La ley de los milagros El gran novelista León Tolstoi¹ escribió una deliciosa historia, Los tres ermitaños; su amigo Nicolás Roerich la ha resumido como sigue: «En una isla vivían tres viejos ermitaños. Eran tan sencillos, que su única oración era: "Somos tres, Tú eres tres; ten misericordia de nosotros". Grandes milagros se manifestaron gracias a esta sencilla oración. »El obispo² supo de los tres monjes y de su inadmisible oración, y decidió visitarlos para enseñarles las invocaciones canónicas. Llegó a la isla y dijo a los ermitaños que su petición celestial era inadecuada, enseñándoles muchas oraciones usuales. Después, el obispo partió en su barco. Vio luego una luz radiante que venía tras la nave y, cuando aquélla se acercó más, se dio cuenta de que se trataba de los tres ermitaños que, o irreal. Ese ilusorio velo de dualidad es maya. Muchos de los grandes descubrimientos científicos de los tiempos modernos han confirmado esta sencilla aseveración de los antiguos rishis.
La Ley del Movimiento de Newton es una ley de maya. «Para cada acción hay siempre una reacción igual y de sentido contrario; la acción mutua de dos cuerpos es siempre igual y opuestamente dirigida». La acción y la reacción son, por lo tanto, exactamente iguales. «La existencia de una sola fuerza es imposible. Debe haber siempre, como en efecto así sucede, un par de fuerzas iguales y opuestas». Todas las acciones naturales fundamentales evidencian su origen máyico. Por ejemplo, la electricidad es un fenómeno de repulsión y atracción; sus electrones y protones tienen cargas opuestas. Otro ejemplo: el átomo o partícula final de la materia es, como la Tierra misma, un imán con sus polos negativo y positivo. Todo el mundo fenoménico está bajo el dominio inexorable de la polaridad; ninguna ley física ni química o de cualquier otra ciencia se halla libre de principios inherentemente opuestos o contrarios.
La ciencia física no puede, pues, formular leyes que escapen del campo de maya, la cual constituye la verdadera trama y estructura de la creación. La Naturaleza misma es maya; la ciencia natural debe forzosamente operar con su ineludible esencia. En su propio dominio, maya es eterna e inagotable; los científicos del futuro no podrán hacer más que probar un aspecto tras otro de su variada infinidad. Así, la ciencia permanece en perpetuo flujo, sin que le resulte posible alcanzar nada definitivo; ella es ciertamente apta para descubrir las leyes de un cosmos preexistente y en funcionamiento, pero incapaz de revelar al Único Hacedor y Operador de la ley. Las majestuosas manifestaciones de la gravedad y la electricidad son ya conocidas, pero qué son la gravedad y la electricidad, ningún mortal lo sabe³.
Dominar a maya fue la tarea asignada a la raza humana por los profetas milenarios. Elevarse sobre la dualidad de la creación y percibir la unidad del Creador se consideró la meta suprema del hombre. Aquellos que se aferran a la ilusión cósmica deben aceptar la esencial ley de polaridad de ésta: ley de flujo y reflujo, elevación y caída, día y noche, placer y dolor, bien y mal, nacimiento y muerte. Este patrón cíclico asume cierta angustiosa monotonía después de que el hombre ha pasado a través de algunos millares de nacimientos humanos; comienza entonces a dirigir su mirada, esperanzado, más allá de las compulsiones de maya. vibraciones de la luz, que constituyen la única realidad de la creación.
Entre el trillón de misterios del cosmos, el más extraordinario es el de la luz. A diferencia de las ondas sonoras, no necesita del aire u otro medio material para su transmisión; las ondas de luz circulan libremente por el vacío del espacio interestelar. Aun el hipotético éter, considerado como el medio interplanetario de la luz en la teoría ondulatoria, puede ser descartado según la teoría einsteiniana, que afirma que las propiedades geométricas del espacio hacen innecesaria la teoría del éter. Bajo cualquiera de estas hipótesis, entre todas las manifestaciones naturales, la luz permanece como la más sutil, la más libre de toda dependencia material.
