Años en la ermita de mi maestro —Has venido —me dijo Sri Yukteswar, saludándome desde la piel de tigre en la cual estaba sentado, en su antesala de balcones. Su voz y sus modales eran fríos, sin emoción alguna. —Sí, amado Maestro, estoy aquí para seguirle. —Y, arrodillándome, toqué sus pies. —¿Cómo puede ser, si ignoras mis deseos? —¡No desde ahora, Guruji! ¡Sus deseos serán mi ley! —Eso está mejor. Ahora ya puedo asumir responsabilidad sobre tu vida.
—Con gusto le cedo semejante problema, Maestro. —Entonces, mi primera petición es que regreses a tu hogar, con tu familia. Deseo que ingreses a la universidad en Calcuta, donde debes continuar tu educación. que pueda obligarle a aparecer. Yo presentía la divina unión de Sri Yukteswar y, como discípulo suyo, estaba decidido a aprovechar esa ventaja. —¡Eres de una naturaleza exigente! —Luego, el compasivo asentimiento del Maestro se expresó así—: Que tu deseo sea mi deseo.
La sombra de una vida entera se esfumó de mi corazón; la vaga búsqueda, aquí y allá, había concluido. Había encontrado al fin mi eterno refugio, bajo el amparo de un verdadero gurú. —Ven, te mostraré la ermita. —Mi maestro se levantó de su tapete de piel de tigre. Miré a mi derredror, y mi vista sorprendida cayó sobre un retrato adornado con jazmines, que estaba en un muro. —¡Lahiri Mahasaya! —exclamé con asombro. —Sí, mi divino gurú. —La voz de Sri Yukteswar era vibrante y reverente—. Su estatura superaba, como hombre y como yogui, a la de cualquier otro maestro cuya vida estuvo al alcance de mis investigaciones.
Silenciosamente me incliné ante el familiar retrato, y desde el fondo de mi alma le rendí pleiteśıa al maestro sin par que, además de bendecir mi infancia, había guiado mis pasos hasta este momento. Conducido por mi maestro, caminé por la casa y el jardín. La ermita era espaciosa, antigua y bien construida con sólidos pilares, en torno a un patio. Las paredes exteriores estaban cubiertas de musgo; las palomas volaban sobre el tejado gris, compartiendo sin ceremonias las habitaciones del ashram. En la parte posterior había un bonito jardín, con árboles frutales de nanjea, mango y plátano. Balcones con balaustradas, en las habitaciones superiores, daban frente al patio por tres lados de la casona de dos pisos. Un espacioso vestíbulo de columnas y elevado techo se usaba, según me decía mi maestro, principalmente durante las festividades anuales del Durgāpuja¹. Una estrecha escalera conducía a la sala de Sri Yukteswar, cuyo pequeño balcón daba a la calle. El ashram estaba sobriamente amueblado; todo era allí sencillo, limpio y práctico. Había algunas sillas, bancas y mesas de estilo occidental.
Mi maestro me invitó a pasar allí la noche. Una cena con curry vegetal nos fue servida por dos jóvenes discípulos que recibían su entrenamiento espiritual en la ermita. —Guruji, dígame algo sobre su vida. —Yo estaba en cuclillas, sobre una estera de paja junto a su piel de tigre. Las familiares estrellas parecían más próximas a través del balcón. ningún cuento de horror. Moraleja: Mira al miedo de frente y cesará de importunarte. Otro recuerdo que guarda mi memoria se refiere al anhelo que tenía de poseer un perro muy feo, cuyo dueño era un vecino. Durante semanas enteras mantuve a los miembros de mi familia en continuo alboroto para que me consiguieran el perro. Mis oídos permanecían sordos a todos sus ofrecimientos de otros animales más atractivos. Moraleja: Todo apego es cegador y presta un imaginario halo de atracción al objeto deseado.
La tercera anécdota se refiere a la plasticidad de la mente juvenil. Alguna vez oí decir a mi madre: «El hombre que acepta un puesto bajo la dirección de otro es un esclavo». Esa impresión me quedó tan indeleblemente grabada que, aun después de mi matrimonio, rehusé toda clase de empleos. Hice frente a los gastos invirtiendo la heredat de la familia en tierras. Moraleja: Sugerencias buenas y positivas deben instruir los sensibles oídos de los niños. Sus primeras ideas permanecen profundamente grabadas.
El Maestro cayó en un silencio apacible. Cerca de la medianoche me condujo hacia un catre estrecho. Mi sueño fue profundo y agradable aquella primera noche bajo el techo de mi gurú. Sri Yukteswar escogió la siguiente mañana para conferirme la iniciación en Kriya Yoga. Esta técnica la había recibido yo anteriormente de dos discípulos de Lahiri Mahasaya: mi padre y mi tutor, Swami Kebalananda. Pero mi maestro poseía un poder transformador. A su contacto, una gran luz se abrió paso en mi ser, como la gloria de incontables soles ardiendo juntos. Un torrente de inefable felicidad inundó mi corazón hasta lo más profundo.
Era ya muy avanzada la tarde del día siguiente, cuando logré decidirme a abandonar la ermita. «Regresarás dentro de treinta días». Cuando llegué a mi casa en Calcuta, el cumplimiento de la predicción de mi maestro entró conmigo. Ninguno de mis parientes hizo las mordaces observaciones que yo había temido acerca de la reaparición del «pájaro vagabundo». Subí a mi buhardilla y dirigí a mi alrededor miradas cariñosas, como ante una presencia viviente. «Tú has sido testigo de mis meditaciones, de las lágrimas y tormentos de mi sadhana. Ahora he llegado al puerto feliz de mi divino maestro».
—Hijo, me siento feliz por los dos —mi padre y yo nos sentamos juntos bajo la calma de la tarde—. Tú has encontrado a tu maestro en la misma forma milagrosa en Era muy sencillo descubrir cuándo el Maestro había despertado, por la brusca suspensión de sus estupendos ronquidos⁵. Uno o dos suspiros, algún movimiento del cuerpo; luego, un silencioso vacío respiratorio: el Maestro se hallaba sumergido en el profundo goce del yoga. El desayuno no era inmediato; primero venía un largo paseo por el Ganges. Aquellos paseos matutinos con mi gurú... ¡cuán reales y vívidos permanecen conmigo! En la fácil evocación de mi memoria, con frecuencia me encuentro a su lado; el temprano sol calienta el río y su voz resuena plena de auténtica sabiduría.
