El robo de la coliflor —¡Maestro, traigo un regalo para usted! Estas seis enormes coliflores fueron sembradas por mis propias manos. He velado por su crecimiento con el celo y la ternura con que una madre cuida a sus hijos. —Y le presenté la canasta llena de verduras con ostentoso ceremonial. —Gracias —me dijo Sri Yukteswar con una cálida sonrisa de agradecimiento—. Hazme el favor de guardarlas en tu habitación; mañana las necesitaré para una comida especial.
Yo acababa de llegar de la universidad a Puri¹, para pasar las vacaciones de verano con mi maestro, en su ermita junto al mar. Construida por él y sus discípulos, la alegre casita de dos pisos es un retiro que da frente al Golfo de Bengala. Desperté temprano a la mañana siguiente, refrescado con la salada brisa del mar y el apacible encanto de la ermita. Has descuidado tu deber de proteger la ermita y debes ser castigado. —Pensé que él estaba bromeando, cuando añadió—: Tus seis coliflores pronto serán nada más que cinco.
De acuerdo con las órdenes de mi maestro, regresamos; nos encontrábamos ya cerca de la ermita, cuando él dijo: —Descansen un rato. Mukunda, mira a tu izquierda y a través del descampado, hacia el camino que está mas allá. Pronto llegará allí un hombre, y él será el instrumento de tu castigo. Yo escondí mi bochorno ante sus incomprensibles indicaciones. Pronto apareció un campesino por el sendero, bailando en una forma grotesca y moviendo sus brazos de un lado para otro, con gestos inexpresivos. Casi paralizado por la curiosidad fijé mis ojos en el divertido espectáculo. Cuando el hombre llegó a cierto punto del camino donde desapareció de nuestra vista, Sri Yukteswar dijo:
—Ahora regresará. El campesino cambió inmediatamente su dirección y se dirigió a la parte trasera de la ermita. Atravesando una zona arenosa entró en la casa por la puerta de atrás. En efecto, yo no la había cerrado con llave, como mi maestro había dicho. Poco después salió el hombre, llevando en su mano una de mis preciosas coliflores. Ahora caminaba en una forma seria y distinguida, investido con la dignidad de la posesión. La inesperada farsa, en la cual mi papel parecía ser el de asombrada víctima, no era tan desconcertante como para impedirme seguir, indignado, al ladrón. Ya iba a mitad de camino cuando mi maestro me llamó. Estaba materialmente sacudiéndose de risa de pies a cabeza.
—Ese pobre loco estaba deseando una coliflor —decía mi maestro, entre risa y risa— y creí que sería bueno que tomara una de las tuyas, tan mal guardadas. Corrí hasta mi cuarto y comprobé allí que el ladrón, seguramente con alguna obsesión por los vegetales, había dejado intactos mis anillos de oro, el reloj y el dinero, todo lo cual se hallaba a la vista sobre el cobertor, y en cambio había preferido asomarse debajo de la cama, donde la cesta de coliflores —completamente oculta a la mirada de cualquier visitante casual— le proporcionó el objeto ansiado por su singular deseo.
Le pedí esa misma noche a Sri Yukteswar que me explicara el incidente, el cual, pensé, tenía unas características desconcertantes. Mi gurú movió la cabeza de un lado a otro, lentamente: descubierto en el camino al hombre bailando, antes de que éste apareciera ante la vista de sus discípulos. El hecho de que yo hubiera olvidado cerrar la puerta del ashram con llave le brindó a mi maestro una excusa adecuada para privarme de una de mis apreciadas coliflores.
Después de operar como un receptor, Sri Yukteswar funcionó, mediante su poderosa voluntad, como un emisor. De ese modo consiguió inducir al campesino para que retornara y dirigiera sus pasos hacia una determinada habitación, en busca de una sola coliflor. La intuición es la guía del alma, que surge espontáneamente en el hombre durante esos momentos en que su mente se encuentra calmada. Casi todos hemos tenido experiencias de inexplicables y acertadas corazonadas, o hemos transmitido nuestros pensamientos de una manera efectiva a otra persona.
