Sasi y los tres zafiros — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
17.Sasi y los tres zafiros
Paramahansa Yogananda·~9 min
SSasi y los tres zafiros
—Ya que usted y mi hijo manifiestan tan alta consideración hacia Swami Sri Yukteswar, iré a echarle un vistazo. —El tono de voz usado por el doctor Narayan Chunder Roy daba a entender que condescendía a satisfacer el capricho de dos insensatos. Siguiendo las mejores tradiciones de los proselitistas, yo oculté mi indignación. El padre de mi compañero, un cirujano veterinario, era un agnóstico confirmado. Su joven hijo Santosh me había rogado que tomara algún interés por su padre. Mi exigua ayuda había tendido, hasta entonces, hacia lo invisible.
El doctor Roy me acompañó al día siguiente a la ermita de Serampore. Mi maestro le había concedido una corta entrevista, notable por el estoico silencio que reinó por ambas partes; el visitante se despidió bruscamente.
Después de un lapso de silencio, en el que yo pensaba cómo podríamos Santosh y yo utilizar el arte de la persuasión con el recalcitrante doctor, Sri Yukteswar hizo nuevos vaticinios.
—Tan pronto como ese hombre sane, aconséjale que no coma carne. Sin embargo, él no escuchará este consejo y a los seis meses, cuando se esté sintiendo mejor, caerá muerto. —Y mi gurú añadió—: Esa prórroga de seis meses de vida que le será concedida se deberá únicamente a tu súplica.
Al día siguiente le sugerí a Santosh que encargase el brazalete a algún joyero. En una semana estuvo listo, pero el doctor Roy rehusó ponérselo.
—Disfruto ahora de la mejor salud de mi vida —dijo—, y ustedes nunca me impresionarán con esas supersticiones astrológicas. —El doctor me lanzó una mirada de beligerancia.
Enseguida recordé, divertido, que el Maestro lo había comparado, con toda razón, a un caballo rebelde. Pasaron otros siete días; el doctor enfermó súbitamente y consintió humildemente en usar el brazalete. Dos semanas después, el médico que lo atendía me dijo que su paciente era un caso perdido, suministrándome deprimentes detalles de los estragos que causaba la diabetes.
Yo moví la cabeza. —Mi maestro me ha dicho que, después de que el doctor Roy esté enfermo durante un mes, se recobrará.
El médico me miró fijamente, asombrado e incrédulo; pero dos semanas después me buscó y me dijo, como disculpándose:
—¡El doctor Roy ha sanado completamente! —exclamó—. Éste es el caso más sorprendente de toda mi carrera. Nunca en mi vida había visto a un hombre que estuviera tan cerca de la muerte y que haya sanado de modo tan inexplicable. Su gurú debe, ciertamente, ser un profeta-terapeuta.
Después de una entrevista con el doctor Roy —durante la cual le repetí los consejos de Sri Yukteswar acerca de la dieta sin carne—, no volví a ver al hombre durante seis meses, hasta que una noche se detuvo a charlar, mientras me hallaba sentado en el pórtico de nuestra casa.
—Dile a tu maestro que, comiendo carne con frecuencia, me he restablecido completamente. Sus nada científicas ideas acerca de la dieta no han tenido ninguna influencia sobre mí.
—Y parecía cierto, pues el doctor Roy se veía como el retrato de la verdadera salud.
Pero, al día siguiente, Santosh vino corriendo desde su casa, a una calle de distancia de donde yo estaba.
—Esta mañana, mi padre ha caído muerto.
Mi espíritu quiere, pero mi voluntad es débil. Usted es mi único salvador en la tierra. Yo no creo en nada ni en nadie, más que en usted.
—Cuando menos, deberías usar un zafiro azul de dos quilates. Eso te ayudaría.
—No tengo dinero para comprar uno. De cualquier manera, querido Guruji, si las dificultades se presentan, tengo la completa seguridad de que usted me protegerá.
—Dentro de un año, me traerás tres zafiros —replicó Sri Yukteswar—, pero de nada servirán entonces.
Este tipo de conversaciones, con alguna variación, las tenían regularmente.
—¡Oh, yo no puedo reformarme! —decía Sasi con mímica desesperada—. Y mi confianza en usted, Maestro, es más valiosa para mí que la más preciada joya.