En la gigantesca concepción de Einstein, la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo) domina enteramente la Teoría de la Relatividad. Él demuestra matemáticamente que la velocidad de la luz es, hasta donde lo permite la capacidad de la mente finita, la única constante en un universo en continuo flujo. Todos los patrones humanos de tiempo y espacio dependen de la velocidad de la luz: la única magnitud «absoluta». El tiempo y el espacio son factores relativos y finitos, no abstractos y eternos como hasta ahora fueron considerados. Su valor como patrones de medida sólo deriva de su relación con la velocidad de la luz.
Al unirse al espacio como una relatividad dimensional, el tiempo ha sido reducido a su verdadera naturaleza: la esencia misma de la ambigüedad. Con unos cuantos golpes ecuacionales de su pluma, Einstein ha desvanecido del cosmos toda realidad fija, excepto la de la luz. En un desarrollo posterior de su Teoría del Campo Unificado, el gran físico trató de incluir en una sola fórmula matemática las leyes de la gravitación y del electromagnetismo. Al reducir la estructura cósmica a variaciones de una sola ley, Einstein se ha remontado a través de las edades hasta los rishis, quienes proclamaron la existencia de una sola estructura en la creación: una proteica maya⁵.
A raíz de la monumental Teoría de la Relatividad han surgido las posibilidades matemáticas de explorar el átomo ultérrimo. Grandes hombres de ciencia están ahora afirmando abiertamente no sólo que el átomo es energía en vez de materia, sino que la energía atómica es esencialmente «sustancia mental». «La verdadera comprensión de que la ciencia física opera con un mundo de sombras es uno de los adelantos más cristalina del volframio aparecieron en la pantalla fluorescente como puntos de luz dispuestos en un patrón geométrico. Las moléculas de aire que incidían en el cristal cúbico de luz podían apreciarse como puntos danzantes de luz, similares a los destellos de luz solar que se perciben en las aguas en movimiento. [...]
El principio del microscopio electrónico fue descubierto en 1927, por los doctores Clinton J. Davisson y Lester H. Germer, de los Laboratorios de la Bell Telephone Co. en la ciudad de Nueva York, quienes comprobaron que el electrón tenía un comportamiento dual, dotado tanto de las características de una partícula como de una onda⁷. La «cualidad onda» del electrón le confiere la característica de la luz, y así comenzó la empresa de hallar medios para enfocar electrones, en forma similar a los empleados para enfocar la luz con auxilio de lentes.
Por su descubrimiento de la propiedad «Jekyll-Hyde» del electrón, el cual [...] demostró el hecho de que todo el reino de la naturaleza física tiene un comportamiento dual, el doctor Davisson recibió el Premio Nobel de Física. «La corriente del conocimiento —dice Sir James Jeans en The Mysterious Universe⁸ [El universo misterioso]— se dirige hacia una realidad no mecánica; el universo principia a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina».
Así, la ciencia del siglo XX está asemejándose a una página de los antiguos Vedas. De la ciencia, entonces, si así debe ser, permítase al hombre aprender la verdad filosófica de que no existe un universo material; su trama y urdimbre es maya, ilusión. El espejismo de su realidad se desvanece bajo el análisis. A medida que los asegurados pilares que soportan la concepción de un cosmos físico se desvanecen, uno tras otro, bajo sus pies, el hombre percibe tenuemente la base idólatra de su confianza, y su transgresión al mandamiento divino: «No tendrás otros dioses fuera de Mí»⁹.
