Kashi renace y es vuelto a encontrar — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
28.Kashi renace y es vuelto a encontrar
Paramahansa Yogananda·~7 min
KKashi renace y es vuelto a encontrar
—Por favor, no entren en la laguna; bañémonos con el agua que saquemos con nuestros cubos.
Me dirigí de esta manera a los jóvenes estudiantes de Ranchi que me acompañaban en una excursión a pie, de 13 km, a una colina en los alrededores. La laguna que estaba ante nuestros ojos era atrayente, pero en mi mente surgió un cierto rechazo hacia ella. La mayoría de los muchachos siguieron mi consejo y se bañaron con el agua que sacaban de la laguna con los cuencos, pero algunos de los estudiantes no pudieron resistir la tentación de sumergirse en las refrescantes aguas. No bien habían entrado en ellas cuando un gran número de culebras de agua se arremolinó en torno suyo. Los desobedientes salieron del estanque con una cómica velocidad, acompañada de exclamaciones y chapoteos.
Silenciosamente, me reprendí, y rehusé contestar más preguntas.
Cuando regresamos a la escuela, Kashi vino a mi habitación.
—Señor, si muero, ¿me encontrará usted cuando vuelva a nacer y me conducirá por el sendero espiritual? —me preguntó, sollozando.
Yo me vi obligado a rehusar esta difícil responsabilidad de índole sobrenatural. Pero durante semanas Kashi estuvo insistiendo sobre el mismo particular con tenacidad inaudita. Viéndole consternado hasta la desesperación, lo consolé, por fin, y le dije:
—Sí, te lo prometo; si el Padre Celestial me presta su ayuda, yo haré cuanto sea necesario para encontrarte.
Durante las vacaciones de verano, me dispuse a emprender un corto viaje. Sintiendo no poder llevar a Kashi conmigo, lo llamé a mi habitación antes de partir, y le aconsejé que no saliera de la escuela por ningún motivo, y que no se dejara persuadir para que así lo hiciera. En alguna forma presentía que si él no iba a su casa probablemente evitaría la calamidad que le amenazaba.
No bien había salido yo de Ranchi cuando el padre de Kashi llegó a la escuela. Durante quince días estuvo tratando de quebrantar la obstinada voluntad de su hijo, diciéndole que lo único que deseaba de él era que fuera a Calcuta por sólo cuatro días, para ver a su madre, y que luego podría regresar. Kashi rehusó con persistencia. El padre, por fin, declaró que se lo llevaría con la ayuda de la policía, si él no iba por su propia voluntad. Esta amenaza conturbó a Kashi, que no quería ser la causa de alguna publicidad desfavorable para la escuela, y no tuvo más remedio que irse.
Yo regresé a Ranchi unos días después y, cuando me enteré de la forma en que se habían llevado a Kashi, tomé inmediatamente el tren para Calcuta. Allí alquilé un coche de caballos y, sorpresivamente, cuando el coche acababa de pasar junto al puente de Howrah, sobre el río Ganges, las primeras personas a quienes vi fueron el padre de Kashi y a otros parientes suyos, vestidos de luto. Gritándole al cochero que se detuviera, corrí hacia el infortunado padre y, clavando en él los ojos, le grité en forma irrazonable:
—¡Señor asesino! ¡Usted ha matado a mi muchacho!
El padre ya se había dado cuenta del mal que había causado a Kashi por haberlo traído a Calcuta contra su voluntad. Durante los pocos días que el muchacho estuvo allí, y a causa de algún alimento contaminado, contrajo el terrible cólera y murió en seguida.
Elevando las manos a modo de antenas, con frecuencia me movía y daba vueltas y más vueltas, tratando de localizar la dirección en que él habría renacido en forma de embrión. Esperaba recibir contestación de él en la «radio» sintonizada de mi corazón.
Sin disminuir mi celo, practiqué el método yóguico regularmente durante los seis meses que siguieron a la muerte de Kashi. Una mañana, mientras caminaba con unos amigos por la populosa sección de Bowbazar de Calcuta, levanté mis manos en la forma acostumbrada. Por primera vez sentí una respuesta. Me emocioné al notar el cosquilleo de impulsos eléctricos que bajaban por mis dedos y por las palmas de mis manos. Estas corrientes se traducían en un poderoso pensamiento que brotaba desde lo más recóndito de mi conciencia: «¡Soy Kashi; soy Kashi; venga hacia mí!».
El pensamiento se hizo casi perceptible al oído cuando me concentré en la radio de mi corazón. En el característico, ligeramente ronco, murmullo de Kashi², escuché sus llamadas una y otra vez. Tomé del brazo a uno de mis compañeros, Prokash Das, y le sonreí alegremente.
—¡Parece que he localizado a Kashi! —le dije.
