TTeresa Neumann: la católica estigmatizada
«Regresa a la India. Te he esperado pacientemente durante quince años. Pronto abandonaré mi cuerpo, para entrar en la Luminosa Morada. ¡Yogananda, ven!».
La voz de Sri Yukteswar sonó inesperadamente en mi oído interior mientras yo estaba en meditación en la sede central de Mount Washington. Recorriendo una distancia de más de 16.000 kilómetros, en un abrir y cerrar de ojos, su mensaje penetró en lo más profundo de mi ser como el destello de un relámpago.
«¡Quince años! Sí —reflexioné—. Estamos en 1935; he pasado quince años difundiendo las enseñanzas de mi gurú en América. Ahora, él me llama».
Al poco tiempo conté mi experiencia a un querido amigo, el señor James J. Lynn. Su desarrollo espiritual, alcanzado por que te recuerda como al Único Dador nunca le faltarán las dulzuras de la amistad entre los mortales».
El 9 de junio de 1935 me embarqué en Nueva York, en el vapor Europa. Dos estudiantes me acompañaban; mi secretario, el señor C. Richard Wright, y una dama de avanzada edad, de Cincinnati, la señorita Ettie Bletsch. Disfrutamos los días venturosos de la tranquilidad del océano, quietud bien recibida y apreciada después de las pasadas semanas de prisas y trabajos. Sin embargo, nuestro período de descanso fue bien corto; la velocidad de los barcos modernos tiene sus desventajas.
Como cualquier grupo de turistas curiosos, caminamos por la antigua y enorme ciudad de Londres. Al día siguiente de nuestra llegada, se me invitó a hablar ante una gran audiencia en el Caxton Hall, donde fui presentado al público de Londres por Sir Francis Younghusband.
Nuestra comitiva pasó un día muy agradable como huésped de Sir Harry Lauder, en su quinta de Escocia. Unos días más tarde cruzamos el Canal de la Mancha con rumbo al continente, pues yo deseaba llevar a cabo una peregrinación especial a Baviera. Sentía que ésta sería mi única oportunidad de visitar a la gran mística católica Teresa Neumann, de Konnersreuth.
Hacía años que había leído una asombrosa información acerca de Teresa Neumann, y los datos principales del artículo eran los siguientes:
1) Teresa nació el Viernes Santo de 1898; a la edad de veinte años sufrió un accidente y quedó ciega y paralítica.
2) Milagrosamente recobró la vista en 1923 gracias a sus fervorosas oraciones a Santa Teresita de Lisieux, «La Florecilla». Poco tiempo después, los miembros paralizados de Teresa Neumann fueron curados instantáneamente.
3) Desde 1923 hasta la fecha, Teresa se ha abstenido completamente de comer y beber, con la excepción de una pequeña hostia consagrada que toma todas las mañanas.
4) En 1926, los estigmas, o heridas sagradas de Cristo, aparecieron en la cabeza, el pecho, las manos y los pies de Teresa. Desde entonces, cada viernes¹ ella experimenta la Pasión de Cristo, sufriendo en su propio cuerpo todas las históricas agonías del Salvador.
5) Conociendo únicamente la sencilla lengua germánica que se habla en su pueblo, los viernes, mientras está en trance, Teresa pronuncia palabras que los eruditos han identificado como pertenecientes al antiguo arameo. En ciertos momentos de su visión habla en hebreo o en griego. Dos horas más tarde, aún estábamos sentados en nuestro auto en medio de la lluvia. «Señor —suspiré, quejándome—, ¿por qué me has conducido hasta aquí si ella ha desaparecido?».
Un hombre que hablaba inglés se detuvo a nuestro lado y cortésmente nos ofreció su ayuda.
—Yo no sé con certeza dónde está Teresa —nos dijo—, pero con frecuencia visita la casa del profesor Franz Wutz, un profesor de lenguas extranjeras de la Universidad de Eichstätt, a 130 km de aquí.
A la mañana siguiente, nuestra comitiva marchó a la tranquila ciudad de Eichstätt. El doctor Wutz nos saludó cordialmente cuando llegamos a su casa.
—Sí, Teresa está aquí. —Mandó que se la informase de nuestra presencia y pronto el mensajero apareció con su respuesta.
—Aun cuando el Obispo me ha pedido que no vea a nadie sin su consentimiento, yo recibiré al hombre de Dios de la India.
Profundamente conmovido por estas palabras, seguí al doctor Wutz a una salita del piso superior. Teresa entró inmediatamente, irradiando un aura de paz y ventura. Llevaba un largo vestido negro y un tocado inmaculadamente blanco sobre la cabeza. Aun cuando su edad era de treinta y siete años en esa época, parecía mucho más joven y poseía la lozanía y el encanto de una niña. Llena de salud, bien formada, mejillas sonrosadas y siempre alegre: ¡así es esta santa que no come!
