Mis padres y mi primera infancia — Autobiografía de un yogui — Portal de Enseñanzas de SRF
1.Mis padres y mi primera infancia
Paramahansa Yogananda·~13 min
MMis padres y mi primera infancia
La búsqueda de las verdades supremas, unida a la concomitante relación entre el discípulo y su gurú¹, han constituido desde siempre los rasgos distintivos de la cultura de la India.
En mi caso, mi senda me condujo a los pies de un sabio semejante a Cristo, cuya hermosa vida fue modelada para el beneficio de todas las épocas. Fue él uno de aquellos grandes maestros que constituyen el mayor tesoro de la India y que, al emerger en cada nueva generación, han fortificado su tierra, protegiéndola de la desafortunada suerte sufrida por el antiguo Egipto y Babilonia.
Entre mis primeros recuerdos se cuentan algunos aspectos distintivos de una encarnación anterior: desplazadas en el tiempo, acudían a mi mente nítidas reminiscencias de otra tan rápidamente, constituyen, no obstante, los cimientos naturales de la confianza en uno mismo.
No es inusitado retener recuerdos de un pasado tan remoto. Numerosos yoguis, en efecto, han conservado la conciencia de sí mismos —sin que ésta experimentase interrupción alguna— incluso a través de las dramáticas transiciones entre la «vida» y la «muerte». Si el hombre no fuese sino sólo un cuerpo, su identidad desaparecería, ciertamente, con la pérdida de éste. Pero si los profetas, a lo largo de los milenios, nos han dicho la verdad, el hombre es en esencia un alma incorpórea y omnipresente.
Aunque no sea esto lo más frecuente, no es totalmente desusado el conservar claros recuerdos de la primera infancia. Efectivamente, a través de mis viajes por numerosos países, he tenido ocasión de escuchar de labios de hombres y mujeres veraces el testimonio de sus recuerdos de la más tierna infancia.
Vine al mundo y viví los primeros ocho años de mi vida en la ciudad de Gorakhpur, al noreste de la India, cerca del Himalaya. Yo, Mukunda Lal Ghosh⁴, nací el 5 de enero de 1893; fui el cuarto hijo y el segundo varón de una familia de ocho hermanos: cuatro hombres y cuatro mujeres.
Tanto mi padre como mi madre eran bengalíes y pertenecían a la casta de los kshatriyas⁵, y ambos estaban dotados de un carácter piadoso. Su amor mutuo, de naturaleza tranquila y digna, nunca se expresaba en forma frívola. La armonía perfecta que reinaba entre ellos constituía el reposado centro alrededor del cual giraba el tumulto de nuestras ocho jóvenes vidas.
Mi padre, Bhagabati Charan Ghosh, era un hombre amable, serio y, en ocasiones, adusto. Aun cuando le amábamos profundamente, sus hijos observábamos en torno a él una cierta distancia cargada de reverencia. Dotado de una mentalidad eminentemente lógica y matemática, su conducta se basaba principalmente en el razonamiento. Mi madre, por su parte, era una reina de corazones y nos educó exclusivamente por medio del amor. Después de su fallecimiento, la ternura interior de mi padre comenzó a exteriorizarse más y entonces noté a menudo que su mirada parecía transformarse en la mirada de mi madre.
Fue al lado de nuestra madre donde sus hijos aprendimos las primeras agridulces lecciones sobre las escrituras. Cuando la ocasión requería someternos a la disciplina, con gran ingenio solía ella recurrir a diversos pasajes del Mahabharata y del Ramayana⁶, para ayudarnos
—Adiós, me voy a casa de mi madre. —¡Cuán antiguo es este supremo ultimátum!
Al oírla, los niños, sobrecogidos de asombro, rompimos a llorar. La oportuna llegada de nuestro tío materno —quien le dio a mi padre algunos consejos al oído, sin duda destilados de una sabiduría ancestral— cambió la situación. Mi padre apeló entonces a mi madre con unas pocas palabras de reconciliación, luego de lo cual despidió ella felizmente el coche.