Luego un baño; después, la comida de mediodía. Su preparación, de acuerdo con las instrucciones diarias del Maestro, era la cuidadosa tarea encomendada a sus jóvenes discípulos. Mi gurú era vegetariano. Antes de acogerse a la vida monástica, comía huevos y pescado. Su consejo a los estudiantes era el de seguir una dieta sencilla y adecuada a la constitución de cada uno. Mi maestro comía poco, con frecuencia arroz coloreado con cúrcuma o jugo de remolacha o espinacas, ligeramente rociado con manteca clarificada de leche de búfalo (ghee) o mantequilla batida. Otro día tomaba, por ejemplo, una sopa de lentejas (dal) o un curry de channa⁶ con verduras. Como postre tomaba mangos o naranjas con budín de arroz o jugo de nanjea.
Los visitantes hacían su aparición por la tarde. Una corriente continua llegaba del mundo a la tranquila ermita. Mi gurú trataba a todas las visitas con cortesía y gentileza. Un Maestro —aquel que ha tomado plena conciencia de sí mismo como el alma omnipresente, y no como el cuerpo o el ego— percibe en todos los seres humanos una notable similitud. La imparcialidad de los santos se basa en la sabiduría. Ellos son insensibles a los alternantes aspectos de maya, invulnerables a las atracciones y aversiones que confunden el juicio de las personas corrientes. Sri Yukteswar no manifestaba ninguna consideración especial hacia los hombres acaudalados, poderosos o de éxito; ni tampoco desdeñaba a los pobres o faltos de cultura. Escuchaba respetuosamente las verdades de un niño, haciendo caso omiso, en ocasiones, a la presunción de un pándit.
Las ocho de la noche era la hora de la cena, y a veces aún se encontraban en la ermita algunos visitantes. Mi maestro no se excusaba para ir a comer solo; nadie salía de la ermita hambriento o insatisfecho. Sri Yukteswar jamás carecía de recursos ni se desanimaba ante la llegada de visitantes inesperados; con pocos alimentos organizaba inducía a conversar. Era incapaz de asumir una pose ni de hacer ostentación de su recogimiento interior. Siempre unido al Señor, no necesitaba de un tiempo especial para comulgar con Él. Un maestro que ha alcanzado la unión divina ha dejado atrás los peldaños de la meditación. «La flor se extingue cuando el fruto aparece». Pero los santos suelen adherirse a las prácticas espirituales para servir de ejemplo a sus discípulos.
Cuando se acercaba la medianoche, mi gurú se adormecía a veces con la naturalidad de un niño. No hacía ningún gran preparativo para acostarse. Con frecuencia se recostaba, sin almohada siquiera, sobre una estrecha litera que le servía de respaldo a su habitual asiento de piel de tigre. Una discusión filosófica de toda una noche no era cosa rara: cualquier discípulo podía provocarla por la intensidad de su interés. Nunca experimenté cansancio alguno ni deseo de dormir en aquellas ocasiones; las vívidas palabras de mi maestro eran suficientes. «¡Oh, ya amaneció! ¡Vayamos a dar un paseo por el Ganges!». Así concluían muchas de estas edificantes charlas nocturnas.
Mis primeros meses en compañía de Sri Yukteswar culminaron con una lección práctica: «Cómo vencer a un mosquito». En mi casa, mi familia solía protegerse bajo mosquiteros por la noche. En Serampore me acongojé mucho al ver que no se seguía esa prudente costumbre, a pesar de que allí los mosquitos eran numerosos: me picaban de pies a cabeza. Mi maestro me compadeció: —Compra un mosquitero para ti y otro para mí —me dijo riendo, y agregó—: Si compras sólo uno para ti, todos los mosquitos se cebarán en mí.
Más que agradecido, le obedecí con diligencia. Cada noche que pasaba en Serampore, mi maestro me pedía que colocara los mosquiteros sobre las camas. Una noche, no obstante, aun cuando una nube de mosquitos nos rodeaba, mi maestro no dio sus acostumbradas instrucciones. Con inquietud escuchaba yo el expectante zumbido de los insectos. Al acostarme, dirigí una oración propiciatoria para conjurarlos. Media hora después, tosí ostensiblemente para atraer la atención de mi gurú; pensé que enloquecería con las picaduras de los mosquitos, y especialmente con el zumbido con que celebraban sus ritos, sedientos de sangre.
Pero no hubo respuesta de mi maestro. Me acerqué a él cautelosamente. No estaba respirando. Era esa la primera vez que yo le veía en trance yóguico, lo cual me llenó de terror. «¡Su corazón debe de haberle fallado!», pensé. Coloqué un abren entonces hacia mundos interiores más bellos que los del prístino Edén⁷. Los instructivos mosquitos sirvieron para otra lección inicial en la ermita. Era la hora apacible del crepúsculo: mi gurú estaba interpretando incomparablemente los textos antiguos. Sentado a sus pies, me hallaba yo en perfecta paz. Un impertinente mosquito entró en escena y principió a distraer mi atención. Y como introdujera su venenosa «aguja hipodérmica» en mi muslo, automáticamente levanté mi mano vengadora. ¡Reprime la inminente ejecución! El oportuno recuerdo de uno de los aforismos de Patanjali vino a mi mente: aquel que trata del ahimsa (no dañar)⁸.
—¿Por qué no terminaste la obra? —Maestro, ¿aprueba usted el matar? —No, pero el golpe mortal ya ha sido ejecutado en tu mente. —No comprendo. —El sentido del aforismo de Patanjali es eliminar el deseo de matar —Sri Yukteswar había leído mi proceso mental como en un libro abierto—. Este mundo está inconvenientemente arreglado para la práctica literal de ahimsa. El hombre puede verse obligado a exterminar a las criaturas perjudiciales. Pero no debe caer bajo la compulsión de la ira o la animosidad. Todas las formas de vida tienen igual derecho al aire de maya. El santo que descubre los secretos de la creación estará en armonía con las múltiples y desconcertantes expresiones de la naturaleza. Todos los seres humanos llegarán a comprender esta verdad, superando su pasión por la destrucción.
