EEl santo con dos cuerpos
—Padre, si prometo regresar a casa sin coerción de ninguna especie, ¿puedo visitar Benarés?
Mi gran afición a los viajes rara vez era objetada por mi padre. Aun siendo sólo un muchacho, me permitió visitar muchas ciudades y lugares de peregrinaje. Por lo general, uno o más amigos me acompañaban, y viajábamos siempre cómodamente, en vagones de primera clase, con pases que mi padre me proveía. Su posición como alto jefe de ferrocarriles ofrecía muchas satisfacciones a los miembros nómadas de la familia.
Mi padre prometió estudiar mi proposición. Al día siguiente me llamó y me entregó un pase de ida y vuelta de Bareilly a Benarés, unas cuantas rupias en billetes y dos cartas.
—Baba anand (bienaventurado seas, querido amigo). —
Me dio la bienvenida de todo corazón y con voz infantil. Me arrodillé y toqué sus pies.
—¿Es usted Swami Pranabananda?
Movió la cabeza afirmativamente.
—¿Y es usted el hijo de Bhagabati?
Sus palabras fueron pronunciadas antes de que yo hubiera tenido tiempo de sacar de mi bolsillo la carta de presentación de mi padre, la cual ahora parecía superflua.
—Por supuesto que encontraré para usted a Kedar Nath Babu.
Una vez más me sorprendió el santo con su clarividencia. Tras dar apenas una mirada a la carta, hizo en seguida algunas referencias laudatorias acerca de mi padre.
—¿Sabe usted? Estoy disfrutando de dos pensiones. Una por recomendación de su padre, para quien con anterioridad trabajé en las oficinas del ferrocarril, y la otra por recomendación de mi Padre Celestial, para quien he terminado a conciencia mis deberes terrenos en esta vida.
Esta observación no era muy clara para mí.
—¿Qué clase de pensión dice usted que recibe del Padre Celestial?... ¿Acaso Él le arroja dinero en el regazo?
Se echó a reír. —Quiero decir una pensión de paz insondable; una recompensa por muchos años de profunda meditación. Ahora no tengo ninguna preocupación por el dinero. Mis escasas necesidades materiales están cubiertas con amplitud. Más adelante, comprenderá usted el significado de una segunda pensión.
Nuestra conversación terminó súbitamente. El santo entró en una austera inmovilidad. Un aire de esfinge le envolvió. Al principio sus ojos brillaron como si observara alguna cosa de interés, y luego se tornaron totalmente opacos. Yo me sentí confundido ante esta pausa silenciosa, pues todavía no me había dicho cómo podría encontrar al amigo de mi padre. Un tanto inquieto, contemplé a mi alrededor la sobria habitación, que se hallaba desierta excepto por nuestra presencia. Mi mirada vagabunda se posó en sus sandalias de madera, que yacían bajo la plataforma de su asiento.
—No se preocupe, señorito¹; la persona a quien desea ver estará con usted dentro de media hora.
El yogui estaba leyendo mi pensamiento, cosa no muy difícil en aquel instante.
Una vez más volvió a ensimismarse en aquel silencio inescrutable. Cuando mi reloj me indicó que habían pasado treinta minutos, el swami rompió el silencio diciendo:
»Accedí con gusto. Y aunque íbamos el uno al lado del otro, el swami, con sus sandalias de madera, curiosamente me sacó pronto la delantera, a pesar de que yo calzaba estos robustos zapatos de calle.
»—¿Cuánto tiempo tardarás en llegar a mi casa? —me preguntó Pranabananǧaji, deteniéndose súbitamente.
»—Alrededor de media hora —le contesté.
»—Tengo algo que hacer ahora —afirmó dirigiéndome una mirada enigmática—. Debo dejarte; nos encontraremos en mi casa, donde el hijo de Bhagabati y yo te aguardaremos.
»Antes de que yo pudiera replicar algo, se adelantó de nuevo velozmente y desapareció entre la multitud. He venido aquí tan deprisa como he podido.
Esta explicación sólo sirvió para aumentar mi desconcierto. Le pregunté cuánto tiempo hacía que conocía al swami.
—El año pasado nos encontramos varias veces; pero no recientemente. Me dio mucho gusto volver a verlo hoy en el ghat.
—¡No puedo dar crédito a mis oídos! ¿Estaré acaso volviéndome loco? ¿Le vio usted en alguna visión, o le vio realmente, tocó su mano y oyó el ruido de sus pasos? —inquirí. —¡No sé qué pretende insinuar! —me respondió, algo enfadado—. No le estoy mintiendo. ¿No puede comprender que sólo merced al swami pude yo saber que me esperaba usted aquí?
—Bueno, pues le aseguro que ese hombre, Swami Pranabananda, no se ha despegado ni un solo instante de mi vista desde que llegué, hace como una hora. —Luego, le relaté todo lo que había sucedido, y le repetí la conversación que habíamos tenido el swami y yo.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¿Estamos viviendo en esta vida material, o estamos soñando? ¡Nunca esperé presenciar un milagro como éste en mi vida! Siempre creí que el swami era un hombre común y corriente; ¡y ahora veo que puede materializar un cuerpo extra y, más aún, operar a través de él!
Entramos juntos en la habitación ocupada por el santo. Kedar Nath Babu señaló el calzado bajo el asiento.
—Vea usted: ésas son las mismas sandalias que él llevaba cuando le vi en el ghat —susurró Kedar Nath Babu—. Y vestía únicamente un taparrabo, tal como le veo ahora.
