El bienaventurado devoto y su romance cósmico —Siéntese por favor, joven señor; estoy hablando con mi Madre Divina. Silenciosamente y con cierto temor reverencial, había entrado yo en la habitación. La angélica presencia del Maestro Mahasaya realmente me deslumbró. Con su blanca y sedosa barba y sus brillantes ojos, parecía la encarnación de la pureza. La elevación de su mentón y la posición entrelazada de las manos me hicieron comprender que mi visita —la primera— le había interrumpido en medio de sus devociones.
Sus sencillas palabras de saludo produjeron en mi ser un violento efecto que jamás había experimentado antes. Pensaba que la amargura de la separación que siguió a la muerte de mi madre me había hecho probar la ¿Qué poder había en esas cuantas palabras, que mi ser se sintió liberado de su tormentoso exilio? —¡Señor, recuerde su promesa! Pronto regresaré para conocer el mensaje de Ella. —Un gozo anticipado sonó en mi voz, que sólo unos momentos antes sollozaba de tristeza.
Al descender por la larga escalera, me sentí abrumado por los recuerdos. Esta casa situada en el número 50 de la calle Amherst, en Calcuta, que ahora era la residencia del Maestro Mahasaya, había sido el hogar de mi familia en donde había ocurrido la muerte de mi madre. Aquí mi corazón humano se había hecho pedazos por la madre desaparecida, y ahora, en este día, mi espíritu se sentía como si hubiera sido crucificado por la ausencia de la Madre Divina. Santas paredes, testigos silenciosos de mis más profundos sufrimientos y de mi curación final.
Regresé a casa con paso impaciente. Busqué el retiro de mi desván y permanecí allí en meditación hasta las diez. De pronto, la oscuridad de la tibia noche india fue iluminada con una maravillosa visión. Rodeada de un halo de esplendor, la Madre Divina se hallaba ante mí. Su rostro, que sonreía tiernamente, era la personificación de la belleza misma. —¡Siempre te he amado! ¡Siempre te amaré! Mientras la música celestial de su voz sonaba aún en el aire, Ella desapareció.
A una hora muy temprana de la mañana siguiente, cuando apenas se había elevado el sol, me apresuré a hacer mi segunda visita al Maestro Mahasaya. A grandes zancadas, subí las escaleras de la casa de punzantes recuerdos y llegué al tercer piso, donde estaba su habitación. La perilla de la puerta cerrada estaba envuelta en un trapo, indicando, según creí yo, que el maestro no deseaba ser molestado. Mientras permanecía vacilante enfrente de la puerta, ésta se abrió y el maestro me tendió bondadosamente su mano de bienvenida. Yo me arrodillé a sus santos pies y, con ánimo juguetón, disimulé tras una máscara de solemnidad las radiaciones de gozo divino que ocultaba en mi interior.
—Señor, he venido demasiado temprano, lo confieso, para enterarme de su mensaje. ¿Ha dicho algo la Divina Madre acerca de mí? —¡Travieso muchachito! No hizo ninguna otra observación. Aparentemente, mi pretendida gravedad no le había impresionado. —¿Por qué tan misterioso, por qué tan evasivo? ¿Es que los santos nunca hablan claramente? —Tal vez me hallaba algo exaltado. Él derramó su sabiduría más mediante el contacto espiritual que por rígidos preceptos. Colmado de una pasión pura por la Madre Divina, el santo, a semejanza de un niño, no requería las convencionales formas externas de respeto.
—Yo no soy tu gurú; él vendrá más tarde —me dijo—. Bajo su guía, tu experiencia de Dios en términos de amor y devoción será traducida en términos de insondable sabiduría. Todos los días, ya muy avanzada la tarde, me dirigía a la calle de Amherst. Buscaba la copa divina del Maestro Mahasaya, tan colmada, que sus gotas inundaban diariamente todo mi ser. Nunca antes había yo reverenciado con tal vehemencia; ahora, consideraba un enorme privilegio el solo hollar el suelo santificado por los pasos del Maestro Mahasaya.