En su famosa ecuación que señala la equivalencia entre la masa y la energía, Einstein demostró que la energía de cualquier partícula de materia es igual a su masa o peso, multiplicado por el cuadrado de la velocidad de la luz. La liberación de la energía atómica se ha conseguido por medio de la aniquilación de las partículas de materia. La «muerte» de la materia ha dado lugar al nacimiento de la Era Atómica. La velocidad de la luz es un estándar matemático o constante, no porque sus 300.000 kilómetros por segundo constituyan un valor absoluto, sino porque ningún cuerpo
«"Haya luz", y hubo luz»¹⁰. Al crear el universo, la primera orden de Dios hizo aparecer la esencia estructural: la luz. Y todas las manifestaciones divinas se llevan a cabo en los rayos de este medio inmaterial. Devotos de todas las épocas han dado testimonio de la manifestación de Dios como luz o llama. «Sus ojos se asemejaban a llamas de fuego —nos dice San Juan— [...]. Su rostro brillaba como el sol en plena canícula»¹¹.
El yogui que a través de la meditación perfecta ha fundido su conciencia con el Creador percibe la esencia cósmica como luz (vibraciones de energía vital); para él no existe diferencia entre los rayos luminosos que componen el agua y los rayos que componen la tierra. Libre de la conciencia de la materia, libre de las tres dimensiones del espacio y de la cuarta dimensión del tiempo, un maestro transporta su cuerpo de luz con igual facilidad sobre los rayos de luz de la tierra, del agua, del fuego o del aire, o a través de ellos. «Si tu ojo es único, todo tu cuerpo estará iluminado»¹². La larga y profunda concentración en el ojo espiritual liberador ha capacitado al yogui para destruir todas las ilusiones relativas a la materia y su peso gravitatorio, y por lo mismo ve el universo esencialmente tal como Dios lo creó: como una indiferenciada masa de luz.
«Las imágenes ópticas —dice el doctor L. T. Troland, de la Universidad de Harvard— se forman bajo el mismo principio que los grabados de medio tono; es decir, están hechas de puntitos diminutos o rayitas demasiado pequeñas para ser detectadas por el ojo. [...] La sensibilidad de la retina es tan grande que una sensación visual puede ser producida por un número relativamente pequeño de quanta de la clase apropiada de luz». La ley de los milagros puede ser puesta en acción por todo ser humano que haya comprendido que la esencia de la creación es luz. Haciendo uso de su divino conocimiento acerca de los fenómenos luminosos, un maestro es capaz de proyectar en forma instantánea los omnipresentes átomos de luz, condensándolos en manifestaciones perceptibles. La forma concreta de la proyección —sea ésta un árbol, una hierba medicinal o un cuerpo humano— está determinada por el deseo del yogui y por la fuerza de su voluntad y el poder de su visualización.
De noche, el hombre entra en el estado de conciencia onírica, escapando de las falsas limitaciones egoístas que diariamente le atenazan. En el sueño, el ser humano cuenta con una comprobación constantemente recurrente de la omnipotencia de su mente: los amigos muertos hace largo buhardilla de la casa de mi padre, en Garpar Road. Durante meses, la Primera Guerra Mundial había estado devastando Europa, y yo reflexionaba con tristeza acerca de aquella enorme mortandad. Cuando cerré los ojos en meditación, mi conciencia fue súbitamente transportada al cuerpo de un capitán que mandaba un barco de guerra. Oí el rugido de las bombas que se cruzaban entre una batería de tierra y los cañones del barco. Un enorme proyectil se precipitó en el depósito de municiones y despedazó mi navío. Salté al agua, junto con unos cuantos marineros que habían sobrevivido a la explosión.
