La muerte de mi madre y el amuleto místico El deseo más grande de mi madre era el de casar a mi hermano mayor. «Cuando yo contemple la cara de la esposa de Ananta, diré que he encontrado el paraíso en la tierra». Con frecuencia oía a mi madre pronunciar estas palabras con el sincero y arraigado sentimiento hindú sobre la continuidad de la familia. Yo tenía alrededor de once años cuando se verificaron los esponsales de Ananta. Mi madre estaba en Calcuta, supervisando gozosamente los preparativos de la boda. Únicamente mi padre y yo habíamos permanecido en nuestra casa de Bareilly, en la parte norte de la India, donde mi padre había sido trasladado después de haber permanecido dos años en Lahore.
—Despierta a tu padre —su voz era sólo un susurro—. Tomen el primer tren disponible hoy, a las cuatro de la mañana. Vengan rápidamente a Calcuta, si desean verme. La figura de la aparición se desvaneció. —¡Padre! ¡Padre! ¡Mi madre se está muriendo! —El terror en mi tono de voz lo despertó inmediatamente. Sollozando, le comuniqué la fatídica revelación. —No hagas caso de tus alucinaciones —mi padre, como de costumbre, dio su negativa a una nueva situación—. Tu madre goza de excelente salud. Si recibimos cualquier mala noticia, partiremos mañana.
—¡Nunca te perdonarás el no haber partido inmediatamente! —La angustia me hizo agregar amargamente—: ¡Ni yo te lo perdonaré! La mañana llegó melancólica, y con ella un mensaje con claras y funestas frases: «Madre gravemente enferma; boda pospuesta; vengan de inmediato». Mi padre y yo salimos tristes y consternados. Uno de mis tíos vino a nuestro encuentro en una estación en donde teníamos que transbordar. Un tren que retumbaba como el trueno venía en nuestra dirección con telescópica rapidez. En mi confusión interna, una súbita determinación se aferró a mí, la de arrojarme bajo sus ruedas. Sintiéndome desposeído de mi madre, no podía ya soportar un mundo absolutamente vacío para mí. Yo amaba a mi madre como al más querido amigo en la tierra. Sus hermosos y consoladores ojos negros habían sido siempre mi seguro refugio en todas las insignificantes tragedias de mi niñez.
—¿Vive aún? —me detuve para hacer esta última pregunta. —¡Por supuesto que vive! —Él había captado enseguida la desesperación que se reflejaba en mi rostro. Pero apenas creí sus palabras. Cuando llegamos a nuestra casa en Calcuta, fue únicamente para confrontar el desolador misterio de la muerte. Sufrí un colapso y quedé como sin vida. Pasaron muchos años antes de que mi corazón se tranquilizara. Clamando constantemente a las puertas del cielo, mi llanto consiguió por fin atraer la atención de la Madre Divina. Sus palabras trajeron finalmente el bálsamo que curó mis abiertas heridas:
«¡Soy Yo quien ha velado por ti vida tras vida, en la ternura de muchas madres! Reconoce en mi mirada los dos ojos negros, los hermosos ojos perdidos, que estás buscando». Mi padre y yo regresamos a Bareilly poco después de los ritos crematorios de la amada. Sus palabras, no obstante, me causaron un inexplicable regocijo, al traer ante mí un nítido panorama: me vi a mí mismo como monje, peregrinando a través de la India; tal vez ellas despertaron recuerdos de una vida pasada. En todo caso, pude apreciar con cuánta naturalidad podría yo vestir el hábito religioso de la antiquísima orden monástica.
Conversando una mañana con Dwarka, sentí por Dios tal amor, que parecía descender como una avalancha sobre mí. Mi amigo apenas escuchaba el torrente de mi elocuencia; pero yo, en cambio, me escuchaba a mí mismo de todo corazón. Esa tarde escapé hacia Naini Tal, al pie del Himalaya. Pero Ananta, resuelto a atraparme, me obligó a regresar, con gran tristeza de mi parte, a Bareilly. La única peregrinación que se me permitía hacer era mi habitual paseo al amanecer hasta el árbol sheoli. Mi corazón lloraba por mis dos madres perdidas: la humana y la divina.
La falta de mi madre en el seno del hogar fue irreparable. Mi padre no volvió a casarse durante el lapso que sobrevivió a mi madre, que fue casi de cuarenta años. Asumiendo el difícil papel de padre y madre de una pequeña familia, se volvió notablemente más cariñoso, más accesible. Con calma y visión resolvía él todos los problemas de la familia. Después de la jornada en la oficina, se retiraba como un ermitaño a la celda de su cuarto y, con dulce serenidad, se entregaba a la práctica de Kriya Yoga. Mucho después de la muerte de mi madre, traté de contratar los servicios de una enfermera inglesa, para que atendiera los detalles de la casa y pudiera así hacer la vida de mi padre más cómoda y llevadera. Pero mi padre movió la cabeza en señal de negación.
—Los servicios para mí han terminado con la partida de tu madre —sus ojos profundos reflejaban una intensa devoción hacia la esposa a la que toda su vida había amado—. Ya no aceptaré servicios de ninguna otra mujer. Catorce meses después de la partida de mi madre, supe que ella había dejado para mí un trascendental mensaje. Ananta estuvo presente al lado de su lecho de muerte y había escrito sus últimas palabras para mí. Aun cuando ella había recomendado que se me comunicara esto al año de su muerte, mi hermano lo había demorado; no obstante, estando él en vísperas de abandonar Bareilly para ir a Calcuta a casarse con la muchacha que mi madre le había escogido², una noche me mandó llamar a su lado.
