Dos muchachos sin dinero en Brindaban — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
11.Dos muchachos sin dinero en Brindaban
Paramahansa Yogananda·~10 min
DDos muchachos sin dinero en Brindaban
—¡Merecerías que nuestro padre te desheredara, Mukunda! ¡Cuán insensatamente estás desperdiciando la vida! —Un sermón de mi hermano mayor atacaba mis oídos.
Jitendra y yo, recién descendidos del tren y aún cubiertos con el polvo del camino, llegábamos en esos momentos a la casa de Ananta, que hacía poco tiempo había sido trasladado de Calcuta a la antigua ciudad de Agra. Mi hermano era auditor en el Departamento de Obras Públicas del gobierno.
—Tú sabes muy bien, Ananta, que yo busco la herencia del Padre Celestial.
—Primero, el dinero; ¡Dios puede venir después! ¿Quién sabe? La vida puede ser muy larga.
—Dios primero; ¡el dinero es su esclavo! ¿Quién lo puede saber? La vida puede ser muy corta.
«Ya conozco esa mirada —pensé—. ¡Algo está tramando!». Esta idea vino a confirmarse a hora temprana, durante el desayuno.
—De modo que te sientes muy independiente y desprendido de la riqueza de nuestro padre —me dijo, reanudando la conversación del día anterior. La mirada de Ananta era en apariencia inocente.
—Estoy seguro de mi dependencia de Dios únicamente.
—¡Es fácil hablar! Hasta ahora, la vida te ha protegido. ¿Qué sería de ti si tuvieses que recurrir a la Mano Invisible para obtener alimento y abrigo? Pronto estarías pidiendo limosna en las calles.
—¡Jamás! ¡Yo no sometería mi fe a los transeúntes en lugar de ponerla en manos de Dios! ¡Él puede concebir para sus devotos miles de medios de vivir en vez de hacerles pedir limosna!
—¡Pura retórica! Supón que yo te sugiero que tu filosofía de la que alardeas sea puesta a prueba en este mundo tangible y concreto.
—¡Yo aceptaría! ¿Acaso limitas a Dios a un mundo especulativo?
—Ya veremos; ¡ahora tendrás la oportunidad de ampliar o, bien, de confirmar mis puntos de vista! —Ananta hizo una dramática pausa, y luego me dijo, con seriedad y lentitud —: Me propongo enviarlos, a ti y a tu condiscípulo Jitendra, hoy por la mañana, a Brindaban, población cercana. No debes llevar contigo ni una sola rupia; no debes pedir limosna ni dinero para alimentos; no debes contar esto a nadie; no deberán omitir sus comidas ni quedar abandonados en Brindaban. Si regresas a mi bungalow antes de las doce de la noche, sin haber quebrantado ninguna de las condiciones de la prueba, yo seré la persona más sorprendida de Agra.
—Acepto el desafío. —No había ninguna duda en mis palabras ni en mi corazón. Gratos recuerdos me iluminaron sobre la providencial asistencia divina: mi curación del mortífero cólera por mi súplica hecha ante la fotografía de Lahiri Mahasaya; el travieso regalo de las dos cometas en la azotea de Lahore; la oportuna llegada en Bareilly del amuleto en medio de mi desconsuelo; el decisivo mensaje recibido a través del sadhu en Benarés, junto al patio de la casa del pandit; la visión de la Madre Divina y sus maravillosas palabras de amor; su eficaz atención, a través del Maestro Mahasaya, a mis pequeñas dificultades; la guía de última hora, que se materializó con la obtención de mi diploma en la escuela; y la máxima bendición: la obtención de un maestro viviente, que era el sueño más ambicionado de toda mi vida. desconocida, o quizás a causa de su propio escepticismo religioso—. Si por cualquier casualidad o providencia pasas con éxito esta prueba en Brindaban, te pediré entonces que me inicies como discípulo tuyo.
Esta última promesa tenía algo de irregular, en consonancia con la excepcionalidad de la situación. En la India, el hermano mayor de la familia rara vez se inclina ante sus hermanos menores; él es el segundo que recibe respeto y obediencia, después del padre. Pero ya no había tiempo para hacer ningún comentario; nuestro tren estaba a punto de partir.
Jitendra se obstinaba en un lúgubre silencio, mientras el tren iba consumiendo kilómetro tras kilómetro de terreno. Finalmente, se estiró e, inclinándose hacia mí, me dio un doloroso pellizco en un lugar sensible.
—¡No veo señal alguna de que Dios vaya a darnos nuestra próxima comida!
—¡Calla, émulo de Tomás el incrédulo! ¡El Señor está con nosotros!
—¿Podrías tú también arreglar que Él se diera prisa? Ya me siento morir de hambre sólo con pensar en el incierto futuro que se abre ante nosotros. Dejé Benarés para visitar el mausoleo del Taj, ¡no el mío propio!