Un año después, me hallaba en Calcuta visitando a mi gurú en la casa de Naren Babu, uno de sus discípulos. A las diez de la mañana, y mientras Sri Yukteswar y yo estábamos sentados tranquilamente en la sala de la planta alta, oí que la puerta del frente se abría. Mi maestro se irguió rígidamente.
—Ése es Sasi —me dijo con gravedad—. El año ya ha pasado, y sus dos pulmones también se han ido. Él ha hecho caso omiso de mi consejo; dile que no quiero verle.
Algo asombrado ante la severidad de Sri Yukteswar, corrí escaleras abajo. Sasi iba subiendo.
—¡Oh Mukunda, espero que el Maestro se encuentre aquí! Tengo la corazonada de que él está en la casa.
—Sí —le dije—, pero no desea que le molesten.
Sasi rompió a llorar y, haciéndome a un lado, subió y se arrojó a los pies de Sri Yukteswar, colocando allí tres hermosos zafiros.
—Omnisciente Gurú, los médicos dicen que tengo tuberculosis pulmonar. No me conceden más que tres meses de vida. Imploro humildemente su ayuda; yo sé que usted puede curarme.
—¿No es demasiado tarde para preocuparte ahora por tu salud? Márchate con tus joyas; el tiempo en que pudieron serte útiles ya ha pasado.
Mi maestro se sentó como si fuera una esfinge, en un riguroso silencio, interrumpido únicamente por los sollozos de arrepentimiento y angustia del muchacho.
Intuitivamente tuve la convicción de que Sri Yukteswar estaba probando la intensidad de la fe de Sasi en el divino poder terapéutico. Y no me sorprendió cuando, después de una hora de tensión, mi maestro tendió una mirada compasiva a mi aún postrado amigo.
Me incliné reverentemente y me dirigí a la puerta. Sri Yukteswar no me dirigió ninguna palabra de despedida, sino que se sumió en profunda meditación; con los ojos entreabiertos, sin pestañear, su visión partió a otro mundo.
Me fui de inmediato a la casa de Sasi en Calcuta. Con sorpresa, hallé a mi amigo sentado y tomando leche.
—¡Oh, Mukunda! ¡Qué milagro! Hace apenas cuatro horas sentí la presencia del Maestro en la habitación, y mis terribles síntomas desaparecieron inmediatamente. Yo siento que por su gracia estoy completamente restablecido.
En pocas semanas Sasi aumentó de peso y tuvo mejor salud que nunca¹. Pero su reacción ante la curación tuvo un extraño tinte de ingratitud: rara vez volvió a visitar a Sri Yukteswar. Mi amigo me dijo un día que tenía tantos remordimientos con respecto a su manera de vivir anterior, que le daba vergüenza presentarse ante el Maestro.
Yo acabé por creer que la enfermedad de Sasi tuvo el paradójico efecto de entumecer su voluntad y menoscabar sus buenos modales.
Los dos primeros años de mis estudios en el Scottish Church College estaban a punto de terminar. Mi asistencia a las clases había sido bastante esporádica, y lo poco que estudiaba era tan sólo para evitar conflictos con mi familia.
Mis dos tutores venían con regularidad a mi casa, pero yo, regularmente, estaba ausente. ¡Esta última regularidad es la única que puedo discernir en mi carrera de estudiante!
En la India, al concluir con éxito dos años de estudios universitarios se obtiene un título de grado intermedio en Letras. El estudiante puede luego cursar otros dos años y obtener la licenciatura universitaria.
Los exámenes finales para obtener el título de grado medio en Letras se acercaban, amenazantes. Yo me escapé a Puri, donde mi maestro estaba pasando unas semanas. Con la vaga esperanza de obtener su aprobación para no comparecer en el examen, le puse al corriente de mi embarazosa falta de preparación.
Pero Sri Yukteswar sonrió consoladoramente: «Te has entregado de todo corazón a tus deberes espirituales, y no podías menos que descuidar los estudios universitarios. Dedícate con tesón a tus libros la semana que viene: pasarás con éxito esa difícil experiencia».
Regresé a Calcuta desechando con firmeza las razonables dudas que me asaltaban ocasionalmente. Al contemplar el inmenso montón de libros sobre mi mesa, me sentí como un viajero perdido en medio del bosque. Un largo período de meditación me trajo una inspiradora idea para ahorrar tiempo. Abría cada libro al azar y estudiaba únicamente las páginas que se mostraban ante mis ojos. Después de seguir este procedimiento por dieciocho horas al día, durante una semana, me consideré un experto en el arte de preparar exámenes precipitadamente.