La mente humana, liberada de las perturbaciones o la «estática» de la inquietud, puede realizar todas las funciones del complicado mecanismo de la radio, emitiendo y recibiendo pensamientos, y retirando de su sintonía los pensamientos indeseables. Así como la potencia de una estación radiodifusora está regulada por la cantidad de corriente eléctrica que puede utilizar, así la efectividad de una radio humana depende de la intensidad del poder de voluntad que cada individuo posee. Todos los pensamientos vibran eternamente en el cosmos. Por medio de la concentración profunda, un maestro puede descubrir los pensamientos de cualquier ser humano vivo o muerto. La raíz de los pensamientos no es individual sino universal; una verdad no puede ser creada, sino únicamente percibida. Todo pensamiento erróneo del hombre es el resultado de una imperfección —sea grande o pequeña— de su discernimiento. La meta de la ciencia del yoga es aquietar la mente, para que pueda escuchar sin distorsión alguna el infalible consejo de la Voz Interior.
La radio y la televisión han logrado llevar de manera instantánea, hasta millones de hogares, los sonidos e imágenes de personas que se hallaban muy lejos: éstos son los primeros y vagos indicios científicos que corroboran el hecho de que el hombre es un espíritu omnipresente. Aun cuando el ego conspire en las más salvajes formas por esclavizarle, el hombre no es un cuerpo confinado en un determinado punto del espacio; él es esencialmente el alma omnipresente.
«Aún pueden aparecer fenómenos muy raros, maravillosos y aparentemente improbables, aunque una vez establecidos no nos asombrarán más de lo que ahora lo hace todo lo visión de mi gurú, yo creía que él demostraría que era un juego de niños el localizarla. El Maestro percibió mi expectación. Con exagerada seriedad, interrogó a todos los residentes de la ermita. Un joven discípulo manifestó que él la había usado para ir al pozo, en el patio trasero.
Sri Yukteswar dio, con mucha solemnidad, el siguiente consejo: «Búsquese la lámpara cerca del pozo». Corrí hacia allí, pero no encontré la lámpara. Desalentado, regresé hasta donde se hallaba mi gurú. Él estaba riéndose de muy buena gana y sin disimulo ante mi desencanto. —¡Qué lástima que no pueda guiarte hacia la lámpara desaparecida! ¡No soy adivino! —añadió con mirada risueña—. ¡Ni siquiera soy un buen Sherlock Holmes! Luego me di cuenta de que mi maestro nunca manifestaría sus poderes para satisfacer la expectación ajena o con algún motivo trivial.
Semanas venturosas siguieron. Sri Yukteswar estaba organizando una procesión religiosa. Me pidió que guiara a los discípulos a través de la población y la playa de Puri. El día de la festividad (el solsticio de verano) amaneció intensamente caluroso. —Guruji, ¿cómo podré llevar a los estudiantes descalzos a través de las ardientes arenas? —le dije en tono desesperado. —Te voy a decir un secreto —contestó el Maestro—: El Señor va a mandar una sombrilla de nubes, y todos ustedes caminarán con comodidad.
Alegremente, bajo estos auspicios, organicé la comitiva. Nuestro grupo salió de la ermita portando un estandarte de Satsanga⁴, el cual había sido diseñado por Sri Yukteswar y tenía como símbolo el ojo único⁵, la telescópica mirada de la intuición. Apenas habíamos abandonado la ermita, cuando el cielo comenzó a cubrirse de nubes, como si hubiesen sido traídas por arte de magia. Con el acompañamiento de toda clase de exclamaciones de sorpresa de la gente, se desencadenó una ligera llovizna que refrescó las calles y las ardientes arenas de la playa. La mitigadora llovizna cayó durante las dos horas que duró la procesión. En el instante mismo en que nuestro grupo regresó a la ermita, las nubes y la lluvia se evaporaron sin dejar vestigio.