En esta forma concluyó el único conflicto que tuve ocasión de presenciar entre mis padres. Recuerdo, sin embargo, un ejemplo típico de un animado diálogo entre ellos.
—Te ruego que me des diez rupias, para una mujer desamparada que acaba de llegar. —La sonrisa de mi madre estaba dotada de un poder persuasivo singular.
—¿Por qué diez rupias? ¡Basta con una sola! —respondió mi padre, y agregó como justificación—: Cuando mi propio padre y mis abuelos murieron repentinamente, tuve yo mi primer encuentro con la pobreza. Un pequeño plátano era mi único desayuno, antes de caminar varios kilómetros hasta la escuela. Posteriormente, cuando ingresé en la universidad, mi necesidad era tan extrema que tuve que solicitar ayuda financiera a un poderoso magistrado. Aunque sólo le pedí una rupia mensual, él me negó su ayuda, comentando que incluso una rupia es importante.
—¡Con cuánta amargura recuerdas aún aquel incidente, cuando te negaron esa rupia! —replicó mi madre, cuyo corazón se expresaba con una lógica instantánea—. ¿Quieres acaso que esta mujer recuerde también, con dolor, que tú le negaste diez rupias que necesita urgentemente?
—¡Tú ganas! —respondió mi padre, abriendo su billetera con el gesto inmemorial del esposo que se da por vencido—. Aquí tienes las diez rupias; dáselas con mis mejores deseos.
Era la costumbre de mi padre el responder siempre con un «No» ante cualquier nueva sugerencia. Su actitud hacia la desconocida que había conquistado tan fácilmente el apoyo de mi madre era un ejemplo más de su cautela habitual. El evitar aceptar de inmediato cualquier condición es en verdad una manera de ceñirse al principio de «someterlo todo a la debida consideración». En efecto, mi padre manifestó siempre una actitud razonable, y sus decisiones eran justas y equilibradas. Cada vez que lograba yo apoyar mis numerosas peticiones con uno o dos argumentos de peso, él me concedía invariablemente mi ansiado objetivo, ya fuera éste un viaje de vacaciones o una motocicleta nueva.
GURRU GHOSHI (Gyana Prabha Ghosh) (1868-1904)
Madre de Yoganandaji; discípula de Lahiri Mahasaya
BHAGABATI CHARAN GHOSH (1853-1942)
Padre de Yoganandaji; discípulo de Lahiri Mahasaya
Si bien mi padre ejerció una disciplina estricta con sus hijos durante los años mozos de éstos, su actitud para consigo mismo era verdaderamente espartana. Jamás iba al teatro, por ejemplo, hallando en cambio esparcimiento en sus prácticas espirituales y en la lectura del Bhagavad Guita¹. Repudiaba todo lujo, y no desechaba un par de zapatos viejos hasta que se habían tornado totalmente inservibles. Sus hijos adquirieron automóviles cuando éstos se popularizaron; pero a mi padre continuó bastándole con el tranvía para su diario trayecto a la oficina.
Por otra parte, no tenía él interés alguno en acumular dinero con el objeto de lograr poder. Así por ejemplo, tras haber fundado el Banco Urbano de Calcuta, rehusó todo beneficio personal y no quiso adquirir ninguna de las acciones del banco, pues había realizado esta obra simplemente como un servicio público, durante su tiempo libre.
Varios años después de haberse acogido mi padre a la jubilación, un auditor proveniente de Inglaterra vino a la India a examinar los libros de contabilidad de naturalmente ascético de mi padre. En cierta ocasión, mi madre le hizo una notable confesión a Roma, nuestra hermana mayor: «Tu padre y yo compartimos el mismo lecho como marido y esposa solamente una vez al año, con el objeto de tener hijos».
Mi padre conoció a Lahiri Mahasaya gracias a Abinash Babu⁸, empleado de una filial de la compañía ferroviaria Bengala-Nagpur, quien solía deleitar mis jóvenes oídos en Gorakhpur con fascinantes relatos acerca de muchos santos de la India. Invariablemente, Abinash Babu concluía tales conversaciones brindándole tributo a la suprema gloria de su propio gurú.