Con el corazón palpitándome con fuerza, llegué a la orilla sano y salvo. Pero, ¡ay!, una bala perdida puso fin a su vuelo incrustándose en mi pecho. Gimiendo, caí a tierra. Todo mi cuerpo estaba paralizado; y, sin embargo, tenía conciencia de poseerlo, como cuando se siente que una pierna se ha dormido. «Las misteriosas pisadas de la muerte me han alcanzado por fin», pensé. Con un suspiro final, iba a sumergirme en la inconsciencia cuando, ¡oh, sorpresa!, me encontré sentado en la postura del loto, en mi cuartito de la casa de Garpar Road. Lágrimas de viva emoción brotaron de mis ojos mientras gozosamente tocaba y pellizcaba mi rescatada posesión: un cuerpo íntegro, sin ningún agujero de bala en el pecho. Me mecí de un lado a otro, inspirando y espirando para cerciorarme de que estaba vivo. Mas, en medio de mis autocongratulaciones, mi conciencia se vio nuevamente transferida al cuerpo muerto del capitán, sobre la ensangrentada playa. Una total confusión mental se apoderó de mí.
—¡Señor! —oré—. ¿Estoy muerto o vivo? Un cegador juego de luces llenó de pronto todo el horizonte. Y un suave y vibrante zumbido se moduló en palabras: «¿Qué tienen que ver la vida o la muerte con la Luz? A imagen de mi Luz te he creado. Las relatividades de la vida y de la muerte pertenecen al sueño cósmico. ¡Contempla tu ser verdadero! ¡Hijo mío, despierta!». Como parte de los pasos del despertar del ser humano, el Señor inspira a los científicos a descubrir, en su debido tiempo y lugar, los secretos de la creación. Numerosos descubrimientos modernos ayudan al hombre a comprender el cosmos como una variada expresión de un mismo poder: la luz guiada por la inteligencia divina. Las maravillas
De la misma manera que las imágenes cinematográficas aparentan ser reales, aun cuando no son más que combinaciones de luz y sombra, así también la variedad universal es sólo una ilusión. Las esferas planetarias, con sus innumerables formas de vida, no son más que figuras en un cinematógrafo cósmico. Temporalmente reales a la percepción de los cinco sentidos, las escenas son proyectadas sobre la pantalla de la conciencia del hombre por el infinito rayo creador.
El auditorio de una sala de cine puede volver la mirada hacia la cabina de proyección y darse cuenta de que todas las imágenes que aparecen en la pantalla son proyectadas en ésta por un rayo de luz desprovisto de toda imagen. El colorido del drama universal surge igualmente de la única luz blanca de la Fuente Cósmica. Con inconcebible ingenio, Dios está poniendo en escena un «colosal entretenimiento» para sus hijos, haciéndoles a la vez actores y espectadores de su teatro planetario.
Cierto día entré en un cine para ver un noticiero cinematográfico de los campos de batalla europeos. La Primera Guerra Mundial seguía librándose y produciendo estragos en el frente occidental: la película documental registraba la mortandad con tanto realismo que salí de la solamente le ha sido disparado un cartucho vacío. Mis hijos son los hijos de la luz; ellos no dormirán para siempre en la ilusión». Aun cuando en las escrituras yo había leído relatos sobre maya, no me habían aportado la profunda percepción interna que me proporcionaron las visiones personales y las consoladoras palabras que las acompañaron. La noción de los propios valores resulta profundamente transformada cuando por fin está uno convencido de que la creación es sólo un inmenso cinematógrafo, y que no es dentro de ella, sino más allá de ella, donde yace su propia realidad.
Cuando había terminado de escribir este capítulo, me senté en la cama en la postura del loto. La habitación¹⁴ se hallaba tenuemente iluminada por dos lámparas de pedestal. Levantando la vista, noté que el techo de la habitación estaba punteado con pequeñas luces de color mostaza, cintilando y parpadeando como si fueran destellos del metal radio. Miríadas de luces semejantes a rayitas de lápiz, y como cortinas de lluvia, convergían en un haz transparente y se derramaban silenciosamente sobre mí.
Inmediatamente mi cuerpo perdió su pesadez y se metamorfoseó en una estructura astral. Sentí la sensación de estar flotando cuando, tocando apenas la cama, mi cuerpo sin peso se mecía alternativamente de izquierda a derecha. Miré alrededor del cuarto: los muebles y las paredes permanecían como de costumbre, pero la pequeña masa de luz se había multiplicado de tal manera que el techo de la habitación era invisible. Me sentí maravillado. «Éste es el mecanismo del Cinematógrafo Cósmico —dijo una Voz, surgida como de la misma luz—. Lanzando sus rayos sobre la pantalla de las sábanas de tu cama, está produciendo la película de tu cuerpo. ¡Mira, tu forma no es nada más que luz!».
