Lutero Burbank: un santo entre las rosas —El secreto para mejorar el cultivo de las plantas es, además del conocimiento científico, el amor. —Fue Lutero Burbank quien pronunció esta sabia frase cuando yo caminaba a su lado en sus jardines en Santa Rosa, California. Nos detuvimos cerca de un macizo de cactus comestibles. »Mientras llevaba a cabo experimentos destinados a producir una especie de cactus sin espinas —continuó—, solía hablar a las plantas a fin de crear una vibración de amor. «No tenéis nada que temer —les decía—. Para nada necesitaréis vuestras espinas defensivas. Yo os protegeré». Gradualmente, la útil planta de los desiertos produjo una variedad sin espinas.
Me sentí conmovido ante este milagro. —Ella es mi planta humana —dijo Burbank, mientras saludaba afectuosamente a la pequeña, agitando la mano—. He llegado a considerar a la humanidad como a una gran planta que sólo requiere amor para sus más altos logros, así como las bendiciones naturales del aire libre, y cruzas y selecciones inteligentes. Durante mi propia vida he observado progresos tan maravillosos en la evolución de las plantas, que miro al futuro con optimismo y creo en un mundo sano y feliz con sólo que a sus hijos se les enseñen los principios de una vida simple y racional. Debemos retornar a la naturaleza, y al Dios que creó la naturaleza.
—Lutero, a usted le encantaría mi escuela de Ranchi, con sus clases al aire libre y su atmósfera de alegría y simplicidad. Mis palabras tocaron la cuerda más próxima al corazón de Burbank: la educación infantil. Me colmó de preguntas, mientras el interés brillaba en sus ojos serenos y profundos. —Swamiji —dijo finalmente—, escuelas como la suya son las que constituyen la única esperanza del futuro. Estoy en contra de los sistemas educativos de nuestro tiempo, segregados de la naturaleza y avasalladores de toda individualidad. En cuerpo y alma comparto sus ideales prácticos en materia de educación.
Mientras me despedía del amable sabio, él me obsequió con un pequeño volumen autografiado¹. —Aquí tiene usted mi libro La educación de la planta humana [The Training of the Human Plant]² —dijo—. Se requieren nuevos tipos de instrucción: audaces experimentos educativos. A veces, los más atrevidos empeños han tenido éxito para hacer surgir lo mejor en materia de flores y frutos. Las innovaciones educativas en relación con los niños deben asimismo ser más numerosas, más valientes.
Esa misma noche leí el librito, poseído de vivo interés. El sabio, cuyos ojos entreveían un glorioso futuro para la raza humana, había escrito: «La cosa viviente más obcecada de este mundo, la más difícil de modificar, es una planta, una vez que ésta se ha asentado en ciertos hábitos. [...] Recuérdese que esta planta ha preservado su individualidad a través de las edades; tal vez se trata de una planta cuya estirpe date de un remoto pasado y que, durante eones, jamás ha variado gran cosa desde la época en que se aferraba a las rocas mismas. ¿Puede pensarse que, después de todas estas edades de repetición, la planta no llegue a verse poseída de una voluntad —si así podemos llamarla— cuya tenacidad no tiene paralelo? En efecto, existen ciertas plantas, como una de las variedades de la palma, tan persistentes que todos de conocer otros países mirando de vez en cuando las ilustraciones de estos folletos.
Mi automóvil se encontraba estacionado ante la verja, así que Lutero y yo recorrimos en él las calles de la pequeña ciudad, que engalanaba sus jardines con las variedades de rosas «Peachblow», «Santa Rosa» y «Burbank», todas introducidas por él. El gran científico había recibido la iniciación en Kriya durante una de mis primeras visitas. —Practico la técnica con toda devoción, Swamiji —dijo. Después de muchas y profundas preguntas relativas al yoga, Lutero observó pausadamente:
—En verdad, Oriente posee inmensos tesoros de conocimientos que Occidente apenas comienza a descubrir³. La íntima comunión con la Naturaleza, además de revelarle muchos de sus más celosamente guardados secretos, le había otorgado a Burbank una reverencia espiritual sin límites. —En ocasiones me siento muy cerca del Poder Infinito —me confió tímidamente. Su rostro sensitivo y bellamente modelado se iluminó con los recuerdos—. En esas ocasiones he sido capaz de curar enfermos y también plantas.
Me habló de su madre, una cristiana de corazón. —Muchas veces, después de su muerte —dijo Lutero—, he sido bendecido por ella, que se me ha aparecido en visiones y me ha hablado. Con bastante desgano regresamos a su casa, donde aguardaban aquellas mil cartas... —Lutero —dije—, el mes próximo comenzaré a publicar una revista destinada a presentar las verdades ofrecidas por Oriente y Occidente. Le suplico que me ayude a decidirme por un buen nombre para esa publicación.
Discutimos los títulos durante un momento y finalmente convinimos en llamarla revista East-West⁴ (Oriente-Occidente). Cuando volvimos a entrar en su estudio, Burbank me dio un artículo que había escrito sobre «Ciencia y Civilización». —Esto será publicado en el primer número de la revista —dije agradecido. Cuando nuestra amistad se volvió más estrecha, yo llegué a apodar a Burbank como mi «santo norteamericano». «He aquí un hombre —dije, parafraseando una cita bíblica— en quien no hay engaño»⁵. Su corazón era insondablemente profundo, desde tiempo identificado con la humildad, la paciencia y el sacrificio. Su pequeña casa situada entre las rosas era austeramente sencilla; él sabía que el lujo de nada
He examinado el sistema Yogoda del Swami Yogananda y, en mi opinión, es ideal para entrenar y armonizar las naturalezas física, mental y espiritual del hombre. El objetivo del Swami es establecer escuelas donde se enseñe «el arte de vivir» en todo el mundo; centros en donde la educación no se limite tan sólo al desarrollo del intelecto, sino que se extienda también al cuerpo, a la voluntad y a los sentimientos. Por medio del sistema Yogoda para el desarrollo físico, mental y espiritual, a través de sencillos y científicos métodos de concentración y meditación, la mayoría de los complejos problemas de la existencia pueden ser resueltos, y la paz y la buena voluntad pueden reinar sobre la tierra. La idea del Swami sobre una verdadera educación está basada en el simple sentido común, libre de todo misticismo y de todo bagaje impracticable; de otro modo, no obtendría mi aprobación.
Me complace contar con esta oportunidad de unirme sinceramente al Swami en su intento de crear las escuelas internacionales del arte de vivir, las cuales, de establecerse, auguran un futuro mejor del que cabe concebir con cuanta cosa conozco. LUTERO BURBANK Y PARAMAHANSA YOGANANDA Santa Rosa (California), 1924 Aun cuando la forma de Burbank yace en Santa Rosa, bajo un cedro del Líbano que él mismo plantó hace años en su jardín, su alma se encuentra para mí en el santuario de todas y cada una de las flores que se abren a lo largo del camino. Sumido durante un tiempo en el espacioso espíritu Huntington, famoso artista neoyorquino. Cuando el retrato estuvo terminado, el hindú se lo llevó triunfante a Calcuta.