—Señor, le ruego usar esta guirnalda de flores de champak, que he confeccionado especialmente para usted. —Llegué una tarde llevando conmigo mi cadena de flores. Pero él se alejó tímidamente, rehusando repetidamente este honor. Comprendiendo que yo me sentía dolido, consintió finalmente, sonriendo. —Ya que ambos somos devotos de la Madre Divina, puedes colocar esa guirnalda en este templo corporal, como una ofrenda a Ella, que mora dentro de él. —Su vasta naturaleza carecía de espacio para alojar la más insignificante consideración egoísta.
—Vayamos mañana al templo de Kali en Dakshineswar, por siempre santificado por mi gurú. —El Maestro Mahasaya era discípulo del maestro crístico Sri Ramakrishna Paramahansa. A la mañana siguiente, realizamos en bote el viaje de poco más de seis kilómetros por el río Ganges. Entramos en el templo de Kali, de nueve cúpulas, en donde las figuras de la Madre Divina y Shiva descansaban sobre una bruñida flor de loto, de plata, con sus mil pétalos meticulosamente cincelados. El Maestro Mahasaya resplandecía, lleno de encanto, y se hallaba inmerso en su inextinguible romance con la Amada. A medida que él cantaba el divino nombre, mi arrobado corazón, como el loto, parecía rasgarse en mil pedazos.
Más tarde, paseamos por los sagrados recintos, y nos detuvimos bajo una arboleda de tamariscos. El maná característico que exudaba este árbol era simbólicamente el alimento celestial que el Maestro Mahasaya me estaba suministrando. Sus invocaciones divinas continuaban. Yo me senté rígidamente inmóvil sobre la hierba, en medio de la alfombra color rosa de las flores de tamarisco. la llegada inesperada de un conocido pretencioso, que nos abrumó con una larga disertación. —Veo que esta persona no te agrada —me susurró el santo, sin que lo oyera aquel egoísta embelesado en su propio monólogo—. Ya se lo he dicho a la Madre Divina y Ella se da cuenta de nuestra situación. Tan pronto como traspasemos aquella casa roja, Ella le recordará a este individuo un asunto de más urgencia para él.
Mis ojos quedaron clavados en el lugar de nuestra salvación. Al llegar al zaguán rojo, el individuo, de modo inexplicable, se dio la vuelta y partió sin siquiera haber terminado su disertación, ni decirnos adiós. Y el malestar anterior fue recompensado con la paz. Otro día, me encontraba yo caminando solo cerca de la estación del ferrocarril de Howrah. Me detuve por un instante ante un templo, criticando silenciosamente a un pequeño grupo de hombres que, con tambores y címbalos, recitaban frénéticamente un canto.
«¡En qué forma tan poco devota usan el divino nombre del Señor, en una repetición mecánica!», pensé yo. Mi mirada fue sorprendida por la aparición del Maestro Mahasaya que se me acercaba rápidamente. —Señor, ¿cómo ha venido aquí? El santo, haciendo caso omiso de mi pregunta, respondió a mi pensamiento: —¿No es cierto, jovencito, que el nombre del Amado suena siempre dulce en todos los labios, ya se trate de gente ignorante o sabia? —Pasó su brazo a mi alrededor cariñosamente. Yo me sentía transportado en su alfombra mágica hacia la Misericordiosa Presencia. El santo, haciendo caso omiso de mi pregunta, respondió a mi pensamiento:
—¿No es cierto, jovencito, que el nombre del Amado suena siempre dulce en todos los labios, ya se trate de gente ignorante o sabia? —Pasó su brazo a mi alrededor cariñosamente. Yo me sentía transportado en su alfombra mágica hacia la Misericordiosa Presencia. MAESTRO MAHASAYA «El bienaventurado devoto» de la Madre Divina —¿Te gustaría ver algunos bioscopios? —Esta pregunta hecha cierta tarde por el Maestro Mahasaya, quien llevaba una vida recluida, era un tanto desconcertante para mí. Bioscopio era la expresión usada en aquel entonces en la India para designar las películas cinematográficas. Yo accedí con gusto, ya que el estar con él, en cualquier circunstancia, era un placer para mí. Un rápido paseo nos condujo hasta los jardines frente a la Universidad de Calcuta. Mi acompañante me indicó una banca cercana a un goldight o estanque.