—Maestro, ¿debe uno ofrecerse a sí mismo en sacrificio en vez de matar a una bestia salvaje? —No; el cuerpo del hombre es precioso. Su valor es de primer orden en la escala evolutiva, porque posee un cerebro y centros espinales únicos. Éstos le permiten al devoto adelantado comprender y expresar plenamente los más elevados aspectos de la divinidad. Ninguna de las especies inferiores está así capacitada. Es verdad que se incurre en la deuda de un pecado menor, si uno se ve obligado a matar a algún animal u otro ser viviente. Pero los sagrados Shastras enseñan que la pérdida injustificada de un cuerpo humano es una transgresión muy grave contra la ley kármica.
Suspiré aliviado; no siempre se ven los propios instintos naturales confirmados por las escrituras. Aunque nunca vi a mi maestro enfrentarse a un tigre o a un leopardo, en cierta ocasión, una mortífera cobra le desafió, sólo para ser vencida por el amor de mi gurú. El Una tarde, durante los primeros meses de mi estancia en la ermita, tropecé con los ojos de Sri Yukteswar penetrantemente fijos en mí. —Estás muy delgado, Mukunda.
Su observación dio en el blanco. Mis ojos hundidos y mi demacrada complexión no eran de mi agrado. Tenía numerosas botellas de tónicos en un estante de mi habitación en Calcuta, pero ninguno me servía; una dispepsia crónica se había enseñoreado de mí desde la niñez. Ocasionalmente solía preguntarme con tristeza si valdría la pena vivir con un cuerpo tan delicado y enfermizo. —Las medicinas tienen un límite, pero la divina energía vital creadora no tiene ninguno. Cree en esto: serás sano y fuerte.
Las palabras de Sri Yukteswar me convencieron instantáneamente de que yo podía aplicar con éxito esa verdad en mi propia vida. Ningún otro terapeuta (de los muchos que llegué a consultar) había sido capaz de despertar en mí aquella profunda fe. Día a día aumentaba mi salud y fortaleza. Gracias a la oculta bendición de mi maestro, en dos semanas gané el peso que anteriormente había tratado en vano de obtener. Mis males del estómago desaparecieron definitivamente. En ocasiones posteriores, tuve el privilegio de presenciar las curaciones divinas realizadas por mi gurú en personas que padecían de tuberculosis, diabetes, epilepsia o parálisis.
—Hace algunos años, yo también quise aumentar de peso —me contó Sri Yukteswar poco tiempo después de que me hubo curado—. Durante la convalecencia de una grave enfermedad visité a Lahiri Mahasaya, en Benarés. »—Señor, he estado muy enfermo y he perdido mucho peso. »—Veo, Yukteswar¹⁰, que aceptaste enfermarte y ahora consideras que estás delgado. »Esta respuesta estaba muy lejos de la que yo esperaba; sin embargo, mi gurú me dijo, animándome: »—Veamos. Estoy seguro de que te sentirás mejor mañana.
»Mi receptiva mente interpretó sus palabras como un indicio de que él me sanaría secretamente. A la mañana siguiente, llegué a él exclamando, lleno de regocijo: »—¡Señor, hoy me siento mucho mejor! »—¡Ciertamente! Hoy, te has dado energías tú mismo. »—No, Maestro —repliqué—, ha sido usted quien me ha ayudado. Ésta es la primera vez en muchas semanas que siento algo de energía. »—¡Oh, desde luego! Tu enfermedad ha sido grave. Tu cuerpo está aún débil. ¿Quién puede decir cómo te sentirás mañana?
»El solo pensamiento de volver a sentirme débil me produjo un estremecimiento de temor. Al día siguiente apenas pude arrastrarme hasta la casa de Lahiri Mahasaya. »—Señor, nuevamente estoy enfermo. »—¡Ajá, una vez más te has indispuesto tú mismo! —Había ironía en la mirada de mi maestro. »—Gurudeva, ahora me doy cuenta de que todos los días se ha estado usted burlando de mí. —Mi paciencia se había agotado—. No comprendo por qué no cree en mis sinceras palabras.
»—En verdad, son tus pensamientos los que han hecho que de manera alternante te sientas fuerte o débil. —Mi maestro me miró con afecto—. Ya has visto cómo tu salud sigue exactamente el curso de tus expectativas subconscientes. El pensamiento es una fuerza como la electricidad y la gravitación. La mente humana es una chispa de la suprema conciencia de Dios. Podría demostrarte que cuanto tu poderosa mente llegue a creer con gran intensidad sucederá instantáneamente. plenamente consciente de su unidad con el Divino Soñador, Lahiri Mahasaya podía materializar o desmaterializar los oníricos átomos del mundo fenoménico, o producir en ellos cualquier otro cambio que quisiera¹¹.
»Toda la creación está gobernada por leyes —terminó diciendo Sri Yukteswar—. Las que se manifiestan en el mundo exterior, descubiertas por los científicos, se denominan leyes naturales. Pero hay leyes más sutiles que rigen los planos espirituales ocultos y el reino interior de la conciencia; esas leyes pueden conocerse a través de la ciencia del yoga. No es el físico, sino el maestro plenamente realizado quien comprende la verdadera naturaleza de la materia. Mediante ese conocimiento, Cristo pudo restaurar la oreja del sirviente, después de que ésta hubiera sido seccionada por uno de sus discípulos¹².
Sri Yukteswar era un incomparable intérprete de las escrituras. Muchos de mis más gratos recuerdos giran en torno a sus pláticas. Pero no exponía sus preciosos pensamientos a oídos distraídos o faltos de entendimiento. La más ligera inquietud de mi cuerpo o la más insignificante distracción de mi mente bastaban para interrumpir bruscamente la disertación de mi maestro. —Tú no estás aquí. —Una tarde, mi maestro suspendió repentinamente su exposición con este comentario. Como de costumbre, escrutaba meticulosamente el curso de mi atención.
—¡Guruji —mi voz era de protesta—, no me he movido! ¡Ni siquiera he parpadeado; puedo repetirle cada una de las palabras que ha pronunciado! —Sin embargo, no estabas completamente conmigo. Tu objeción me obliga a decirte que en el fondo de tu mente estabas creando tres instituciones: un selvático retiro en una llanura, otro en la cima de una colina y un tercero junto al mar. En verdad, aquellos pensamientos formulados por él habían estado presentes en mi mente, de forma casi subconsciente. Le miré con aire de disculpa.
