Encuentro a mi maestro, Sri Yukteswar «La fe en Dios puede producir cualquier milagro, excepto uno: el de aprobar un examen sin haber estudiado». Con disgusto cerré el libro «inspirativo» que había hojeado en un momento de ocio. «Esta excepción hecha por el escritor demuestra su absoluta carencia de fe —pensé—. ¡Pobre tipo, qué gran respeto tiene por aquellos que durante la noche se queman las pestañas en el estudio de los libros!». La promesa hecha a mi padre era que yo terminaría mis estudios en la escuela secundaria. No puedo presumir de haber sido un estudiante demasiado aplicado. Los meses pasaban y a mí se me encontraba con mayor frecuencia en lugares solitarios junto a los ghats situados en los alrededores de Calcuta que en las aulas de la escuela. Los terrenos
—¡Hola, Mukunda! ¡Difícilmente se te logra ver en estos días! —exclamó un condiscípulo, abordándome una tarde en Garpar Road. —¡Hola, Nantu! Mi invisibilidad en la escuela parece haberme colocado en estos momentos en una posición indudablemente difícil —contesté, explayando mi aflicción ante la mirada benévola de mi amigo. Nantu, que era un brillante estudiante, rió cordialmente: mi dilema no carecía de cierto aspecto cómico. —No estás preparado en lo más mínimo para los exámenes finales —me dijo—. Supongo que es el momento en que puedo ayudarte.
Estas sencillas palabras transmitieron a mis oídos una promesa divina. Sin demora alguna, acudí a la casa de mi amigo. Con suma amabilidad, él esbozó un resumen de las soluciones a diversos problemas que consideraba probable que pusieran los profesores. —Éstas son las principales preguntas que servirán como cebo a los estudiantes demasiado confiados. Recuerda las soluciones que te estoy dando y responderás airosamente. La noche había avanzado mucho cuando partí de la casa de Nantu. Saturado de mal asimilada erudición, rogaba devotamente porque ésta me durara hasta los próximos críticos días. Nantu me había preparado en varias materias; pero, bajo la presión del tiempo, habíamos olvidado el estudio del sánscrito. Fervientemente, le recordé a Dios este olvido.
A la mañana siguiente, salí a dar un corto paseo, tratando de fijar en mi mente los nuevos conocimientos con el acompasado ritmo de mis pasos. Mientras me adentraba por un atajo que atravesaba un terreno baldío lleno de maleza, mis ojos se fijaron en unas hojas de papel que estaban en el suelo. Al recogerlas, comprobé con regocijo que se trataba de unos versos impresos en sánscrito. Busqué enseguida a un pándit para que me ayudara con mi pobre y vacilante interpretación. La sonora voz del instructor llenó el aire con la eufónica belleza de la antigua y noble lengua¹. Pero el erudito pándit descartó el texto con escepticismo: «Estos excepcionales versos difícilmente podrán serte útiles en tu examen de sánscrito». No obstante, mi familiaridad con ellos me permitió superar el examen del día siguiente. Y gracias a los consejos de Nantu, logré también alcanzar las calificaciones mínimas necesarias para aprobar en las demás asignaturas.
Mi padre se alegró de que yo hubiera cumplido mi palabra y terminase mis estudios secundarios. Mi gratitud se elevó fervorosamente al Señor, cuya guía percibí en mi visita a si me hubiera limpiado con algún purificador alquímico; todos mis apegos⁵ familiares y mundanos desaparecieron; mi resolución de buscar a Dios como el Amigo Supremo se volvió inquebrantable. —Tengo una última petición que hacerte —me dijo mi padre, desolado, mientras yo me presentaba ante él para recibir su bendición de despedida—. No nos olvides, ni a mí ni a tus afligidos hermanos y hermanas.
—Venerado padre, ¿cómo podré demostrarte mi amor? Pero más grande aún es mi amor por el Padre Celestial, que me ha hecho el regalo de darme un padre perfecto en la tierra. Déjame marchar, para que regrese algún día con un mayor entendimiento divino. —Con franca reticencia paterna, obtuve consentimiento para marcharme. Pronto me reuní con Jitendra, quien ya estaba en la ermita de Benarés. A mi llegada, el joven director, Swami Dayananda, me dio la bienvenida cordialmente. Alto, delgado, de aspecto meditativo y concentrado, me impresionó favorablemente. Su agradable faz tenía una apariencia búdica.
