Una experiencia de la conciencia cósmica —Aquí estoy, Guruji. —Mi semblante avergonzado hablaba más elocuentemente que yo. —Vamos a la cocina a buscar algo que comer. —La actitud de Sri Yukteswar era tan natural como si hubieran sido sólo horas y no días los que nos habían separado. —Maestro, debo de haberle decepcionado por mi súbita partida y el consiguiente abandono de mis deberes; creí que estaría disgustado conmigo. —¡No, claro que no! El enfado se manifiesta cuando se ha contrariado algún deseo. Yo no espero nada de los demás, de modo que sus acciones no pueden estar en oposición con mis deseos. Yo no me valdría de ti para mis propios fines; sólo soy feliz en tu propia felicidad. dientes—. No debería distraerme, puesto que sabe para qué he venido a su habitación».
Volvió a llamarme y yo permanecí obstinadamente silencioso. A la tercera vez, el tono de su voz era de reprimenda. —Señor, estoy meditando —contesté en tono de protesta. —Ya sé cómo estás meditando —replicó el Maestro en voz alta—; con la mente dispersa como las hojas bajo el vendaval; ven acá. Descubierto y frustrado, me dirigí con tristeza hacia donde él se hallaba. —Pobre muchacho, las montañas no pueden darte lo que tú anhelas. —El Maestro me habló cariñosamente. Su dulce y apacible mirada era insondable—. El deseo de tu alma será cumplido.
Rara vez usaba Sri Yukteswar acertijos para expresarse. Me sentí sobrecogido. Me golpeó luego en el pecho ligeramente, un poco arriba del corazón. Mi cuerpo se inmovilizó completamente, como si hubiese echado raíces; el aliento salió de mis pulmones como si un pesado imán me lo extrajese. El alma y la mente cortaron de inmediato sus ligaduras físicas y fluyeron a través del cuerpo como un torrente de luz que emergía por cada uno de mis poros. Mi carne estaba como muerta y, sin embargo, en mi intensa lucidez me di cuenta de que nunca antes había estado tan vivo como en aquel instante. Mi sentido de identidad no se encontraba ya confinado únicamente a un cuerpo, sino que abarcaba todos los átomos circundantes. La gente de las calles distantes parecía moverse lentamente sobre mi propia y remota periferia. Las raíces de las plantas y de los árboles se asomaban a mi vista a través de una tenue transparencia del suelo, e incluso podía darme cuenta de la circulación interior de su savia.
Toda la vecindad se revelaba ante mí. Mi visión frontal ordinaria se había transformado en una vasta y esférica mirada que lo percibía todo simultáneamente. A través de mi nuca veía a los hombres caminar a lo largo de la calle de Rai Ghat, y advertí que una vaca blanca se acercaba lentamente. Cuando llegó frente a la entrada de la ermita, pude verla como si la estuviera observando con los ojos físicos; y cuando dio la vuelta tras la cerca de ladrillos del patio, todavía la veía claramente.
Todos los objetos dentro del campo de mi visión temblaban y vibraban como si fueran películas de cine. Mi cuerpo, el de mi maestro, el patio con sus pilares, los muebles, el piso, los árboles y la luz del sol se agitaban violentamente sextillones de mundos se transformaban en diáfano brillo y, luego, el fuego se convertía en firmamento. Reconocí el centro del empíreo como un punto de percepción intuitiva en mi corazón. El esplendor irradiaba desde mi núcleo íntimo hacia cada parte de la estructura universal. El feliz amrita, el néctar de la inmortalidad, corría a través de mí con fluidez mercurial.
Escuché resonar la creativa voz de Dios como Om², la vibración del Motor Cósmico. De pronto, el aliento volvió a mis pulmones. Con desilusión casi insufrible, me di cuenta de que mi infinita inmensidad se había perdido. Una vez más me hallé confinado en la humillante limitación de una jaula corporal, no tan cómoda para el Espíritu. Como hijo pródigo, había huido de mi hogar macrocósmico, encarcelándome a mí mismo en un estrecho microcosmos. Mi gurú seguía inmóvil delante de mí, y mi primer intento fue arrojarme a sus santos pies en acto de gratitud por haberme concedido aquella experiencia de la conciencia cósmica, que tan larga y apasionadamente había buscado. Pero él me impidió inclinarme y dijo calladamente: —No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el piso del balcón; luego caminaremos por el Ganges.