Teresa me saludó amablemente con un gentil apretón de manos. Ambos entramos en silenciosa comunión, reconociéndonos el uno al otro como amantes de Dios.
El doctor Wutz se ofreció gentilmente a servirnos de intérprete. Cuando nos sentamos, noté que Teresa me miraba con ingenua curiosidad; evidentemente, la presencia de hindúes había sido rara en Baviera.
—¿No come usted nada? —Yo deseaba oír la respuesta de sus propios labios.
—No, excepto una hostia consagrada, que tomo diariamente a las seis de la mañana.
—¿De qué tamaño es la hostia?
—Tan delgada como un papel y del tamaño de una moneda pequeña. —Luego agregó—: La tomo por razones sacramentales; si no está consagrada, soy incapaz de tragarla.
—Pero, seguramente, usted no ha vivido de ese único alimento durante los doce últimos años.
Cada herida atravesaba completamente la mano. Esto trajo a mi mente la nítida imagen de los clavos cuadrados con punta en forma de media luna que aún se emplean en Oriente pero que no recuerdo haber visto en Occidente.
La santa me contó algo de sus trances semanales.
—Como simple observadora impotente, contemplo toda la Pasión de Cristo. —Todas las semanas, desde la medianoche del jueves hasta la una de la tarde del viernes, sus heridas se abren y sangran, y ella pierde cuatro kilos y medio de su peso de 55 kilos. Sufriendo intensamente en su piadoso amor, Teresa espera, no obstante, con regocijo estas visiones semanales de su Señor.
Inmediatamente me di cuenta de que su extraña vida ha sido decretada así por Dios para convencer a todos los cristianos de la autenticidad histórica de la vida y crucifixión de Jesús, según está escrita en el Nuevo Testamento, y para demostrar dramáticamente el eterno lazo viviente entre el Maestro de Galilea y sus devotos.
El profesor Wutz relató algunas de sus experiencias con la santa.
—Algunos de nosotros, incluyendo a Teresa, viajamos con frecuencia días enteros, para visitar diferentes regiones de Alemania —me dijo—. Es un notable contraste el que mientras nosotros tomamos tres comidas al día, Teresa no come nada y permanece tan fresca y fragante como una rosa, sin que le afecte la fatiga. Mientras a nosotros nos acosa el hambre y buscamos con ansia las posadas del camino, ella ríe alegremente.
El profesor agregó algunos datos fisiológicos de interés.
—Como Teresa no toma alimento, su estómago se ha contraído. No tiene excreciones, pero sus glándulas sudoríparas funcionan normalmente y su piel es siempre suave y firme.
Al marcharnos, manifesté a Teresa mi deseo de presenciar su trance. Ella respondió amablemente:
—Por favor, vaya usted el próximo viernes a Konnersreuth. El Obispo le dará un permiso. He tenido mucho gusto en que usted haya venido hasta Eichstätt para verme.
Teresa nos despidió con cariñosos y repetidos apretones de manos y nos acompañó hasta la puerta. El señor Wright hizo funcionar el aparato de radio del automóvil y la santa lo examinó riendo y dando muestras de admiración, pero como una gran cantidad de chiquillos nos rodeara, Teresa entró de nuevo en la casa. La vimos asomada a una ventana, desde donde nos observaba con curiosidad infantil y nos despedía agitando la mano. de la inmoderada avalancha de turistas ocasionales que, en años anteriores, cada viernes inundaban por millares Konnersreuth.
Llegamos a la aldea el viernes por la mañana, alrededor de las nueve y treinta. Observé que la pequeña casa de Teresa tenía en el techo un tragaluz especial para facilitar un abundante acceso de luz. Nos alegró apreciar que en esta ocasión las puertas no se hallaban cerradas, sino, por el contrario, acogedoramente abiertas. Había una hilera de unos veinte visitantes amparados por sus permisos respectivos; muchos de ellos habían recorrido grandes distancias para observar el trance místico.
Teresa ya había pasado mi primera prueba en la casa del profesor, demostrándome, por medio de su conocimiento intuitivo, que sabía que yo deseaba verla por razones espirituales y no para satisfacer una vana curiosidad.
Mi segunda prueba estaba relacionada con el hecho de que, antes de subir las escaleras que conducían hasta la habitación donde estaba la santa, yo me sumí en un trance yoga, con objeto de tener una relación telepática con ella y lograr así acceso a sus propias visiones. Entré en la habitación, que ya estaba llena de visitantes; ella se hallaba acostada, cubierta con una túnica blanca. Con el señor Wright siguiéndome muy de cerca, me detuve en el umbral de la puerta, sobrecogido por el extraño y amedrентador espectáculo.