Mucho me alegré de que mi nuevo hogar contara también con una buhardilla, en donde me arreglé para pasar los amaneceres y las horas de la mañana. Los miembros del ashram, que tenían escaso conocimiento de las prácticas de meditación, creían que yo, como ellos, debería emplear mi tiempo en labores de organización y servicio, y por eso elogiaban el trabajo que por las tardes efectuaba en la oficina. «No trates de atrapar a Dios tan pronto». Este hiriente comentario, lanzado por uno de los miembros de la congregación, acompañó una de mis tempranas escapadas a la buhardilla. Me dirigí a Dayananda, que se hallaba ocupado en su pequeño santuario con vistas al Ganges.
—Swamiji⁶, no comprendo qué es lo que se espera de mí aquí. Yo busco alcanzar la percepción directa de Dios. Sin Él no podré estar satisfecho con ninguna filiación o credo o ejecución de buenas obras. El clérigo de túnica anaranjada me dio una palmadita afectuosa y luego, con un tono semiserio, amonestó a algunos de los discípulos que estaban a su alrededor: —No molesten a Mukunda. Él pronto aprenderá nuestras costumbres. Yo oculté mis dudas con discreción. Los estudiantes abandonaron la habitación no muy apesadumbrados por la reprimenda. Dayananda tenía algo más que decirme:
—Mukunda, he visto que tu padre te envía dinero regularmente. Por favor, devuélveselo; no necesitas ningún dinero aquí. Y ahora, para tu mejor disciplina, te enseñaré una «¡Señor, acelera el tren!». Este ruego al Proveedor Celestial, pensé, difícilmente podría estar incluido en la prohibición con la que Dayananda me había silenciado. Mas la atención divina estaba seguramente en alguna otra parte, ya que el reloj continuaba marcando sus horas con lentitud. Principiaba a oscurecer cuando nuestro director espiritual cruzó el umbral de la ermita. Mi saludo fue de un no disimulado regocijo.
—Dayananda se bañará y meditará antes de que podamos servir la comida —dijo Jitendra, aproximándose como un ave de mal agüero. Yo me sentía próximo al colapso. Mi joven estómago, nuevo en estas privaciones, protestaba con enérgicos dolores. Escenas que yo había visto de las víctimas del hambre atravesaban mi mente como espectros. «La próxima defunción causada por el hambre en Benarés va a acaecer aquí y ahora mismo, en esta ermita», pensé. Esta inminente amenaza se impidió a las nueve de la noche. ¡Oh, gloriosa llamada a cenar! En mi memoria, esta comida está vívida como una de las horas más perfectas de mi vida.
No obstante encontrarme absorto en la comida, observaba cómo Dayananda comía sin fijarse casi en los alimentos. Sin duda, él estaba más allá de mis toscos placeres. —Swamiji, ¿no tenía usted apetito? —Gozosamente saciado, me encontraba solo con el director del ashram, en su estudio. —¡Oh, sí! He pasado los últimos cuatro días sin comer ni beber. Nunca como en los trenes, llenos de esas heterogéneas vibraciones de la gente mundana. Observo estrictamente las reglas shástircas⁷ para los monjes de mi orden. Además, ciertos problemas de organización de nuestra obra ocupan mi mente. Y hoy, en la noche, he descuidado mi cena. No hay prisa. Mañana recuperaré lo que hoy no he comido... —diciendo esto, reía alegremente.
Una oleada de vergüenza me sofocaba. Pero las torturas de mi ayuno no se me olvidaban, y me atreví a hacer otra pregunta: —Swamiji, estoy confundido. Siguiendo sus instrucciones, supóngase usted que yo no pida alimento, y que nadie me lo dé, ¿habré de morirme de hambre? —¡Muérete, entonces! —esta alarmante respuesta rasgó el aire—. ¡Muere, Mukunda, si debes morir! Pero jamás pienses que vives gracias al poder de los alimentos y no por el poder de Dios. Él, que ha creado toda forma de alimentación y nos ha conferido el apetito, inevitablemente se preocupará
La envoltura sellada que lo protegía estaba intacta, pero, ¡oh sorpresa!, el talismán había desaparecido. Para cerciorarme, rompí apesadumbrado el sobre sellado que lo cubría. Se había esfumado de acuerdo con las predicciones del sadhu, disolviéndose en el éter, del cual lo había él extraído. Mis relaciones con los estudiantes de Dayananda empeoraban día tras día. Toda la congregación se sentía lastimada por mi continuo aislamiento. Mi rígida práctica de la meditación en el Ideal por el cual había yo abandonado mi hogar, y toda ambición humana, me había acarreado agudas críticas de todas partes.