Traje una escoba; inferí que mi maestro estaba enseñándome el secreto de vivir una vida equilibrada. El alma debe extenderse hasta los abismos cósmicos mientras el cuerpo cumple sus obligaciones cotidianas. Cuando más tarde estuvimos ya listos para nuestro paseo, todavía me sentía extasiado, en un rapto inefable. Veía nuestros cuerpos como dos imágenes astrales, moviéndose sobre un camino a lo largo del río cuya esencia parecía de purísima luz. —Es el Espíritu de Dios el que activamente sostiene cada forma y fuerza del Universo; sin embargo, Él es trascendental y reposa apartado en el beatífico e increado vacío más allá de los vibratorios mundos de los fenómenos³ —me explicó el Maestro—. Los santos que experimentan su divinidad durante su encarnación terrenal viven una parecida doble existencia. Conscientemente dedicados a sus labores en este mundo, permanecen, sin embargo, sumergidos en interna beatitud. El Señor ha creado a todos los hombres del ilimitado gozo de su Ser. Aun cuando estén dolorosamente aprisionados en el cuerpo, no obstante Dios espera que los seres humanos, hechos a su imagen, puedan finalmente por la vivencia devocional (bhakti) puede uno prepararse para absorber la conmoción liberadora de la omnipresencia.
La experiencia divina se presenta con una naturalidad inevitable al devoto sincero. Su intenso anhelo principia a atraer a Dios con una fuerza irresistible. El Señor, como Visión Cósmica, es atraído por el magnético ardor del buscador, hasta penetrar en el campo de su conciencia. En los últimos años escribí el siguiente poema, «Samadhi», con el deseo de transmitir una vislumbre de su gloria: Desvanecidos los velos de luz y sombra, esfumado todo vapor de tristeza, dispersas las auroras de las efímeras alegrías, disuelto el sombrío espejismo sensorio. Amor y odio, salud y enfermedad, vida y muerte, sombras falsas en la pantalla de la dualidad, perecieron. Acallada ha quedado la tormenta de maya, por la varita mágica de la honda intuición. Presente, pasado y futuro ya no existen para mí; sólo el siempre presente yo, fluyendo en todo: yo en todas partes. Planetas, estrellas, polvo de estrellas, la Tierra, erupciones volcánicas de cataclismos finales, la hornaza donde se forja la creación, contemplo al pequeño ego flotando en Mí. Los móviles murmullos de los átomos resultan audibles; la oscura tierra, las montañas y los valles ¡se licúan! ¡Fluyentes océanos tórnanse vapores de nebulosas!, El Om sopla sobre los vapores, abriendo prodigiosamente sus velos, los océanos aparecen revelados en luminosos electrones, hasta que, con el último redoble del tambor⁴ cósmico, se desvanecen las luces materiales en rayos eternos de omnipresente bienaventuranza. Del gozo vine, por el gozo vivo y en el sagrado gozo fundo mi ser. Océano de la mente, bebo todas las olas de la creación. Los cuatro velos de sólidos, líquidos, vapores y luz se alzan por completo. Yo, presente en todo, entro en el Grandioso Yo. Partieron para siempre las caprichosas y vacilantes sombras de la memoria mortal; mi cielo mental está totalmente despejado: abajo, adelante y muy en lo alto; la Eternidad y yo, un solo rayo unido somos. Yo, una diminuta burbuja de risa, me he convertido en el mismo Mar de la Dicha.
Sri Yukteswar me enseñó cómo lograr esta bendita experiencia a voluntad, y también cómo transmitirla a otros⁵ si sus canales intuitivos están desarrollados. Después de aquella primera vez, durante meses entré en esa extática unión, comprendiendo así por qué los Upanishads dicen que Dios es rasa, el supremo deleite. Sin embargo, un día le llevé un problema a mi maestro. —Quiero saber, señor, cuándo encontraré a Dios. —Ya le has encontrado. —¡Oh, no, señor, yo no lo creo así!
