Interrumpida fuga hacia el Himalaya —Abandona el aula con cualquier pretexto y alquila un coche de caballos; luego, llévalo al callejón en donde los de mi casa no puedan verte. Éstas fueron mis recomendaciones a Amar Mitter, un compañero de clase de la escuela secundaria, que había decidido acompañarme al Himalaya. Ya habíamos resuelto que al día siguiente sería nuestra fuga. Era necesario tomar precauciones, pues mi hermano Ananta ejercía una estrecha vigilancia sobre mí; él se había propuesto frustrar mis planes para huir, pues sospechaba que éstos ocupan un lugar predominante en mi mente. El amuleto, como una levadura espiritual, trabajaba silenciosamente en mí. En medio de las nieves del Himalaya esperaba yo encontrar al maestro cuyo rostro se me aparecía con frecuencia en visiones. facilidad podría desempeñar el papel de detective, creíamos poder engañarle con un disfraz europeo.
En nuestro camino a la estación nos detuvimos para recoger a mi primo Jotin Ghosh, a quien yo llamaba Jatinda. Él era un nuevo converso que suspiraba por un gurú en el Himalaya. Se puso el traje que le habíamos conseguido. ¡Bien disfrazados, según creíamos! Una intensa exaltación llenaba nuestros corazones. —Lo único que nos hace falta ahora son unos zapatos de lona. —Conduje a mis compañeros a una tienda en donde se vendían zapatos de suela de hule—. Los artículos de cuero que se obtienen por medio del sacrificio de animales no deben usarse en este sagrado viaje. —Luego me detuve en una calle para quitar la cubierta de piel de mi Bhagavad Guita, así como las correas que tenía mi salacot de manufactura inglesa.
En la estación compramos boletos para Burdwan, desde donde pensábamos trasbordar para Hardwar, lugar situado en las faldas del Himalaya. Tan pronto como el tren se puso en marcha, di rienda suelta a algunas de mis gloriosas anticipaciones. —¡Imagínense! —dije lleno de entusiasmo—. Seremos iniciados por los maestros y experimentaremos el trance de la conciencia cósmica. Nuestros cuerpos se cargarán con tal magnetismo que las bestias salvajes del Himalaya se volverán mansas ante nuestra sola proximidad. ¡Los tigres no serán más que mansos gatos domésticos en espera de nuestras caricias!
Este comentario, que delineaba una expectativa que yo consideraba fascinante, tanto metafórica como literalmente, produjo una sonrisa de entusiasmo en Amar. Pero Jatinda desvió su mirada y la dirigió a través de la ventana, hacia el paisaje que huía. —Dividiremos el dinero en tres partes —Jatinda rompió el largo silencio con esta sugerencia—. Cada uno de nosotros debe comprar su boleto en Burdwan. De esta manera, nadie en la estación sospechará que vamos huyendo juntos.
Sin sospechar nada, accedí. Al oscurecer, nuestro tren llegó a Burdwan. Jatinda entró en la oficina de boletos y, mientras tanto, Amar y yo nos sentamos en el andén. Aguardamos quince minutos, y luego comenzamos a indagar, sin resultado alguno. Buscando en todas direcciones, llamamos a gritos a Jatinda, con la urgencia del temor; pero él se había esfumado en la desconocida oscuridad que rodeaba la pequeña estación. Quedé completamente desconcertado ante el golpe de tan aturdidora sorpresa. ¿Por qué permitiría Dios semejante incidente? La romántica y cuidadosamente planeada
—¿Vas huyendo del hogar a causa de algún enfado? —¡No! —Me alegré de que las palabras que él había escogido para preguntar me permitieran contestar enfáticamente. Yo sabía bien que no era una rabieta, sino una «divina melancolía», la responsable de nuestro poco convencional comportamiento. El oficial se dirigió entonces a Amar. El duelo de ingenio que tuvo lugar entre ambos apenas me permitió conservar la aconsejada estoica gravedad en aquella situación. —¿Dónde está el tercer muchacho? —preguntó el jefe de estación con tono autoritario—. Vamos, habla, di la verdad.
—Señor, observo que usted usa anteojos. ¿Acaso no puede usted ver que no somos más que dos? —Amar sonrió socarronamente—. Yo no soy un mago, así que no puedo hacer aparecer un tercer compañero. El oficial, visiblemente desconcertado por la impertinencia de Amar, buscó luego otro punto vulnerable. —¿Cómo te llamas? —Me llaman Thomas. Soy hijo de madre inglesa y de un padre indio convertido al cristianismo. —¿Cuál es el nombre de tu amigo?