Acosado por una angustiosa desesperación espiritual, entré una madrugada a mi buhardilla de meditación, resuelto a orar hasta que obtuviera respuesta a mis ruegos. —Misericordiosa Madre del Universo, instrúyeme Tú misma a través de revelaciones, o por intermedio de un gurú enviado por Ti. Las horas corrían sin que mi sollozante plegaria obtuviese respuesta. De repente, me sentí como corporalmente elevado hacia una esfera ilimitada. —Tu maestro vendrá hoy. —Una femenina voz divina pronunció esas palabras, que procedían de todas partes y de ninguna.
Esta hermosa y suprema experiencia fue rota por un grito que llegó hacia mí desde un lugar bien localizado y definido. Un joven clérigo, apodado Habu, me llamaba desde la cocina. —Mukunda, basta ya de meditación: se te necesita para un mandado. En otra ocasión, probablemente hubiera respondido de modo airado; pero en ese momento, simplemente sequé las lágrimas de mi rostro, hinchado por el llanto, y acaté el mandato con humildad. Me dirigí en compañía de Habu al mercado que estaba en la distante zona bengalí de Benarés. El sol nada gentil de la India no llegaba aún al cenit cuando efectuábamos nuestras compras en los diferentes bazares. Nos abrimos paso, poco a poco, a través de la colorida muchedumbre de amas de casa, guías, clérigos, viudas sencillamente ataviadas, brahmines con aire de dignidad y, también, los siempre presentes toros sagrados. Mientras Habu y yo avanzábamos, volví la cabeza para contemplar una modesta callejuela.
Un hombre de aspecto crístico, vestido con la túnica ocre de los swamis, permanecía estático al final de la callejuela. —¡Gurudeva! —exclamé. Su divina faz no era otra que la que había contemplado en millares de visiones. Esos ojos, elocuentemente serenos, y la majestuosa cabeza leonina, con su barba terminada en punta y su rizada cabellera suelta, se me habían presentado frecuentemente en la oscuridad, en mis nocturnas ensoñaciones, expresando una promesa que yo no había comprendido completamente.
—¡Hijo mío, por fin has venido a mí! —Mi gurú profería esta frase una y otra vez en lengua bengalí, con voz trémula de gozo—. ¡Cuántos años te he estado esperando! Nos sumimos en una silenciosa comunión, en la que las palabras eran totalmente innecesarias. La elocuencia fluía, como una silenciosa melodía, desde el corazón del maestro al del discípulo. Con la irrefutable certeza que proviene de la intuición, sentí que mi maestro conocía a Dios y que me conduciría a Él. Las tinieblas de esta vida desaparecieron en un suave amanecer de memorias prenatales. ¡Tiempo dramático! Pasado, presente y futuro son sus escenas cíclicas. ¡No era éste el primer sol que me sorprendía postrado ante estos benditos pies!
Con mi mano en la suya, el gurú me condujo a su residencia temporal en la zona Rana Mahal de la ciudad. Su cuerpo atlético caminaba con paso firme. Alto, erguido, de unos cincuenta y cinco años de edad, era, en esa época, activo y vigoroso como un joven. Sus ojos oscuros eran grandes, profundos, insondables en su sabiduría. El cabello ligeramente rizado suavizaba los rasgos de su rostro que reflejaban un poder sorprendente. La fuerza se mezclaba sutilmente con la gentileza.
Mientras caminábamos hacia el balcón de piedra de una casa con vista al Ganges, me dijo afectuosamente: —Te daré mis ermitas y todo cuanto poseo. —Señor, he venido para obtener sabiduría y el contacto de Dios: éstos son, de sus tesoros, los que yo ambiciono. El apresurado crepúsculo de la India había dejado correr su media cortina antes de que mi maestro volviese a hablar. Sus ojos tenían una insondable ternura. —Te doy mi amor incondicional.
¡Preciosas palabras! Más de un cuarto de siglo pasó antes de que yo volviera a obtener otro testimonio verbal de su amor. Sus labios eran extraños a la vehemencia; su corazón era un océano de elocuente silencio. —¿Me ofrecerás tú el mismo incondicional amor? —me preguntó con la dulce ingenuidad de un niño. —¡Le amaré eternamente, Gurudeva! natural y nada enfática manera, comprendí que él no quería que yo hiciera ninguna manifestación de asombro ante su clarividencia.
—Debes regresar a Calcuta. ¿Por qué excluir a tus familiares de tu amor a la humanidad? Esta sugerencia me desanimó. Mis familiares habían predicho mi regreso, aun cuando yo nunca respondía a las muchas súplicas que por carta me hacían. «Dejen que el pajarito vuele por los cielos metafísicos —había dicho mi hermano Ananta—. Sus alas se cansarán en la densa atmósfera, y le veremos precipitarse al hogar, plegar sus alas y reposar humildemente en el nido familiar». Con este desalentador símil, fresco en mi memoria, estaba decidido a no hacer ningún «descenso» en dirección a Calcuta.