Los días siguientes, en las salas de examen, constituyeron una justificación a mi aparentemente arriesgado procedimiento. Pasé todas las pruebas, aunque sólo por un margen exiguo. Las felicitaciones de mi familia y amigos eran ridículamente cómicas, pues se mezclaban con las exclamaciones que delataban su asombro.
A su regreso de Puri, Sri Yukteswar me proporcionó una sorpresa muy agradable.
—Tus estudios en Calcuta han terminado. Yo me ocuparé de que continúes tus dos últimos años de estudio en la universidad, aquí mismo, en Serampore.
Yo estaba confundido.
—Señor, no hay curso completo de Licenciatura en Letras en esta ciudad. —La única institución de enseñanza superior en Serampore ofrecía tan sólo un curso de dos años correspondiente a la titulación de grado medio.
Mi maestro sonrió con aire de picardía.
—Estoy demasiado viejo para ir a colectar fondos con el fin de establecer una institución que pueda conferirte la licenciatura; creo que tendré que arreglar este asunto de alguna otra manera.
Dos meses después, el profesor Howells, rector de la Universidad de Serampore, anunció públicamente que había tenido éxito al obtener los fondos suficientes para ofrecer un curso de cuatro años. La Universidad de Serampore se afilió a la Universidad de Calcuta, y yo fui uno de los primeros estudiantes que se inscribieron como candidatos para obtener la licenciatura.
—¡Guruji, qué bueno es usted conmigo! ¡Con verdadera ansia deseaba abandonar Calcuta, para estar cada día más cerca de usted, aquí, en Serampore! ¡El profesor Howells no tiene idea de cuánto le debe a usted por su silenciosa ayuda!
Sri Yukteswar me contempló con fingida seriedad.
—Ahora no tendrás que desperdiciar tantas horas en el tren. ¡Cuánto tiempo disponible para tus estudios! Tal vez te conviertas así en un buen estudiante, en algo más que un repasador de última hora. —Pero su acento carecía de convicción².
Sri Yogananda a la edad de 16 años
En 1936, un amigo me comunicó que Sasi aún gozaba de excelente salud.
Como a tantos otros sabios, a Sri Yukteswar le afligía ver la tendencia materialista de la educación moderna. Pocas escuelas exponen las leyes espirituales que conducen a la felicidad o enseñan que la sabiduría consiste en guiar nuestras vidas en el «temor de Dios», es decir, en el respeto reverente a nuestro Creador.
Los jóvenes que escuchan actualmente, tanto en los institutos de enseñanza media como en las universidades, que el hombre no es más que un «animal superior» se tornan frecuentemente ateos. De este modo, ellos no intentan exploración alguna del alma, ni se detienen a considerar que en su naturaleza esencial están hechos «a imagen de Dios». Emerson observó: «Sólo podemos contemplar en el exterior aquello que poseemos en nuestro interior. Si no vislumbramos ningún dios es porque no albergamos ninguno dentro de nosotros». Aquel que imagina que su naturaleza animal es su única realidad se encuentra desconectado de las aspiraciones divinas.
Un sistema educativo que no presente al Espíritu como el Factor central de la existencia humana se encuentra ofreciendo avidya, falso conocimiento. «Tú dices: "Soy rico; me he enriquecido; nada me falta". Pero no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo» (Apocalipsis 3:17).
La educación de la juventud en la India antigua era ideal. A los nueve años de edad, el alumno era recibido «como un hijo» en un gurukula (el hogar de la familia de un gurú como centro de aprendizaje). «Un joven actual emplea [anualmente] una octava parte de su tiempo en la escuela; en contraste, el joven indio pasaba allí la totalidad de su tiempo», escribió el Profesor S. V. Venkateswara en Indian Culture Through the Ages (Vol. I; Longmans, Green & Co.). «Existía en estos centros educativos un saludable sentimiento de solidaridad y responsabilidad, y amplias oportunidades para el ejercicio de la confianza en sí mismo y la individualidad. Había un elevado grado de cultura, disciplina impuesta por ellos mismos, y un firme respeto al deber, a las acciones altruistas y al sacrificio, combinado con el sentimiento de debida estimación propia y reverencia por los demás, un elevado nivel de dignidad académica y un sentido [...] de la nobleza y gran propósito de la vida humana».