Una entrevista con la santa Madre — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
31.Una entrevista con la santa Madre
Paramahansa Yogananda·~11 min
UUna entrevista con la santa Madre
—Reverenda Madre, yo fui bautizado en la infancia por su esposo profeta. Él era el gurú de mis padres y de mi gurú, Sri Yukteswarji. ¿Podría concederme el privilegio de conocer algunos episodios de su sagrada vida?
Mis palabras iban dirigidas a Srimati Kashi Moni, que fuera compañera de Lahiri Mahasaya. Me hallaba en Benarés, en una corta visita, y estaba cumpliendo un deseo que hacía mucho había acariciado: el de visitar a la venerable dama.
Ella me recibió amablemente en el hogar de la familia Lahiri, ubicado en la sección de Garudeswar Mohulla, en Benarés. Aunque entrada en años, manifestaba la lozanía de una flor de loto, emanando una dulce y espiritual fragancia. Era de talla mediana, cuello delgado y piel clara, con ojos grandes y brillantes. mi esposo? Muero de vergüenza al comprender que he estado sumida en la ignorancia, sin saber que vivía al lado de quien ha despertado en la divinidad. Desde este momento, no eres ya mi esposo, sino mi gurú. ¿Quieres aceptar la insignificancia de mi ser como tu discípula¹?
»El Maestro me tocó suavemente.
»—Alma sagrada, levántate, estás aceptada —e indicándome a los ángeles, me dijo—: Reverencia a tu vez a cada uno de estos santos.
»Cuando hube terminado mis humildes genuflexiones, las voces de los ángeles sonaron juntas como el coro de una antigua escritura.
»—Consorte de la Divinidad, bendita seas. Te saludamos. —Ellos se inclinaron a mis pies y, ¡oh!, las refulgentes formas se desvanecieron. La habitación se sumió en tinieblas.
»Mi gurú me preguntó si quería recibir la iniciación en Kriya Yoga.
»—Por supuesto que sí —le repliqué—. Lamento no haber recibido esta bendición mucho antes en mi vida.
»—No había llegado tu hora —sonrió Lahiri Mahasaya, consolándome—. Silenciosamente, te he ayudado a agotar mucho de tu karma. Ahora estás bien dispuesta y preparada. »Me tocó en la frente y vertiginosas masas de luz aparecieron. Gradualmente, la irradiación se transformó en el ojo espiritual, azul opalino, circundado por un aro dorado y con una estrella pentagonal blanca en el centro.
»—A través de la estrella, introduce tu conciencia en el reino del Infinito. —La voz de mi gurú tenía un nuevo timbre, suave como la cadencia de una música lejana.
»Una tras otra irrumpían las visiones, cual oceánicas mareas, en las playas de mi alma. Las panorámicas esferas se fundieron finalmente en un océano de bendición, y yo me perdí en un mar de bienaventuranza. Cuando algunas horas más tarde volví a la conciencia de este mundo, el Maestro me enseñó la técnica de Kriya Yoga.
»A partir de aquella noche, Lahiri Mahasaya no durmió más en mi habitación, ni volvió a dormir jamás. Permanecía en la habitación principal de la planta baja, en compañía de sus discípulos, tanto de día como de noche.
La ilustre dama guardó silencio. Consciente de lo extraordinario de su relación con el sublime yogui, me aventuré, finalmente, a pedirle que me relatara otras reminiscencias.
—Hijo, eres insaciable; sin embargo, te contaré una más —sonrió tímidamente—. Te confesaré un pecado que cometí »—Mujer —me dijo—, busca la riqueza divina y no el mezquino oropel del mundo. Una vez que hayas adquirido el tesoro interior, comprobarás que nunca te ha de faltar el sustento externo —y agregó—: Uno de mis hijos espirituales te abastecerá.
»Naturalmente que las palabras de mi gurú se cumplieron. Un discípulo dejó una suma considerable para nuestra familia.
Agradecí a Kashi Moni el haberme hecho partícipe de estas maravillosas experiencias².
