5.Un «santo de los perfumes» muestra sus maravillas
Paramahansa Yogananda·~8 min
UUn «santo de los perfumes» muestra sus maravillas
«Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo»¹.
Yo no tenía esta sabiduría de Salomón para consolarme; en cualquier excursión que hacía fuera de casa, buscaba inquisitivamente a mi alrededor la cara del gurú al cual estaba destinado. Pero mi sendero no se cruzó con el suyo, sino hasta después de haber terminado los estudios de la escuela secundaria.
Dos años transcurrieron entre mi huida con Amar hacia el Himalaya y el gran día en que Sri Yukteswar llegara a mi vida. En este lapso conocí a varios sabios, como el «santo de los perfumes», el «swami de los tigres», Nagendra Nath Bhaduri,
—Habla usted con convicción, señor —dije yo.
—A lo largo de mucho tiempo, he ejercido una honesta introspección: la exquisitamente dolorosa vía que conduce a la sabiduría. La exploración del propio yo, la implacable observación de nuestros pensamientos, es una dura y demoledora experiencia, capaz de pulverizar al ego más soberbio. Sin embargo, el verdadero autoanálisis opera matemáticamente, produciendo sabios. La vía de la «expresión de la personalidad» y de los reconocimientos individuales produce egotistas, hombres seguros de sus derechos a abrigar sus propias interpretaciones particulares acerca de Dios y del universo.
—La verdad se retira humildemente, sin duda, ante tal arrogante originalidad... —sugerí, disfrutando de la conversación.
—Mientras no se libere de sus pretensiones, el ser humano es incapaz de comprender las verdades eternas. Anegada por un fango centenario, la mente humana bulle con la repulsiva vida de innumerables ilusiones mundanas. ¡Las luchas de los campos de batalla palidecen en su insignificancia ante las primeras contiendas del hombre con sus enemigos internos! No se trata aquí de meros adversarios mortales, fácilmente dominables mediante un arrollador despliegue de fuerza.
Omnipresentes, infatigables, persiguiendo al hombre incluso durante el sueño, sutilmente dotados de miasmáticas armas, los soldados de los apetitos que surgen de la ignorancia pretenden asesinarnos a todos. Necio es el hombre que sepulta sus ideales, sometiéndose al destino común. ¿Cómo puede considerársele sino como un ser impotente, torpe, abyecto?
—Respetable señor, ¿no tiene usted compasión alguna de las desorientadas masas?
El sabio permaneció en silencio durante unos instantes y, luego, respondió de manera indirecta:
—¡El amar simultáneamente al invisible Dios, Depositario de Todas las Virtudes, y al hombre visible, aparentemente privado por completo de éstas, es a menudo desconcertante! Mas la ingeniosidad puede equipararse a la confusión. La exploración interior deja rápidamente al descubierto un elemento de unión entre todas las mentes humanas: el fuerte lazo de la motivación egoísta. En este sentido al menos, la fraternidad humana se manifiesta abiertamente. Semejante descubrimiento trae consigo una atónita humildad, la cual madura hasta convertirse en compasión hacia nuestros semejantes, quienes están ciegos a las inexploradas potencialidades terapéuticas del alma.
Nos encaminamos hacia la invitadora resolana de la entrada, ante la cual iba y venía una multitud de devotos.
—Eres joven. —El sabio me contempló pensativamente—. La India también es joven. Los antiguos rishis⁴ establecieron las inamovibles bases de la vida espiritual; sus venerables principios son aplicables hoy en esta tierra. Sus preceptos disciplinarios no han perdido actualidad ni son demasiado cándidos frente a las alevosías del materialismo; ellos moldean todavía a la India de hoy. A través de los milenios, muchos más de los que los perplejos eruditos se atreverían a computar, el escéptico Tiempo ha comprobado la validez de los Vedas. ¡Tómalos por herencia!
Al despedirme con reverencia del elocuente sadhu, éste me reveló una percepción clarividente:
—Hoy se cruzará en tu camino una inusitada experiencia, una vez que te hayas marchado de aquí.
Abandoné el templo y vagué sin rumbo. Al doblar una esquina, me encontré con un antiguo conocido, uno de aquellos individuos cuya capacidad para conversar ignora el tiempo y abraza la eternidad.
