No visitamos Cachemira —Padre, deseo invitar al Maestro y a cuatro amigos para que me acompañen a las estribaciones del Himalaya durante mis vacaciones de verano. ¿Podría obtener seis pases de ferrocarril para Cachemira y suficiente dinero para cubrir los gastos? Como lo esperaba, mi padre rió de buena gana: —Ésta es la tercera vez que me vienes con el mismo cuento. ¿No me hiciste una petición similar el último verano y el anterior también? A última hora, Sri Yukteswarji rehusó ir.
—Es verdad, padre. No sé por qué mi gurú no me dio una respuesta definitiva sobre el viaje a Cachemira¹. Pero si le digo que ya he obtenido de usted los pases, creo que esta vez él convendrá en hacer el viaje. Rajendra consintió. Salí de la ermita para conseguir un mozo. Yo sabía que Kanai no haría el viaje sin el Maestro, y alguien, en alguna forma, tendría que hacerse cargo del equipaje. Había pensado en Behari, quien anteriormente sirviera en mi casa y ahora era empleado de un maestro de escuela de Serampore. Iba caminando aprisa, cuando me encontré a mi gurú frente a una iglesia cristiana, cerca de la Corte de Justicia de Serampore.
—¿Adónde vas? —El rostro de Sri Yukteswar no tenía nada de sonriente. —Señor, he sabido que usted y Kanai no nos acompañarán en el viaje que tenemos proyectado. Estoy buscando a Behari. Como usted recordará, el año pasado él tenía un grandísimo deseo de visitar Cachemira, e incluso se había ofrecido a ir con nosotros sin recibir paga alguna. —Ya recuerdo. Sin embargo, creo que él no querrá ir. Yo estaba exasperado y respondí:
—¡Él estará esperando ansiosamente esta oportunidad para hacer el viaje! Mi maestro continuó silenciosamente su paseo. Pronto llegué a la casa del maestro de escuela. Behari, que estaba en el patio, me saludó con amistosa cordialidad, la cual desapareció tan pronto como mencioné Cachemira. Con un murmullo de palabras de excusa me dejó y se fue a las habitaciones de su amo. Le esperé durante media hora; nerviosamente, presumía que la tardanza de Behari era debida a sus preparativos para el viaje. Por fin, llamé a la puerta.
—Behari ha salido por la puerta de atrás hace media hora —me informó un hombre. Una ligera sonrisa se dibujaba en sus labios. Me marché con tristeza, preguntándome si mi invitación no habría sido demasiado forzada, o si la influencia invisible del Maestro estaría operando en este asunto. Al pasar junto a la iglesia cristiana, volví a ver a mi gurú, que caminaba lentamente hacia mí. Sin esperar a oír lo que yo le iba a decir, exclamó:
—¡Así que Behari no va! Ahora, ¿cuáles son tus planes? Yo me sentí como un niño con rabieta que está decidido a desafiar la autoridad de su padre. —Señor, voy a pedirle a mi tío que me preste a su mozo, Lal Dhari. —Ve a ver a tu tío, si deseas —replicó Sri Yukteswar, con una sonrisa apenas contenida—. Pero creo que no disfrutarás con la visita. Regresé a la ermita, en donde los amigos ya reunidos esperaban con expectación. La convicción de que algún motivo oculto y extraordinario había tras la actitud del Maestro fue arraigándose en mí. Cierto remordimiento principió a asaltarme: el de que yo estaba tratando de contrariar la voluntad de mi maestro.
—Mukunda, ¿no te gustaría quedarte un poco más conmigo? —me preguntó Sri Yukteswar—. Rajendra y los demás pueden partir ahora y esperarte en Calcuta. Tendrás tiempo suficiente para tomar el último tren de la noche que sale de Calcuta para Cachemira. —Señor, ya no quiero ir sin usted —le dije deprimido. Mis amigos no hicieron caso de esta observación. Llamaron un coche y partieron con todo el equipaje. Kanai y yo nos sentamos quieta y silenciosamente a los pies de nuestro gurú. Después de una media hora de completo silencio, el Maestro se levantó y caminó hacia el comedor del piso alto.