—Yo le llamo Thompson. Ya para entonces mi regocijo interno había llegado a la cúspide y, sin ceremonias, me dirigí a tomar el tren, que providencialmente pitaba para partir. Amar me siguió, junto con el oficial, que fue lo suficientemente ingenuo y atento como para instalarnos en un compartimento europeo. Evidentemente estaba apenado de que dos muchachos medio ingleses viajaran en la sección del tren reservada para nativos. Después de esta habilidosa celada, me eché hacia atrás en el asiento y reí a carcajadas. El semblante de mi amigo tenía una marcada expresión de satisfacción por haber burlado a un veterano oficial europeo.
En el andén de la estación me las había ingeniado para leer el telegrama de mi hermano, el cual decía: «Tres muchachos bengalíes, vestidos a la inglesa, van huyendo de sus hogares rumbo a Hardwar, vía Moghul Serai. Por favor, reténganlos mientras llego. Amplia recompensa por su servicio». —Amar, te dije que no dejaras ningún itinerario marcado en tu casa. —Mi mirada expresaba un grave reproche—. Mi hermano debe de haber encontrado alguno allí. Mi amigo reconoció su falta avergonzado. Nos detuvimos brevemente en Bareilly, en donde Dwarka Prasad¹ nos esperaba con un telegrama de Ananta. Dwarka trató valientemente de detenernos, pero yo le convencí de que condujo al bungalow donde estaba la comisaría y se hizo cargo del dinero que llevábamos. Cortésmente nos explicó que era su obligación retenernos allí hasta que mi hermano mayor llegase.
Conociendo que el destino de ambos rebeldes era el Himalaya, el oficial nos relató una extraña historia: —¡Ya veo que ustedes andan locos por los santos! Pero nunca tropezarán con un hombre de Dios como el que yo vi ayer mismo. Mi compañero oficial y yo nos encontramos con él por primera vez hace cinco días. Estábamos patrullando el Ganges, vigilando cuidadosamente el rastro de cierto asesino. Nuestras instrucciones eran de capturarlo vivo o muerto. Se sabía que andaba disfrazado de sadhu para robar con mayor facilidad a los peregrinos. A corta distancia de nosotros, vimos a un hombre cuyo aspecto coincidía con la descripción del criminal. No hizo caso cuando le ordenamos detenerse, y entonces corrimos hacia él para atraparlo; al aproximarnos a su espalda, abatí mi hacha sobre él con tremenda fuerza. El brazo derecho del hombre quedó arrancado casi completamente.
Sin proferir un grito ni mirar siquiera a la horrible herida, el desconocido continuó caminando, ante nuestro asombro, con su rápido paso. Cuando saltamos delante de él para detenerle, con calma nos dijo: «No soy el asesino que ustedes buscan». Yo estaba profundamente mortificado al ver que había herido a un hombre de presencia divina, a un sabio. Postrándome a sus pies, imploré su perdón y le ofrecí la tela de mi turbante para restañar y cubrir la enorme herida de la que manaba abundante sangre. «Hijo mío, eso no fue más que un error explicable de tu parte. —El santo me miraba amablemente—. Sigue tu camino y no te reconvengas por lo que has hecho. La Madre Divina cuida de mí». Tomó el brazo colgante y lo colocó en su sitio y, ¡oh milagro!, el brazo quedó adherido e inexplicablemente la sangre dejó de fluir. «Ven a verme bajo aquel árbol dentro de tres días y me encontrarás completamente curado. Así no tendrás más remordimiento».
»Ayer, mi compañero y yo —continuó relatando el oficial— nos dirigimos ansiosamente al sitio que él había designado. El sadhu estaba allí y nos permitió que le examináramos el brazo. ¡Éste no mostraba ninguna señal o cicatriz de herida! «Voy por la vía de Rishikesh hacia las soledades del Himalaya», dijo. Nos dio su bendición y partió rápidamente. Hoy siento que mi vida se ha elevado espiritualmente merced a su santidad. Tan cerca del Himalaya y, sin embargo, tan lejos, en nuestra cautividad, le dije a Amar que me sentía doblemente impelido a buscar la libertad.
