Los años 1940-1951
«Hemos comprendido realmente el valor de la meditación, y sabemos ya que nada puede perturbar nuestra paz interior. En las últimas semanas, hemos escuchado durante nuestras reuniones las llamadas de alerta de las sirenas, anunciando las incursiones aéreas del enemigo, y la explosión de bombas de acción retardada; pero nuestros estudiantes continúan reuniéndose y disfrutando plenamente de nuestros hermosos oficios». Estas líneas llenas de valor, provenientes del coordinador del Centro de Self-Realization Fellowship en Londres, aparecen en una de las numerosas cartas que recibí, durante los años que precedieron a la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, desde una Inglaterra y una Europa devastadas por la conflagración.
En 1949, una de las propiedades más hermosas del mundo —un verdadero paraíso de flores, situado en el área de Pacific Palisades, en Los Ángeles— fue donada a Self-Realization Fellowship. El terreno (aproximadamente cuatro hectáreas) forma un anfiteatro natural, rodeado de verdes colinas. Una extensa laguna natural, cual joya azul engastada en la diadema de los cerros, le ha dado al lugar el nombre de «Santuario del Lago». La propiedad cuenta con un pintoresco molino de viento holandés, cuyo interior alberga una apacible capilla. Y en las cercanías de un jardín situado bajo el nivel del suelo, el salpicar del agua de una gran rueda hidráulica emite una música mesurada. Dos estatuas de mármol, traídas de China, adornan el lugar: una representa al Señor Buda, y la otra a Kwan Yin (la personificación china de la Madre Divina). En la cúspide de una de las colinas, desde la cual desciende una cascada, puede verse una estatua de Cristo, de tamaño natural; en la noche, su rostro sereno y su túnica ondulante iluminados por reflectores atraen las miradas.
Con ocasión del trigésimo aniversario de la fundación de Self-Realization Fellowship en América³ en 1950, se construyó en el Santuario del Lago un monumento a la paz mundial, dedicado a la memoria de Mahatma Gandhi. Una porción de las cenizas del Mahatma, enviada desde la India, fue la sabiduría perfecta. El mundo, sin embargo, cuenta con muchos «pecadores» y muy pocos santos. ¿Cómo podrían, pues, las multitudes recibir los beneficios del yoga, sino a través del estudio individual en el hogar de las instrucciones escritas por verdaderos yoguis?
La única alternativa sería el no tomar en consideración al «hombre común» y dejarlo sin el conocimiento del yoga; sin embargo, no es el plan de Dios para la nueva era el privar de las enseñanzas del yoga al ser humano. En efecto, Babaji ha prometido proteger y guiar en la senda hacia la meta divina⁶ a todo kriya yogui sincero. Para poner de manifiesto la paz y la prosperidad que aguardan a los hombres, una vez que éstos hayan hecho el esfuerzo necesario para restablecer su condición de hijos del Padre Divino, se necesitan en verdad cientos de miles de kriya yoguis, no tan sólo docenas.
La tarea de fundar la organización de Self-Realization Fellowship en Occidente —«una colmena para la miel del espíritu»— me fue encomendada por Sri Yukteswar y Mahavatar Babaji. El cumplimiento de esta sagrada misión no ha estado exento de dificultades. —Dígame sinceramente, Paramahansaji, ¿ha valido realmente la pena? Esta lacónica pregunta me fue planteada una noche por el doctor Lloyd Kennell, uno de los coordinadores de las actividades del templo de Self-Realization en San Diego. Comprendí las interrogantes implícitas: «¿Ha sido usted feliz en América? ¿Qué me dice de los falsos rumores esparcidos por personas malintencionadas, ansiosas de impedir la difusión del yoga? ¿Y qué de los desengaños, de las angustias, de los dirigentes de centros incapaces de dirigir, y de los estudiantes incapaces de aprender?».
—¡Bendito es el hombre a quien el Señor pone a prueba! —respondí—. Es cierto que Dios se ha acordado, en ocasiones, de asignarme alguna pesada carga. —No obstante, evocando a todas las almas fieles que he encontrado, y el amor, la devoción y la comprensión que iluminan el corazón de América, proseguí enfáticamente—: ¡Pero mi respuesta es sí, mil veces sí! ¡Ciertamente ha valido la pena, más de lo que jamás imaginé, ser testigo del acercamiento entre Oriente y Occidente, por medio de los lazos espirituales: los únicos lazos perdurables!
