El santo que no duerme — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
13.El santo que no duerme
Paramahansa Yogananda·~7 min
EEl santo que no duerme
—Le ruego que me permita marcharme al Himalaya. Espero adquirir, en medio de la soledad imperturbable, una comunión divina ininterrumpida. —Acometido por una de esas imprevisibles ilusiones que ocasionalmente asaltan al devoto y sintiendo una creciente impaciencia con respecto a mis deberes cotidianos en la ermita y mis estudios universitarios, dirigí, cierta vez, estas ingratas palabras a mi maestro. La única circunstancia atenuante es que esta proposición se la hice a Sri Yukteswar cuando apenas llevaba seis meses de estar con él, y aún no había comprendido la grandeza de su estatura espiritual.
—Muchos montañeses viven en las laderas del Himalaya y, sin embargo, no tienen ninguna percepción de Dios —la contestación de mi maestro fue lenta y sencilla—. La conciencia extática. Su casa se halla en Ranbajpur, cerca de Tarakeswar.
Le di las gracias al pándit y tomé inmediatamente el tren para Tarakeswar. Esperaba silenciar mi conciencia obteniendo la aprobación del «santo que no duerme» para entregarme a la meditación solitaria en el Himalaya. El pándit Behari me había dicho que Ram Gopal recibió la iluminación después de muchos años de practicar Kriya Yoga en las aisladas cuevas de Bengala.
En Tarakeswar me aproximé a un famoso santuario que los hindúes veneran y consideran tan sagrado como los católicos el santuario de Lourdes, en Francia. Innumerables milagros de curación han ocurrido en Tarakeswar, incluyendo entre ellos uno que le sucedió a un miembro de mi familia. La mayor de mis tías me lo contó en cierta ocasión: «Me senté en el templo durante una semana, observando un ayuno completo, orando por el alivio de un mal crónico que aquejaba a tu tío Sarada. En el séptimo día, una hierba se materializó en mis manos. La maceré e hice un té para tu tío. Su mal desapareció inmediatamente y nunca más ha vuelto a aparecer».
Entré en la capilla del sagrado santuario de Tarakeswar. El altar no contiene nada más que una piedra redonda. Su
Por fin, con alegría, escuché el tintineo de un cencerro, y a mis repetidos gritos se presentó un campesino.
—Ando buscando a Ram Gopal Babu.
—Ninguna persona de ese nombre vive en esta villa —su tono de voz era áspero—. Probablemente es usted un detective mentiroso.
Tratando de acallar los recelos de su suspicacia política, le expliqué persuasivamente mi difícil situación. Entonces me condujo a su casa y me brindó su amable hospitalidad.
—Ranbajpur está lejos de aquí —me dijo—. En el cruce de caminos debió usted tomar a la izquierda y no a la derecha.
Con gran tristeza pensé que mi primer informante era desde luego una verdadera amenaza para los caminantes. Después de una apetitosa cena con arroz, lentejas dal y curry con papas y plátanos crudos, me retiré a una pequeña choza adjunta al huerto. A lo lejos, los campesinos de la villa cantaban, acompañados del grave son de los mridangas¹ y címbalos. Esa noche el sueño fue inconciliable. Oré fervientemente para ser conducido hasta el poco accesible yogui, Ram Gopal.
Tan pronto como los primeros rayos del alba penetraron por las rendijas de la choza, me levanté para seguir mi camino a Ranbajpur. Atravesando por campos de arroz recién segados, tropecé con punzantes rastrojos y montículos de barro seco. De vez en cuando me encontraba con algún campesino, quien invariablemente me comunicaba que mi meta final distaba «únicamente una krosha» (aproximadamente tres kilómetros). En seis horas el sol había viajado victoriosamente desde el horizonte hasta el cenit; pero yo principiaba a sentir que siempre me hallaría distante de Ranbajpur por una krosha.
A mitad de la tarde mi mundo continuaba siendo un interminable campo de arroz. El calor, que caía de un cielo inclemente, me iba aproximando a un inevitable colapso. Como viera venir a un hombre de aspecto y paso mesurados, apenas me atreví a hacerle la tan repetida pregunta, por temor de recibir la siempre monótona contestación: «Sólo una krosha».
El desconocido caminante se detuvo a mi lado. Era bajo y delgado, de apariencia física poco destacable, con excepción de unos extraordinarios ojos oscuros y penetrantes.
—Había pensado abandonar Ranbajpur, pero el objeto de tu visita es bueno y decidí esperarte. —Y agitando su dedo ante mi cara de sorpresa, me dijo—: ¿No eres lo suficientemente listo para darte cuenta de que sin previo —El devoto se inclina a creer que su sendero hacia Dios es el único —dijo—. El yoga, a través del cual podemos encontrar la divinidad en nuestro interior, es indudablemente el sendero más elevado, como nos ha dicho Lahiri Mahasaya. Pero al descubrir al Señor en nosotros, pronto le percibimos en el exterior. Los santuarios de Tarakeswar y los de cualquier otra parte son justamente venerados como núcleos de poder espiritual.
La actitud censora del santo se desvaneció; sus ojos se suavizaron compasivamente y me dio unas palmaditas en el hombro.