—¡Anímate, Jitendra! ¿Acaso no vamos asimismo a tener el placer de ver las sagradas maravillas de Brindaban⁴? Ya siento un inmenso regocijo interno sólo con pensar en que voy a pisar la tierra santa hollada por los pies del Señor Krishna.
La puerta de nuestro compartimiento se abrió y entraron dos hombres que tomaron asiento. La siguiente estación sería la de nuestro destino.
—Jovencitos, ¿tienen ustedes amigos en Brindaban? —el desconocido viajero que se había sentado frente a mí comenzaba a interesarse en nosotros.
—Eso no le incumbe a usted —contesté con rudeza, desviando mi vista de él.
—Probablemente se han escapado de sus hogares bajo el encantamiento del «Ladrón de Corazones»⁵. Yo también soy de temperamento religioso, y consideraré como una obligación el que ustedes tengan alimentos y un cobijo donde resguardarse de este calor sofocante.
—No, señor; déjenos. Es usted muy amable, pero se ha equivocado al confundirnos con dos vagabundos que van huyendo del hogar.
No volvió a entablarse la conversación. El tren se detuvo. Cuando Jitendra y yo descendíamos al andén, nuestros
Estas agradables palabras tuvieron un efecto sorprendente en Jitendra, pues rompió a llorar. La sombría perspectiva que él había temido en Brindaban se estaba convirtiendo en un regio agasajo; el repentino ajuste mental que hubo de realizar resultó demasiado abrumador para él. Nuestra anfitriona le miró con curiosidad, pero sin decir nada; probablemente estaba acostumbrada a las rarezas de los adolescentes.
La comida fue anunciada. Gauri Ma nos condujo a un comedor en el patio, perfumado de sabrosos aromas, y entró a continuación en una cocina adyacente.
Yo había estado esperando este momento: escogí un lugar apropiado de la anatomía de Jitendra y le di un pellizco tan fuerte como el que yo había recibido de él en el tren.
—¡Tú, Tomás, siempre incrédulo! ¿Ves cómo el Señor trabaja... y, además, deprisa?
Nuestra anfitriona volvió a entrar con un punkha al comedor. Nos abanicaba continuamente al estilo oriental, mientras estábamos sentados sobre unas mantas muy adornadas. Discípulos del ashram caminaban de un lado a otro con unos treinta platos. Aquello, más que comida, era un verdadero y suntuoso banquete. Desde que llegáramos a este planeta, ni Jitendra ni yo habíamos gozado de manjares tan exquisitos. —¡Platillos dignos de príncipes ciertamente, distinguida Madre! ¿Qué podrían tener sus patrones reales que pudiera ser más urgente que asistir a este banquete? ¡No lo puedo imaginar! Usted nos ha proporcionado un recuerdo que perdurará toda nuestra vida. —Obligados al silencio como estábamos, a causa del requerimiento de Ananta, nada podíamos decir a nuestra generosa anfitriona, y al darle nuestras más expresivas gracias, éstas tenían un doble significado. Pero, cuando menos, pudimos manifestarle nuestra sinceridad. Salimos de allí con las bendiciones de Gauri Ma y una tentadora invitación para volver a visitar la ermita.
Afuera, el sol era calcinante. Mi amigo y yo nos dirigimos a guarecernos bajo la sombra de un frondoso árbol cadamba, que estaba a la entrada de la ermita. Una vez más fue asediado Jitendra por la duda, y volvieron sus punzantes palabras:
—¡En buenas me has metido! ¡Nuestra comida fue únicamente una mera casualidad! ¿Cómo podremos conocer lo que hay en esta ciudad, sin tener una sola moneda? ¿Y cómo me vas a llevar de regreso a la casa de Ananta?
—Cuán pronto te olvidas de Dios, ahora que tienes el estómago lleno. —Mis palabras, aunque carecían de acritud, eran acusadoras. ¡Qué corta es la memoria para los favores divinos! ¡No ha existido ser humano que no haya visto cumplidas algunas de sus plegarias!
—No estoy dispuesto a olvidar mi insensatez al aventurarme con un alocado como tú.
—¡Tranquilízate, Jitendra! El mismo Señor que nos alimentó nos mostrará Brindaban y nos llevará de regreso a Agra.
Un joven delgado y de semblante agradable se acercó rápidamente a nosotros y, tras detenerse debajo del árbol donde estábamos, se inclinó ante mí.
—Querido amigo, usted y su compañero deben de ser extraños aquí. ¿Me permiten que sea su anfitrión y los guíe por la ciudad?
Es difícil para un hindú palidecer, pero el rostro de Jitendra tenía en aquel momento una palidez cadavérica. Con toda corrección, rehusé el ofrecimiento del recién llegado.
—¿No estará usted diciéndome que me vaya? —la alarma de nuestro visitante hubiera sido cómica en otras circunstancias.
—¿Por qué no?