—¿Qué puedo hacer con un maestro tal, capaz de captar mis más erráticos fantasías? —Tú me has dado ese derecho. Las sutiles verdades que te estoy exponiendo no pueden ser absorbidas sin una completa concentración. Salvo que sea necesario, yo no invado la reclusión de la mente de los demás. El hombre tiene el privilegio de vagar secretamente entre sus pensamientos. Ni mientras su cabeza permanecía anclada en el cielo. La gente práctica despertaba su admiración. «¡La santidad no es sinónimo de estupidez! Las percepciones divinas no son incapacitantes —solía decir—. La activa expresión de la virtud da nacimiento a la más aguda inteligencia».
A mi maestro no le gustaba hablar sobre los reinos suprafísicos. Su única aura «maravillosa» estaba constituida por una simplicidad absoluta. En su conversación evitaba hacer referencias sorprendentes, y en la acción era siempre expresivo y libre. Muchos instructores hablaban de milagros, pero no podían realizar uno solo. Sri Yukteswar rara vez mencionaba las leyes sutiles, pero secretamente operaba con ellas a voluntad. «El hombre que ha alcanzado la unión con Dios no hace ningún milagro sin recibir previamente una sanción interna —decía mi maestro—. Dios no desea que los secretos de su creación sean revelados promiscuamente¹³. Además, cada individuo tiene el inalienable derecho al libre albedrío. Los santos no violan esa independencia».
El silencio habitual de Sri Yukteswar era causado por su profunda percepción del Infinito. No le quedaba tiempo para las interminables «revelaciones» que ocupan los días de los instructores que no han percibido a Dios. Las escrituras hindúes dicen: «En los hombres superficiales, el pececillo de los pensamientos provoca mucho alboroto; en las mentes oceánicas, las ballenas de la inspiración apenas si dejan estela». Debido a la apariencia nada espectacular de mi gurú, muy pocos de sus contemporáneos le reconocieron como un superhombre. El adagio popular que dice «Necio es aquel que no puede ocultar su sabiduría» nunca podría ser aplicado a mi profundo y calmado maestro.
Aunque nació como todo mortal, Sri Yukteswar había realizado su identidad con el Señor del tiempo y del espacio. Él no encontraba ningún obstáculo insuperable para la amalgama de lo humano con lo divino. Llegué a comprender que no existen tales obstáculos, salvo en el hombre que no emprende la aventura espiritual. Siempre solía conmoverme íntimamente el simple contacto con los santos pies de Sri Yukteswar. Un discípulo se magnetiza espiritualmente a través del devoto contacto con un maestro: una corriente sutil se genera entonces. A menudo, el mecanismo de los hábitos indeseables del discípulo es cauterizado en su cerebro, y el conjunto de sus tendencias mundanas es beneficiosamente perturbado. Momentáneamente, cuando menos, éste puede ver los velos «Olvida el pasado —solía decir Sri Yukteswar, consoladoramente—. Las vidas pretéritas de todos los hombres se encuentran manchadas por múltiples culpas. La conducta de cada ser humano será siempre imperfecta mientras no haya establecido su conciencia en la Divinidad. Todo mejorará en el futuro, si estás haciendo un esfuerzo espiritual en el presente».
Mi maestro tenía siempre jóvenes chelas (discípulos) en su ermita. La educación de estos jóvenes, tanto intelectual como espiritual, fue un empeño al que dedicó toda su vida. Incluso poco tiempo antes de morir, aceptó como residentes de la ermita a dos niños de seis años y a un joven de dieciséis. Quienes se encontraban a su cargo recibían un cuidadoso entrenamiento; las palabras «discípulo» y «disciplina» están relacionadas tanto en el aspecto etimológico como práctico. Los residentes del ashram le amaban y reverenciaban; una breve palmada suya era suficiente para que todos corrieran con entusiasmo a su lado. Cuando estaba silencioso o retraído, nadie se atrevía a hablar, pero cuando reía jovialmente, los niños le consideraban como si fuera uno de ellos.
Muy rara vez pedía el Maestro un favor personal a los demás, ni aceptaba cooperación o ayuda de los estudiantes, salvo que ésta le fuese ofrecida gustosamente. Él mismo lavaba su ropa si sus discípulos se olvidaban de tan privilegiada tarea. Su vestimenta usual era la tradicional túnica color ocre de los swamis. En la ermita usaba zapatos sin lazos, de piel de tigre o de venado, según la costumbre de los yoguis. Mi maestro hablaba con fluidez el inglés, el francés, el hindi y el bengalí. Su conocimiento del sánscrito era también bastante bueno. Pacientemente instruía a sus jóvenes discípulos mediante un fácil y breve método que él había ingeniosamente desarrollado para el estudio del inglés y el sánscrito.
El Maestro no tenía apego a su cuerpo, pero cuidaba de él. La Divinidad, decía, se manifiesta debidamente a través de un cuerpo y una mente sanos. Rechazaba igualmente todos los extremos. En cierta ocasión, a un discípulo que quiso ayunar durante un largo período, mi gurú le dijo, riendo: «¿Por qué no le das un hueso al perro?»¹⁴. La salud de Sri Yukteswar era excelente; yo jamás le vi enfermo¹⁵. Permitía a sus discípulos consultar a los médicos, si así lo deseaban. Su propósito era respetar la costumbre mundana. «Los médicos deben llevar a cabo su labor de curar a través de las leyes divinas aplicadas a la materia». Mas La disciplina no me era desconocida: en mi hogar, mi padre era estricto y mi hermano Ananta con frecuencia severo. Pero el entrenamiento de Sri Yukteswar no puede menos que clasificarse como drástico. Verdadero perfeccionista, mi gurú era supercrítico con sus discípulos, ya fuera en los asuntos del momento o en los más sutiles matices de la conducta diaria.