—Escapémonos tan pronto como la oportunidad se nos presente. Podemos ir a pie a la santa Rishikesh. —Le sonreí, animándolo. Pero mi compañero se volvió pesimista en cuanto se vio sin el firme apoyo del dinero que nos había sido quitado. —Si emprendemos una caminata a través de la peligrosa jungla, terminaremos no en una ciudad de santos, sino en el estómago de los tigres. Ananta y el hermano de Amar llegaron a los tres días. Amar saludó a su hermano con afecto y alivio. Yo estaba irreconciliable. Mi hermano Ananta no obtuvo de mí más que rudos reproches.
—Ya me imagino cómo te sientes —me dijo suavemente—. Todo lo que te pido es que me acompañes a Benarés con la finalidad de ver a un cierto sabio, y después a Calcuta para visitar por unos días a nuestro afligido padre. Luego puedes reanudar aquí tu búsqueda de un maestro. En este punto de la conversación intervino Amar para protestar, afirmando que él no tenía intención de regresar a Hardwar conmigo. Estaba gozando del calor familiar. Pero yo sabía que nunca abandonaría la búsqueda de mi gurú.
Nuestra comitiva tomó el tren hacia Benarés. Allí tuve una singular e instantánea respuesta a mis oraciones. Ananta había preparado un ingenioso plan. Antes de verme en Hardwar, se detuvo en Benarés con el fin de pedir los servicios de cierta autoridad en materia de escrituras, para que me entrevistara luego. Tanto el pandit como su hijo habían prometido intentar disuadirme de seguir el sendero del sanyasin². Ananta me llevó a casa de ellos. El hijo, un joven de modales muy entusiastas, me saludó en el patio. Luego me envolvió en un largo y tedioso discurso filosófico, y pretendiendo tener un conocimiento clarividente de mi futuro, desacreditaba mi idea de convertirme en un monje.
—Encontrarás continuamente sinsabores y nunca llegarás a conocer a Dios, si insistes en desertar de tus responsabilidades ordinarias. No puedes superar tu pasado karma³ sin las experiencias de este mundo. Las inmortales palabras del Bhagavad Guita⁴ vinieron a mis labios para darle contestación: —«Quien medita sin cesar en Mí, aun cuando tenga el peor karma, pierde rápidamente los efectos de sus malas acciones —Ese sadhu está tan loco como tú. —Era el canoso pándit el que me hacía esta «encantadora» observación. Él y su hijo me miraban con aire lúgubre—. He oído que él también ha dejado su hogar por una vaga búsqueda de Dios.
Volví la espalda. A Ananta le dije que yo no entraría en más discusiones con semejantes anfitriones. Mi desalentado hermano consintió en la inmediata partida, y pronto tomamos el tren para Calcuta. —Señor detective, ¿cómo descubrió usted que yo había escapado con dos compañeros? —le pregunté a Ananta, durante nuestro viaje de regreso, dando rienda suelta a mi viva curiosidad. Él sonrió pícaramente. —En tu escuela supe que Amar había abandonado el aula y que no había regresado. A la mañana siguiente fui a su casa y descubrí un itinerario de ferrocarril marcado. El padre de Amar salía en esos momentos en un carruaje, y conversaba con el cochero: «¡Mi hijo no irá esta mañana conmigo en el coche a la escuela, pues ha desaparecido!», plañía el padre. «He oído a uno de mis compañeros de profesión afirmar que su hijo y otros dos muchachos, vestidos con ropas europeas, habían abordado el tren en la estación de Howrah—respondió el hombre—, y que regalaron sus zapatos de cuero al conductor del carruaje». Así logré tener tres indicios: el itinerario, el trío de muchachos y las ropas inglesas.