Los grandes maestros de la India que han manifestado un vivo interés en el mundo occidental han comprendido plenamente las condiciones de la vida moderna. Ellos saben que la situación mundial no podrá mejorar a menos que cada país llegue a asimilar profundamente las principales virtudes tanto de Oriente como de Occidente; cada hemisferio necesita de lo mejor que el otro puede ofrecerle. En el transcurso de mis viajes a través del mundo, he observado con tristeza el gran sufrimiento de los pueblos⁷. En Oriente, el sufrimiento se manifiesta principalmente en el plano material mientras que, en Occidente, es sobre todo en los planos mental o espiritual. Pero es un hecho el que todas las naciones padecen de los dolorosos efectos de una civilización desequilibrada. La India y muchos otros países de Oriente obtendrían grandes beneficios si emulasen la eficiencia y el enfoque práctico de naciones occidentales como Estados Unidos, por ejemplo. Los pueblos occidentales, por su parte, requieren de una comprensión más profunda de los principios espirituales en los que se basa la vida humana. Y necesitan familiarizarse, en especial, con las antiguas técnicas científicas de la India, cuya práctica conduce a la comunión consciente con Dios.
Situado en Pacific Palisades, Los Ángeles, California, el Santuario del Lago (propiedad de aproximadamente 4 hectáreas) fue inaugurado por Paramahansa Yogananda el 20 de agosto de 1950. Mientras se encontraba supervisando la plantación de árboles y las obras de construcción en 1949, Paramahansaji solía alojarse en el barco —pequeña casa flotante— que aparece en la fotografía de la izquierda. En el centro de esta misma fotografía puede verse, a orillas del lago, la Capilla del Molino. En la fotografía que aparece a la derecha puede apreciarse, entre los pilares centrales del monumento, el sarcófago de piedra tallada que contiene una diferentes; ambos deberían compartir de buen grado sus descubrimientos. Al Señor le complace, ciertamente, que sus hijos terrenales se esfuercen por establecer una civilización mundial desprovista de toda pobreza, enfermedad e ignorancia espiritual. Pero el hecho de que el hombre haya olvidado sus recursos divinos (como resultado del uso errado de su libre albedrío⁹) es la causa primordial de todas las demás formas de sufrimiento.
Los males atribuidos a una abstracción antropomórfica llamada «sociedad» pueden ser imputados, de manera más realista, a cada ser humano¹⁰. El ideal de una sociedad perfecta debe germinar primero en el seno de la vida privada, y sólo entonces florecerá la virtud en la vida cívica; las reformas internas conducen de manera natural a las externas. En efecto, un hombre que se ha reformado a sí mismo reformará a miles. La esencia de todas las escrituras del mundo que han perdurado a través del tiempo e inspirado al hombre en su camino ascendente es la misma. Uno de los períodos más felices de mi vida transcurrió mientras dictaba, para su publicación en la revista Self-Realization, mi interpretación de una porción del Nuevo Testamento¹¹. Durante aquel período, imploré fervientemente a Cristo que me guiara para captar intuitivamente el verdadero significado de sus palabras, muchas de las cuales han recibido interpretaciones muy erradas durante veinte siglos.
Una noche, mientras oraba en silencio, una luz opalescente inundó mi estudio en la ermita de Encinitas y Jesucristo apareció ante mí, en un cuerpo radiante. Tenía la apariencia de un hombre joven, de unos veinticinco años, con barba y bigote ralos. Su larga cabellera negra, partida en medio, estaba circundada por un resplandeciente halo dorado. Sus ojos eran eternamente maravillosos y se transformaban constantemente ante mi mirada. Y comprendí, intuitivamente, la sabiduría que emanaba de ellos con cada divina transición de su expresión. Aquellos ojos gloriosos me hicieron sentir el poder que sustenta los incontables mundos. Un Santo Grial apareció ante su boca y bajó hasta mis labios, para retornar luego a él. Al cabo de unos instantes, pronunció unas palabras, de un contenido tan hermoso y personal que las he preservado en lo más profundo de mi corazón.