—Mukunda, he permanecido reacio a comunicarte un extraño mensaje —la voz de Ananta tenía un sello de resignación—, pues temía que sirviera de aguijón a tus deseos de abandonar el hogar. Pero, de cualquier manera, estás Mi corazón se ensanchó de gozo al ver mi plegaria secreta concedida por medio del omnisciente gurú. Poco antes de tu nacimiento, él me había dicho que tú seguirías su sendero. Después, hijo mío, tu hermana Roma y yo fuimos testigos de que habías tenido una visión de la Gran Luz, ya que te contemplábamos desde la habitación contigua, mientras yacías inmóvil en la cama. Tu pequeña cara se iluminó, y tu voz resonó con firme resolución cuando hablaste de ir al Himalaya en busca de Dios.
Por estos medios, mi querido hijo, supe que tu sendero está más allá de las ambiciones mundanas. El acontecimiento más extraordinario de mi vida me trajo aún mayor confirmación de esta certidumbre; ese acontecimiento me obliga ahora, en mi lecho de muerte, a darte este mensaje. Se trata de una entrevista que mantuve con un sabio de Punjab, mientras nuestra familia vivía en Lahore. Una mañana, precipitadamente, entró en mi habitación el mozo. —Señora, un extraño sadhu³ está aquí e insiste en ver a la madre de Mukunda.
Estas sencillas palabras tocaron una cuerda sensible dentro de mí. Salí enseguida a saludar al visitante. Inclinándome reverentemente a sus pies, presentí que ante mí estaba un verdadero hombre de Dios. —Madre —dijo—, los grandes maestros desean que sepas que tu estancia en la tierra no será larga. Tu próxima enfermedad será la última⁴. Hubo un silencio, durante el cual no sentí ningún temor, sino sólo una inmensa vibración de paz. Finalmente, me volvió a hablar.
—Deberás ser la guardiana de cierto amuleto de plata. No te lo daré hoy; pero a fin de demostrarte la veracidad de mis palabras, el talismán se materializará en tus manos mañana cuando estés meditando. A la hora de tu muerte, deberás dar instrucciones a tu hijo mayor, Ananta, para que guarde el amuleto durante un año y, después de ese tiempo, se lo entregue a tu segundo hijo. Mukunda comprenderá el significado del talismán de los grandes maestros. Él deberá recibirlo cuando llegue el momento en que se halle listo para renunciar a todas las cosas terrenas e iniciar su búsqueda vital de Dios. Una vez que el amuleto permanezca en su poder durante algunos años, y haya cumplido ya su objetivo, desaparecerá —aun cuando esté guardado en el más secreto escondrijo— y regresará a su lugar de procedencia.
Brindé algunas ofrendas⁵ al santo y lo reverencié inclinándome con toda devoción. Sin tomar las ofrendas, partió, dándome su bendición. A la noche siguiente, mientras estaba sentada y meditaba con las manos unidas, un amuleto de plata se materializó entre las palmas de mis manos, tal como el sadhu había predicho. Se hizo manifiesto por su tacto Yoganandaji (de pie) cuando era estudiante de enseñanza secundaria, junto a su hermano mayor Ananta Paramahansa Yogananda con su hermana mayor, Roma (izq.) y una de sus hermanas menores, Nalini, frente a la casa donde residió durante su niñez; Calcuta, 1935
Uma, una de las hermanas mayores de Yogananda, cuando era niña, en Gorakhpur En el talismán se encontraba inscrito un mantra (palabras sagradas entonadas en forma de cántico). En ningún otro lugar como en la India han sido investigados tan profundamente el poder del sánscrito de fuentes semitas. En Mohenjo-Daro y Harappa, se han excavado recientemente varias grandes ciudades hindúes, que demuestran que una eminente cultura «debe de haber tenido una larga precedencia histórica en la tierra de la India, llevándonos hacia atrás en el tiempo hasta una época que tan sólo vagamente podemos conjeturar» (Sir John Marshall, en su libro Mohenjo-Daro and the Indus Civilization, 1931).
Si la teoría hindú acerca de la extremadamente remota antigüedad de la civilización del hombre en este planeta es correcta, resultaría posible entonces explicar por qué la más antigua de las lenguas, el sánscrito, es también la más perfecta. «El idioma sánscrito —afirmó Sir William Jones, fundador de la Asiatic Society—, sea cual sea su antigüedad, posee una maravillosa estructura, más perfecta que el griego, más rica que el latín y más exquisitamente refinada que la de ambos».
La Enciclopedia Americana afirma: «Desde el resurgimiento de la cultura clásica, no ha habido otro evento tan importante en la historia de la cultura como el descubrimiento del sánscrito [por los eruditos occidentales] en la última parte del siglo XVIII. La ciencia lingüística, la gramática comparativa, la mitología comparativa, la ciencia de la religión [...] deben su existencia al descubrimiento del sánscrito o han sido profundamente influenciadas por el estudio de esta lengua».