Al día siguiente volví a su casa y pasé varias horas en agradables discusiones filosóficas con Tincouri y Ducouri Lahiri. Estos dos hijos santos del gran yogui de la India siguieron muy de cerca sus pasos. Ambos eran de tez clara, bien parecidos, altos, fuertes, con espesa barba, con voces suaves y de antiguos y encantadores modales.
No fue su mujer la única discípula de Lahiri Mahasaya; había centenares, incluyendo a mi madre. En cierta ocasión, una mujer chela pidió una fotografía del gurú. Él le dio una estampa, diciéndole: «Si la consideras como una protección, así será; de otra manera, solamente será una estampa».
Algunos días después, mientras esta mujer y la nuera de Lahiri Mahasaya estaban estudiando el Bhagavad Guita, en una mesa tras la cual colgaba la fotografía del gurú, se desató una tormenta eléctrica con gran furia. «¡Lahiri Mahasaya, protégenos!». Las mujeres se inclinaron ante el retrato. Un rayo cayó sobre el libro que ambas estaban leyendo, pero ellas resultaron ilesas.
La chela comentó: «Sentí como si una coraza de hielo hubiese sido puesta a mi alrededor para protegerme del fuego abrasador».
Lahiri Mahasaya realizó dos milagros en relación con una discípula suya, Abhoya. Ella y su esposo, un abogado de Calcuta, partieron un día para Benarés a visitar a su gurú. Su coche se retardó en el camino a causa del intenso tránsito. Llegaron a la estación de Howrah, en Calcuta, al tiempo de oír el silbato del tren que salía.
Cerca de la oficina de boletos, Abhoya oró calladamente: «Lahiri Mahasaya, te ruego que detengas el tren. No puedo sufrir el tormento de esperar un día más sin verte».
Las rugientes ruedas del tren seguían moviéndose sobre sus ejes, pero el tren no avanzaba. El maquinista y los pasajeros descendieron al andén para presenciar el fenómeno. Un guardia inglés, empleado del ferrocarril, se acercó a Abhoya y a su esposo y, en contra de todo precedente, les ofreció sus servicios. hasta el amanecer. No te duermas, para no permitir que se extinga la luz.
La criatura de Abhoya fue una niña, que nació en la noche, tal como lo había predicho el omnisciente gurú. La madre recomendó a la enfermera que conservara la lámpara llena de aceite. Ambas mujeres velaron hasta despuntar la aurora, pero, finalmente, se durmieron. Cuando ya se agotaba el aceite de la lámpara y la llama estaba a punto de apagarse, la puerta de la alcoba se abrió con estrépito. Las asustadas mujeres se despertaron y sus asombrados ojos contemplaron la forma de Lahiri Mahasaya.
—Abhoya, mira; la llama está a punto de extinguirse — el gurú señalaba la lámpara. La enfermera se precipitó a alimentarla. Tan pronto como la llama ardió brillantemente, la figura del Maestro desapareció. La puerta se cerró y el pestillo se corrió sin ningún intermediario visible.
La novena hija de Abhoya sobrevivió. En el año 1935, cuando yo inquirí acerca de ella, supe que aún vivía.
Uno de los discípulos de Lahiri Mahasaya, el venerable Kali Kumar Roy, me refirió fascinantes detalles de la vida de su maestro.
—Con frecuencia era yo huésped durante varias semanas en su casa de Benarés —me dijo Roy—. Observé que muchos santos personajes, muchos dandi swamis³, llegaban en la quietud de la noche para sentarse a los pies del gurú. Algunas veces, se enfrascaban en discusiones sobre temas de meditación o filosofía. Al amanecer, los enaltecidos huéspedes se marchaban. Me di cuenta de que, durante mis visitas, Lahiri Mahasaya no se acostó ni una sola vez para dormir.
»Al principio de mi relación con el Maestro, yo tenía que soportar la oposición de mi jefe —prosiguió Roy—. Él se hallaba imbuido de materialismo.