—Sentémonos aquí por unos instantes. Mi maestro siempre me pedía que meditara dondequiera que viese una extensión de agua. Aquí, su placidez nos recuerda la inmensa serenidad de Dios. Así como todas las cosas pueden reflejarse en el agua, así todo el universo se refleja en el lago de la Mente Cósmica, como decía con frecuencia mi gurudeva². Pronto entramos en una de las salas de la universidad en la que se estaba dando una conferencia, que resultó aburridísima, no obstante estar ilustrada con la proyección de diapositivas, que carecían también de interés.
Un transformador silencio se operó a mi alrededor. Así como las modernas películas «sonoras» se tornan inaudibles cuando el aparato de sonido no funciona, así la Mano Divina, por medio de un extraño milagro, apaciguó el bullicio terrestre. Los peatones, al igual que los tranvías, carretas, autos, carruajes y toda clase de vehículos, desfilaban en un silencioso tránsito. Como si poseyera un ojo omnipresente, yo contemplaba las escenas que tenían lugar detrás de mí y a los lados tan fácilmente como si las tuviera delante. Todo el espectáculo de actividad en aquella pequeña parte de Calcuta pasó ante mí sin ningún sonido audible. Así como el resplandor del fuego logra atravesar tenuemente la fina capa de ceniza que lo recubre, de igual modo una suave luminosidad se filtraba por toda la escena panorámica que yo veía.
Parecía que mi propio cuerpo no era más que una de las muchas sombras que había a mi alrededor, aun cuando estaba sin movimiento, mientras que las otras se desplazaban silenciosamente de un lado a otro. Algunos muchachos, amigos míos, se acercaron y pasaron; y aunque me habían mirado directamente, lo hicieron sin reconocerme. Esta insólita pantomima me produjo un indescriptible éxtasis. Bebí copiosamente de una fuente de bienaventuranza. Repentinamente mi pecho recibió otro ligero golpe del Maestro Mahasaya. El pandemonio del mundo estalló sobre mis renuentes oídos. Yo me tambaleaba como si hubiera sido despertado bruscamente de un sueño etéreo. El vino trascendental había quedado fuera de mi alcance.
—Veo, joven señor, que encontraste de tu agrado este segundo bioscopio³. —El santo sonreía. Yo me dispuse a postrarme a sus pies en demostración de gratitud—. No me puedes hacer eso ahora. ¡Tú sabes que Dios también está en tu templo! ¡No permitiré que la Madre Divina toque mis pies a través de tus manos! Si nos hubieran observado al modesto maestro y a mí, mientras nos alejábamos lentamente del concurrido lugar, seguramente nos habrían tomado por borrachos. Yo sentía que la caída de las cortinas de la noche estaba también embriagada de Dios.
Tratando, con meras palabras, de hacer justicia a su benignidad, me pregunto si el Maestro Mahasaya y algunos de los otros santos de profunda visión cuyos senderos se han cruzado con el mío sabían ya que años después, en una tierra de Occidente, yo estaría escribiendo acerca de sus vidas como devotos divinos. Su conocimiento anticipado no me A lo largo de todos los tiempos, los devotos que han recurrido a la Madre Divina con la actitud filial de un niño pequeño han atestiguado que Ella está siempre dispuesta a jugar con ellos. En el caso del Maestro Mahasaya, el divino juego solía ponerse de manifiesto en su vida tanto en ocasiones importantes como triviales. Nada es, en verdad, grande o pequeño a los ojos de Dios. ¿No es acaso debido a la absoluta minuciosidad del Señor en la construcción del diminuto átomo, que los cielos pueden lucir las soberbias estructuras de Vega y de Arturo? Dios no hace ciertamente distinción alguna entre lo «importante» y lo «no importante», ¡no vaya a ser que, por falta de un alfiler, el cosmos se derrumbe!
LA MADRE DIVINA La Madre Divina es el aspecto de Dios activo en la creación: la shakti (poder) del Señor trascendente. Se le conoce con diferentes formas y diversos nombres, según las cualidades que personifica. Aquí, su mano levantada simboliza la bendición universal; las otras manos sostienen, simbólicamente, una sarta de cuentas (devoción), páginas de las escrituras (erudición y sabiduría) y un jarrón de agua bendita (purificación).