Hilos de sangre, de dos centímetros y medio de ancho, manaban continuamente de los párpados inferiores de Teresa. Su mirada estaba dirigida hacia arriba, en dirección al ojo espiritual, en el entrecejo. La tela que envolvía su cabeza se encontraba empapada con la sangre que brotaba de las heridas estigmatizadas de la corona de espinas. La túnica blanca estaba manchada con la sangre de la herida del costado, en el sitio donde la padeciera Cristo, en épocas remotas ya, al sufrir la indignidad final de la lanzada del soldado.
Las manos de Teresa estaban extendidas en un ademán de súplica maternal; su rostro mostraba una expresión torturada y divina a la vez. Parecía algo más delgada, sutilmente cambiada tanto en la forma externa como en la interna. Murmuraba palabras en una lengua extranjera, hablando con labios temblorosos a personas visibles a su visión supraconsciente.
Como yo me hallaba espiritualmente «en sintonía» con ella, principié a ver las escenas de su visión. Ella contemplaba cómo Jesús llevaba la cruz en medio de las burlas de la multitud³. Luego, súbitamente, levantó la cabeza,
Al día siguiente, nuestra pequeña comitiva se dirigió hacia el sur en automóvil, agradecidos de no tener que depender de trenes para viajar, ya que podíamos detener el Ford donde así lo quisiéramos. Disfrutamos de cada minuto de nuestro viaje a través de Alemania, Holanda, Francia y los Alpes suizos.
En Italia hicimos un viaje especial a Asís, para rendir homenaje al apóstol de la humildad, San Francisco de Asís. Nuestro viaje europeo terminó en Grecia, donde visitamos los templos atenienses y vimos la prisión en la cual el gentil Sócrates⁵ bebió la cicuta. En verdad, despierta gran admiración el arte con que los antiguos griegos esculpían por doquier sus fantasías en alabastro.
Tomamos el barco en el soleado Mediterráneo y desembarcamos en Palestina.
Recorriendo durante días la Tierra Santa, más que nunca me convencí del valor de los peregrinajes. Quienes poseen un corazón sensible perciben, en Palestina, que el espíritu de Cristo lo impregna todo. Reverentemente caminé a su lado en Belén, Getsemaní, el Calvario, el sagrado Monte de los Olivos, el Río Jordán y el Mar de Galilea.
Nuestra pequeña comitiva visitó el pesebre del nacimiento, el taller de carpintería de José, la tumba de Lázaro, la casa de Marta y María, el salón de la Última Cena. La historia antigua se desenvolvía ante nosotros y, escena tras escena, vi el divino drama que Cristo viviera una vez, para memoria de los siglos.
Después nos dirigimos a Egipto, con su moderna El Cairo y sus antiguas pirámides. Luego, en barco, atravesamos el estrecho Mar Rojo y el vasto Mar Arábigo y, finalmente, ¡oh dicha, divisamos la India!
TERESA NEUMANN, C. RICHARD WRIGHT Y SRI YOGANANDA
En Eichstätt, Baviera, el 17 de julio de 1935 siguieron a la Última Cena. Sus visiones terminan con la muerte de Jesús en la cruz y, una que otra vez, cuando se le entierra.
4 Un despacho procedente de Alemania, de la agencia de noticias INS, fechado el 26 de marzo de 1948, daba la siguiente información: «En este viernes santo, una campesina alemana yace en su lecho; su cabeza, sus manos y hombros se hallan ensangrentados en los mismos lugares en que lo estuvo el cuerpo de Cristo como consecuencia de las heridas producidas por los clavos de la crucifixión y la corona de espinas. Miles de alemanes y americanos, llenos de asombro, desfilan silenciosamente junto a la cama de Teresa Neumann».
La gran estigmatizada falleció en Konnersreuth, el 18 de septiembre de 1962. (Nota del editor).
5 Un pasaje de Eusebio relata un interesante encuentro entre Sócrates y un sabio hindú. El pasaje es como sigue: «Aristógenes, el músico, relata la siguiente historia sobre los indios. Uno de estos hombres conoció a Sócrates en Atenas, y le preguntó cuál era el alcance de su filosofía. "Una pesquisa sobre los fenómenos humanos", contestó Sócrates. A esto el hindú prorrumpió en risa. "¿Cómo puede un hombre inquirir sobre los fenómenos humanos —le dijo— cuando ignora los divinos?"».
El ideal griego, que se refleja en las filosofías occidentales, es: «Hombre, conócete a ti mismo». Un hindú diría más bien: «Hombre, conoce tu verdadero Ser». La máxima de Descartes, «Pienso, luego existo», carece de validez filosófica. La facultad del raciocinio no puede arrojar luz sobre el Ser esencial del hombre. La mente humana —al igual que el mundo que ella conoce— se halla en perpetuo cambio y es incapaz de penetrar en el reino de lo inmutable. La satisfacción intelectual no es la meta suprema. El que busca a Dios es el verdadero amante de vidyā, la verdad inmutable; todo lo demás es avidyā, es decir, conocimiento relativo.