El «santo que levita» —Anoche, en una reunión, vi a un yogui permanecer en el aire a varios palmos del suelo —dijo, muy impresionado, mi amigo Upendra Mohun Chowdhury. —Quizá pueda adivinar su nombre —le respondí con una sonrisa de entusiasmo—. ¿Sería acaso Bhaduri Mahasaya, de Upper Circular Road? Upendra hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, algo decepcionado de no ser portador de noticias novedosas. Mi curiosidad acerca de los santos era muy conocida entre mis amigos; a ellos les deleitaba proporcionarme alguna nueva pista.
—El yogui vive tan cerca de mi casa, que a menudo lo visito. —Mis palabras despertaron un profundo interés en la cara de Upendra, y yo hice una confidencia más. —Me gustaría conocer más acerca de este sabio. ¿Asistes tú a sus reuniones nocturnas? —Los ojos de Upendra brillaban de curiosidad. —Sí, voy a menudo; y me divierto en grande con la agudeza de su sabiduría. A veces, mi prolongada risa altera la solemnidad de sus reuniones. El santo no se disgusta, pero sus discípulos ¡me fulminan con la mirada!
Al salir de la escuela esa tarde, en mi camino de regreso a casa, pasé por el claustro de Bhaduri Mahasaya y decidí hacerle una visita. El yogui era inaccesible para el público en general. Un discípulo solitario, que ocupaba la planta baja, vigilaba el retiro de su maestro. El estudiante era como un auténtico ordenanza, por lo que me preguntó si tenía yo una cita formal. Su gurú apareció en el momento preciso para evitarme una sumaria expulsión.
—Deja que Mukunda pase cuando quiera —dijo el sabio con brillo en los ojos—. Mi regla de aislamiento no es para mi propia comodidad, sino para la de los demás. A la gente mundana no le gusta la franqueza que hace añicos sus ilusiones. Los santos no son solamente raros, sino también desconcertantes. Aun en las escrituras se les halla a menudo embarazosos. Seguí a Bhaduri Mahasaya a su austero cuarto del piso superior, de donde muy rara vez salía. A menudo, los maestros hacen caso omiso del panorama del bullicio mundano, que permanece desenfocado hasta que se contempla desde la descentrada perspectiva de las eras. Los contemporáneos de un sabio no son únicamente los de un estrecho presente.
—Maharishi⁴, entre los yoguis que conozco, usted es el único que no sale de su casa. —Dios siembra a veces a sus santos en sitios inesperados, ¡para disuadirnos de reducirle a una determinada regla! El sabio inmovilizó su vibrante cuerpo en la postura del loto. A los setenta años no mostraba signos de vejez o de vida sedentaria. Fuerte y erguido, era ideal en todos los aspectos. Su rostro era el de un rishi, según se describe a estos sabios en los libros antiguos. De cabeza noble y abundante barba, sentábase siempre erguido, con sus quietos y serenos ojos fijos permanentemente en la Omnipresencia.
El santo y yo entramos en estado de meditación. Después de una hora, su dulce voz me hizo volver de la contemplación. —Tú entras a menudo en el silencio, ¿pero has desarrollado anubhava⁵? —Él estaba recordándome que debía externa, ni Oriente ni Occidente florecerán si no practican alguna forma disciplinaria de yoga. El santo fijó en mí sus tranquilos ojos; no comprendí que su discurso era una velada guía profética. No es sino ahora, al escribir estas palabras, cuando comprendo el pleno significado de las insinuaciones que a menudo hizo, de manera casual, en el sentido de que algún día yo llevaría las enseñanzas de la India a América.
—Maharishi, desearía que usted escribiera un libro sobre yoga, para beneficio del mundo. —Estoy preparando discípulos. Ellos y sus estudiantes serán volúmenes vivientes, invulnerables frente a la desintegración natural del tiempo y las erradas interpretaciones de los críticos. Permanecí solo con el yogui hasta que sus discípulos llegaron por la noche. Bhaduri Mahasaya comenzó uno de sus inimitables discursos. Como una pacífica inundación, barrió los despojos mentales de su auditorio, al cual hizo fluir hacia Dios. Sus extraordinarias parábolas eran narradas con gran fluidez en el idioma bengalí.
