Un musulmán que hace maravillas —Hace años, aquí, en esta misma habitación que ahora ocupas, un musulmán que hacía maravillas realizó cuatro milagros ante mí. Sri Yukteswar hizo este comentario durante su primera visita a mi nueva residencia. Inmediatamente después de mi ingreso a la Universidad de Serampore, yo había tomado una habitación en una casa de huéspedes cercana, llamada Panthi¹. Se trataba de una antigua construcción de ladrillos, que daba frente al Ganges.
—¡Qué coincidencia, Maestro, que estas paredes recientemente decoradas estén saturadas de recuerdos tan antiguos! —Yo examiné mi cuarto, amueblado sencillamente, con vivo interés. nuevas malas acciones. La complejidad de tu karma anterior es tal que debes utilizar esta vida para reconciliar tus éxitos en el yoga con los más nobles ideales humanitarios. »Después de haber dado algunas instrucciones al sorprendido muchacho, con respecto a la complicada técnica que debería seguir, el maestro se desvaneció en el aire.
»Afzal practicó fielmente sus ejercicios de yoga durante veinte años. Sus hechos milagrosos principiaron a llamar grandemente la atención. Parecía que siempre estaba acompañado por un espíritu desencarnado, a quien él llamaba «Hazrat». Esta entidad invisible podía cumplir el más insignificante deseo del faquir. »Haciendo caso omiso de la advertencia de su maestro, Afzal comenzó a hacer mal uso de sus poderes. Cualquier objeto que él tocaba desaparecía rápidamente, sin dejar huellas de ninguna especie. ¡Este hecho desconcertante hizo que el musulmán no fuera nunca un huésped grato!
»Visitaba las grandes joyerías de Calcuta, de tiempo en tiempo, haciéndose pasar por un probable comprador, y cualquier joya que hubiera tocado desaparecía poco tiempo después de que él abandonase la joyería. »Afzal era seguido con frecuencia por algunos cientos de estudiantes, a quienes atraía la esperanza de aprender sus secretos. El faquir los invitaba de vez en cuando a viajar con él. En la estación del ferrocarril se daba maña para tomar un montón de boletos y devolverlos de inmediato al empleado, diciéndole: «He cambiado de parecer; por ahora, no los compro». No obstante, cuando subía al tren con su comitiva, Afzal tenía en su poder los boletos necesarios³.
»Estas estafas generaron gran desconcierto e indignación. Los joyeros de Bengala y los vendedores de boletos llegaban a sufrir colapsos nerviosos. La policía, que intentaba arrestar a Afzal, carecía de pruebas para ello; el faquir desvanecía cualquier evidencia incriminatoria, simplemente diciendo: «Hazrat, llévate esto». Sri Yukteswar se levantó de su asiento y se dirigió al balcón de mi cuarto, desde el cual podía verse el río Ganges. Yo le seguí ansioso de escuchar algo más acerca de los asombrosos hechos de este Raffles musulmán.
—Esta casa Panthi perteneció anteriormente a un amigo mío. Él conoció a Afzal y le pidió que viniera aquí. Mi amigo invitó, por su parte, a unos veinte vecinos, entre los cuales me encontraba yo. En aquel entonces, yo era tan sólo un joven y sentía una viva curiosidad por este famoso faquir. —Mi maestro rió—. ¡De todos modos, tuve la precaución de no »—Tú tienes quinientas rupias en una caja fuerte. Tráemelas, y te diré dónde encontrar tu reloj.
»El afligido Babu salió inmediatamente para su casa. Regresó poco después y le entregó a Afzal la suma exigida. »—Ve al puentecito que está cerca de tu casa —le dijo el faquir a Babu—, llama a Hazrat y dile que te dé el reloj y la cadena. »Babu salió corriendo. A su regreso, lucía una sonrisa de tranquilidad y satisfacción, pero no su cadena ni su reloj. »—Cuando le dije a Hazrat lo que se me había indicado —refirió él—, mi reloj vino volando por el aire hasta mi mano derecha. ¡Y pueden ustedes tener la seguridad de que lo guardé en la caja fuerte, antes de volver aquí!
»Los amigos de Babu, testigos de la tragicomedia del rescate del reloj, miraron con cierto resentimiento a Afzal, quien dijo tratando de pacificarlos: »—Pidan las bebidas que ustedes quieran y Hazrat se las traerá. »Algunos pidieron leche; otros, jugos de fruta. Y no me sorprendí mucho cuando el enervado Babu pidió whisky. El musulmán dio la orden, y Hazrat mandó lo que se le pedía en recipientes sellados que volaban por el aire y se posaban en el suelo. Cada uno tomó la bebida que había pedido.