SWAMI PRANABANANDA
El «santo con dos cuerpos» de Benarés
Cuando el visitante se inclinó ante el santo, éste se volvió hacia mí con una sonrisa enigmática:
—¿Por qué están ustedes estupefactos ante todo esto? La sutil unidad del mundo fenoménico no se halla oculta para los verdaderos yoguis. Yo veo instantáneamente a mis discípulos en la lejana Calcuta y converso con ellos. De igual modo, ellos pueden trascender a voluntad todos los obstáculos de la materia densa.
Probablemente con el objeto de avivar el ardor espiritual en mi joven corazón, el swami condescendió a hablarme de sus poderes de radio y televisión astrales². Pero, en lugar de entusiasmo, sólo sentí un respetuoso temor. Puesto que yo estaba destinado a emprender la búsqueda divina con auxilio de un gurú particular —Sri Yukteswar, al que aún no conocía—, no sentí inclinación de aceptar a Pranabananda como mi maestro. Le miré lleno de duda, preguntándome si quien tenía ante mí sería realmente él o su contraparte.
El maestro intentó desterrar mi inquietud a través de una mirada de aliento espiritual y de algunas inspiradoras palabras sobre su gurú.
—Lahiri Mahasaya fue el yogui más avanzado que he conocido. Era la divinidad manifestada en una forma carnal —dijo.
»—¡Estoy implorándote a Ti, oh Dios, mi Maestro! Yo te contemplo materializado en un cuerpo físico; bendíceme para que pueda percibírte en tu Forma Infinita.
»Lahiri Mahasaya extendió su mano con gesto benigno.
»—Ahora puedes irte a meditar: he intercedido por ti ante Brahma².
»Inconmensurablemente exaltado regresé a mi hogar —prosiguió el swami—. Esa noche, en meditación, el ardiente ideal de mi vida quedó realizado. Ahora gozo sin cesar de la pensión espiritual; desde entonces, el Bendito Creador nunca ha permanecido oculto a mis ojos, tras la pantalla de la ilusión.
El rostro de Pranabananda estaba radiante de luz divina. La paz de otro mundo entró en mi corazón y desapareció todo temor. El santo me hizo una confidencia adicional.
—Algunos meses más tarde, volví a ver a Lahiri Mahasaya y traté de darle las gracias por haberme concedido aquella infinita merced; y luego le mencioné otro asunto.
»—Maestro Divino, ya no puedo trabajar más en la oficina. Por favor, reléveme de esa obligación. Brahma me tiene continuamente embriagado.
»—Pídele a tu empresa una pensión.
»—¿Y qué razón daré, siendo un empleado tan joven en el servicio?
»—Di lo que sientes.
»Al día siguiente hice mi solicitud —agregó el santo—. El doctor me preguntó las razones de tan prematura petición. «Durante mi trabajo —le respondí—, experimento una sensación arrolladora que sube por mi espina dorsal; penetra todo mi cuerpo y me incapacita para el cumplimiento de mis deberes»⁴. Sin más preguntas, el doctor me recomendó muy favorablemente para una pensión, que pronto recibí. Sé que la voluntad divina de Lahiri Mahasaya operó a través del médico y de los jefes del ferrocarril, incluso de tu padre. Ellos obedecieron automáticamente la dirección espiritual del gran gurú y me dejaron en libertad para dedicar mi vida entera a una ininterrumpida comunión con el Bienamado.
Después de esta extraordinaria revelación, Swami Pranabananda se ensimismó en uno de sus largos y profundos silencios. Cuando yo me despedía, tocándole reverentemente los pies, me dio sus bendiciones diciéndome:
—Tu vida pertenece al sendero de la renunciación y del yoga. Más adelante te veré de nuevo, en compañía de tu padre.
Los años trajeron la realización de sus dos predicciones⁵. presionó durante quince minutos cierto lugar situado en el lado derecho del tórax. El doctor Calligaris decía que si se estimulasen determinados lugares del cuerpo, los sujetos podrían percibir objetos a cualquier distancia, aun cuando nunca los hubieran visto anteriormente.
³ Dios en su aspecto de Creador; de la raíz sánscrita brih, ensanchar, desplegar. Cuando el poema de Emerson titulado «Brahma» apareció en la revista Atlantic Monthly, en 1857, la mayor parte de los lectores se desconcertaron. Emerson sonrió: «Que digan Jehová en lugar de Brahma y entonces no se sentirán perplejos».
⁴ En la meditación profunda, la primera experiencia del Espíritu se percibe en el altar de la espina dorsal y luego en el cerebro. El torrente de bienaventuranza es arrollador, pero el yogui aprende a controlar sus manifestaciones externas.
Pranabananda era en verdad un maestro completamente iluminado cuando nuestro encuentro tuvo lugar. No obstante, durante el último período de su trabajo de oficina, el cual había tenido lugar muchos años antes, él aún no había alcanzado en forma irrevocable el estado de nirbikalpa samadhi. En este inmutable y perfecto estado de conciencia, el yogui no encuentra impedimentos para desempeñar sus tareas terrenales.
Después de su retiro, Pranabananda escribió el Pranab Guita, un profundo comentario sobre el Bhagavad Guita, el cual se encuentra disponible en hindi y bengalí.
El poder de aparecer en más de un cuerpo a la misma vez es un sidahi (poder yóguico) mencionado en los Yoga Sutras de Patanjali. El fenómeno de la bilocación ha sido puesto de manifiesto por numerosos santos a través de los siglos. En su libro The Story of Therese Neumann (publicado por Bruce Pub. Co.), A. P. Schimberg describe varias ocasiones en las cuales esta santa cristiana ha aparecido ante personas que necesitaban su ayuda y se encontraban en lugares distantes, y ha conversado con ellas.