Mi gurú sonreía. —¡Estoy seguro de que no estás esperando a un venerable personaje, adornando un trono, en algún antiséptico rincón del cosmos! Veo, sin embargo, que te imaginas que la posesión de poderes milagrosos es una prueba de haber encontrado a Dios. No es así; uno puede adquirir el poder para conquistar todo el Universo y descubrir, no obstante, que el Señor le elude. El desarrollo espiritual no se mide por el despliegue de poderes externos, sino únicamente por la profundidad de la dicha experimentada en la meditación.
»Dios es Gozo eternamente renovado. Él es inagotable. A medida que continúes con tus meditaciones a través de los años, te fascinará su infinita ingeniosidad. Los devotos que, como tú, han encontrado la vía para comulgar con Dios jamás sueñan siquiera con intercambiar al Señor por cualquier otra felicidad; la seducción divina está más allá de toda posibilidad de competencia. »¡Qué pronto nos hastiamos de los placeres mundanos! El deseo de cosas materiales no tiene límite; el hombre jamás está completamente satisfecho, y persigue una meta tras otra. Ese «algo más» que busca es el Señor, el único que puede proporcionarle el gozo imperecedero.
»Los deseos externos nos sacan del Jardín del Edén interno, ofreciéndonos falsos placeres que únicamente remedan la felicidad del alma. El paraíso perdido se recupera rápidamente a través de la meditación divina. Puesto que Dios es la «Eterna Novedad» inesperada, jamás nos cansamos de Él. ¿Podríamos saciarnos de la bienaventuranza, deliciosamente variada a través de la eternidad? —Ahora entiendo, señor, por qué los santos dicen de Dios que es insondable. Ni siquiera la vida eterna puede bastar para apreciar a Dios.
—Eso es verdad; pero también Él está siempre próximo y al alcance de nuestro amor. Una vez que, por medio del Kriya Yoga, la mente se purifica de los obstáculos sensoriales, la meditación proporciona una doble prueba de Dios. El gozo siempre renovado es una evidencia de su existencia, que nos penetra hasta los átomos. Y también en la meditación uno encuentra su guía instantánea y su adecuada respuesta a cualquier dificultad. —Ya veo, Guruji, que ha resuelto mi problema —le sonreí agradecido—. Ahora me doy cuenta de que he encontrado a Dios, porque cuando el gozo de la meditación ha resurgido subconscientemente en mí durante las horas de actividad, he sido sutilmente dirigido para adoptar el curso acertado de acción en todo, incluso en los pequeños detalles.
—La vida humana está sobrecargada de tristeza, hasta que aprendemos cómo armonizarnos con la Voluntad Divina, cuya «vía correcta» es con frecuencia desconcertante para la inteligencia del ego —dijo mi maestro. »Únicamente Dios puede dar un consejo certero. ¿Quién sino Él lleva la carga del cosmos? Swami Sri Yukteswar en la postura del loto ¹ Véase en el capítulo 30 una explicación de la luz como esencia de la creación. ² «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios» (San Juan 1:1).
³ «Porque el Padre no juzga a nadie, pues todo juicio lo ha entregado al Hijo» (San Juan 5:22). «A Dios nadie le ha visto jamás: lo ha contado el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre» (San Juan 1:18). «[...] Dios, creador del universo [...]» (Efesios 3:9) «En verdad, en verdad os digo que el que crea en mí hará también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre» (San Juan 14:12). «Pero el Paráclito [el Confortador], el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (San Juan 14:26).
Estas palabras bíblicas se refieren a la triple naturaleza de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo (Sat, Tat, Om, en las escrituras hindúes). Dios Padre es el Absoluto, Inmanifestado, existente más allá de la vibración creadora. Dios el Hijo es la Conciencia Crística (Brahma o Kutastha Chaitanya) existente en la creación vibratoria; esta Conciencia Crística es el «Unigénito», el único reflejo del increado Infinito. La manifestación exterior de la omnipresente Conciencia Crística, su «Testigo» (Apocalipsis 3:14), es Om, la Palabra o el Espíritu Santo: el divino poder invisible, el único hacedor, la única fuerza causal y activadora que estructura toda la creación mediante la vibración. Om, el bendito Confortador, se oye en la