Entre los años 1950 y 1951, durante mis prolongadas estadías en un apacible retiro cerca del desierto de Mojave, en California, traduje el Bhagavad Guita y escribí un comentario detallado¹² acerca de los diversos senderos del yoga. En dos pasajes del Bhagavad Guita se hace referencia en forma explícita¹³ a una técnica del yoga (la única mencionada en este texto sagrado, la misma que Babaji denomínara, simplemente, Kriya Yoga). La escritura más importante de la India ofrece así una enseñanza de índole tanto práctica como moral. En el océano de este mundo onírico, la respiración constituye una tormenta que produce la engañosa ilusión no obstante, una vez alcanzado el estado de nirbikalpa —el samādhi más elevado—, en el cual la conciencia de un santo se encuentra irrevocablemente fija en el Señor).
En contraste con aquel supremo fervor espiritual que conduce a la comunión divina y que se encuentra mas allá de la capacidad afectiva de la mayoría de las personas, el yoga ofrece un método científico, que puede aplicarse a diario, para acercarse a Dios: de ahí su atractivo universal. A algunos grandes maestros del jainismo hindú se les ha denominado tīrthakaras, o «constructores de puentes», porque han revelado a la desorientada humanidad el puente que le permitirá cruzar más allá de los tormentosos mares del samsara (la rueda kármica, la interminable sucesión de vidas y muertes). Samsara (cuyo significado literal es «fluir con» el devenir fenoménico) induce al hombre a elegir siempre la vía más fácil. «¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios?»¹⁶. Para trabajar amistad con el Señor, el hombre debe conquistar a los demonios o males de su propio karma o acciones que le incitan a aceptar siempre sumisamente las engañosas ilusiones de este mundo. Al tener conocimiento de las férreas cadenas de la ley del karma, quienes buscan sinceramente a Dios se sienten motivados a hallar la forma de liberarse definitivamente de ellas. Puesto que los seres humanos se convierten en víctimas de la esclavitud del karma debido a sus deseos —el producto de sus mentes nubladas por maya—, el yogui cultiva el control mental¹⁷. Al rasgar los diversos velos de la ignorancia que proviene del karma, el hombre puede finalmente percibir la innata esencia de su ser. por conducto —en el caso de los seres no iluminados— de la respiración (o energía proveniente de los gases). Las corrientes vitales, las cuales operan en el cuerpo humano mediante cinco tipos de prana o energías vitales sutiles, son una expresión de la vibración de Om que emana del alma omnipresente.
Es la vitalidad —aquella apariencia de vida, aquel reflejo del alma de la cual proviene— la que, al brillar en las células corporales, se convierte en la causa única del apego del hombre al cuerpo. De no ser por su presencia, no rendiría él tan solícito homenaje a un simple terrón de arcilla. La razón por la cual el ser humano se identifica, erradamente, con su propio cuerpo yace en que las corrientes vitales, procedentes del alma, son transmitidas por medio del aliento a los tejidos corporales con una intensidad y poder tales, que el hombre, confundiendo el efecto con la causa, cual un idólatra, adjudica al cuerpo una vida propia.
El cuerpo y la respiración se perciben en la mente humana en el estado consciente. En el estado subconsciente que se manifiesta más activamente durante el sueño, la mente se separa temporalmente del cuerpo y de la respiración. Pero en el estado supraconsciente, el ser humano se libera por completo del engaño de que su «existencia» depende del cuerpo y del aliento1⁹. Dios vive sin aliento; el alma, hecha a su semejanza, adquiere por vez primera conciencia de sí misma sólo durante el estado de suspensión del aliento.
Cuando el karma evolutivo destruye el eslabón que une el alma al cuerpo —el vínculo de la respiración— sobreviene la repentina transición llamada «muerte»; las células corporales retornan entonces a su estado natural de impotencia. El kriya yogui, no obstante, rompe voluntariamente el eslabón del aliento mediante una sabiduría de orden científico, en lugar de que éste sea cortado por la descomedida intromisión del destino kármico. A través de su experiencia personal, el yogui se ha familiarizado ya con la esencia incorpórea de su ser. Buen conocedor, pues, del absurdo error humano de depositar su confianza en un cuerpo físico, no requiere él de la burda confirmación de la muerte al respecto.