«Las buenas maneras carentes de sinceridad son como una dama hermosa, pero muerta —solía decir cuando la ocasión era apropiada—. La rectitud exterior sin cortesía es como el bisturí de un cirujano, efectivo pero desagradable. La franqueza y la cortesía juntas son bienhechoras y admirables». Aparentemente, el Maestro estaba satisfecho de mi adelanto espiritual, puesto que rara vez se refería a él. En otras cuestiones, mis oídos jamás dejaban de oír reproches: ser distraído, dar rienda suelta de vez en cuando a momentos de melancolía, no observar ciertas reglas de etiqueta y mi manera de actuar, ocasionalmente sin métodos, constituían mis principales faltas.
«Observa cómo las actividades de tu padre Bhagabati están bien organizadas y equilibradas», señalaba mi gurú. Los dos discípulos de Lahiri Mahasaya se habían conocido poco después de mi primera visita a Serampore. Mi padre y Sri Yukteswar se profesaban honda admiración mutua. Ambos habían construido una hermosa vida interior sobre cimientos de sólido granito espiritual, indestructible frente al paso del tiempo. De un instructor temporal, había yo absorbido en mi temprana edad algunas lecciones erróneas. Se me había dicho que un chela no necesita preocuparse intensamente de los deberes mundanos; y cuando había incurrido en negligencia no se me había castigado. La naturaleza humana encuentra tales instrucciones muy fáciles de asimilar. Pero bajo la férula implacable de mi maestro, pronto me recobré de tan agradables ilusiones de irresponsabilidad.
«Los que son demasiado buenos para este mundo están adornando algún otro —comentó un día Sri Yukteswar—. Mientras respires el aire libre de la tierra, tienes la obligación de realizar con gusto tu servicio. Únicamente aquel que ha dominado el estado de suspensión de la respiración¹⁷ está libre de los imperativos cósmicos. —Y añadió con ironía—: No dejaré de hacerte saber cuándo has obtenido la perfección final». Mi gurú no podía ser sobornado ni siquiera por el amor. No mostraba ninguna lenidad para aquellos que, como yo, voluntariamente se ofrecían a ser sus discípulos. Ya fuera que La intuición de Sri Yukteswar era tan penetrante que, sin prestar atención a las palabras de su interlocutor, a menudo solía responder a sus pensamientos no expresados. Entre lo que una persona piensa realmente y lo que expresa verbalmente puede existir un abismo. «Manteniéndote en calma —decía—, trata de percibir los pensamientos que yacen más allá de la confusa verborrea de los hombres». Las verdades reveladas por la divina visión interior son con frecuencia dolorosas para los oídos mundanos. Mi maestro no era popular entre los estudiantes superficiales. Los sabios, siempre pocos en número, le reverenciaban intensamente. Me atrevería a decir que Sri Yukteswar hubiera sido el más solicitado gurú de la India, si sus palabras no hubiesen sido tan sinceras ni tan censoras.
«Soy muy estricto con aquellos que vienen a mí en busca de entrenamiento —admitía—. Ésta es mi manera: tómala o déjala. Nunca transijo. Pero tú serás mucho más amable con tus discípulos; ésa es tu manera de ser. Yo trato de purificar únicamente en el fuego de la severidad, cuyo ardor es insoportable para el hombre medio. La suave brisa del amor tiene también un efecto transformador. Tanto los métodos inflexibles como los benévolos son igualmente efectivos, si se aplican con sabiduría. Tú irás a países extranjeros donde los descorteses ataques contra el ego no son bienvenidos. Un instructor no podría difundir el mensaje de la India en Occidente, sin estar dotado de una buena dosis de adaptabilidad, paciencia y mansedumbre». (¡Me resisto a relatar con cuánta frecuencia he recordado en Estados Unidos las palabras de mi maestro!).
Aun cuando el lenguaje directo de Sri Yukteswar impidió que grandes multitudes le siguieran durante su permanencia en la tierra, su espíritu continúa viviendo hoy en el mundo a través de un creciente número de sinceros estudiantes que siguen sus enseñanzas. Los guerreros como Alejandro Magno buscaron dominar territorios conquistados; los maestros como Sri Yukteswar tienen un dominio más grande: las almas humanas. Era costumbre de mi maestro el señalar las insignificantes faltas de sus discípulos con una gravedad portentosa. Un día mi padre vino a Serampore a presentar sus respetos a Sri Yukteswar. Probablemente esperaba recibir algunas palabras de encomio sobre mí. Pero grande fue su desazón al oír una larga enumeración de mis imperfecciones. Mi padre corrió a verme: Pero aquel que toma la ofensiva no debe estar indefenso. Los mismos censores huían precipitadamente tan pronto como el Maestro disparaba públicamente en su dirección algún comentario incisivo procedente de su análisis crítico.
«Las sensibles debilidades interiores, que se sublevan ante el más mínimo roce de censura, se asemejan a regiones corporales enfermas, las cuales se retraen incluso al ser tratadas con delicadeza». Tal era el gracioso comentario de Sri Yukteswar acerca de los huidizos estudiantes. Muchos discípulos poseen una imagen preconcebida de un gurú, a través de la cual juzgan las palabras y acciones de él. Semejantes personas se quejaban con frecuencia de no entender a Sri Yukteswar.
«Tampoco ustedes comprenden a Dios —repliqué en cierta ocasión—. Si un santo les resultase explicable, justedes también serían santos!». Entre trillones de misterios que palpitan cada segundo en el inexplicable aire, ¿puede uno aventurarse a pedir que la insondable naturaleza de un maestro se comprenda de inmediato? Los estudiantes venían, pero generalmente se marchaban. Aquellos que deseaban un cómodo sendero pleno de simpatía inmediata y de reconfortantes reconocimientos no lo encontraban en nuestra ermita. Mi maestro ofrecía su amparo y guía eterna, pero muchos discípulos mendigaban también un mezquino bálsamo para su ego. Y era así como partían, prefiriendo, en lugar de la humildad, las incontables humillaciones de la vida. Los ardientes rayos de mi maestro, la clara y penetrante luz de su sabiduría, eran demasiado poderosos para sus dolencias espirituales. Ellos buscaban un maestro de menor estatura, quien bajo su sombra aduladora les permitiera el plácido sueño de la ignorancia.
