Mis padres y mi primera infancia

La búsqueda de las verdades supremas, unida a la concomitante relación entre el discípulo y su gurú¹, han constituido desde siempre los rasgos distintivos de la cultura de la India. En mi caso, mi senda me condujo a los pies de un sabio semejante a Cristo, cuya hermosa vida fue modelada para el beneficio de todas las épocas. Fue él uno de aquellos grandes maestros que constituyen el mayor tesoro de la India y que, al emerger en cada nueva generación, han fortificado su tierra, protegiéndola de la desafortunada suerte sufrida por el antiguo Egipto y Babilonia.
Entre mis primeros recuerdos se cuentan algunos aspectos distintivos de una encarnación anterior: desplazadas en el tiempo, acudían a mi mente nítidas reminiscencias de otra tan rápidamente, constituyen, no obstante, los cimientos naturales de la confianza en uno mismo. No es inusitado retener recuerdos de un pasado tan remoto. Numerosos yoguis, en efecto, han conservado la conciencia de sí mismos —sin que ésta experimentase interrupción alguna— incluso a través de las dramáticas transiciones entre la «vida» y la «muerte». Si el hombre no fuese sino sólo un cuerpo, su identidad desaparecería, ciertamente, con la pérdida de éste. Pero si los profetas, a lo largo de los milenios, nos han dicho la verdad, el hombre es en esencia un alma incorpórea y omnipresente.
Aunque no sea esto lo más frecuente, no es totalmente desusado el conservar claros recuerdos de la primera infancia. Efectivamente, a través de mis viajes por numerosos países, he tenido ocasión de escuchar de labios de hombres y mujeres veraces el testimonio de sus recuerdos de la más tierna infancia. Vine al mundo y viví los primeros ocho años de mi vida en la ciudad de Gorakhpur, al noreste de la India, cerca del Himalaya. Yo, Mukunda Lal Ghosh⁴, nací el 5 de enero de 1893; fui el cuarto hijo y el segundo varón de una familia de ocho hermanos: cuatro hombres y cuatro mujeres.
Tanto mi padre como mi madre eran bengalíes y pertenecían a la casta de los kshatriyas⁵, y ambos estaban dotados de un carácter piadoso. Su amor mutuo, de naturaleza tranquila y digna, nunca se expresaba en forma frívola. La armonía perfecta que reinaba entre ellos constituía el reposado centro alrededor del cual giraba el tumulto de nuestras ocho jóvenes vidas. Mi padre, Bhagabati Charan Ghosh, era un hombre amable, serio y, en ocasiones, adusto. Aun cuando le amábamos profundamente, sus hijos observábamos en torno a él una cierta distancia cargada de reverencia. Dotado de una mentalidad eminentemente lógica y matemática, su conducta se basaba principalmente en el razonamiento. Mi madre, por su parte, era una reina de corazones y nos educó exclusivamente por medio del amor. Después de su fallecimiento, la ternura interior de mi padre comenzó a exteriorizarse más y entonces noté a menudo que su mirada parecía transformarse en la mirada de mi madre.
Fue al lado de nuestra madre donde sus hijos aprendimos las primeras agridulces lecciones sobre las escrituras. Cuando la ocasión requería someternos a la disciplina, con gran ingenio solía ella recurrir a diversos pasajes del Mahabharata y del Ramayana⁶, para ayudarnos —Adiós, me voy a casa de mi madre. —¡Cuán antiguo es este supremo ultimátum! Al oírla, los niños, sobrecogidos de asombro, rompimos a llorar. La oportuna llegada de nuestro tío materno —quien le dio a mi padre algunos consejos al oído, sin duda destilados de una sabiduría ancestral— cambió la situación. Mi padre apeló entonces a mi madre con unas pocas palabras de reconciliación, luego de lo cual despidió ella felizmente el coche.
En esta forma concluyó el único conflicto que tuve ocasión de presenciar entre mis padres. Recuerdo, sin embargo, un ejemplo típico de un animado diálogo entre ellos. —Te ruego que me des diez rupias, para una mujer desamparada que acaba de llegar. —La sonrisa de mi madre estaba dotada de un poder persuasivo singular. —¿Por qué diez rupias? ¡Basta con una sola! —respondió mi padre, y agregó como justificación—: Cuando mi propio padre y mis abuelos murieron repentinamente, tuve yo mi primer encuentro con la pobreza. Un pequeño plátano era mi único desayuno, antes de caminar varios kilómetros hasta la escuela. Posteriormente, cuando ingresé en la universidad, mi necesidad era tan extrema que tuve que solicitar ayuda financiera a un poderoso magistrado. Aunque sólo le pedí una rupia mensual, él me negó su ayuda, comentando que incluso una rupia es importante.