Vida tras vida, cada ser humano progresa (a su propio paso, no importa cuán errático sea) hacia la meta de su propia apoteosis. La muerte no interrumpe su avance, sino que le brinda, simplemente, una atmósfera más afín —la de un mundo astral— para continuar liberándose de sus impurezas. «No se turbe vuestro corazón. [...] En la casa de mi Padre hay muchas mansiones»²⁰. Es en verdad sumamente improbable que la creación de este mundo nuestro haya consumido hasta tal punto el ingenio divino que, en el más allá, no haya dispuesto Dios para nosotros nada más cautivante que el tañer de las arpas.
La muerte no consiste en la supresión de la existencia, ni constituye la definitiva vía de escape de esta vida; ni es tampoco la puerta que conduce a la inmortalidad. Quien, al sumergirse en los placeres terrenales, ha huido de su propio Ser no habrá de recuperarlo entre los encantos sutiles de un mundo astral. En el más allá acumulará, simplemente, percepciones más refinadas y recogerá impresiones más exquisitas de todo cuanto es hermoso y bueno (ambas —hermosura y bondad— son en esencia una). Pero es en el yunque de esta burda tierra donde el ser humano debe luchar para forjar el oro imperecedero de su identidad espiritual y —portando en sus manos el áureo tesoro, tan duramente ganado, como la única ofrenda capaz de satisfacer la codicia de la muerte— alcanzar la liberación final de los ciclos de reencarnación física.
En el discurso que pronunció durante la ceremonia fúnebre el 11 de marzo, el embajador Sen afirmó: «Si contásemos con un hombre como Paramahansa Yogananda en las Naciones Unidas, la tierra sería probablemente un lugar mejor. Nadie, Quien sinceramente anhela poseer sabiduría se satisface con dar comienzo a su búsqueda procurando humildemente dominar sólo unos cuantos rudimentos del abecé del esquema divino, en lugar de exigir prematuramente una explicación precisa y matemática de la «Teoría de Einstein» de la vida.
«A Dios nadie le ha visto jamás (ningún mortal, bajo la influencia del "tiempo" o las relatividades de maya²², puede percibir al Infinito): lo ha contado (manifestado o dado forma) el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre (la Conciencia del Cristo, el reflejo del Padre, o la Inteligencia Perfecta proveniente del "seno" o las profundidades de la Divinidad increada, y proyectada hacia el exterior para expresar la variedad dentro de la Unidad y guiar todos los procesos estructurales del mundo fenoménico, mediante la vibración de Om)»²³.
«En verdad, en verdad os digo —explicó Jesús— que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso hace igualmente el Hijo»²⁴. En las escrituras hindúes, los tres aspectos de la naturaleza divina manifestados en el mundo de los fenómenos se representan simbólicamente bajo los nombres de Brahma, el Creador; Vishnu, el Preservador; y Shiva, el DestructorRenovador. A través de toda la creación vibratoria, ellos despliegan incesantemente sus actividades de naturaleza triple. Puesto que el Absoluto trasciende todo concepto humano, el devoto hindú le adora en las augustas personificaciones de la trinidad²⁵.
Los aspectos de Dios como el creador, preservador y destructor universal no constituyen, sin embargo, parte de su naturaleza absoluta o esencial (pues la creación cósmica es sólo su līlā, o juego creativo)²⁶. Ni siquiera desentrañando todos los misterios de la trinidad sería posible comprender la naturaleza intrínseca de Dios, ya que su naturaleza externa —la cual se manifiesta a través del ordenado flujo de los átomos y no es sino una expresión Suya— no revela en verdad su Ser. Solamente cuando «el Hijo asciende al Padre»²⁷ se conoce la naturaleza absoluta del Señor. Al alcanzar la liberación, el hombre trasciende toda esfera vibratoria para penetrar en el Ser Original, donde no existe vibración alguna.