Yo escuchaba el relato de Ananta entre divertido y contrariado. ¡Nuestra generosidad hacia el cochero había sido algo inoportuna! —Naturalmente —prosiguió Ananta—, me apresuré a enviar telegramas a los jefes de estación de los lugares que Amar había subrayado en el itinerario. Había señalado Bareilly; y entonces le envié un telegrama a tu amigo Dwarka. Después de indagar en nuestro vecindario de Calcuta, supe que nuestro primo Jatinda se había ausentado de su casa una noche y había regresado al día siguiente, vestido a la inglesa. Lo busqué y le invité a cenar. Él aceptó, completamente despistado por mis amistosas maneras. En el camino le conduje, sin que él lo sospechara, a la comisaría. Luego fue cercado por varios policías que de antemano había yo elegido por su aspecto agresivo y feroz; bajo su terrible mirada, Jatinda consintió en hacer un relato de su misteriosa conducta:
«Partí para el Himalaya con el espíritu boyante de alegría —explicó Jatinda—. La inspiración me colmaba, ante la perspectiva de encontrar a los maestros. Pero tan pronto como Mukunda dijo: "Durante nuestros éxtasis en las cuevas madurado un atractivo plan, por medio del cual un santo pándit, Swami Kebalananda, iría regularmente a mi casa. Confiadamente me lo anunció, diciendo: «Este sabio será tu instructor de sánscrito». Mi padre tenía la esperanza de que podría calmar mis anhelos religiosos mediante las lecciones impartidas por un filósofo erudito. Pero las cartas pronto se invirtieron: mi nuevo instructor, lejos de ofrecerme arideces intelectuales, atizó las ascuas de mi anhelo por Dios. Aunque mi padre no lo sabía, Swami Kebalananda era un excelso discípulo de Lahiri Mahasaya. El incomparable gurú tenía miles de discípulos, que se veían silenciosamente atraídos hacia él por su irresistible magnetismo divino. Más tarde supe que Lahiri Mahasaya había definido muchas veces a Kebalananda como un rishi o sabio iluminado⁶.
Abundantes rizos adornaban la hermosa cabeza de mi instructor. Sus oscuros ojos, insondables, tenían la transparencia de los de un niño. Todos los movimientos de su ligero cuerpo eran de un deliberado reposo. Siempre amable y gentil, se hallaba constantemente establecido en la conciencia del infinito. Juntos pasamos muchas horas felices, absortos en profunda meditación y Kriya. madurado un atractivo plan, por medio del cual un santo pándit, Swami Kebalananda, iría regularmente a mi casa.
Confiadamente me lo anunció, diciendo: «Este sabio será tu instructor de sánscrito». Mi padre tenía la esperanza de que podría calmar mis anhelos religiosos mediante las lecciones impartidas por un filósofo erudito. Pero las cartas pronto se invirtieron: mi nuevo instructor, lejos de ofrecerme arideces intelectuales, atizó las ascuas de mi anhelo por Dios. Aunque mi padre no lo sabía, Swami Kebalananda era un excelso discípulo de Lahiri Mahasaya. El incomparable gurú tenía miles de discípulos, que se veían silenciosamente atraídos hacia él por su irresistible magnetismo divino. Más tarde supe que Lahiri Mahasaya había definido muchas veces a Kebalananda como un rishi o sabio iluminado⁶.
Abundantes rizos adornaban la hermosa cabeza de mi instructor. Sus oscuros ojos, insondables, tenían la transparencia de los de un niño. Todos los movimientos de su ligero cuerpo eran de un deliberado reposo. Siempre amable y gentil, se hallaba constantemente establecido en la conciencia del infinito. Juntos pasamos muchas horas felices, absortos en profunda meditación y Kriya. SWAMI KEBALANANDA El amado profesor de sánscrito de Yoganandaji Residencia de Yoganandaji en Calcuta antes de profesar los votos de renunciación como sanyasin (monje) de la antigua Orden de los Swamis, en julio de 1915
Kebalananda era una notable autoridad en los antiguos shastras (libros sagrados); su erudición le había hecho merecer el título de «Shastri Mahasaya», por el cual era generalmente conocido y saludado. Pero mi educación en sánscrito fue casi nula. Siempre busqué toda oportunidad para hacer caso omiso de la prosaica gramática y hablar, en cambio, de yoga y de Lahiri Mahasaya. Mi tutor me complació cierto día contándome algo de su propia vida con el maestro.
«Raramente afortunado, pude permanecer cerca de Lahiri Mahasaya durante diez años. Su casa en Benarés era la meta nocturna de mi peregrinaje. El gurú se hallaba siempre presente en una pequeña salita de la planta baja. Conforme se sentaba en la postura del loto, sobre un asiento de madera sin respaldo, todos sus discípulos le rodeaban en semicírculo. Sus ojos centelleaban y bailaban de alegría divina. Los tenía habitualmente entrecerrados, atisbando a través del telescopio interno hacia la esfera de eterna felicidad. Rara vez hablaba extensamente. De vez en cuando su mirada se fijaba
»—Me sumergiré en esos estados y les comunicaré lo que de hecho perciba. —Era, pues, diametralmente opuesto a ciertos instructores que aprenden las escrituras de memoria y luego divulgan conceptos abstractos, que no han experimentado personalmente. »—Sírvete exponernos los significados de las sagradas estrofas, conforme se te presenten. —El silencioso gurú con frecuencia daba esta instrucción a algún discípulo próximo a él—. Yo guiaré tus pensamientos para que hagas una interpretación acertada. —De esta manera, muchas de las percepciones de Lahiri Mahasaya fueron registradas y anotadas, con voluminosos comentarios de diversos estudiantes.