Durante los primeros meses junto a mi maestro, solía yo experimentar un sensible temor a sus reprimendas. Pronto descubrí que sus vivisecciones verbales eran practicadas exclusivamente en quienes, como yo, habían solicitado recibir su disciplina. Si cualquier estudiante, herido, protestaba, Sri Yukteswar, sin ofenderse, guardaba silencio. Jamás había ira en sus palabras, sino solamente una impersonal sabiduría. Las reconvenciones de mi maestro no se dirigían a los visitantes ocasionales, a quienes rara vez señalaba sus defectos, ni siquiera los más notables. Pero hacia aquellos estudiantes que buscaban su consejo, Sri Yukteswar sentía una verdadera responsabilidad. Valiente es, en realidad, el gurú que emprende la obra de transformar el crudo metal del ego impregnado de materialidad. La valentía de un santo proviene de la compasión que siente por los seres
Mi relación con Sri Yukteswar era en cierto sentido inarticulada, y sin embargo estaba imbuida de una oculta elocuencia. A menudo solía yo descubrir su silenciosa huella impresa en mis pensamientos, lo cual hacía innecesaria toda expresión verbal. Sentado calladamente a su lado, yo sentía cómo su plenitud se volcaba apaciblemente sobre mi ser. La imparcial justicia de Sri Yukteswar fue notablemente demostrada durante las vacaciones de verano, al término de mi primer año en la universidad. Yo había estado ansiando la oportunidad de pasar algunos meses ininterrumpidos en Serampore, al lado de mi gurú.
«Puedes quedarte a cargo de la ermita. —El Maestro estaba contento del entusiasmo que le demostré a mi llegada—. Tus obligaciones serán la recepción de los huéspedes y la supervisión del trabajo de los demás discípulos». Kumar, un joven campesino del este de Bengala, fue aceptado dos semanas después para su entrenamiento en la ermita. Notablemente inteligente, se ganó de manera rápida el afecto de Sri Yukteswar, quien por alguna razón insondable era muy considerado con el nuevo residente.
—Mukunda, deja a Kumar que tome tu puesto, y ocupa tu tiempo en barrer y cocinar. —El Maestro me dio estas instrucciones un mes después de la llegada del muchacho. Exaltado a la dirección de la ermita, Kumar empezó a ejercer cierta tiranía doméstica. En callada rebelión, los otros discípulos continuaron buscando diariamente mis consejos. Esta situación continuó durante tres semanas; entonces, oí casualmente la siguiente conversación entre Kumar y el Maestro. —¡Mukunda es insoportable! —se quejaba el joven—. Usted me hizo supervisor y, sin embargo, los demás le buscan y le obedecen a él.
—Por eso le asigné a él la cocina y a ti la sala. De esta manera te has dado cuenta de que un buen líder debe tener el deseo de servir y no de dominar. —El frío tono de la respuesta de Sri Yukteswar pareció enteramente nuevo a Kumar—. Tú querías el puesto de Mukunda, pero no has sido capaz de ejercerlo con mérito. Regresa pues a tu antiguo puesto de ayudante en la cocina.
Después de este humillante incidente, mi maestro volvió a asumir su primera actitud de suave indulgencia hacia Kumar. ¿Quién puede resolver el misterio de la atracción? En Kumar descubrió nuestro gurú una hermosa fuente, la cual, sin embargo, no fluía para sus condiscípulos. Aun cuando el nuevo aspirante era ostensiblemente el favorito de Sri Yukteswar, yo no me sentí nunca lastimado. La idiosincrasia campesino vulgar se hallaba ante nosotros; un sujeto que durante su ausencia había adquirido múltiples vicios.
El Maestro me llamó y, descorazonado, me hizo saber que este muchacho era ya incapaz de seguir la vida monástica en la ermita. —Mukunda, dejo a tu cuidado comunicarle a Kumar que debe abandonar el ashram mañana; yo no puedo hacerlo. —Las lágrimas asomaban a los ojos de Sri Yukteswar, pero se controló rápidamente—. Este muchacho no habría descendido tanto si me hubiera escuchado y no se hubiera mezclado con compañeros indeseables. Ha rechazado mi protección, y el cruel mundo aún deberá continuar siendo su maestro.
La partida de Kumar no me aportó ninguna satisfacción. Con triste asombro me preguntaba cómo una persona con poder suficiente para ganarse el afecto de un maestro puede responder tan fácilmente a las atracciones mundanas. Los placeres del vino y el sexo están enraizados de manera innata en el hombre; no se requiere, para disfrutar de ellos, de ninguna sensibilidad especial. Las trampas de los sentidos se asemejan a la verde y fragante adelfa, colmada de flores rosadas: cada parte de la planta es venenosa²⁰. El supremo bálsamo yace en el reino interior, el cual se halla rebosante de la felicidad que tan ciegamente busca el hombre en miles de direcciones exteriores.
—La aguda inteligencia es una espada de doble filo —dijo mi maestro en cierta ocasión refiriéndose a la brillante mentalidad de Kumar—. Puede usarse constructiva o destructivamente, como un cuchillo: para cortar el lazo de la ignorancia, o para degollarse uno mismo. La inteligencia puede guiarse rectamente sólo cuando la mente ha reconocido la imposibilidad de escapar a la ley espiritual. Mi maestro se relacionaba libremente con los discípulos, hombres y mujeres, tratándolos a todos como a sus hijos. Percibiendo sólo la igualdad de sus almas, no mostraba nunca distinciones o parcialidades.
«En el sueño, ustedes no saben si son hombres o mujeres —decía—. Así como un hombre vestido de mujer no se convierte en una mujer, así el alma, ya sea que represente el papel de hombre o de mujer, permanece inalterada. El alma es la pura e inmutable imagen de Dios». Sri Yukteswar nunca rechazaba o culpaba a la mujer como causa de «la caída del hombre». Él afirmaba que el hombre constituye también una tentación para la mujer. En cierta ocasión, le pregunté a mi maestro por qué un gran santo de la carne sea débil, la mente debe permanecer constantemente firme. Si la tentación los asalta con inusitada violencia, vénzanla por medio del análisis impersonal y de la voluntad férrea. Toda pasión natural puede ser dominada.