—¡Con cuánta amargura recuerdas aún aquel incidente, cuando te negaron esa rupia! —replicó mi madre, cuyo corazón se expresaba con una lógica instantánea—. ¿Quieres acaso que esta mujer recuerde también, con dolor, que tú le negaste diez rupias que necesita urgentemente? —¡Tú ganas! —respondió mi padre, abriendo su billetera con el gesto inmemorial del esposo que se da por vencido—. Aquí tienes las diez rupias; dáselas con mis mejores deseos. Era la costumbre de mi padre el responder siempre con un «No» ante cualquier nueva sugerencia. Su actitud hacia la desconocida que había conquistado tan fácilmente el apoyo de mi madre era un ejemplo más de su cautela habitual. El evitar aceptar de inmediato cualquier condición es en verdad una manera de ceñirse al principio de «someterlo todo a la debida consideración». En efecto, mi padre manifestó siempre una actitud razonable, y sus decisiones eran justas y equilibradas. Cada vez que lograba yo apoyar mis numerosas peticiones con uno o dos argumentos de peso, él me concedía invariablemente mi ansiado objetivo, ya fuera éste un viaje de vacaciones o una motocicleta nueva.
Si bien mi padre ejerció una disciplina estricta con sus hijos durante los años mozos de éstos, su actitud para consigo mismo era verdaderamente espartana. Jamás iba al teatro, por ejemplo, hallando en cambio esparcimiento en sus prácticas espirituales y en la lectura del Bhagavad Guita¹. Repudiaba todo lujo, y no desechaba un par de zapatos viejos hasta que se habían tornado totalmente inservibles. Sus hijos adquirieron automóviles cuando éstos se popularizaron; pero a mi padre continuó bastándole con el tranvía para su diario trayecto a la oficina.
Por otra parte, no tenía él interés alguno en acumular dinero con el objeto de lograr poder. Así por ejemplo, tras haber fundado el Banco Urbano de Calcuta, rehusó todo beneficio personal y no quiso adquirir ninguna de las acciones del banco, pues había realizado esta obra simplemente como un servicio público, durante su tiempo libre. Varios años después de haberse acogido mi padre a la jubilación, un auditor proveniente de Inglaterra vino a la India a examinar los libros de contabilidad de naturalmente ascético de mi padre. En cierta ocasión, mi madre le hizo una notable confesión a Roma, nuestra hermana mayor: «Tu padre y yo compartimos el mismo lecho como marido y esposa solamente una vez al año, con el objeto de tener hijos».
Mi padre conoció a Lahiri Mahasaya gracias a Abinash Babu⁸, empleado de una filial de la compañía ferroviaria Bengala-Nagpur, quien solía deleitar mis jóvenes oídos en Gorakhpur con fascinantes relatos acerca de muchos santos de la India. Invariablemente, Abinash Babu concluía tales conversaciones brindándole tributo a la suprema gloria de su propio gurú. —¿Escuchaste alguna vez la historia de las circunstancias extraordinarias en las cuales tu padre se convirtió en discípulo de Lahiri Mahasaya? —Abinash me hizo esta intrigante pregunta una tranquila tarde de verano, mientras ambos departíamos en el patio de mi casa. Moví la cabeza negativamente, con una sonrisa expectante. Abinash Babu inició su relato:
Años atrás, antes de tu nacimiento, le pedí autorización a mi jefe —tu padre— para ausentarme de la oficina durante una semana, con el fin de visitar a mi gurú en Benarés. Tu padre ridiculizó mis proyectos. —¿Has de convertirte en un fanático religioso? —me preguntó—. Si deseas progresar, concéntrate, más bien, en tu trabajo de la oficina. Al retornar tristemente a casa aquella tarde, me encontré con tu padre en una senda del bosque. Abandonando su palanquín y despidiendo a los sirvientes, unió sus pasos a los míos. Mientras se esforzaba por consolarme, destacando las ventajas de luchar por alcanzar el éxito, yo le escuchaba distraídamente, repitiendo en mi corazón: «¡Lahiri Mahasaya! ¡No puedo continuar viviendo sin verte!».