—Kanai, hazme el favor de servirle a Mukunda su comida. Su tren saldrá pronto. Al levantarme del lugar en donde estaba sentado, comencé a sentir de pronto grandes náuseas y una horrenda sensación de asco en el estómago. El dolor era tan intenso que pensé haber caído de súbito en un violento infierno. Tratando de llegar hasta mi maestro, caí a sus pies, con todos los síntomas del temible cólera asiático. Sri Yukteswar y Kanai me llevaron hasta la sala.
—Maestro, le entrego mi vida —grité entre espasmos de agonía, pues creía firmemente que aquélla se retiraba como una marea baja de las playas de mi cuerpo. Sri Yukteswar colocó mi cabeza en su regazo y me acarició la frente con ternura angelical. —¿Comprendes ahora lo que habría ocurrido si estuvieras en la estación con tus amigos? —me dijo—. Me vi obligado a cuidarte de tan extraña manera, porque tú dudaste de mi opinión sobre la inconveniencia de hacer el viaje en esta ocasión.
Al fin, comprendí. Debido a que los grandes maestros rara vez consideran oportuno mostrar abiertamente sus poderes, para cualquier observador casual de los hechos ocurridos durante el día, su secuencia hubiera podido parecer enteramente natural. La intervención de mi maestro había sido demasiado sutil para ser detectada. Él había desplegado su voluntad a través de Behari, de mi tío Sarada, de Rajendra y de los demás de una manera insospechable. Probablemente todos, excepto yo, pensaron que los sucesos eran normales y lógicos.
De corazón asentí a su afirmación. Cuando ya el médico se preparaba para marcharse, Rajendra y Auddy se asomaron por la puerta. El resentimiento que mostraban sus caras se trocó en simpatía cuando vieron al doctor y advirtieron mi aspecto de convaleciente. —Nos sentimos indignados cuando advertimos que no llegabas a Calcuta, como habíamos acordado. ¿Has estado enfermo? —Sí —y no pude contener la risa cuando mis amigos pusieron sus equipajes en el mismo rincón del día anterior. Luego cité aquello de: «Érase una vez un barco que hacia España navegaba y que antes de haber llegado ¡ya de vuelta se encontraba!».
Mi maestro entró en la habitación. Yo me permití una libertad de convaleciente, y tomé su mano con amor. —Guruji —le dije—, desde que tenía doce años he realizado muchos intentos infructuosos de llegar al Himalaya. Ahora estoy verdaderamente convencido de que sin sus bendiciones, la diosa Parvati² jamás me recibirá. EL SEÑOR SHIVA El Señor Shiva, personificación del ascetismo, representa el aspecto Destructor-Renovador de la naturaleza trina de Dios (Creador, Preservador, Destructor). Simbolizando su naturaleza trascendente, se ha representado aquí al Señor Shiva en el Himalaya, en el beatífico estado de samādhi, con serpientes sirviendo de collar (naga kundalā) y brazaletes, que simbolizan su dominio perfecto sobre la ilusión y su fuerza creativa.
Parvati, Kali, Durga, Uma y otras diosas representan aspectos de Jaganmatri, «la Madre Divina del Mundo», llamada de distintos modos para indicar sus variadas funciones. Dios o Shiva en su aspecto trascendente o para no se encuentra activo en la creación; en cambio, Él encomienda el despliegue de su shakti (energía o fuerza por qué observaba nudismo. «¿Por qué no? —le respondió Lalla cáusticamente—. No veo ningún varón aquí». Para la forma de pensar un tanto drástica de Lalla, todo aquel que carecía de la unión divina no merecía ser llamado «hombre». Ella practicaba una técnica relacionada estrechamente con el Kriya Yoga, cuya eficacia exaltó en numerosos cuartetos. Traduzco a continuación uno de ellos:
¿Qué ácidos de tristezas no habré bebido en mis incontables ciclos de nacimiento y muerte? Mas ahora, ¡oh!, sólo hay néctar en mi copa, de la cual libo con deleite por medio del arte de la respiración. La santa no estuvo sujeta a una muerte común, sino que desmaterializó su cuerpo convirtiéndolo en fuego. Más tarde, apareció en forma viviente ante los afligidos habitantes de su pueblo, envuelta en una túnica dorada: ¡completamente vestida por fin!