—Te dejaré partir luego —me dijo—, si me cuentas todo lo que te ha sucedido en los años de nuestra separación.
—¡Qué paradoja! —le contesté—. Debo irme enseguida. Pero él me retuvo la mano, forzándome a proporcionarle bocadillos de información. No sin cierta diversión, pensé que se asemejaba a un lobo hambriento: cuanto más le relataba, más se exacerbaba su hambre de noticias. Interiormente pedí a la Diosa Kali que me enviase un digno medio de escapar.
Mi compañero me dejó de súbito. Suspiré entonces con alivio y doblé el paso, por temor de volver a caer en su fiebre locuaz. Oyendo pasos rápidos detrás de mí, precipité la marcha, cuidándome de no volver la vista; pero de un salto mi joven amigo me alcanzó, tomándome jovialmente por el hombro.
—Se me olvidaba hablarte de Gandha Baba (el «santo de los perfumes»), cuya presencia honra aquella casa —y me señaló una vivienda cercana—. Ve a verle, es muy interesante; tendrás una experiencia inusitada. Adiós —y se alejó definitivamente.
La similitud con la predicción del sadhu en el templo de Kalighat fulguró en mi mente. Intrigado, entré a la casa y me hicieron pasar a una espaciosa sala. Una multitud de gente estaba sentada, a la manera oriental, aquí y allí, sobre una gruesa alfombra de color naranja; un murmullo de admiración llegó entonces a mis oídos.
—Señor, ¿es necesario probar a Dios? ¿No está Él haciendo milagros en todas las cosas y en todo lugar?
—Sí, pero nosotros también debemos manifestar algo de su infinita variedad creadora.
—¿Cuánto tiempo tardó en dominar su arte?
—Doce años.
—¡Para manufacturar esencias por medios astrales! Me parece, mi honorable santo, que usted ha desperdiciado doce años en producir fragancias que se pueden obtener por unas cuantas rupias en la tienda de un florista.
—Los perfumes se desvanecen con las flores.
—Los perfumes se desvanecen con la muerte. ¿Por qué habría de desear aquello que satisface sólo al cuerpo?
—Señor filósofo, usted satisface mi mente. Ahora extienda hacia adelante su mano derecha —Hizo un gesto de bendición.
Yo estaba a corta distancia de Gandha Baba, y ninguna persona se hallaba suficientemente cerca de mí como para tocar mi cuerpo. Extendí mi mano, que el yogui no tocó.
—¿Qué perfume desea?
—Rosa.
—Así sea.
Con gran sorpresa mía, la encantadora fragancia de rosa brotaba intensa de la palma de mi mano. Sonriente, tomé una gran flor blanca sin aroma que estaba cerca de mí en un florero.
—¿Puede esta flor inodora ser impregnada de olor a jazmín?
—Así sea.
La fragancia del jazmín brotó instantáneamente de los pétalos. Agradecí su maravillosa obra y me senté cerca de uno de sus discípulos, quien me comunicó que Gandha Baba, cuyo nombre propiamente dicho era Vishuddhananda, había aprendido sorprendentes secretos yóguicos de un maestro en el Tíbet. Me aseguró que el yogui tibetano había alcanzado una edad de más de mil años.
—Su discípulo, Gandha Baba, no siempre materializa perfumes en la simple forma verbal que usted acaba de comprobar —dijo el estudiante, que hablaba con marcado orgullo de su maestro—. Sus procedimientos difieren ampliamente según la diversidad de temperamentos. ¡Es maravilloso! Muchos miembros de la intelectualidad de Calcuta son discípulos suyos.
Pero yo resolví no agregarme al número de sus discípulos. Un gurú tan literalmente «maravilloso» no era de mi agrado. —Estuve presente con un centenar de huéspedes en la casa de Gandha Baba, en Burdwan —me dijo Alakananda—. Era una ocasión de gala; y como el yogui tenía fama de poder extraer objetos de la nada, le dije riéndome que materializara alguna fruta fuera de estación, como las mandarinas. Inmediatamente los luchis⁵ que había en todos los platos de hojas de plátano se inflaron, y cada uno de los envoltorios de pan mostró una mandarina pelada. Con cierto temor probé la mía, pero la encontré deliciosa.