»—No quiero fanáticos religiosos entre mi personal —solía decir él con desdén—. Si llego a encontrar a tu charlatán gurú, le diré algunas palabras que siempre recordará.
»Esta amenaza no me hizo interrumpir mi programa regular. Yo seguía pasando casi todas las noches en presencia de mi gurú. Una noche, mi jefe me siguió y bruscamente se precipitó dentro de la sala. Seguramente pensaba expresar sus prometidos comentarios. Pero no bien se había sentado, cuando Lahiri Mahasaya se dirigió al pequeño grupo, formado por unos doce discípulos, y dijo:
»—¿Les gustaría a ustedes ver algo de cine?
»Cuando nosotros asentimos, él nos pidió que oscureciéramos la habitación. después murió. Así vine a comprender la velada profecía de mi gurú acerca de la improbabilidad de la iniciación de ese hombre.
Lahiri Mahasaya tenía un amigo famoso, Swami Trailanga, a quien se le atribuían más de trescientos años de vida. Los dos yoguis frecuentemente se sentaban juntos en sus meditaciones. La fama de Trailanga está tan ampliamente extendida, que muy pocos hindúes negarán la posibilidad real de cualquier historia que de él se cuente y de sus sorprendentes milagros. Si Cristo volviera a la tierra y caminara por las calles de Nueva York, desplegando sus divinos poderes, produciría la misma excitación que produjo Trailanga hace algunas décadas, cuando paseaba por las calles de Benarés. Él fue uno de los siddhas (seres que han obtenido la perfección) que han fortalecido a la India, preservándola así de la erosión del tiempo.
En muchas ocasiones, al swami se le vio ingerir, sin efectos nocivos para él, los más poderosos venenos. Millares de personas, incluyendo algunas que aún viven, han visto a Trailanga flotando en el Ganges. Durante días enteros se le podía ver sentado sobre el agua, o sumergido largo tiempo bajo las olas. Un espectáculo común en Manikarnika Ghat era ver el cuerpo inmóvil del swami sobre las calcinantes losas, completamente expuesto a los inclememtes rayos del sol de la India. Por estos medios, Trailanga trataba de enseñar que la vida humana no depende necesariamente del oxígeno, ni de otras condiciones consideradas imprescindibles. Ya fuera que el gran maestro estuviera encima o debajo del agua, o que su cuerpo se hallase expuesto a los ardientes rayos solares, él demostró que vivía de la conciencia divina; la muerte no le podía herir.
El yogui era grande no sólo espiritualmente, sino también físicamente. Su peso excedía las 300 libras [136 kilos], ¡una libra por cada año de existencia de su vida! Como rara vez comía, el misterio se acentuaba aún más. Sin embargo, un maestro puede prescindir con facilidad de las normas usuales para la salud cuando desea hacerlo por alguna razón especial, y a menudo sutil, generalmente sólo conocida por él. Los grandes santos que han despertado del sueño cósmico de maya y han tomado conciencia del mundo como una idea de la Mente Divina pueden hacer lo que deseen con su cuerpo, pues saben que éste es sólo una forma manejable de energía condensada. Aunque los físicos comprenden ahora que la materia no es sino energía condensada, los maestros iluminados pasaron hace tiempo de la teoría a la práctica en el campo del control de la materia. y colocó delante de él un balde con una mezcla de cal de la que se usa habitualmente para blanquear las paredes y, con fingida reverencia, le dijo:
—Maestro, le he traído este cubo de leche cuajada; bébalo usted.
Trailanga, sin titubear, se bebió hasta la última gota del ardiente contenido. Pocos minutos después, el malhechor caía al suelo, sufriendo terribles dolores.
—¡Sálveme, Swami! —gritó—. ¡Sálveme de este fuego que me consume y perdone mi malvada prueba!