»La promesa de un cuarto prodigio espectacular en aquel día resultó, sin duda, muy agradable para nuestro anfitrión: ¡Afzal ofreció proporcionar una comida instantánea! »—Vamos a pedir los platillos más caros —dijo Babu con cierto aire de tristeza—. ¡Yo necesito una comida espléndida, que haga honor a mis quinientas rupias! Todo deberá servirse en platos de oro. »Tan pronto como cada uno de los presentes hubo pedido lo que deseaba, el faquir llamó al incansable Hazrat. Hubo un gran ruido y, luego, aparecieron de la nada platos de oro, llenos de los más selectos curris, luchis calientes y muchas frutas fuera de estación, que «aterrizaron» a nuestros pies. Toda la comida era deliciosa. Después de disfrutar del banquete durante una hora, comenzamos a abandonar la habitación. Un intenso ruido, semejante al de una gran cantidad de platos entrechocando, nos obligó a volvernos. ¡Asombroso!: no había señales de ninguno de los deslumbrantes platos dorados o de los restos de la comida.
—Guruji —interrumpí a mi maestro—, si Afzal podía conseguir tales cosas como platos de oro, ¿por qué tomaba lo ajeno? —El faquir no contaba con un desarrollo espiritual elevado —me respondió Sri Yukteswar—. Su dominio sobre una —Nunca más volví a ver a Afzal después de aquel día, pero algunos años más tarde Babu vino a mi casa para mostrarme el relato contenido en un periódico, en que se hablaba de una pública confesión del musulmán. Y por ella supe los detalles que te acabo de dar acerca de la temprana iniciación de Afzal por un gurú hindú.
El resumen de la última parte del documento publicado, según recordaba Sri Yukteswar, era como sigue: Yo, Afzal Khan, escribo estas palabras como un acto de penitencia, como un consejo para aquellos que buscan la posesión de poderes milagrosos. Durante años he estado haciendo mal uso de las maravillosas habilidades que me concedieron la gracia de Dios y mi maestro. Yo me embriagué de egoísmo, sintiendo que estaba más allá de las leyes ordinarias de la moral. El día de rendir cuentas ha llegado por fin. Hace poco, encontré a un anciano, en un camino de las afueras de Calcuta. Cojeaba dolorosamente, llevando consigo un objeto brillante, que a mí me pareció de oro, y yo lo saludé con avaricia.
—Yo soy Afzal Khan, el gran faquir. ¿Qué lleva usted ahí? —Una bola de oro, que es la única riqueza material que poseo; esto no puede ser de gran interés para un faquir. Le imploro a usted que cure mi cojera. —Yo toqué la bola y me alejé sin decirle nada. El anciano me siguió; luego lanzó un grito: —¡Mi bola de oro ha desaparecido! Como yo no le hacía caso, súbitamente, con una voz estentórea, inesperada en su débil cuerpo, me preguntó:
—¿No me reconoces? Permanecí inmóvil, mudo, anonado por el descubrimiento que acababa de hacer, pues este anciano cojo no era otro que el gran santo que hacía mucho tiempo me había iniciado en el yoga. Él se enderezó, y su cuerpo inmediatamente se tornó fuerte y joven. —Conque sí, ¿eh? —La mirada de mi gurú era terrible—. Ya veo con mis propios ojos que utilizas tus poderes, no para ayudar a la humanidad doliente, sino, por el contrario, ¡para robarla como un ladrón cualquiera! Te retiro ese don oculto: Hazrat estará ahora en libertad y fuera de tu alcance; ¡ya no serás más el terror de Bengala!
Yo llamé a Hazrat en tono angustioso; pero, por primera vez, no se presentó ante mi vista interna. De repente, un oscuro velo se disipó dentro de mí y vi claramente la maldad de mi vida. —Mi gurú, yo le agradezco que haya venido para desvanecer la oscuridad de tanto tiempo —le dije, llorando a sus pies—. Le prometo olvidar mis ambiciones mundanas. Me retiraré a las montañas para dedicarme a una solitaria y constante meditación en Dios, esperando así poder expiar mis faltas del pasado.
Mi maestro me contemplaba con silenciosa compasión. —Percibo tu sinceridad —me dijo por fin—. Considerando que durante los primeros años obraste bien, y debido a tu actual arrepentimiento, te concedo una gracia: tus poderes han desaparecido, pero cuando necesites alimento o vestimenta, puedes llamar aún a Hazrat para que te lo suministre. Dedícate de todo corazón a recibir el entendimiento divino en la soledad de las montañas. Luego, mi gurú desapareció; quedé solo con mis lágrimas y mis reflexiones. ¡Adiós mundo! Voy a buscar el perdón del Amado Cósmico.