—Señor, yo no pienso regresar a mi hogar; pero estoy dispuesto a seguirle a todas partes. Por favor, deme su nombre y dirección. —Swami Sri Yukteswar Giri. Mi ermita principal está en Serampore, en la calle Rai Ghat. Estoy aquí solamente por unos días, visitando a mi madre. Me maravillé del intrincado juego de Dios con sus devotos. Serampore está solamente a unos diecinueve kilómetros de Calcuta; sin embargo, nunca había divisado siquiera a mi maestro en aquella región. Para que se efectuara nuestro encuentro, tuvimos que viajar a la antigua Kashi (Benarés), la ciudad santificada por los recuerdos de Lahiri Mahasaya, cuyo suelo había sido bendecido también por los pies de Buda, Shankaracharya⁸ y otros yoguis del nivel de Cristo.
—Vendrás a mí dentro de cuatro semanas. —Por primera vez, la voz de Sri Yukteswar era severa—. Ahora que ya te he expresado mi afecto eterno y demostrado mi felicidad al hallarte, siéntete libre para desechar mi petición. La próxima vez que nos encontremos, tendrás que revivir mi interés por ti. Yo no acepto fácilmente un discípulo. Debe haber una absoluta entrega y obediencia a mi estricto adiestramiento. Yo permanecí de manera obstinada en silencio. Mi gurú captó rápidamente mis dificultades.
—¿Es que crees que tus parientes se reirán de ti? —Yo no regresaré. —Regresarás dentro de treinta días. SRI YUKTESWAR (1855-1936) Guianavatar, o «Encarnación de la Sabiduría» Discípulo de Lahiri Mahasaya y gurú de Sri Yogananda Paramgurú de todos los kriya yoguis de SRF/YSS —Nunca. —Inclinándome reverentemente a sus pies, partí sin suavizar la tensión de nuestra pequeña controversia. Mientras caminaba hacia la ermita, en la oscuridad de la medianoche, me preguntaba por qué nuestro milagroso encuentro había terminado en una forma tan inarmónica. ¡La dualidad de la balanza de maya, que equilibra cada gozo con una pena! Mi joven corazón no era todavía maleable para los transformadores dedos de mi gurú.
A la mañana siguiente, noté una mayor hostilidad en la actitud de todos los miembros de la ermita. Su descortesía aguijoneaba invariablemente mis días. Así pasaron tres semanas; en aquel momento, Dayananda salió del monasterio para asistir a una conferencia en Bombay, desatándose entonces la tormenta sobre mi desventurada cabeza. «Mukunda es un parásito que acepta la hospitalidad de la ermita sin corresponder en forma alguna». Habiendo oído este comentario, lamenté por primera vez el haber obedecido la súplica hecha por Dayananda de devolver a mi padre «ritos» o «rituales»: estos tratados transmiten al lector profundas verdades envueltas en un velo de detallado simbolismo.
Shankaracharya (Shankara), el más eminente filósofo de la India, fue discípulo de Govinda Jati y del gurú de este último, Gaudapada. Shankara escribió un famoso comentario sobre el tratado de Gaudapada titulado Mandukya Karika. Con una lógica irrefutable, y con un estilo atractivo y elegante, Shankara ofreció sus interpretaciones de la filosofía Vedanta en estricto acorde con el modo advaita (no dual, o monista). El gran monista también compuso poemas de amor devocional. Su Oración a la Madre Divina por el perdón de los pecados contiene el siguiente estribillo: «Aunque hijos malos haya muchos, mala madre no la ha habido jamás».
Sanandana, discípulo de Shankara, escribió un comentario sobre los Brahma Sutras (filosofía Vedanta), el cual se perdió en un incendio. Pese a que Shankara lo había leído una sola vez, él repitió a su discípulo palabra por palabra el contenido de dicho comentario. Hasta el día de hoy, este texto, conocido con el nombre de Panchapadika, es estudiado por los eruditos. El chela Sanandana recibió un nuevo nombre después de un hermoso incidente. Un día, sentado a la orilla del río, Sanandana escuchó que Shankara lo llamaba desde la ribera opuesta. Sin vacilar, Sanandana entró en el agua, y tanto su fe como sus pies recibieron simultáneamente sostén cuando Shankara materializó en el turbulento río una sucesión de flores de loto. A partir de este hecho, el discípulo fue llamado Padmapada, «pies de loto». por los peregrinos), los cuales son mantenidos por benefactores, los devotos hindúes pueden encontrar alojamiento y comida gratuitos.