Esa noche, Bhaduri expuso varios puntos filosóficos relacionados con la vida de Mirabai, una princesa medieval Rajputani, que abandonó la vida de su corte para buscar la compañía de los santos. Un gran sanyasin, Sanatana Goswami, se negó a recibirla porque era mujer; pero la respuesta de ella lo llevó humildemente a sus pies: «Decid al maestro —dijo Mirabai— que no sabía yo que hubiera en el universo ningún Varón, excepto Dios; ¿no somos todos hembras ante Él?». (Una concepción espiritual del Señor como único Principio Creativo Positivo, cuya creación no es más que pasiva maya).
Mirabai compuso muchas canciones extáticas que aún son atesoradas en la India; aquí traduzco una de ellas: Si por el baño diario Dios fuese percibido, yo querría ser una ballena en lo profundo; si comiendo raíces y frutas pudiera ser Él conocido, gustosamente escogería la forma de una cabra; si al contar los rosarios le descubriese, en gigantescas cuentas diría mis plegarias; si inclinándome ante imágenes le desvelase, humildemente adoraría un monte de pedernal; si bebiendo leche el Señor pudiese ser ingerido, muchos becerros y niños ya le conocerían; si abandonando a la esposa pudiera uno invocar a Dios, ¿no habría miles de eunucos?
Mirabai sabe que para encontrar al Divino Ser lo único indispensable es Amor. Yo me reí entre dientes al escuchar esta paradoja sobre la renunciación: ¡una perspectiva que pone la capa de Creso a cualquier santo mendigo, mientras que transforma a todos los orgullosos millonarios en mártires inconscientes! —El orden divino arregla nuestro futuro más sabiamente que cualquier compañía de seguros. —Las palabras con que el maestro concluyó fueron el credo realizado de su fe—. El mundo está lleno de ansiosos creyentes en una seguridad externa. Sus amargos pensamientos son como cicatrices en sus frentes. El Ser Divino que nos concedió aire y leche desde el primer aliento sabe cómo sustentar día tras día a sus devotos.
Continué mis peregrinaciones fuera de horas escolares a la casa del santo. Con silencioso fervor, él me ayudó a obtener anubhava. Un día se trasladó a la calle de Ram Mohan Roy, lejos de la vecindad de mi casa. Sus devotos discípulos le habían construido una nueva ermita, conocida como Nagendra Math⁶. Aunque esto me lleva a un episodio de mi historia que tuvo lugar muchos años después, mencionaré aquí las palabras que por última vez me dirigió Bhaduri Mahasaya. Poco antes de embarcar hacia Occidente, acudí a él y me arrodillé humildemente para recibir su bendición de despedida:
«Hijo, ve a América. Toma la dignidad de la antigua India como escudo. La victoria está escrita en tu frente; el noble y distante pueblo te recibirá bien». NAGENDRA NATH BHADURI El «santo que levita» ¹ Métodos de control de la energía vital (prana) por medio de la regulación de la respiración. El Bhastrika («fuelle») Pranayama estabiliza la mente. ² El más avanzado de los antiguos exponentes del yoga. ³ El profesor Jules-Bois de la Universidad de la Sorbona afirmó en 1928 que los psicólogos franceses han investigado y reconocido la existencia de la supraconciencia, la cual constituye, en su grandiosa entidad, «el opuesto exacto de la mente subconsciente concebida por Freud, e incluye las facultades que hacen al hombre realmente un ser humano y no tan sólo un animal superior». El erudito francés explicó que el despertar de la conciencia superior «no debe ser confundido con el Coueísmo o con el hipnotismo. La existencia de la supraconciencia ha sido desde hace tiempo aceptada desde el punto de vista filosófico —y se trata, en realidad, de la superalma de la que hablara Emerson—, aunque tan sólo recientemente ha sido reconocida en el ámbito científico».
En su libro The Over-Soul [La superalma], Emerson escribió lo siguiente: «El hombre es la fachada de un templo donde moran toda la sabiduría y todo el bien. Lo que comúnmente llamamos ser humano, el hombre que tal como nosotros lo conocemos come, bebe, planta y calcula, no le representa en verdad, sino por el contrario, dos santos, uno de piedra y otro de carne, girando juntos arriba en el aire. Santa Teresa de Ávila, que poseía un estado de gran elevación espiritual, encontraba la elevación física sumamente desconcertante. Puesto que contaba con grandes responsabilidades administrativas, ella procuraba, aunque en vano, evitar sus experiencias «elevadoras». «Pero estas precauciones son infructuosas —escribió—, cuando el Señor dispone lo contrario». Durante cuatro siglos, el cuerpo de Santa Teresa ha manifestado un estado de incorruptibilidad y ha emanado una fragancia de flores; actualmente se encuentra en la iglesia de Alba de Tormes (España), lugar que ha presenciado incontables milagros.