Ante los interrogantes con respecto a los misterios más profundos, todos los grandes profetas han guardado silencio. Cristo mismo evitó responder, cuando Pilatos le preguntó: «¿Qué es la verdad?»²⁸. Las ostentosas preguntas de intelectuales como Pilatos raramente provienen de un ferviente deseo de conocer la verdad. Tales hombres se expresan, más bien, con la vana arrogancia de quienes consideran que el carecer de convicciones de tipo espiritual29 es una señal de «amplitud de criterio».
Foto captada una hora antes de su mahasamadhi (el abandono definitivo del cuerpo, realizado en forma consciente por un yogui), el 7 de marzo de 1952, en un banquete celebrado en Los Ángeles, California, en honor del embajador de la India, Binay R. Sen. Su sonrisa, plena de amor, parece ser la bendición de despedida del Maestro a sus millones de amigos, estudiantes y discípulos. Aun cuando sus ojos se encontraban contemplando ya la Eternidad, su mirada irradía una profunda comprensión y calor humano.
La muerte no tuvo poder desintegrador alguno sobre el cuerpo de este incomparable devoto del Señor, el cual manifestó un extraordinario estado de inmutabilidad. (Véase aquí). «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz»30. Las verdades expresadas por Cristo en estas pocas palabras podrían llenar muchos volúmenes. El «testimonio» de un hijo de Dios es su propia vida. Puesto que él personifica la verdad misma, si además la expone tal exposición es una generosa redundancia suya. «Aquietaos y sabed que Yo soy Dios»3¹. Puesto que jamás hace el Señor ostentación de su omnipresencia, sólo puede escuchársele en los períodos del silencio más inmaculado. Para el devoto que se encuentra en sintonía con Dios, la vibración creativa de Om, el sonido primordial que reverbera a través del universo entero, se traduce instantáneamente en palabras inteligibles.
El propósito divino de la creación se expone —en la medida en que la razón humana es capaz de comprenderlo— en los Vedas. Los rishis enseñaron que cada ser humano fue creado por Dios como un alma: un alma destinada a expresar en forma única algún atributo especial del Infinito, antes de reasumir su Identidad Absoluta. Puesto que todo hombre está dotado de alguna faceta de la individualidad divina, el Señor ama por igual a cada uno.
La humanidad entera es la heredera de la sabiduría inmemorial de la India, la hermana mayor entre todas las naciones. Las verdades de los Vedas, como toda verdad, le pertenecen al Señor y no a la India en particular. Los rishis —cuyas mentes, cual receptáculos puros, recibieron las divinas profundidades de los Vedas— fueron miembros de la raza humana, que nacieron en esta tierra y no en algún otro planeta, para servir a la humanidad entera. Toda distinción de Dios que se esfuerce valerosamente por reconquistar su herencia div
4 India Center, con su templo adyacente, constituye el núcleo de un amplio Centro-Ashram, administrado por devotos dedicados a servir a la humanidad y a realizar en sus propias vidas los ideales de Paramahansa Yogananda. (Nota del editor). 5 Esta extensa serie de lecciones para su estudio en el hogar se puede solicitar a la sede central de Self-Realization Fellowship, la sociedad fundada por Paramahansa Yogananda con la finalidad de difundir la ciencia de la meditación del Kriya Yoga y el arte de vivir conforme a los principios espirituales. (Nota del editor).
6 Paramahansa Yogananda, asimismo, manifestó a sus estudiantes de Oriente y Occidente que, después de su vida terrenal, continuaría velando por el progreso espiritual de todos los kriyabanes (estudiantes de las Lecciones de Self-Realization Fellowship que han recibido la iniciación en Kriya). Desde el mahasamadhi de Paramahansa Yogananda, el cumplimiento de esta hermosa promesa suya ha sido ampliamente comprobado por los numerosos kriya yoguis que han experimentado la omnipresente guía del gurú, como lo testifican en sus cartas. (Nota del editor).
7 «Esa Voz que me rodea, cual un mar reverberante, dice así:
(Francis Thompson en The Hound of Heaven [El Lebrel del Cielo]) 8