—¿Escuchaste alguna vez la historia de las circunstancias extraordinarias en las cuales tu padre se convirtió en discípulo de Lahiri Mahasaya? —Abinash me hizo esta intrigante pregunta una tranquila tarde de verano, mientras ambos departíamos en el patio de mi casa. Moví la cabeza negativamente, con una sonrisa expectante. Abinash Babu inició su relato:
Años atrás, antes de tu nacimiento, le pedí autorización a mi jefe —tu padre— para ausentarme de la oficina durante una semana, con el fin de visitar a mi gurú en Benarés. Tu padre ridiculizó mis proyectos.
—¿Has de convertirte en un fanático religioso? —me preguntó—. Si deseas progresar, concéntrate, más bien, en tu trabajo de la oficina.
Al retornar tristemente a casa aquella tarde, me encontré con tu padre en una senda del bosque. Abandonando su palanquín y despidiendo a los sirvientes, unió sus pasos a los míos. Mientras se esforzaba por consolarme, destacando las ventajas de luchar por alcanzar el éxito, yo le escuchaba distraídamente, repitiendo en mi corazón: «¡Lahiri Mahasaya! ¡No puedo continuar viviendo sin verte!».
Nuestro camino nos condujo a los lindes de una apacible pradera, en la cual ondulaban altas hierbas silvestres, coronadas por los últimos rayos de la tarde. Nos detuvimos, admirados. ¡Y allí, en medio de la pradera, a sólo unos pocos metros de distancia, apareció² súbitamente mi gran gurú!
—¡Bhagabati, eres demasiado severo con tu empleado! Atónitos, escuchamos estas palabras resonar en nuestros oídos y, después, la figura de Lahiri Mahasaya se desvaneció tan misteriosamente como había aparecido. Tu padre, estupefacto, permaneció inmóvil, mientras yo, cayendo de rodillas, exclamaba: «¡Lahiri Mahasaya! ¡Lahiri Mahasaya!». Tras unos instantes, tu padre exclamó:
—¡No solamente te autorizo para ausentarte, Abinash, sino que también me autorizo a mí mismo para partir a Benarés mañana! ¡Debo conocer a este gran Lahiri Mahasaya, que es capaz de materializar su cuerpo a voluntad con el objeto de tu nacimiento. Sin duda tu vida está ligada a la suya; las bendiciones del maestro nunca fallan.
Lahiri Mahasaya abandonó este mundo poco tiempo después de mi nacimiento. Pero en todas las ciudades a las cuales fue trasladado mi padre por motivos de trabajo, el retrato del maestro, encuadrado en un decorativo marco, ornó siempre nuestro altar familiar. Y muchas fueron las mañanas y las noches que nos encontraron, a mi madre y a mí, meditando ante un santuario improvisado y ofreciéndole flores impregnadas en pasta de sándalo. Así, con incienso y con mirra, y con la devoción de nuestros corazones unidos, honrábamos a la divinidad que se había expresado plenamente a través de Lahiri Mahasaya.
El retrato del maestro tuvo una notable influencia en mi vida. A medida que iba yo creciendo, mi concepto de Lahiri Mahasaya fue creciendo conmigo. En mi niñez, solía ver a menudo su imagen fotográfica emerger del pequeño marco, adoptar una forma viviente y sentarse ante mí durante mis meditaciones. Sin embargo, cuando intentaba yo tocar los pies de su luminosa figura, ésta se transformaba nuevamente en una fotografía.
Con el gradual advenimiento de la adolescencia, aquella pequeña imagen suya, confinada en un marco, experimentó —¡Inclínate ante él mentalmente! —me apremió, sabiendo que me encontraba demasiado débil para levantar siquiera las manos en señal de respeto—. ¡Si le manifiestas verdaderamente tu devoción y te arrodillas interiormente ante él, el maestro salvará tu vida!