»Conserven sus poderes. Sean como el espacioso océano y absorban serenamente todos los tributarios ríos de los sentidos. Los deseos de placeres sensoriales son como perforaciones en el depósito de la paz interior y permiten que las vitales aguas se desperdicien en la árida tierra del materialismo. El compulsivo y activante impulso del mal deseo es el mayor enemigo de la felicidad del hombre. Caminen por el mundo como leones del autocontrol; no permitan que las ranas de las debilidades sensuales los importunen».
El verdadero devoto es finalmente liberado de todas sus compulsiones instintivas, transformando su necesidad de afectos humanos en aspiraciones de Dios solamente; así nace en él un amor único, porque es omnipresente. La madre de Sri Yukteswar vivía en el distrito de Rana Mahal, en Benarés, en donde visité por primera vez a mi gurú. Agraciada, dulce y bondadosa, ella era, sin embargo, una mujer de resueltas opiniones. Un día que estuve en el balcón de su casa, observaba yo a la madre y al hijo hablando juntos. A su quieta y apacible manera, mi maestro trataba de convencer a su madre de algo. Aparentemente no lo consiguió, puesto que su madre movía la cabeza vigorosamente, en señal de negativa.
—¡No, no, hijo mío! ¡Ahora, vete! Tus palabras sabias no son para mí. Yo no soy tu discípula. Srī Yukteswar se retiró sin ningún comentario, como un niño regañado. Me conmovió el gran respeto que profesaba hacia su madre, incluso ante actitudes irracionales de ella. Ella seguía mirándole como a su pequeño hijo y no como a un sabio. Había cierto encanto en aquel pequeño episodio, pues a través de él pude apreciar un nuevo aspecto de la desusada naturaleza de mi maestro, internamente humilde y exteriormente inflexible.
Las reglas monásticas no permiten que un swami retenga sus conexiones con los lazos mundanos después de haber hecho sus votos formales. No puede éste celebrar los ritos ceremoniales para la familia, que son obligatorios para los hombres de hogar. Sin embargo, Shankara, el antiguo reorganizador de la Orden de los Swamis, hizo caso omiso de tales prescripciones: a la muerte de su amada madre incineró su cuerpo con un fuego celeste que él hizo surgir de su propia mano. amenizaban todo diálogo. Aun cuando su apariencia fuera a menudo grave, el Maestro jamás estaba deprimido. «Para encontrar al Señor no es necesario "desfigurarse el rostro" —solía decir, citando el pasaje bíblico²³—. Recuerda que el encuentro con Dios significa el entierro de todos los pesares».
Entre los filósofos, profesores, abogados y científicos que visitaban la ermita, muchos llegaban por primera vez esperando encontrarse con un dogmático religioso. Una altiva sonrisa o una mirada llena de condescendiente tolerancia revelaba ocasionalmente la actitud de los visitantes, quienes no esperaban recibir otra cosa que unas pocas pláticas piadosas. Mas, luego de haber charlado con Sri Yukteswar y descubierto que él poseía conocimientos precisos acerca de sus respectivas especialidades, los visitantes se mostraban reticentes a abandonar su compañía.
Habitualmente mi maestro era gentil y amable con sus visitantes, y les daba la bienvenida con una cordialidad encantadora. Sin embargo, los ególatras inveterados a veces sufrían una enérgica sacudida. Éstos encontraban en mi maestro una fría indiferencia o una formidable oposición: ¡hielo o hierro! En cierta ocasión, un notable químico cruzó su espada con mi maestro. El visitante no admitía la existencia de Dios, ya que la ciencia no había encontrado ningún medio para descubrirlo.
—¿Así que usted ha fracasado inexplicablemente en aislar el Poder Supremo en sus tubos de ensayo? —Mi maestro lo miró con severidad—. Yo le recomiendo un nuevo experimento: examine detenidamente sus pensamientos durante veinticuatro horas. Ya no se asombrará más de la ausencia de Dios. Un conocido erudito recibió una sacudida similar. En su primera visita, hasta las vigas retumbaban mientras recitaba pasajes del Mahabharata, de los Upanishads²⁴ y de los bhasyas (comentarios) de Shankara.
—Estoy esperando oírle. —El tono de voz de Sri Yukteswar era inquisitivo, como si todo el tiempo hubiera reinado un gran silencio. El pandit estaba confundido. »Sus citas han sido superabundantes. —Las palabras de mi maestro despertaron mi hilaridad, en tanto me sentaba en un rincón, a respetuosa distancia del visitante—. ¿Pero qué comentario original puede usted ofrecer, desde el punto de vista de su propia vida? ¿Cuál texto sagrado ha absorbido usted y ha hecho suyo? ¿De qué forma esas antiguas verdades han renovado su naturaleza? ¿Se siente usted satisfecho aporte sino vanidad, falsa satisfacción y un conocimiento mal asimilado».
Sri Yukteswar relataba una de sus propias experiencias edificantes en el aprendizaje de las escrituras. La escena ocurría en una boscosa ermita del este de Bengala, en donde él observó la técnica de un renombrado educador, llamado Dabru Ballav. Su método, a la vez simple y difícil, era común en la antigua India. Dabru Ballav había reunido a sus discípulos en las soledades selváticas. El sagrado Bhagavad Guita estaba abierto ante ellos. Concienzudamente leían un pasaje durante media hora y luego cerraban los ojos. Pasaba una media hora más y el maestro hacía un comentario breve. Sin moverse, meditaban otra vez durante una hora. Finalmente, el gurú hablaba:
—¿Han comprendido esta estrofa? —Sí, señor —se aventuró a decir uno de los del grupo. —No, no completamente. Busquen la vitalidad espiritual que ha dado a estas palabras el poder de rejuvenecer a la India siglo tras siglo. —Otra hora pasó en silencio. El maestro despidió a sus estudiantes, y volviéndose a Sri Yukteswar, le preguntó: —¿Conoce usted el Bhagavad Guita? —No, señor, realmente no; aun cuando mis ojos y mi mente han recorrido sus páginas muchas veces.
—¡Cientos de personas me han contestado de una manera muy diferente! —El gran sabio sonrió a mi maestro, bendiciéndole—. Si uno dedica el tiempo a hacer ostentación de su conocimiento de las escrituras, ¿qué tiempo queda para la silenciosa meditación interior que se sumerge profundamente en busca de las inapreciables perlas? Sri Yukteswar dirigía el estudio de sus discípulos por el mismo método de enfocar con intensidad la mente en un solo punto a la vez. «La sabiduría no se asimila con los ojos, sino con los átomos —decía—. Cuando la convicción de una verdad no esté únicamente en tu cerebro, sino en todo tu ser, entonces quizás podrás dar testimonio de su significado».