—Usted es mi gurú. —Sus ojos buscaron confiadamente los míos—. Durante mi meditación, al mediodía —agregó—, el bendito Señor Krishna se me apareció en visión y me mostró gente con el fresco de las últimas horas del día. Nuestro amigo estuvo ausente un rato, y cuando regresó nos traía muchas golosinas.
—Por favor, permítame que obtenga un mérito religioso. —Pratap sonrió implorante, mientras me tendía un rollo de rupias y dos boletos, recién comprados, para Agra.
La reverencia de mi aceptación fue para la Mano Invisible de la cual Ananta se había burlado, y que ahora nos colmaba con mucho más de lo necesario.
Buscamos un lugar solitario cerca de la estación.
—Pratap, voy a instruirte en la técnica de Kriya de Lahiri Mahasaya, el yogui más grande de los tiempos modernos. Su técnica será tu gurú.
La iniciación concluyó en media hora.
—Kriya es tu chintamani⁷ —dije al nuevo estudiante—. Esta técnica, que como has visto es sencilla, encierra el arte de activar la evolución espiritual del hombre. Las escrituras hindúes enseñan que el ego encarnado necesita un millón de años para obtener su liberación de maya. Este período es enormemente acortado por medio de la práctica de Kriya Yoga; así como Jagadis Chandra Bose ha demostrado que el crecimiento de las plantas puede ser acelerado mucho más allá de su ritmo usual, de igual modo el desarrollo psicológico del hombre puede ser acelerado por medios científicos. Sé fiel y asiduo en tu práctica y llegarás al Gurú de todos los gurús.
—Estoy maravillado de encontrar esta llave yóguica, que durante tanto tiempo he buscado —afirmó Pratap solemnemente—. Su liberador efecto sobre mis ataduras sensoriales me emancipará hacia las esferas superiores. La visión de hoy del Señor Krishna podía únicamente significar mi mayor bien.
Durante un rato permanecimos sentados, inmersos en una mutua comprensión silenciosa. Luego caminamos lentamente hacia la estación. Mi corazón rebosaba de alegría cuando abordamos el tren, pero ése fue un día de llanto para Jitendra. Mis cariñosos saludos de despedida para Pratap habían sido acompañados de ahogados sollozos por parte de mis dos compañeros. El viaje, una vez más, sumió a Jitendra en una profunda tristeza, cuyo origen en esta ocasión era su descontento consigo mismo.
—¡Qué pequeña es mi fe! ¡Mi corazón se ha endurecido como una piedra! ¡De ahora en adelante jamás dudaré de la protección de Dios!
Se aproximaba la medianoche. Los dos émulos de «Cenicienta», enviados sin dinero, entraron en la habitación de Ananta. Su cara, como él mismo había predicho, estaba blanco que se yergue deslumbrante bajo el sol, como una visión de simetría absoluta. Está ubicado ante un fondo maravilloso de oscuros cipreses, en medio de un brillante prado, y se refleja en la límpida superficie de un estanque. Su interior se halla exquisitamente decorado con piezas talladas de mármol que asemejan encajes, incrustadas de piedras semipreciosas. Delicadas guirnaldas y arabescos se dibujan en los intrincados mármoles, pardos y violetas. La iluminación que surge de su cúpula cae sobre el cenotafio del Emperador Shah Jehan y la reina Mumtaz-i-Mahal, reina de su imperio y de su corazón.
Ya tenía yo bastante de paseos y visitas, y añoraba a mi gurú. Poco después, Jitendra y yo tomamos el tren hacia el sur, rumbo a Bengala.
—Mukunda, no he visto a mi familia desde hace meses; he cambiado de parecer. Tal vez después pueda visitar a tu gurú en Serampore.
Mi amigo, que con benevolencia podría ser descrito como de temperamento vacilante, me abandonó en Calcuta. Tomando el tren local, pronto recorrí los diecinueve kilómetros hacia el norte, donde se encontraba Serampore.
Un estremecimiento de admiración se apoderó de mí, al darme cuenta de que habían pasado veintiocho días desde la fecha en que, en Benarés, había encontrado a mi gurú. «Vendrás a mí dentro de cuatro semanas». Y aquí estaba, con el corazón latiéndome de dicha, parado en su pórtico de la tranquila calle de Rai Ghat. Entré por primera vez a la ermita donde habría de pasar la mejor parte de los siguientes diez años de mi vida, junto al Guianavatar de la India: la «encarnación de la sabiduría». la fecha en que, en Benarés, había encontrado a mi gurú. «Vendrás a mí dentro de cuatro semanas». Y aquí estaba, con el corazón latiéndome de dicha, parado en su pórtico de la tranquila calle de Rai Ghat. Entré por primera vez a la ermita donde habría de pasar la mejor parte de los siguientes diez años de mi vida, junto al Guianavatar de la India: la «encarnación de la sabiduría».
BHAGAVAN (EL SEÑOR) KRISHNA
El amado avatar de la India
Jitendra Mazumdar, compañero de
Mukunda en el «viaje sin dinero» a Brindaban