Al elevar la mirada hacia la fotografía, vi una luz cegadora que emanaba de ella, envolviendo mi cuerpo e inundando la habitación entera. Mi recuperación fue total e instantánea: las náuseas y todos los demás síntomas —hasta entonces incontrolables— desaparecieron, y me sentí lo suficientemente fuerte como para inclinarme hasta el suelo y tocar los pies de mi madre, en señal de agradecimiento por su inmensurable fe en su gurú. Ella, por su parte, apoyando una y otra vez su rostro contra el retrato, exclamó:
—¡Oh, cuánto te agradezco, omnipresente Maestro, el haber permitido que tu luz sanara a mi hijo!
Al escucharla, comprendí que también ella había sido testigo de aquel destello de luz, por cuya intercesión me había yo recuperado al instante de una enfermedad que es generalmente fatal.
Una de mis posesiones más preciadas es esa misma fotografía, la cual, habiéndole sido obsequiada a mi padre por el propio Lahiri Mahasaya, está cargada de vibraciones sagradas. La foto tiene un origen milagroso. Su historia me la relató Kali Kumar Roy, condiscípulo de mi padre.
Aparentemente, el maestro tenía cierta aversión a dejarse fotografiar. A pesar de sus objeciones, en cierta ocasión le fue tomada una fotografía en compañía de algunos discípulos, entre los cuales se contaba Kali Kumar Roy. Al revelar las placas, sin embargo, el sorprendido fotógrafo descubrió que aun cuando la foto revelaba claras imágenes de todos los discípulos, en el centro de ésta —donde debería de haber aparecido la figura de Lahiri Mahasaya— no había sino un espacio en blanco. El fenómeno dio origen a múltiples especulaciones.
Ganga Dhar Babu, un discípulo que era, además, un experto fotógrafo, se jactó de ser capaz de atrapar la fugitiva imagen del maestro con su cámara. Portando su equipo fotográfico, llegó a la mañana siguiente a la casa del gurú, quien se encontraba sentado en la postura del loto sobre un banco de madera, delante de un biombo. Tomando todas las precauciones concebibles para tener éxito, expuso ávidamente doce placas fotográficas. No obstante, pronto descubrió que cada una de ellas contenía solamente las imágenes del taburete de madera y el biombo, pero no así la figura de Lahiri Mahasaya. con sutileza el gozo que surge de la comunión divina. Sus ojos —a la vez entreabiertos y semicerrados— denotan un interés meramente nominal por el mundo externo y, al mismo tiempo, una honda absorción en la bienaventuranza interior. Por completo indiferente a las atracciones mundanas, él se hallaba en todo momento perfectamente consciente de los problemas espirituales de quienes recurrían a su generosa guía.
Poco tiempo después de haber sido yo curado mediante el poder de la fotografía de Lahiri Mahasaya, tuve una visión espiritual trascendental. Sentado en mi cama una mañana, entré en un hondo estado de ensoñación, durante el cual un profundo interrogante se impuso en mi mente: «¿Qué existe más allá de la oscuridad de los ojos cerrados?». En respuesta, una luz fulgurante se manifestó de inmediato ante mi visión interior. Y en la vasta pantalla resplandeciente dentro de mi frente aparecieron, como en diminutas películas, las divinas figuras de santos sentados en la postura de meditación en las grutas de las montañas. con sutileza el gozo que surge de la comunión divina. Sus ojos —a la vez entreabiertos y semicerrados— denotan un interés meramente nominal por el mundo externo y, al mismo tiempo, una honda absorción en la bienaventuranza interior. Por completo indiferente a las atracciones mundanas, él se hallaba en todo momento perfectamente consciente de los problemas espirituales de quienes recurrían a su generosa guía.
Poco tiempo después de haber sido yo curado mediante el poder de la fotografía de Lahiri Mahasaya, tuve una visión espiritual trascendental. Sentado en mi cama una mañana, entré en un hondo estado de ensoñación, durante el cual un profundo interrogante se impuso en mi mente: «¿Qué existe más allá de la oscuridad de los ojos cerrados?». En respuesta, una luz fulgurante se manifestó de inmediato ante mi visión interior. Y en la vasta pantalla resplandeciente dentro de mi frente aparecieron, como en diminutas películas, las divinas figuras de santos sentados en la postura de meditación en las grutas de las montañas.