—¡Ya ves cómo Dios cuida de nosotros! —me dijo el Maestro, después de que le manifestara mi gratitud—. Dios responde a todos y trabaja para todos. Así como Él envió la lluvia a mi ruego, así cumple cualquier deseo sincero del quienes acudían desde cualquier punto, por más lejos que se encontraran. El solsticio de invierno se celebraba en Serampore; el primero al que concurrí me dejó una permanente bendición. Las festividades principiaban por la mañana, con una procesión por las calles con los pies descalzos. Las voces de un centenar de estudiantes se elevaban con los dulces cantos religiosos. Algunos músicos tocaban la flauta y el khol kartal (tambores y címbalos). Los habitantes de la población, entusiasmados, regaban las calles con flores, gustosos de ser apartados y distraídos de sus prosaicas labores por nuestras resonantes alabanzas al bendito nombre del Señor. La larga caminata terminaba en el patio de la ermita. Allí poníamos a nuestro gurú en el centro de un círculo formado por nosotros, mientras que, desde los balcones de arriba, algunos estudiantes nos rociaban con flores de maravilla.
Muchos de los huéspedes subían a la parte alta a recibir un pastel de channa y naranjas. Yo me abrí camino hacia un grupo de hermanos discípulos que en esta ocasión estaban sirviendo de cocineros. El alimento para tan grande multitud debía ser cocinado afuera, en enormes calderos. Las improvisadas estufas de ladrillo que quemaban leña despedían mucho humo y nos provocaban copiosas lágrimas; pero gozosamente y riendo hacíamos nuestro trabajo. Las festividades religiosas de la India nunca son consideradas molestas, y cada uno hace su parte con gusto, ya sea ofreciendo dinero, arroz, verduras o servicios personales.
Pronto el Maestro se presentó en medio de nosotros, vigilando los detalles del festejo. Ocupado constantemente, trabajaba al mismo ritmo que el más activo de los jóvenes estudiantes. Un sankirtan (canto religioso colectivo), acompañado por el armonio y los tambores de la India que se tocan con la mano, había comenzado en la parte alta. Sri Yukteswar lo escuchaba atentamente; su oído musical era muy afinado. —¡Están fuera de tono! —dijo mi maestro. Dejó a los cocineros y se unió a los músicos. Se volvió a escuchar la melodía, pero en esta ocasión perfectamente afinada.
El Sama Veda contiene los escritos más antiguos del mundo en la ciencia musical. En la India, tanto la música como la pintura y el drama se consideran artes divinos. Brahma, Vishnu y Shiva, la Trinidad Eterna, fueron los primeros músicos. Shiva en su aspecto de Nataraja, el Danzarín Cósmico, se representa en las escrituras como el originador de los infinitos modos de ritmo, en los procesos de la creación, conservación y aniquilación universales, mientras Brahma y Vishnu marcan el tiempo con el golpear de sus címbalos y del mridanga o tambor sagrado, respectivamente.
Saraswati, la diosa de la sabiduría, está simbolizada tocando la vina, madre de todos los instrumentos de cuerda. Krishna, una encarnación de Vishnu, se representa en el arte hindú tocando una flauta, en la cual entona la cautivadora canción que llama a su verdadero hogar a las almas humanas que vagan por el mundo ilusorio de maya. Los pilares fundamentales de la música hindú son las ragas o escalas melódicas fijas. Las seis ragas básicas se ramifican en 126 derivadas, denominadas raginis (esposas) y putras (hijos). Cada raga tiene un mínimo de cinco notas: una nota principal (vadi o rey), una nota secundaria (samavadi o primer ministro), notas de ayuda (anuvadi, ayudantes) y una nota disonante (vivadi, el enemigo).
Cada una de las seis ragas fundamentales posee una correspondencia con cierta hora del día y estación del año, y con una deidad que preside y concede determinadas potestades. Así, I) la Hindole Raga se escucha únicamente al amanecer, en la primavera, para evocar el amor universal; II) Deepaka Raga se toca durante las tardes de verano, para despertar la compasión; III) Megha Raga es una melodía para semitonos. Cada una de las siete notas fundamentales de la octava está asociada en la mitología hindú con un color y con el grito natural de un pájaro u otro animal: DO con el verde y el pavo real; RE con el rojo y la alondra; MI con el dorado y la cabra; FA con el color marfil y la garza; SOL con el negro y el ruiseñor; LA con el amarillo y el caballo; SI con una combinación de todos los colores y el elefante.