Me miré los brazos y los moví de un lado a otro; sin embargo, no pude sentir su peso. Un gozo extático inundó mi ser. Este haz de luz cósmico, semejante a un tallo, y cuya floración era mi cuerpo, parecía una divina réplica de los rayos de luz que salen de la cabina de proyección de un cinematógrafo y que ponen en manifestación las escenas que vemos en la pantalla. Durante un tiempo prolongado experimenté esta filmación de mi cuerpo en el cine ligeramente iluminado de mi propio dormitorio. Aunque yo había tenido muchas visiones, ninguna hasta entonces había sido tan singular. Cuando la ilusión de poseer un cuerpo sólido se hubo disipado completamente, y percibía con mayor profundidad que la
Comúnmente se considera que un «milagro» es un efecto o evento no sujeto a una ley o que la trasciende. No obstante, en nuestro meticulosamente organizado universo, todos los eventos tienen lugar bajo alguna ley y pueden ser explicados por medio de cierta ley. Los poderes considerados milagrosos de los grandes maestros son el atributo natural que acompaña su exacto entendimiento de las leyes sutiles que operan en el cosmos interior de la conciencia. En verdad, nada puede ser llamado un «milagro» excepto en el profundo sentido de que todo es un milagro. ¿Existe algo más común, o milagroso, que el hecho de que cada uno de nosotros poseamos cuerpos intrincadamente organizados y hayamos sido puestos en un planeta que gira vertiginosamente en el espacio entre las estrellas?
Los grandes profetas como Cristo o Lahiri Mahasaya suelen ejecutar muchos milagros. Tales maestros tienen una amplia y difícil misión espiritual que realizar en beneficio de la humanidad, y parte de ella consiste en ayudar en forma milagrosa a aquellos que se encuentran sufriendo. Para vencer enfermedades incurables y problemas humanos insolubles se requieren decretos divinos. Cuando un funcionario real le solicitó a Cristo que curara a su hijo que se hallaba moribundo en Cafarnaúm, él le contestó irónicamente: «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis». No obstante, añadió: «Vete, que tu hijo vive». (San Juan 4:48-50).
En este capítulo, he ofrecido una explicación védica acerca de maya, el poder mágico de la ilusión que es la base de los mundos fenoménicos. La ciencia occidental ya ha descubierto que una «magia» de irrealidad impregna la «materia» atómica. Sin embargo, no sólo la naturaleza, sino también el hombre (en su estado mortal) se encuentra bajo la influencia de maya, es decir, del principio de la relatividad, del contraste, de la dualidad, de la inversión y de los estados opuestos.
No debe imaginarse que sólo los rishis han comprendido la verdad acerca de maya. Los profetas del Antiguo Testamento se refirieron a maya con el nombre de Satanás (literalmente, en hebreo, «el adversario»). El Testamento Griego utiliza el término diabolos o diablo como equivalente de Satanás. Satanás o Maya es el Mago Cósmico que produce la multiplicidad de formas para ocultar la Verdad Única que no posee forma. En el plan y juego (lila) de Dios, la única función de Satanás o Maya es la de tratar de desviar al hombre del Espíritu a la materia, de la Realidad a la irrealidad.
Cristo describió en forma pintoresca a maya como el diablo, refiriéndose a él como un asesino y un mentiroso. «El diablo [...] fue homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira» (San Juan 8:44). «El diablo ha pecado desde el principio, y el hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo» (I San Juan 3:8). Esto significa que la manifestación de la Conciencia Crística en el hombre destruye fácilmente la ilusión o las «obras del diablo».