Sri Yogananda a la edad de seis años
—¿Quiénes sois? —pregunté en voz alta.
—Somos los yoguis del Himalaya —fue la indescriptible respuesta celestial.
—¡Oh, cómo deseo ir al Himalaya y convertirme en uno de ustedes! —exclamé con el corazón lleno de gozo.
La visión se desvaneció, pero los rayos de plata se expandieron en círculos más y más vastos, hasta la infinitud.
—¿Qué es este maravilloso fulgor? —pregunté.
—Yo soy Ishwara¹². Yo soy Luz —respondió una voz semejante al murmullo de muchas nubes.
—¡Quiero unirme a Ti! —exclamé.
Aquel éxtasis divino se desvaneció gradualmente, pero dejó tras de sí un legado permanente: «¡El Señor es gozo eterno, siempre renovado!». Esta percepción perduró en mi memoria mucho después de aquella experiencia extática, sirviéndome de inspiración en mi búsqueda de Dios.
Guardo de mi infancia otro recuerdo imborrable, incluso en el sentido literal de la palabra, ya que dejó en mí una cicatriz visible hasta el día de hoy. El incidente ocurrió una mañana en el patio de nuestro hogar en Gorakhpur, en donde Uma —mi hermana mayor— y yo estábamos sentados bajo un árbol de neem. Mientras procuraba ella infructuosamente enseñarme a leer en bengalí, yo, por mi parte, prestaba más corrió en busca de mi madre, gritando: «¡Mukunda se ha convertido en un nigromante!». Con gran seriedad, mi madre me ordenó entonces no volver a usar nunca el poder de las palabras para causar daño; un consejo que jamás he olvidado y al cual me he ceñido siempre.
Mi diviesó requirió atención quirúrgica, y la cicatriz dejada por la incisión es todavía visible. Cuento así, en mi antebrazo derecho, con una prueba permanente del poder de la sola palabra humana.
Aquellas palabras —tan sencillas y aparentemente inofensivas— que dirigiera yo a Uma, pronunciadas con una profunda concentración, estaban dotadas de la fuerza oculta suficiente para explotar como bombas y producir efectos bien definidos, aunque perjudiciales. Posteriormente, comprendí que el explosivo poder vibratorio del lenguaje puede ser canalizado en forma sabia, para ayudarnos a superar nuestras dificultades, y que, al manejarlo de este modo, no causa ni cicatrices ni reconvenciones¹³.
El balcón de nuestro hogar en la ciudad de Lahore, en el Punjab —donde se había trasladado nuestra familia en aquel tiempo—, contaba con un pequeño santuario informal. Habiendo instalado allí un cuadro que adquirí de la Madre Divina, manifestada como la Diosa Kali¹⁴, experimenté la irresistible convicción de que toda oración que elevara en aquel sagrado lugar obtendría la respuesta deseada.
Un día, Uma y yo nos encontrábamos en el balcón, observando a dos niños que encumbraban sus cometas sobre las azoteas de dos edificios situados frente a nuestra casa, al otro lado de una callejuela extremadamente estrecha.
—¿Por qué estás tan callado? —me preguntó Uma, empujándome juguetónamente.
—Estoy pensando en cuán hermoso es que la Madre Divina me concede todo cuanto le pido —respondí.
—¿Presumes, acaso, que te dará esas dos cometas? —replicó mi hermana, burlónamente.
—¿Y por qué no? —respondí, elevando hacia Ella mi silenciosa petición.
En la India, los niños compiten con cometas cuyas cuerdas se cubren de goma adhesiva y vidrio molido; cada antagonista procura cortar con su cordel el de la cometa ajena. Cuando una cometa se suelta y vuela a la deriva sobre los tejados, causa gran diversión el tratar de atraparla. Pero puesto que Uma y yo nos encontrábamos en un balcón remetido y techado, parecía imposible que una cometa perdida pudiese llegar a nuestras manos, ya que su cuerda se enredaría probablemente en el tejado. al hombre para identificarse cada vez más profundamente con la conciencia cósmica. (Véase el capítulo 26).
Kali, la eterna Madre Naturaleza, es un símbolo de Dios.