El gran yogui rompió el silencio habitual y le dijo:
—¡Pícaro! ¿No te diste cuenta, al ofrecerme el veneno, de que mi vida es una con la tuya misma? Si no fuera por el conocimiento que tengo de que Dios está presente tanto en mi estómago como en cada átomo de la creación, la cal me hubiera matado. Ahora que ya conoces cómo opera la divina ley del talión, nunca más hagas maldades a los demás.
El pecador, curado con las palabras de Trailanga, se retiró sumisa y calladamente.
La transmisión del dolor no se debió a ninguna volición del maestro, sino que se operó a través de la aplicación de la infalible ley de la justicia² que sostiene todas las cosas del universo.
En los hombres que se han unificado totalmente a Dios, como Trailanga, la ley divina opera instantáneamente, ya que ellos han desvanecido para siempre los obstáculos que presentan las corrientes del ego.
La fe en el funcionamiento automático de la justicia (que a menudo paga con una moneda inesperada, como en el caso de Trailanga y su frustrado asesino) mitiga nuestra precipitada indignación ante las injusticias humanas. «Mía es la venganza; yo daré el pago merecido», dice el Señor⁶. Los recursos de la justicia humana son precarios, pero el universo siempre retribuye debidamente la conducta de todo ser humano.
Las mentes torpes desconfían de la posibilidad de que existan la justicia divina, el amor, la omnisciencia, la inmortalidad, considerándolas como meras conjeturas teológicas. Mas los seres que sustentan este insensible punto de vista —indiferentes ante el espectáculo cósmico— ponen en movimiento en sus vidas un discordante conjunto de acontecimientos, cuyo curso les obliga, finalmente, a buscar la sabiduría.
La omnipotencia de la ley espiritual fue referida por Cristo con ocasión de su entrada triunfal en Jerusalén, mientras sus discípulos y la multitud gritaban con alegría: «¡Paz en el cielo ghat de Benarés. Mi tío se esforzó por encontrar la manera de acercarse a Trailanga, cuyos pies tocó con reverencia, y se sorprendió de quedar instantáneamente sanado de una dolorosa enfermedad crónica⁸.
El único discípulo aún vivo del gran yogui es una mujer, Shankari Mai Jiew⁹, hija de uno de los discípulos de Trailanga. Ella recibió entrenamiento del swami desde la niñez. Vivió durante cuarenta años en una serie de cuevas solitarias del Himalaya, cerca de Badrinath, Kedarnath, Amarnath y Pasupatimath.
La brahmacharini (mujer asceta) nació en 1826 y, actualmente, ha vivido mucho más del siglo. No muestra signos de ancianidad, pues ha conservado su pelo negro, brillantes dientes y una energía envidiable. Sale de su retiro cada pocos años para estar presente en las melas (ferias religiosas).
Esta santa mujer visitaba con frecuencia a Lahiri Mahasaya y cuenta que, en cierta ocasión, en la sección de Barrackpore, cerca de Calcuta, mientras estaba sentada al lado de Lahiri Mahasaya, su gran gurú Babaji entró calladamente en la habitación en que ellos se encontraban y conversó con ambos. «El inmortal maestro llevaba la ropa húmeda —relata ella—, como si acabara de salir del río, y me prodigó algunos consejos espirituales».
Cierta vez, Trailanga, olvidando su silencio usual, honró a Lahiri Mahasaya en Benarés de una manera muy ostensible en público. Un discípulo objetó:
—Señor —le dijo—, ¿por qué usted, un swami que ha renunciado a todo, muestra tal distinción a un hombre de hogar?
—Hijo mío —le contestó Trailanga—, Lahiri Mahasaya es como un gatito divino, que se queda dondequiera que la Madre Cósmica lo coloque. Mientras cumple con su deber como hombre del mundo, ha logrado la perfecta unidad con Dios, para alcanzar la cual yo he renunciado a todo... ¡incluso a mi taparrabo!
Shankari Mai Jiew
Una yoguini (mujer yogui) discípula del Swami Trailanga. Aparece aquí —a la edad de 112 años— junto a tres representantes de la escuela de YSS en Ranchi, en la Kumbha Mela de Hardwar en 1938.