Años más tarde, mediante mi percepción espiritual interna, comprendí cómo Gandha Baba conseguía esta materialización. Pero, ¡ay!, el método está más allá del alcance de las hambrientas hordas del mundo.
Los diferentes estímulos sensoriales a los que el hombre reacciona —táctil, visual, gustativo, auditivo y olfativo— son producidos por variaciones en las vibraciones de electrones y protones. Las vibraciones, a su vez, son reguladas por el prana, es decir, los «vitatrones» o las sutiles fuerzas vitales más refinadas que la energía atómica, inteligentemente cargadas con las cinco distintas ideas-sustancia de tipo sensorio.
Gandha Baba, sintonizándose con la fuerza pránica mediante ciertas prácticas de yoga, era capaz de guiar los vitatrones de manera que reordenasen su estructura vibratoria, materializando el resultado que deseaba. Sus perfumes, frutas y otros milagros eran en verdad materializaciones de vibraciones terrenales, y no meras sensaciones subjetivas producidas hipnóticamente.
El hipnotismo ha sido utilizado por algunos médicos en la práctica de ciertas operaciones de cirugía menor, como una especie de cloroformo psíquico, en aquellas personas en que el uso de anestésicos implica un gran riesgo. Pero el estado hipnótico es nocivo para quienes se someten frecuentemente a él, pues su efecto psicológico negativo daña las células cerebrales con el transcurso del tiempo. En el hipnotismo se viola el territorio de la conciencia⁶ de una persona. Su fenómeno temporal nada tiene que ver con los milagros efectuados por los hombres que poseen la percepción divina. Despiertos en Dios, los verdaderos santos efectúan cambios en este sueño del mundo por medio de una voluntad armoniosamente concordante con la del Soñador de la Creación Cósmica⁷.
Las prácticas de milagros tales como los que realizaba el «santo de los perfumes» son espectaculares, pero inútiles desde el punto de vista espiritual. Su propósito es apenas algo tanto más resonante por cuanto emergía éste de un silencio habitual. Cuando finalmente encontré a mi maestro, él me enseñó las cualidades de un verdadero ser humano, exclusivamente a través de su sublime ejemplo.
La Ilusión trabaja impenetrable,
tejiendo sus urdimbres incontables;
sus alegres pinturas nunca fallan,
y se agolpan unas tras otras, velo tras velo;
Encantadora que al hombre ha subyugado,
toda vez que él ha querido ser engañado.
En su mayor parte, los estudios de la conciencia realizados por psicólogos occidentales se encuentran limitados a la investigación de la mente subconsciente y de las enfermedades mentales tratadas por medio de la psiquiatría y el psicoanálisis. Existe muy poca investigación, en cambio, con respecto al origen y la formación fundamental de los estados mentales normales y sus expresiones emocionales y volitivas, lo cual constituye, en verdad, un tema esencial que la filosofía hindú no ha descuidado. En los sistemas Sankhya y Yoga se presenta una clasificación precisa de los diversos vínculos que relacionan las modificaciones mentales normales y las funciones características de buddhi (el intelecto discernidor), ahamkara (el principio del ego) y manas (la mente o conciencia sensorial).
«El universo se encuentra representado en cada una de sus partículas; todo está compuesto de una misma sustancia oculta. El mundo está englobado en una gota de rocío. [...] La verdadera doctrina de la omnipresencia es que Dios aparece con todas sus partes en cada musgo y en cada telaraña». Emerson, en su ensayo "Compensation".
«¡Comprar y vender, pero no olvidar ni por un momento a Dios!». El ideal es que las manos y el corazón trabajen juntos en armonía. Ciertos escritores occidentales sostienen que la meta de los hindúes la perfección mediante meras renuncias.
No, y ni un solo instante, en ningún momento, dejará el individuo de ejecutar acciones; la ley de su naturaleza
le impone actuar, incluso si no quiere.
(Pues el pensamiento no es más que un acto de la imaginación).
[...] Es un hombre superior aquel que, con todo el vigor de su cuerpo al servicio de la mente,
dedica sus fuerzas mortales a una actividad digna de mérito,
sin buscar ganancia. ¡Oh Arjuna, realiza la tarea que tienes encomendada!
(Traducido de la versión en inglés de Sir Edwin Arnold)