Principié a dar vueltas y más vueltas, provocando una manifiesta diversión a mis compañeros y a los transeúntes. Los impulsos eléctricos cosquilleaban a través de mis dedos sólo cuando daba frente a una callejuela contigua conocida con el nombre de Serpentine. Las corrientes astrales desaparecían cuando me volvía en otra dirección.
—¡Ah! —exclamé—. ¡El alma de Kashi debe encontrarse en la matriz de una madre cuya casa está en este callejón!
Mis compañeros y yo nos aproximamos más al callejón; las vibraciones en mis brazos levantados se hicieron más fuertes; como si fuera atraído por un imán, me veía arrastrado hacia el lado derecho del callejón. Llegando a la entrada de una casa, me sorprendí al comprobar que me hallaba paralizado. Llamé a la puerta, en medio de una gran excitación y conteniendo el aliento. Sentí que había coronado con éxito mi ardua y extraña búsqueda.
Una criada abrió la puerta, y me dijo que su amo estaba adentro. Éste bajó las escaleras de la planta alta y me sonrió, como inquiriendo qué deseaba yo. Casi no sabía cómo formular mi pregunta que era, al mismo tiempo, pertinente e impertinente.
—Por favor, señor, dígame si usted y su esposa esperan el nacimiento de un niño desde hace unos seis meses³.
—Sí, así es. —Viendo él que yo era un swami, un hombre de renunciación vestido con la túnica tradicional de color ocre, agregó cortésmente—: Le ruego que me diga cómo se ha enterado usted de mis asuntos personales.
Cuando él supo de Kashi y de la promesa que yo le había hecho, creyó, atónito, mi relato.
—Un niño varón de tez blanca les nacerá —le dije—; tendrá un rostro ancho, con un remolino de cabello encima de la frente. Será de un temperamento muy espiritual. —Yo estaba seguro de que el niño tendría todas esas semejanzas con Kashi. Algún tiempo después visité al niño; sus padres le habían dado el antiguo nombre de Kashi. Aun en su más tierna infancia, manifestaba un gran parecido con mi querido estudiante de Ranchi. El pequeño sintió inmediatamente un gran afecto hacia mí; la atracción del pasado se despertó en él con redoblada intensidad.
Años más tarde, cuando Kashi era ya un adolescente, me escribió durante mi estancia en América. Expresaba sus grandes deseos de seguir el sendero de la renunciación. Yo lo envié a un maestro en el Himalaya, el cual aceptó como discípulo al renacido Kashi.
KASHI
Estudiante de la escuela de Ranchi
¹ La voluntad, proyectada desde el punto situado en el entrecejo, opera como la estación emisora del pensamiento. Cuando el sentimiento o poder emocional está calmadamente concentrado en el corazón, éste actúa como una radio mental que recibe los mensajes de otros, ya sea que estén lejos o cerca. En la telepatía, las vibraciones sutiles de los pensamientos que existen en la mente de una persona son transmitidas por medio de las vibraciones sutiles del éter astral, y luego a través del éter más denso de la tierra, creando ondas eléctricas que, a su vez, se traducen en ondas de pensamiento en la mente de otra persona.
² Las almas son, en su estado puro, omniscientes; el alma de Kashi recordaba todas las características del muchacho Kashi, por eso imitaba su ronca voz para inducir a su reconocimiento.
³ Aunque muchos seres humanos, tras la muerte física, permanecen en el mundo astral durante un período de 500 a 1.000 años, no existe una regla invariable acerca del lapso de tiempo que transcurre entre encarnaciones. (Véase el capítulo 43). La duración de cualquier encarnación física o astral asignada a un ser humano se halla kármicamente predeterminada.
La muerte y, también, el sueño —«la pequeña muerte»— son una necesidad mortal, pues liberan temporalmente al ser humano no iluminado de los escollos de los sentidos. Puesto que el Espíritu constituye la naturaleza esencial del ser humano, éste recibe en el sueño y en la muerte ciertas revivificantes señales de su incorporeidad.
La equilibradora ley del karma, tal como se expone en las escrituras hindúes, comprende la acción y la reacción, la causa y el efecto, la siembra y la cosecha. En el devenir de la justicia natural (rita), cada ser humano, mediante sus pensamientos y acciones, se convierte en el moldeador de su destino. Toda energía universal que él haya puesto en movimiento —ya sea sabia o ignorantemente— habrá de retornar a él como su punto de partida, al igual que un círculo tiende inexorablemente a completarse a sí mismo. «El mundo parece una ecuación matemática que, por más vueltas que se le den, siempre se equilibra. [...] Silenciosamente y con certeza, todo secreto termina revelándose, todo crimen se paga, toda virtud halla recompensa y todo error se recompone» (Emerson en "Compensation"). Comprender que el karma es la ley de la justicia que subyace a todas las desigualdades de la vida sirve para liberar a la mente humana de todo resentimiento hacia Dios y el hombre.