Él solía disuadir al discípulo de la tendencia a construirse un conocimiento bibliográfico como paso necesario para lograr la unión divina. «Los rishis escribieron en una frase tan grandes profundidades, que los comentaristas eruditos han estado ocupados en ellas durante generaciones —observaba—. Las interminables controversias literarias son para las mentes perezosas. ¿Qué pensamiento hay más liberador que "Dios es", o simplemente "Dios"?». —¿Sabe usted que yo logré el primer lugar en los exámenes para obtener la licenciatura en letras? —La razón le había abandonado, pero aún podía gritar.
—Señor magistrado, olvida usted que ésta no es una sala de su Corte —replicó mi maestro sin alterarse—. Por sus infantiles comentarios, uno pensaría que su carrera en la universidad no fue notable. Un grado universitario, en todo caso, no está relacionado con la percepción interior védica. Los santos no se producen a montones cada semestre, como los contadores. Después de un silencio abrumador, el visitante soltó una sincera carcajada y dijo humildemente: —Éste es mi primer encuentro con un magistrado celestial. —Luego hizo una súplica formal, envuelta y saturada en los términos legales que eran parte de su manera de ser, para ser aceptado como un discípulo «a prueba».
En varias ocasiones Sri Yukteswar, al igual que lo hiciera Lahiri Mahasaya, desalentó a algunos estudiantes que deseaban ingresar a la Orden de los Swamis y que no se encontraban realmente preparados para adoptar ese tipo de vida. «Quienes visten la túnica ocre pero carecen de la correspondiente unidad con Dios son causa de confusión para la sociedad —solían decir ambos maestros—. Olvida los símbolos externos de la renunciación, los cuales podrían perjudicarte al producir en ti un falso orgullo. Lo único que importa, en realidad, es que estés progresando espiritualmente cada día, en forma constante; y Kriya Yoga es el método para lograrlo».
Al considerar el mérito de un hombre, el santo recurre a un criterio inalterable, que difiere marcadamente de las cambiantes pautas de este mundo. Para un maestro, en efecto, la humanidad —¡la cual se considera a sí misma como dotada de tanta variedad!— se divide en sólo dos clases de personas: la gente ignorante, que no busca a Dios, y la gente sabia, que le busca. Mi gurú atendía personalmente todos los detalles de la administración de su propiedad. En algunas ocasiones, personas poco escrupulosas trataron de tomar posesión de su tierra ancestral. Con determinación, e incluso entablando demandas judiciales, Sri Yukteswar venció a sus oponentes. Pasó por todos esos penosos incidentes con el deseo de no ser jamás un gurú mendicante o una carga para sus discípulos.
Su independencia financiera era una de las razones por las que mi maestro, alarmantemente franco, era inocente a las astucias de la diplomacia. A diferencia de aquellos instructores que tienen que halagar a los que los sostienen, El funcionario, desconcertado por esta variada recepción, presentó sus excusas y rápidamente se retiró. Era realmente asombroso ver a un maestro de tan arrolladora voluntad permanecer en aquella calma. Él era un ejemplo de la definición védica de un hombre de Dios: «Más suave que la flor, cuando se trata de amabilidad; más potente que el rayo, cuando los principios están en juego».
Siempre hay en el mundo quienes, como dice Browning, «no toleran la luz, siendo ellos mismos oscuros». Cuando ocasionalmente algún extraño zahería a Sri Yukteswar por alguna ofensa imaginaria, mi maestro, imperturbable, escuchaba atenta y cortésmente, analizándose a sí mismo para comprobar si había alguna brizna de verdad en lo que aquel individuo le decía. Esos episodios traían a mi mente una de las inimitables observaciones de mi maestro: «Hay personas que tratan de ser altas cortando la cabeza a los demás».
La invulnerable compostura de un santo es impresionante, más allá de toda descripción. «Más vale hombre paciente que valiente, mejor dominarse que conquistar ciudades»25. Con frecuencia me he hecho la reflexión de que mi majestuoso maestro pudo fácilmente haber sido un emperador o un conquistador que sacudiera el mundo, si su mente se hubiera concentrado en la fama o en el éxito mundano. Pero, en lugar de ello, había escogido acometer contra las ciudadelas interiores de la ira y del egocentrismo, cuya conquista revela la verdadera grandeza de un ser humano. sus percepciones divinas a los discípulos avanzados, como Lahiri Mahasaya hizo con Sri Yukteswar en esta ocasión.
12 «Entonces uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: "¡Dejad! ¡Basta ya!", y tocando la oreja le curó» (San Lucas 22:50-51). 13 «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen» (San Mateo 7:6). 14 Mi gurú aprobaba la práctica del ayuno por considerarla el método natural ideal para desintoxicar el cuerpo; sin embargo, este discípulo en particular, demostraba excesiva preocupación por su cuerpo.
15 Estuvo enfermo una vez en Cachemira, cuando yo estaba ausente. 16 Un valiente médico, Charles Robert Richet, que obtuvo el Premio Nobel de Fisiología, escribió lo siguiente: «La Metafísica no es aún, oficialmente, una ciencia reconocida como tal; pero lo será [...]. En Edimburgo tuve la oportunidad de afirmar, ante cien fisiólogos, que nuestros cinco sentidos no son los únicos medios de conocimiento, y que un fragmento de la realidad llega algunas veces a nuestra inteligencia de otro modo. [...] Porque un hecho sea raro no es razón para que no exista. Que su estudio sea difícil ¿es razón para no comprenderlo? [...] Todos los que han puesto una barrera a la metafísica, considerándola como una ciencia oculta, se avergonzarán de sí mismos, como ocurrió con aquellos que trataron de poner una barrera a la química argumentando que la búsqueda de la piedra filosofal era una ilusión. [...] En cuestión de principios sólo tenemos los de Lavoisier, Claude Bernard y Pasteur: el método experimental, siempre y en todo lugar. Bienvenida sea, pues, la nueva ciencia que va a cambiar la orientación del pensamiento humano».