La música hindú registra 72 thatas o escalas. El músico tiene un campo de posibilidades creadoras que le permiten un sinfín de improvisaciones alrededor de una melodía fija tradicional, o raga; él se concentra en el sentimiento o carácter peculiar del tema estructural, elaborándolo hasta los límites de su originalidad. Los músicos hindúes no leen una serie de notas fijas; cada vez que tocan, cubren de un nuevo ropaje el desnudo esqueleto de la raga, limitándose a menudo a una sola secuencia melódica y enfatizando, por medio de la repetición, todas las sutiles variaciones del ritmo y de los microtonos. Bach, entre los compositores occidentales, comprendió el encanto y el poder de la repetición del sonido, ligeramente diferenciado en múltiples y complejas variaciones.
La literatura sánscrita describe 120 talas o medidas de tiempo. Se cuenta que el fundador tradicional de la música hindú, Bharata, había aislado 32 clases de talas en el canto de una alondra. El origen del tala o ritmo está relacionado con los movimientos humanos: el doble tiempo al caminar y el triple tiempo al respirar mientras dormimos, cuando la inhalación dura el doble de tiempo que la exhalación. La India siempre ha reconocido la voz humana como el más perfecto instrumento de sonido. Por eso, una gran parte de la música hindú se confina al intervalo de la voz en tres octavas. Por idéntica razón, se acentúa más la melodía (relación entre notas sucesivas) que la armonía (relación entre notas simultáneas).
La música hindú es subjetiva, espiritual; es un arte individualista que no persigue el brillo sinfónico, sino una armonía personal con el Alma Suprema. En verdad, todas las canciones célebres de la India han sido compuestas por devotos de Dios. La palabra sánscrita para denominar al músico es bhagavathar, «aquel que canta las loas de Dios». Los sankirtans, o reuniones musicales, son una forma efectiva del yoga o disciplina espiritual, que requieren una profunda concentración e intensa absorción en la raíz del pensamiento y del sonido. Como el hombre mismo es una expresión de la Palabra Creadora, el sonido tiene un potente e inmediato efecto en él. La razón por la cual las grandes de la ermita lavamos sartenes y ollas, y limpiamos el patio. Mi gurú me llamó a su lado.
—Mucho me ha complacido tu celo en cumplir tus deberes de hoy y en los preparativos de la semana pasada —me dijo—. Quiero que estés a mi lado; puedes dormir en mi cama esta noche. —Éste era un privilegio que nunca soñé poder disfrutar. Nos sentamos por un rato en un estado de inmensa, divina tranquilidad. Apenas diez minutos después de que nos habíamos acostado, mi maestro se levantó y comenzó a vestirse. —¿Qué sucede, señor? —El gozo de dormir al lado de mi gurú se tiñó de pronto con un sentimiento de irrealidad.
—Creo que algunos de los estudiantes que no consiguieron realizar oportunamente la conexión con su tren pronto estarán aquí. Vamos a preparar algo de alimento. —Guruji, ¡nadie vendrá a la una de la mañana! —Quédate en la cama, has estado trabajando mucho. Pero yo voy a cocinar. En vista del tono resuelto de Sri Yukteswar, salté de la cama y le seguí a la pequeña cocina de uso ordinario, adyacente al balcón interior de la planta alta. Pronto estuvieron hirviendo el arroz y el dal.
Mi gurú me sonrió afectuosamente. —Esta noche has conquistado la fatiga y el temor al trabajo arduo; jamás volverán a molestarte. Mientras pronunciaba estas palabras de bendición para toda mi vida, sonaron pisadas en el patio. Corrí escaleras abajo y le di entrada a un grupo de estudiantes. —Querido hermano, lamentamos perturbar al Maestro a esta hora —me dijo uno de ellos—. Cometimos un error con la combinación de trenes en nuestro itinerario, pero sentimos que no podíamos regresar a nuestros hogares sin antes ver a nuestro gurú.
—Él ya los esperaba y de hecho les ha preparado algún alimento. La voz de bienvenida de Sri Yukteswar se dejó oír. Y yo conduje a los asombrados visitantes a la cocina. Mi maestro, con ojos risueños, me dijo: —Ahora que ya has terminado de comparar los hechos, sin duda estarás satisfecho de que nuestros huéspedes realmente perdieran el tren. Media hora después, le seguí hasta el dormitorio, dándome cuenta con regocijo del honor que suponía dormir al lado de un gurú divino.
