cuerpo para la dura prueba que me esperaba. Por las informaciones de mi sirviente supe muchos de los fantásticos cuentos que se divulgaban. De algún modo la terrorífica predicción que el santo le hiciera a mi padre se había hecho pública, creciendo cada vez más a medida que se difundía. Muchos de los humildes aldeanos creían que un espíritu maligno, maldito por los dioses, se había encarnado en el tigre y que éste adoptaba diversas formas demoníacas por la noche, pero continuaba siendo un simple animal durante el día. Se suponía que este tigre endemoniado era el que se me había enviado para humillarme.
»Otra versión imaginativa era la de que las oraciones de los animales habían llegado al cielo de los tigres, y éste respondió en la forma de Raja-Begum: él era el instrumento que debía castigar al bípedo audaz que tanto había insultado a todas las especies de tigres. Un hombre indefenso de desnuda piel, sin colmillos, ¡atreverse a desafiar a un terrible tigre armado de garras! La concentrada ponzoña de los tigres humillados —declaraban los aldeanos— se ha acumulado en cantidad suficiente para que se opere la ley oculta y caiga el orgulloso domador de tigres.
»Mi sirviente me comunicó, además, que el príncipe estaba en su elemento como juez de la lucha entre el hombre y la bestia. Él había supervisado la construcción de un pabellón a prueba de inclemencias, con capacidad para millares de espectadores. En el centro se hallaba Raja-Begum, dentro de una enorme jaula de hierro, circundada por otra, para mayor seguridad. La bestia cautiva lanzaba sin cesar espeluznantes rugidos que helaban la sangre. Se le había alimentado escasamente, a fin de despertar su feroz apetito. Quizás el príncipe esperaba que yo fuera su gran bocado de recompensa.
»Muchísimos habitantes de la ciudad y sus alrededores adquirieron ávidamente sus boletos, en respuesta al tamborileo que anunciaba la excepcional contienda. El día de la lucha se vio a centenares de personas que regresaban a casa por no haber tenido espacio donde acomodarse. Muchas se introdujeron por las aberturas de la carpa; otras se apiñaban debajo de las tribunas. un golpe demoledor. La bestia retrocedió, vacilando aturdida en el fondo de la jaula, pero luego saltó convulsamente hacia mí. El castigo de mis afamados puñetazos llovió sobre su cabeza.
»Sin embargo, Raja-Begum había saboreado la sangre y se comportó como un dipsómano que hubiera probado el vino después de estar privado de él durante mucho tiempo. Acompañados de rugidos ensordecedores, los asaltos de la bestia crecieron en furia; mi defensa era inadecuada, porque sólo disponía del brazo izquierdo y me hacía vulnerable a sus garras y colmillos. Pero yo le respondí con una aturdidora retribución. Mutuamente ensangrentados, luchábamos a muerte. La jaula era un pandemonio salpicado de sangre por todas partes; resoplidos de dolor y aliento letal salían de la garganta de la fiera.
»"¡Dispárenle! ¡Maten al tigre!" —exclamaba el público. Pero hombre y fiera nos movíamos con tal rapidez que la bala del guardia no dio en el blanco. Recurriendo a toda mi fuerza de voluntad, rugí ferozmente y aseté un potente golpe final. El tigre se desmayó y quedó quieto.
—Como un gatito —dije yo.
El swami sonrió en aprecio a mi interrupción, y continuó su relato: —Raja-Begum fue vencido al fin. Su orgullo real recibió una última humillación: con mis manos laceradas, audazmente abrí sus quijadas y, durante un dramático instante, puse mi cabeza dentro de sus fauces, como en una trampa de muerte; luego busqué a mi alrededor una cadena, y hallando una que había en el suelo, la até del cuello del tigre a las barras de la jaula. Triunfalmente caminé hacia la puerta.
»Pero aquel diablo encarnado, Raja-Begum, tenía un vigor digno de su supuesto origen demoníaco. Con una embestida increíble, se zafó de la cadena y saltó sobre mi espalda. Con mi hombro entre sus mandíbulas, caí violentamente; pero en un instante me revolví y lo tuve debajo de mí. Bajo mis golpes inmisericordes, hice que el traicionero animal se hundiera en la semiinconsciencia. En esta ocasión, lo aseguré con más cuidado y lentamente abandoné la jaula.
»Me encontré de nuevo ante un rugido tumultuoso, pero esta vez de deleite. La multitud, loca de alegría, me aclamaba y su alarido era como si saliera de una sola gigantesca garganta. Desastrosamente lacerado, yo había cumplido con las tres condiciones de la lucha: aturdir al tigre, atarlo con una cadena y dejarlo sin necesidad de ayuda. Además, había atemorizado y herido tan drásticamente a la agresiva fiera, humana. Estás habituado al público: deja que éste sea ahora una galaxia de ángeles, absorta en tu impresionante dominio del yoga.
»Fui iniciado en el sendero espiritual por mi santo gurú. Él abrió las puertas de mi alma, oxidadas y anquilosadas por el desuso. Y pronto marchamos juntos hacia el Himalaya para mi entrenamiento.
Chandi y yo nos inclinamos a los pies del swami, sumamente agradecidos por la vívida descripción de su ciclónica vida. Yo me sentí ampliamente recompensado por la larga espera probatoria a la que nos había sometido en la fría sala. humana. Estás habituado al público: deja que éste sea ahora una galaxia de ángeles, absorta en tu impresionante dominio del yoga.
»Fui iniciado en el sendero espiritual por mi santo gurú. Él abrió las puertas de mi alma, oxidadas y anquilosadas por el desuso. Y pronto marchamos juntos hacia el Himalaya para mi entrenamiento.
Chandi y yo nos inclinamos a los pies del swami, sumamente agradecidos por la vívida descripción de su ciclónica vida. Yo me sentí ampliamente recompensado por la larga espera probatoria a la que nos había sometido en la fría sala.