—Joven yogui, ya veo que estás huyendo de tu maestro. Él tiene todo lo que tú necesitas. Debes regresar a él. Las montañas no pueden ser tu gurú. —Ram Gopal repetía el mismo pensamiento que Sri Yukteswar había expresado dos días antes—. Los maestros no están bajo ninguna compulsión cósmica que limite su residencia a las montañas exclusivamente. —Mi acompañante me miró con cierta ironía—. El Himalaya de la India y del Tíbet no tiene ningún monopolio sobre los santos. Lo que uno no se preocupe de hallar en su interior no podrá descubrirlo transportando el cuerpo de un lugar a otro. Tan pronto como el devoto está dispuesto a ir hasta el fin del mundo en busca de la iluminación espiritual, su gurú aparece cerca.
Asentí en silencio, recordando mi plegaria en la ermita de Benarés, seguida por el encuentro con Sri Yukteswar en un concurrido barrio de la ciudad.
—¿Puedes disponer de una pequeña habitación, en donde te sea posible cerrar la puerta y estar a solas?
—Sí. —Comprendí luego que el santo descendía de lo general a lo particular con una velocidad desconcertante.
—Ésa es tu cueva. —El yogui me dirigió una iluminadora mirada que nunca he olvidado—. Ésa es tu montaña sagrada. Allí es donde encontrarás el reino de Dios.
Sus sencillas palabras desvanecieron inmediatamente mi obsesión de toda la vida por el Himalaya. En medio de un abrasador campo arrocero, desperté de mis sueños de montañas perpetuamente nevadas.
—Joven, tu sed espiritual es muy laudable. Siento gran afecto por ti. —Ram Gopal me tomó de la mano y me condujo a una pintoresca aldea en un claro de la jungla. Las casas de adobe estaban techadas con hojas de palma y las entradas se hallaban rústicamente adornadas con frescas flores tropicales. en aquella pequeña y aislada aldehuela. La habitación estaba misteriosamente iluminada por una suave luz. Ram Gopal arregló algunos cobertores rotos en el piso para que me sirvieran de cama, y él se sentó en una estera de paja. Abrumado por su enorme magnetismo espiritual, me aventuré a hacerle una súplica.
—Señor, ¿por qué no me concede el samādhi?
—Apreciado amigo, con gusto te concedería el divino contacto, pero no está en mis manos hacerlo —el santo me miró con los ojos entrecerrados—. Tu maestro te concederá esa experiencia pronto. Tu cuerpo no está todavía lo suficientemente preparado; así como una pequeña lámpara no puede resistir un voltaje excesivo, así tus nervios no están aún en condiciones de recibir la corriente cósmica. Si yo te diera el éxtasis infinito ahora, arderías como si de cada célula tuya brotaran llamas.
»Estás pidiéndome la iluminación a mí —continuó el yogui pensativamente—, mientras que yo me pregunto, en mi insignificancia, y con las pequeñas meditaciones que he realizado, si habré logrado agradar a Dios y qué mérito puedo encontrar ante sus ojos en el recuento final.
—Pero, señor, ¿no ha estado usted buscando a Dios con total dedicación durante largo tiempo? —No he hecho mucho. Behari debe de haberte relatado algo sobre mi vida. Durante veinte años ocupé una gruta secreta, meditando a diario dieciocho horas. Luego me fui a una cueva inaccesible y estuve allí veinticinco años, permaneciendo en unión yoga durante veinte horas al día. No necesitaba dormir, porque estaba siempre con Dios. Mi cuerpo se encontraba más descansado en la completa calma de la supraconciencia de lo que pueda hallarse en la imperfecta paz del ordinario estado subconsciente.
»Los músculos se relajan durante el sueño, pero el corazón, los pulmones y el sistema circulatorio siguen en constante trabajo. Éstos no descansan. En el estado de supraconciencia, los órganos internos permanecen en un estado de suspensión, electrizados por la energía cósmica. Por este medio he encontrado innecesario dormir desde hace años. —Y luego añadió—: Tiempo llegará en que tú también harás caso omiso del sueño.
—¡Santo cielo! ¿Usted ha meditado durante tanto tiempo y todavía no está seguro del favor de Dios? —Le miré asombrado—. Entonces, ¿qué nos queda a nosotros, pobres mortales?
—¿Acaso no ves, mi querido muchacho, que Dios es la Eternidad misma? Pretender que uno puede conocerle
—Has sido bendecido al tener esta experiencia; las radiaciones espirituales no se ven fácilmente. —El santo agregó unas palabras más de afecto.
Al amanecer, Ram Gopal me dio algunas confituras y me dijo que yo debería partir. Lamentaba tanto tener que despedirme de él, que no pude evitar que las lágrimas corrieran por mis mejillas.
—No dejaré que te marches con las manos vacías —dijo el yogui, tiernamente—: haré algo por ti.
Sonrió y me miró fijamente; yo me quedé inmóvil, como si me hubiesen clavado a la tierra, mientras las vibraciones de paz que emanaban del santo inundaban mi ser. De manera instantánea fui curado de mi dolor en la espalda, el cual me venía atormentando intermitentemente desde hacía años. Renovado y bañado en un océano de gozo luminoso, ya no lloré. Después de tocar los pies del santo, me adentré en la jungla y, tras abrirme paso entre la tropical maleza y atravesar muchos arrozales, llegué hasta Tarakeswar.
Allí hice una segunda peregrinación al famoso santuario y me arrodillé con fervor ante el altar. La piedra redonda se agrandó ante mi visión interna hasta convertirse en una esfera cósmica, anillo tras anillo, zona tras zona, toda saturada de divinidad.
Una hora después, tomé alegremente el tren para Calcuta. Mis viajes terminaron, no en las vastas montañas, sino ante la himaláyica presencia de mi maestro.