Mi maestro, en Calcuta, aparece en Serampore —Con frecuencia me siento acosado por dudas de índole ateísta. Sin embargo, algunas veces me asaltan torturantes conjeturas: ¿existen o no inexploradas posibilidades en lo que respecta al alma? ¿No está el hombre ignorando su verdadero destino al omitir explorarlas? Estas observaciones de Dijen Babu, mi compañero de cuarto en la casa de huéspedes Panthi, se originaron por la invitación que le había hecho yo de visitar a mi gurú.
—Sri Yukteswar te iniciará en Kriya Yoga —le repliqué—. Esta técnica calma el tumulto dualístico, despertando una divina certeza interna. Esa noche, Dijen me acompañó a la ermita. En presencia de mi maestro, mi amigo obtuvo tal paz espiritual que se hizo un asiduo visitante. Las triviales preocupaciones de la Le transmití las últimas instrucciones a Dijen, que ya se había vestido para salir. —¡Oh, tú y tus intuiciones! —La voz de mi amigo expresaba un áspero desdén—. Yo prefiero confiar en las palabras escritas del Maestro.
Me encogí de hombros y me senté tranquilamente a esperar. Refunfuñando con enfado, Dijen abrió la puerta y la cerró estruendosamente. Como la habitación estaba algo oscura, me acerqué a la ventana que daba a la calle. La poca luz del sol aumentó rápidamente a una intensidad brillante, de modo que la ventana con sus verjas de hierro desapareció por completo. Destacándose contra ese deslumbrante fondo, apareció claramente materializada la figura de Sri Yukteswar. Sobresaltado en extremo, me levanté de la silla y me arrodillé ante él. Con mi respetuoso saludo de costumbre a los pies de mi gurú, toqué sus zapatos. Eran éstos muy familiares para mí; zapatos de lona teñida de color naranja, con suela de cáñamo. Su manto ocre me rozaba. Distinguí no sólo la textura de su túnica, sino también lo áspero de la superficie de sus zapatos y la presión de los dedos de los pies en su interior. Demasiado asombrado para pronunciar palabra alguna, permanecí mirándolo fijamente, en actitud inquisitiva.
—Me ha complacido que hayas recibido mi mensaje telepático. —La voz del Maestro era tranquila, enteramente normal—. He terminado mis asuntos en Calcuta, y llegaré a Serampore en el tren de las diez. Como yo le seguía mirando con asombro, Sri Yukteswar continuó: —Ésta no es una aparición, sino mi cuerpo de carne y hueso. Me ha sido encomendado por orden divina proporcionarte esta experiencia, rara por cierto en la tierra. Búsquenme, tú y Dijen, en la estación; ambos me verán aproximarme vestido como estoy ahora, y delante de mí irá un compañero de viaje: un muchacho que llevará un jarro de plata.