¹ Puri, situada a unos 500 kilómetros al sur de Calcuta, es una ciudad famosa por el peregrinaje de los devotos de Krishna; la adoración de esta deidad se celebra allí con dos inmensos festivales anuales, Snanayatra y Rathayatra. ² El descubrimiento del radiomicroscopio, en 1939, reveló un nuevo mundo de rayos hasta entonces desconocido. «El hombre mismo, así como toda clase de supuestas materias inertes, emiten constantemente los rayos que este nuevo instrumento "ve" —anunció la Associated Press—. Aquellos que creen en la telepatía, la visión interior y la clarividencia tienen en este anuncio la primera prueba científica de la existencia de los rayos invisibles que realmente se propagan de una persona a otra. Esta invención basada en las ondas de radio es en realidad un espectroscopio de radiofrecuencia. Su función con respecto a la materia fría, no incandescente, es la misma que realiza el espectroscopio al descubrir la clase de átomos que componen las estrellas. [...] La existencia de tales rayos que vienen del hombre y de todo ser viviente había sido sospechada por los científicos desde hace muchos años. Ésta es la primera prueba experimental que confirma dicha existencia. El descubrimiento muestra que cada átomo y cada molécula en la naturaleza es una permanente estación radiodifusora. [...] Así, aun después de la muerte, la sustancia de la que estaba formado el hombre continúa enviando sus delicados rayos. La longitud de onda de estos rayos varía desde las más cortas que se hayan nunca usado hasta las más largas de las ondas de radio. El enjambre de estos rayos es casi inconcebible. Existen millones de ellos. Una sola lluvia y el viento. Tan Sen, el gran músico hindú, era capaz de apagar el fuego mediante el poder de su canción.
Charles Kellogg, naturalista de California, dio una demostración del efecto de la vibración tonal sobre el fuego, en 1926, ante un grupo de bomberos de Nueva York. «Pasando rápidamente un arco, parecido al del violín, a través de un afinador de aluminio, produjo un chirrido semejante a una intensa estática de radio. Instantáneamente la llama amarilla de gas de 61 cm de alto, que brincaba dentro de un tubo de vidrio vacío, bajó hasta una altura de 15 cm y se convirtió en una llama azul. Un nuevo intento con el arco produjo otro chirrido vibratorio que extinguió la flama».
El despertar los centros cerebroespinales ocultos (chakras, o lotos astrales) constituye la sagrada meta del yogui. Los exégetas occidentales no han comprendido que el capítulo del Nuevo Testamento denominado Apocalipsis contiene la exposición simbólica de la ciencia del yoga, enseñada por el Señor Jesús a San Juan y a otros de sus discípulos íntimos. San Juan hace referencia (Apocalipsis 1:20) al «misterio de las siete estrellas» y de las «siete iglesias». Estos símbolos se refieren a los siete lotos de luz descritos en los tratados de yoga como las siete «puertas de escape» del eje cerebroespinal. A través de estas «salidas», creadas por el plan divino, el yogui, por medio de la meditación científica, puede escapar de la prisión del cuerpo y reasumir su verdadera identidad como Espíritu. (Véase el capítulo 26).
El séptimo centro, o «loto de mil pétalos», ubicado en el cerebro, es el trono de la Conciencia Infinita. Dícese que en el estado de iluminación divina, el yogui percibe a Brahma, o Dios en su aspecto de Creador, como Padmaja: «El que ha nacido del loto». La razón por la cual la «postura del loto» se llama de esta manera yace en que en esa posición tradicional el yogui contempla los multicolores lotos (padmas) de los centros cerebroespinales. Cada uno de los lotos posee un número característico de pétalos o rayos, que se componen de prana (energía vital). Los padmas son conocidos también como chakras o ruedas.
La postura del loto (padmasana) mantiene la espina dorsal erguida e inmoviliza el cuerpo, previniendo de esta manera que se caiga hacia atrás o hacia delante durante el estado de trance místico (sabikalpa samadhi). Por dicha razón, ésta es la postura favorita de meditación de los yoguis. No obstante, la postura de padmasana puede presentar algunas dificultades para los principiantes, y no debe intentarse sin la guía de un experto en Hatha Yoga.