»El Maestro jamás aconsejaba entregarse a una fe esclavizante: »—Las palabras no son más que cáscaras —decía—. Logren la convicción de la presencia de Dios a través de su propio contacto gozoso con Él en la meditación. »No importa cuál fuera el problema del discípulo, el gurú aconsejaba la práctica de Kriya Yoga para su solución: »—La llave del yoga no perderá su efectividad cuando yo no esté más en este cuerpo para guiarles. Esta técnica no puede ser encuadernada, archivada y olvidada, al modo de las inspiraciones teóricas. Continúen sin cesar en su sendero de liberación por medio del Kriya, cuyo poder estriba en su práctica.
»Para alcanzar la salvación a través del esfuerzo personal, yo considero el Kriya como el sistema más eficaz que haya sido jamás desarrollado por el hombre en su búsqueda del Infinito. —Kebalananda terminó así con este ferviente testimonio—. Por medio de su uso, el Dios Omnipotente, oculto en todos los hombres, se hizo encarnación visible y viviente en el cuerpo de Lahiri Mahasaya y en varios de sus discípulos». Un milagro semejante a los de Cristo, realizado por Lahiri Mahasaya, tuvo lugar en presencia de Kebalananda. Mi santo tutor me contó el suceso un día, con la mirada alejada de los textos de sánscrito que estaban ante nosotros.
«Un discípulo ciego, llamado Ramu, me despertaba gran compasión. ¿Por qué no tenía luz en los ojos, cuando tan fielmente servía a nuestro maestro, en quien la Divinidad resplandecía plenamente? Una mañana traté de hablar con Ramu, pero él se sentaba durante largas y pacientes horas a abanicar al gurú con el punkha, un abanico hecho a mano con hojas de palma; cuando por fin el devoto salió de la habitación, yo le seguí. »—Conserva tu mente enfocada en este punto, y canta frecuentemente el nombre del profeta Rama² durante siete días. El esplendor del sol tendrá una especial aurora para ti.
»¡Ah!, y al cabo de una semana aquel milagro se hizo realidad. Por primera vez en su vida, Ramu pudo contemplar el hermoso semblante de la naturaleza. El Omnisciente Uno había inducido certeramente a su discípulo a repetir el nombre de Rama, adorado por él sobre todos los santos. La fe de Ramu era el suelo devocional ya arado en el cual la poderosa semilla del gurú germinó, aportando la curación permanente. —Kebalananda guardó silencio por un momento para rendir un nuevo homenaje a su gurú.
»Era evidente que en todos los milagros que Lahiri Mahasaya operaba nunca permitía que el principio del ego¹⁰ se considerase a sí mismo como el poder causal. Mediante la perfección de su entrega al Poder Terapéutico Supremo, el Maestro permitía que Aquél fluyese libremente a través de su ser. »Los numerosos cuerpos que fueron espectacularmente curados por Lahiri Mahasaya tuvieron más tarde que alimentar las llamas de la cremación. Pero el silencioso despertar espiritual que él operó, y los discípulos del nivel de Cristo que él formó, constituyen sus imperecederos milagros».
Nunca llegué a ser un erudito en sánscrito. Kebalananda me enseñó una sintaxis más divina. «¡Nada hago por mí mismo!». Así debe pensar el que se ciñe a la verdad de las verdades. [...] Considerando siempre: «Éste es el mundo de los sentidos que juegan con los sentidos». (V:8-9). Al ver, ve en verdad aquel que realmente reconoce que las obras son el proceder acostumbrado de la Naturaleza, para el adiestramiento del alma; aun cuando actúa, él no es el agente. (XIII:29).
Si bien Yo soy no-nacido, eterno, indestructible y el Señor de todo lo existente, no es menos cierto que —mediante Maya, mediante mi magia con la que modelo las flotantes formas de la Naturaleza, la inmensidad original — vengo, y voy, y vengo. (IV:6). Difícil es rasgar ese velo divino de variadas sombras que Me oculta; sin embargo, quienes Me adoran logran atravesarlo y van más allá de él. (VII:14). —Bhagavad Guita (traducido de la versión inglesa de Sir Edwin Arnold)